martes, 17 de mayo de 2011

El muerte y el reloj.


Ese hombre había sido un tipo arrogante toda su vida, se había vuelto al ateísmo desde edad temprana después de  perder a sus padres en un accidente y quedar huérfano bajo el cargo de su tía. Estudió medicina, lo cuál acrecentó más sus dudas sobre los poderes divinos. Dejó de creer en dioses, pues estos nunca lo escucharon. Comenzó a creer en diablos, y sentía que ellos lo escuchaban, pero sabía que era peligroso tenerlos de aliados. Así que decidió llevar una relación somera con aquéllos. Ellos le aconsejaban que le temiera solo a El muerte, el era quien en realidad tenía control sobre su destino, no ellos ni dioses. El hombre nunca supo porqué lo llamaban El muerte, en lugar de La muerte como hacen todos.

Así pasaron varios años, el dejó de ejercer la medicina y se dedicó solo a armar y construir relojes, esa era su mayor pasión, en cierta forma sentía que le daba poder sobre el tiempo. Nunca se enamoró en realidad, aunque tuvo a varias mujeres durmiendo en su lecho. Nunca odio en realidad, aunque tuvo a varios enemigos. Nunca hizo nada bueno ni nada malo. Cuando salvaba una vida por sus conocimientos, la gente se lo agradecía, pero el solo contestaba, son cosas que pasan. Cuando alguien moría por su incompetencia o porque ya no se podía hacer nada y la gente le reclamaba, el solo decía, son cosas que pasan.

Su vida se fue volviendo triste y llena de soledad, comenzó a temerle a El muerte, el sabía que no quería morir sin trascender, sabía que no quería que su existencia se limitara a un recuerdo vago como el médico retirado que construía el tiempo. Dejó de dormir bien por las noches, en cambio, la noche la dedicaba a tratar de perfeccionar relojes, eso le ayudaba a apartar de su mente a El muerte.
  
Una ocasión mientras trabajaba de noche en un reloj cucú, sin darse cuenta se quedó dormido y soñó, cosa que pocas veces ocurría. En su sueño, apareció una niña de aspecto inocente, tenía la piel blanca y los codos raspados, el cabello lo llevaba trenzado a la altura de los hombros, era de ojos grandes y expresivos de color negro, y se le dibujaba una sonrisa burlona a la que le faltaban 2 dientes. La niña no llevaba un vestido en sí, iba envuelta en un tipo de sábana color azul cielo, pero se veía gastadísima por el tiempo y en su mano llevaba un reloj de arena. ¿A qué le temes? preguntó la niña desconcertando en el sueño a aquél hombre. A morir dijo el hombre  a morir sin ser recordado, sin haber disfrutado. Si bien la muerte es algo cierto para todo ser, es algo incierto para mi, temo no saber de cuánto tiempo dispongo, por eso mismo trato de tener un cierto poder sobre el... Mi nombre es Cloto le contestó la niña de una manera burlona, soslayando lo que estaba diciendo aquél hombre. Sé que no crees en dioses pero sí un tanto en diablos, yo no tengo la certeza de que existan, pero si existen, estoy segura que también serán tres, el hombre ya ha llamado "santísima trinidad" a lo que creen que es dios; no piensan mucho en el diablo, pues le temen, pero ellos, los diablos, son sus abogados ante los dioses, no deben temerles. Yo soy la menor de las tres Moiras, como nos gusta que nos conozcan, somos lo que ustedes dicen La muerte, aunque preferimos ser llamados El muerte; somos el mismo ente, controlamos el destino de los seres humanos, nos dividimos para hacer bien nuestro trabajo dividiéndonos tareas. Como ves, yo soy la que investiga. Deja de temer, considera al tiempo un aliado, no un enemigo  le dio una patada en la espinilla y el reaccionó gritando, ella le dedicó una sonrisa con su dentadura incompleta y desapareció de su sueño. Aquél hombre despertó en medio de la madrugada sudando y pensando en su sueño. Las palabras de Cloto lo habían hecho cambiar un poco su manera de pensar, y decidió poner en práctica sus nuevos pensamientos a partir del día siguiente, sin estar seguro aún de porqué lo hacía. 

A partir de entonces, no fue un cambio muy notorio en su vida, pero si en su actitud, se levantaba con animo y salía a pasear al parque por las mañanas, decidió empezar a vender sus relojes por encargo en catálogos. Por la noche salía a fumar un cigarro al balcón y se ponía a contemplar la ciudad. A veces salía a pasear en la noche, tomaba café y escuchaba platicas ajenas en bares. 

