jueves, 30 de junio de 2011
El tiempo de las cerezas*
miércoles, 29 de junio de 2011
Mirando adentro
Sin asunto
Se hizo tarde
Esa fiesta no se olvida
Cuando terminé segundo de secundaria, obtuve la calificación mínima para lograr pasar el curso —empecé a conocer chicas y la calle, así que descuidé mucho la escuela—, lo que provocó el enojo de mis padres y durante todo el verano, me dejaron de dar dinero, me ponían a lavar la ropa y los trastes y me obligaron a ayudarle a mi papá de vez en cuando en el taller, pues era mecánico. Ya me había resignado a que serían unas vacaciones que pasarían sin pena ni gloria y que entraría a tercero sin nada nuevo que contar, pero no fue así.
El fin de semana antes de volver a clases, como a las dos de la tarde, cuando el sol está en su mero punto, llegó mi hermano que volvía de pasar las vacaciones en la casa de mi abuela. Venía lleno de sudor y con la cara cansada, pero cuando me vio en el taller desponchando una llanta, se le dibujó una gran sonrisa y me dijo, '¡Felicidades carnal!, ya me dijeron que te volviste un desmadre, te haz ganado acompañarme a la peda de Chino así que lárgate a bañar, que no quiero que vayas todo mugroso'. Fue tanta mi emoción que no pude ocultarla, tiré al suelo la llanta haciendo bastante ruido, lo cual irritó a mi padre y solo alcanzó a pronunciar entre dientes tremendas maldiciones, pero no me reprendió, aunque me dedicó una mirada de esas con las que uno puede adivinar lo que están pensando los demás, en mi caso, fue una mirada que me decía 'pendejo'.
Esa tarde llegamos a la casa de Chino, iba muy nervioso, no sabía lo que me esperaba. Cuando estábamos enfrente de la puerta, salía el sonido amortiguado de la música. Mi hermano tocó la puerta y Chino la abrió —cabrón ya te estábamos esperando—, dijo en lo que le daba una calada al cigarro —¿y este cabroncillo quién es?, náh no importa hay un chingo de raza que ni conozco, pásenle— yo me quedé parado un rato en la puerta viendo a toda la gente que había en la casa, unos estaban tirados en el suelo jugando a la botella, otros viendo un partido de fútbol en la sala (no sabía como lo hacían, la música estaba muy fuerte), en la cocina había unas chicas riendo, y otros tantos grupos dispersos por toda la casa, pero en todos había en común el humo en el aire y botellas en el piso, o al menos eso me pareció.
¡Niñera!— se escuchó un grito desde otro rincón de la casa, eran los amigos de mi hermano que le estaban hablando entre carcajadas y señas —ya ves porque no te traigo, estás bien morro— dijo mi hermano mientras avanzaba al grupo. Llegó a donde estaban y les comentó con una sonrisa, —este es mi carnalito y es un pendejazo en la escuela, pasó muy apenas...— y en eso sentí una mano en el hombro de un sujeto que tenía los ojos rojos y la mirada desencajada, como si no supiera donde se encontraba — bienvenido al grupo carnalito— dijo mientras me echaba el humo en la cara. Todos los demás rieron bastante, aunque a mi no me pareció nada gracioso. Inmediatamente otro sujeto me pasó una cerveza bien fría — chupale pichón— me dijo, todos los demás me veían esperando mi reacción, tomé la botella y de un trago bebí casi la mitad y todos se me quedaron viendo con una cara de asombro. Creía que el sabor de la cerveza era amargo y horrendo, ya la había probado antes, pero no fría, a veces tomaba la que dejaba mi papá, pero cuando lo hacía ya habían pasado horas desde que el se quedaba dormido y abandonaba las botellas, el sabor que tenían era horrible y hasta me causaba náuseas, pero tomar de esa botella fría, fue una sensación comparable con un chapuzon en la alberca en un día muy caluroso, y más porque iba acompañado de una especie de aprobación por los amigos de mi hermano. —Vieeeeentos, este cabroncillo pinta para pedote— dijo mi hermano—, se me hace que aguanta más que tú—, y señaló al tipo que me había echado la bocanada de humo en la cara. Todos rieron.
Pasó algún tiempo y yo solo me reía de lo que decían los demás, se llevaban bien a pesar de estar algo borrachos la mayoría, yo no me atrevía a decir nada, solo reía. En cuanto terminaba una cerveza, me pasaban otra más, ya comenzaba a sentirme mareado. De repente me dieron unas grandes ganas de orinar, y no sabía donde estaba el baño, sentía mucha vergüenza preguntarlo. ¡Qué van a pensar de mí! ¡que soy un mocoso mión!— era lo que pensaba mientras me aguantaba las ganas y veía a los demás reír. No pude aguantar más, estaba a punto de preguntar donde estaba el baño cuando de repente mi hermano así sin más dijo,— voy a tirar el agua, ahí vuelvo — ¡ya te entró la de miar! —dijo alguien y todos rieron. Seguí a mi hermano con la mirada para ver donde estaba el baño, y una vez que vi que subió las escaleras, me sentí mejor.
Pasaron quince minutos y mi hermano no volvía, yo ya no aguantaba más, así que decidí separarme del grupo de borrachos e ir a buscar el baño, cuando subí las escaleras, vi una larga fila, me di cuenta de inmediato que todos esperaban entrar al baño, a unos se les notaba más urgencia en el rostro que a otros. Bajé un tanto desesperado pensando en que si hubiera ido desde el primer momento en que me dieron ganas, tal vez ahora estaría a tres lugares para entrar a regar las margaritas. Fue cuando de repente, vi el cuarto con la puerta entre abierta, ya no aguantaba más las ganas de orinar y me metí en el. Adentro, había una pareja demostrándose su amor, pero no me importó, agarré un envase vacío de cerveza y empecé a orinar hasta que estuve a punto de llenarlo, me dio algo de miedo, pensé que si lo llenaba iba a tener problemas, pero no fue así, le doy gracias a quien quiera que haya inventado el caguamon. Acabé de orinar, y sentí gran alivió, la pareja que estaba prensada en un abrazo, ni me hizo caso, pero cuando iba a salir, la chica solo me dijo—, cierra bien la puerta, no queremos que nos molesten... lárgarte, niño. Salí de la habitación lo más rápido que pude, pero antes le puse el pasador desde afuera para que nadie más los molestara.
Llevaba el envase de caguamon en la mano lleno de mis orines, y en eso un tipo grande me lo arrebató —dame eso morrillo— dijo. Pensé que iba a pasar lo que en todas las películas pasa, que le iba a dar un trago y le iba a saber bien, sin enterarse de lo que en realidad tomaba, pero no fue así, al momento que la agarró, la dejó a un lado y me dijo —¡no mames! es un pinche caldo, ten otra — y me pasó una cerveza en lata que estaba heladísima. Debo decir que me decepcioné un poco, pero no quiero pensar en lo que hubiera pasado si le hubiera dado un trago a la botella y se hubiera dado cuenta, creo que me hubiera colgado del calzón en el tendedero. Preferí no pensar en eso.
Empecé a deambular por la casa esquivando borrachos y parejas, la música era muy buena y parecía que todo el mundo estaba feliz, cuando de pronto la vi, se encontraba como a cinco metros de mi, estaba bailando, llevaba pantalón de mezclilla, chamarra negra, converse rositas; se veía hermosa. Jamás pensé en encontrar algo tan hermoso en medio de ese ambiente de borrachos. Se fijó que la estaba mirando y me dedicó una sonrisa, no estoy seguro de cual era mi expresión, pero le devolví la sonrisa y entonces, se me acercó.
Qué onda, vamos a bailar —me dijo en lo que pegaba sus caderas a las mías, fue una bonita sensación. Ella no parecía mayor que los demás, así que me dio más confianza. Ocho rolas después, terminó la música bailable y empezaron a poner a Janis Joplin, ella no soportaba esa música. Grita como puerca —dijo— vamos a otro lugar donde no escuche sus berridos, además ya van a empezar de marihuanos. Me tomó del brazo y salimos al patio trasero.
Ya estando en el patio, se acercó a mi oído y dijo —me caes bien, pero no te hagas esperanzas de que vamos a coger— esa afirmación me sacó de onda, yo no pretendía nada más que verla bailar, fue ella la que me invitó a contonearme y después al patio. Yo solo le sonreí y le comenté que no pretendía eso (no por el momento), que mejor me dijera cual era su nombre. A ella también le tomó por sorpresa lo que le dije, y dudó un instante, después, me echó los brazos al cuello y me dio un beso. ¡Mi primer beso de una borracha!, tenía el aliento dulzón, pero no me importó, al principio pasó por mi cabeza que era como besar a una botella, pero luego me di cuenta de que tal vez mi aliento era peor, así que ni para qué comentar algo.
Duramos al menos veinte minutos abrazandonos y besándonos antes de que empezara la verdadera fiesta, de repente paró la música y se empezaron a escuchar gritos y ruidos de envases quebrándose, me aparté de ella un instante y cuando se dio cuenta de lo que pasaba, me apartó de un fuerte empujón —¡no me chingues, la policía!—, y en un instante, desapareció de mi vista. Mi hermano salió corriendo al patio buscándome, me vio y me jaló de la playera, —¡pelate wey! si nos cargan nos chingamos los dos con mis papás— y nos fuimos hasta la barda. Yo estaba asustado, pero no más que mi hermano. Yo no soy muy alto y la barda si lo era, no sé cómo es que logré saltarla sin tantos problemas, cuando estaba del otro lado, vi a mi hermano que ya me adelantaba como diez metros y yo empecé a correr tras de él, pero le perdí la vista. Sentí que se me bajaba lo poco mareado que estuve.