Una noche estaba contemplando un reloj que ya había terminado. Sin darse cuenta se quedó dormido, y soñó. En su sueño se le apareció una mujer alta, tenía cierto parecido con la niña de aquél sueño pasado, pero ella era una mujer en plena juventud, parecía menor de 20 años, llevaba una sábana negra sobre el cuerpo, estaba igual de desgastada que la de Cloto, y dejaba ver tras ella una hermosa figura. El no le prestó mucha atención a la figura, pero sí a su rostro. Tenía la piel de un color moreno claro, ojos negros y el cabello ondulado recogido en una especie de coleta. En su mano llevaba una balanza. Yo soy Láquesis, dijo la hermosa joven dedicándole una sonrisa complaciente— yo domino el futuro de las personas, como ves, tengo el tuyo en mis manos... ¿Qué es lo que buscas hombre?. Parece que no disfrutas mucho tu vida—. ¡Que no la disfruto! contestó un poco ofendido aquél hombre, disfrutar no quiere decir estar rodeado de excesos, con mi soledad estoy bien, con mi soledad me basta, quiero mi soledad por siempre, ¡quiero vivir por siempre!. Toda mi vida la dediqué a nada, y ahora es cuando la empiezo a disfrutar, me gusta vivir, no quiero partir de este mundo... Yo controlo el futuro, yo soy quien decide quien dejar de existir, quien no debe existir, y quien debe seguir con su existencia. dijo Láquesis mientras lo tomaba por el hombro tú, hombre, eres de mi agrado. A diferencia de dioses, nosotros no probamos ni juzgamos al hombre con sus acciones, nosotros solo los reclamamos, no es vida vivir el tiempo con miedo a ser juzgados. Te dejaré aquí hasta que decida que es necesario venir por tu destino, el único destino que es cierto para todos, me llevaré algo para tenerte de vez en cuando presente. Se acercó a el hombre y le dio un beso en la boca. Al sentir el contacto de las labios de Láquesis con los suyos se estremeció, para su sorpresa el beso era caliente y no frío como era de esperarse. El hombre despertó, pero ya no sudando y agitado como la vez que lo visitó Cloto, ahora estaba animado. Al día siguiente, se dio cuenta de que le faltaba un reloj.

Pasaron 110 años desde su encuentro onírico con Láquesis, el hombre seguía vivo, pero ya no conservaba aquél gusto por la vida. Se había encerrado en su casa con todos los relojes, el tiempo no se había detenido. Su salud se había deteriorado, había perdido la vista del ojo izquierdo y no veía más que manchones con el ojo derecho, sus manos se habían convertido en garras y su piel se había vuelto tan áspera como una lija. Aún conservaba cabello, pero era igual a telas de araña. Desde hacía décadas había dejado de dormir, ya no se diga soñar, el tiempo para el, pasaba lentísimo en ocasiones y en otras, se le figuraba que los minuteros de los relojes iban tan deprisa que bien podrían desprenderse. Había perdido toda noción del tiempo y de sí mismo, ya no sabía quien era, pero sí sabía que hacía. Se dio cuenta que había sido un error decirle a El muerte, Láquesis, que quería vivir por siempre con su soledad.

Un día mientras contemplaba un reloj que ya nunca pudo terminar debido a la torpeza de sus manos y su escasa visión, escuchó a alguien entrar en su casa. Se dio la vuelta y ahí estaba ella, como de un metro sesenta, envuelta en una sábana purpura, con una guadaña de dos metros con hoja afilada en la mano y con una especie de capucha que se formaba con la misma sábana que cubría su rostro. La sábana a diferencia de las pasadas, parecía ser nueva, parecía que el color era profundo y se perdía en su figura. Ella tenía la apariencia de una mujer de unos 36 años, de caderas anchas y espaldas exquisitas, no logró ver su rostro por la capucha que llevaba. Conforme se acercó, esa forma fue cambiando, notó que la mano que sostenía la guadaña, símbolo que el hombre le dio a El muerte, el cegador de almas desde tiempos inmemoriales, se descarnaba hasta quedar en puro hueso, un hueso de color blanco, que contrastaba de forma bella con el color purpura que la envolvía. Tal vez fue su mala visión la que le dio la idea de que era una mujer, tal vez en realidad se transformó en hueso, nunca sabrá eso. Soy Átropos  dijo la parca mientras se levantaba la especie de capucha purpura que tapaba su rostro, dejando al descubierto un cráneo pequeño y blanquísimo como la leche, con las cuencas donde deberían estar los ojos negros, que él suponía deberían ser negros, tal como el color de los ojos de Cloto y Láquesis, ella mostraba una dentadura perfecta, en la que sin tener labios, se dibujaba una sonrisa no burlona ni complaciente como la de sus antecesoras, sino más de gusto por ver a un viejo conocido . Yo me encargo de acabar con los designios de Láquesis, no sé porqué hizo esto contigo, debiste simpatizarle mucho, cosa rara en ella. ¿Quieres partir? ¡No logré hacer nada! — dijo el hombre mientras comenzaba a formarse un nudo en su garganta  no logré trascender, ¡Que no lograste trascender!, le refutó Átropos ¡no te das cuenta de lo que haz hecho!, ¡lograste lo que nadie!, ¡le simpatizaste a El muerte desde un principio y hasta le robaste un beso!, ¡le robaste un beso a El muerte!. Y ella me robó un reloj—, pensó el hombre— Más allá de juzgar al hombre continuó la calavera, nosotros se lo reclamamos a los dioses o a los diablos, no es una tarea alegre, pero se tiene que hacer, y en ésta, nuestra horrible labor, provocarnos una sonrisa es lo mejor que se nos puede dar... Nosotros no juzgamos acciones tal y como lo acabas de hacer tu con tu arrogancia, al pensar que te quitamos algo, nosotros solo hacemos nuestro trabajo, nosotros solo hacemos lo que debemos, y tomar ese reloj, fue con el motivo de recordarte, de lo contrario, yo no estaría hoy aquí y vivirías para siempre acumulando años y deteriorandote, hasta quedar en huesos como yo, ¿Estás listo para partir? Sí contestó llorando aquél hombre arrepentido por su estúpido pensamiento. 