Al dar la vuelta en la esquina, un policía me detuvo, —porqué tan agitado—, dijo mientras me tapaba el paso— no me digas que andabas de cabrón— nnno, no, no yo estoy asustado por lo que está pasando, nunca había visto tantos policías— dije mientras agachaba la mirada—, está bien, vete a tu casa a jugar con los carritos, te ves muy mocoso para juntarte con estos marihuanos. En ese instante, vi que tenían a Chino detenido en una patrulla, el volteo a verme y me sonrío. Me asusté aun más, pero después me dio risa su cara.
Qué tranza carnalito— fue lo primero que me dijo mi hermano cuando llegué a la casa, el ya estaba ahí, el desgraciado me dejó morir— estuvo buena la fiesta ¿no?—, me preguntó —estuvo con madres— le respndí—. Se acercó a mi y me tomó por los hombros como si le estuviera hablando a un niño chiquito o a su novia —escúchame bien cabróncete—, me dijo en un tomo muy serio—, prométeme que vas a olvidar todo lo que pasó y no le vas a decir a nadie—, dudé un poco antes de contestar y me estrujó en busca de mi respuesta —¡promete que te vas a olvidar de todo! —sí, sí, está bien, yo no diré nada. —Eso es chingón, estás creciendo —me dijo y acabó por darme una palmada en el cachete.
Por supuesto que no cumpli mi promesa, nunca voy a olvidar esa fiesta. El lunes que volví a la escuela, ya tenía muchas cosas que contar.
martes, 28 de junio de 2011
FindERavE
lunes, 27 de junio de 2011
Todo empezó en la víspera del 30 de abril, conocido en México como Día del Niño, pero en otras partes del mundo como la Noche de Walpurgis. La noche de Brujas.
Mi novia, quien pertenecía a una sociedad ocultista, me invito a una de sus celebraciones. Escéptico acepte su propuesta ya que me imaginaba un aquelarre medieval, con fogatas, orgías, danzas y viento. Cual seria mi sorpresa al descubrir que el "aquelarre" se llevaría acabo en uno de los departamentos mas altos de la ciudad, con vista al parque central y amueblado al estilo minimista. Lo único que desentonaba con ese pasaje moderno era un cuadro que presentaba a un niño, con la sonrisa mas expresiva jamas vista, con los ojos grandes y claros y una actitud angelical. El retrato estaba gastado de las puntas, polvoriento y muy viejo. Le calcule mas de 50 años.
Al entrar a la espaciosa sala nos encontramos rodeados de 5 velas negras dispuestas en forma de estrella que, según me explicaron después, representaban los 4 elementos terrestres y el elemento espiritual. Todo se me hacia un poco raro y al parecer a las 6 personas que estaba allí también. No era común que alguien ajeno a su circulo se involucrara. Mi novia se acerco a la que parecía la bruja mayor y le dijo nempe videlicet sui ritus*. La mujer pareció entender y me pidió que me sentara en una mesa cerca del cuadro.
El ritual comenzo.
Las mujeres comenzaron una extraña contorsión en la que sus manos se juntaban y se movían en círculos. Dos de ellas se acercaron lentamente hacia mi mientras se quitaban lentamente sus blusas. Me recostaron en la mesa, lentamente me desabrocharon la camisa y ataron mis manos. La música seguía y las demás danzaban freneticamente. La luz de las velas parpadeaba mientras la bruja mayor sacaba un puñal de su bolsa. El frió metal toco mi carne. La sangre brotaba mientras mis ojos se detenían en el cuadro. No era el mismo. Algo había cambiado. Su sonrisa antes delicada e infantil se tornaba mas morbosa y sus ojos negros como la furia de una tempestad parecían observarme. Lentamente vi como cambiaba su rostro. El cabello crecía y las facciones se endurecían. Trate de voltear pero no pude. Sus ojos estaban en conexión con los mios. Mi sangre había sido derramada en una copa. Las mujeres bebían de ella, para después poder entregarse al placer de la carne en una orgía. Las 7 mujeres comenzaron a tocarme, a morderme, a besarme. Una de ellas poso su mano sobre mi miembro y comenzo a estimularlo. La erección fue lenta. Mientras una de ellas me ofrecía sexo oral otra exigía lo mismo. Cada una de ellas se fue turnando para disfrutar de mis regalos. Después cada una de ellas se poso sobre mi y comenzo a mover su cuerpo contra el mio. Así paso la noche, larga, fría y enigmática.