Con un giro de la muñeca, Átropos blandió su guadaña dándole tiempo a aquél hombre de cerrar los ojos y sonreir. Sonrió por darse cuenta de que aquél reloj que había tomado Láquesis, había aparecido a un lado suyo. Seguía funcionando, solo para detenerse cuando el hombre dejó de existir.

Antes de morir, se dio cuenta de que El muerte, tenía la maldad de un dios, y la bondad de un diablo.


13 comentarios:

Fernando Manda dijo...

La muerte no debe de ser tan mala, después de todo, nadie ha vuelto de ella.

OJT dijo...

HAHAHA TIENES TODA LA RAZÓN, SI AÚN NADIE REGRESA DEBE SER UN LOCURÓN; DEBERÍAS HABER ESCRITO SOBRE ESO. AL FINAL ÁTROPOS LE CORTÓ LOS HILOS DEL DESTINO.

RoS dijo...

Eres extenso de letras, tu idea se me hizo buena pero el cuento muy largo, a veces es bueno economizar el lenguaje.
=)

Dr. Gonzo dijo...

La solidez de los personajes contrasta un poco con algunos datos que de repente parecen ser elementos importantes como la explicación de La Muerte a El Muerte. Igual no entendí, pero un ateo por definición, no creería ni siquiera en diablos, pero bueno, supongo que tuvo que creer al toparse con las Moiras.
Un acierto grande es la fluidez de los diálogos, personalmente es mi coco la estructura plasmada de diálogos sin que pierdan intensidad y aquí, vaya que la sostienen.

DESTROYER!!! dijo...

que vergas cuento!!!!

y hablas de uno de mis máximos temores, morir sin trascender...

que uno sea ateo o no crea en nada, no es sinónimo de que no exista nada...

Úrsula Amaranta dijo...

Si es extenso pero creo que está perfectamente justificado, es mas, da para mucho mas porque el desarrollo de cada personaje podría ser largo y extenso, así tipo mitología. La idea de "seducir a la muerte" me gustó, suena retadora, aunque tengo dudas con el final, siento que algo mas intenso le quedaba mejor. Sin duda y como siempre, muy bien escrito, desarrollado y logrado, como comentaban por ahí, los diálogos luego son difíciles y pues aquí estan muy bien.

la MaLquEridA dijo...

Morir para trascender es lo que muchos buscan, hacer para ser recordados hasta el último de los alientos, el no dejar huella es como no haber existido, ser un don nadie o una nada.

PHERRO dijo...

No importa la extensión del texto, la historia es congruente con si misma.
Porque podemos juzgar desordenada e incoherente la vida de los demás pero en realidad no sabemos de los impulsos que animan sus actos, sus motivos más profundos ni la finalidad de la existencia de cada ser.
Igual con las historias y quien las escribe.
Más que hacer una crítica, simplemente quiero decir que me quedo con las ganas de leerlo varias veces más, como me ha sucedido con otros libros, cuentos, poemas y textos que he leído en el pasado.

NTQVCA dijo...

Me parece que lo que trasciende de tu relato es la investigación de los personajes. También tendré que darle otra leida para entender algunas cosas que de primera me parecieron confusas, como lo de El muerte.

PHERRO dijo...

Pienso que quizás quisiste decir: espaldas anchas y caderas exquisitas. Digo.

SIRACUSA dijo...

que cuento!!! me encantó, aunque debo confesar que lo leí en partes debido a toda la carga de trabajo, pero me quedaba con la duda y las ganas de seguir leyendo. La inspiración toco a tu puerta fuertemente y lo leeré de nuevo pero ahora de corrido.

Capitan TINTASANGRE dijo...

perdon por el retraso en comentar...maldito trabajo esclavizador.

pero entrando en materia...realmente me gusto y atrapo, sera que por mi gusto en las mitologias, no lo senti pesado ni extenso.
al contrario me quede con ganas de mas.

aunque algunas cosas quedan incompletas, explicarlas hubiera añadido mucho texto.

nallely chavarría dijo...

Hey, me ha gustado la historia,algunas faltas de horror pero nada "para morirse sin trascender" no entendí o no aterricé el concepto de El muerte, tal vez otra leída y queda.

No es concurso de cuantos renglones se usan o se dejan de usar, me gusta. :)