Al día siguiente desperté en mi apartamento. Los recuerdos llegaron a mi mente, como la briza marina empapa el rostro. Y aunque las memorias sobre el sexo estaban allí, el cuadro cubría todo. Es como si me hubiera transformado en el y el en mi. No me lo podía sacar de la cabeza, ni cuando llegue al trabajo o cuando mi jefe me llamo para los pendientes del día. Pareciera que lo único que veía era ese cuadro. Maldita el día en que acepte ir.
Salí del trabajo corriendo para encontrarme con mi chica. Casi rompí la puerta de cristal del local del que era recepcionista y le dije que quería hablar con ella. Respondió que faltaban 10 minutos para que saliera. Desesperado me senté en la banca y encendí un cigarrillo. Tenia meses sin fumar pero la situación era estresante. Al salir casi le grite que qué me estaba pasando. Raro, ella estaba riendo.
Aun no puedo explicar como olvide la noche que platique con ella. Solo se que a media noche me encontraba desnudo en su cama mientras ella estaba muerta en mis brazos. Lo único que se con certeza es que algo esta creciendo dentro de mi. Algo que nunca había sentido. Algo que despierta al psicópata que todos tenemos dentro.
Jenifer Candy

La invitación era un frasquito alargado con semillas y liquido transparente y aceitoso en el interior además de un papel albanene impreso donde después de una poesía de agradecimiento, indicaba la dirección de “la misa de acción de gracias” y la posterior “recepción” de los XV años de Jenifer Candy.
Llegué a la misa a la hora en punto, ya había algunos familiares esperando a la quinceañera y su familia, había un olor exagerado a perfume, pude ver que la mayoría de las mujeres iba sobradamente maquilladas, mucho escote y mini falda, vestidos demasiado pegados a cuerpos no muy estéticos y brillantina en el cuerpo, demasiado gel y spray en el cabello al igual que los hombres que además del tradicional traje, algunos habían optado por camisas con el logotipo Versace bordado en distintas partes, cinturones con hebillas grandes y zapatos blancos.
Jenifer Candy llegó, venía en una limusina blanca con moños en naranja y morado adornando el auto, bajaron los chambelanes que lucían un intento de smokin con fajilla naranja, corbatín morado y pañuelo bicolor, todos con acné, demasiado flacos y desgarbados y mucho gel para resaltar sus cortes y sus cabellos parados. Jenifer Candy hizo su aparición triunfal, envuelta en su vestido naranja y morado con adornos y aplicaciones en plata, blanco y dorado.
La parte de arriba quedaba muy ceñida a su cuerpo, los listones de la espalda se veían forzados y hacían saltar la lonja. En la cabeza traía una corona, y su peinado también traía brillantina además, igual que las invitadas, de demasiado gel y spray, le colgaban de cada lado y hasta sus mejillas, dos rizos que contrastaban con el cabello tan lacio y tirante de su chongo.
La misa transcurrió como tantas misas, yo tomaba fotos aquí y allá, detalles de las uñas de las invitadas que ahora con esta moda de acrílico, vuelven todo un espectáculo las manos de las mujeres.
Saliendo de la iglesia nos dirigimos a la fiesta, mi duda sobre el poco espacio de la casa para hacer una pachanga de tal magnitud quedó resuelta cuando descubrí que las mesas, las lonas, la tarima para el grupo y que todo el evento estaba sobre la calle a pesar de las mentadas de madre de automovilistas y peatones.
En mi mesa había gente desconocida, en el centro un gran arreglo que combinaba flores, globos, figuras de foami, estrellas, papel y con unicel su nombre, las servilletas de las tortillas, los saleros, los servilleteros y las fundas de los refrescos y botellas traían algún adorno en color del vestido y alusivo a la fiesta, algunos eran feos y otros particularmente horribles y de mal gusto, chácharas que en caso de llevármelas terminaría tirando a pesar de mi remordimiento por la cantidad de dinero que habrán gastado.
La comida consistió en arroz, carnitas, barbacoa y pollo con mole. A decir verdad, delicioso y lo mejor de la fiesta. Transcurrió en medio de un mariachi que tocó las mismas y deprimentes canciones de siempre.
Pasando un tiempo considerable, el conjunto musical comenzó a tocar, saludos para la quinceañera y cómo se la están pasando, comenzaron a tocar la huaracha sabrosona y baila como Juana la cubana, poca gente bailando y así transcurrió mientras mas y mas gente seguía llegando y ocupando las más de 25 mesas regadas por la calle, hasta que llegó la hora del vals.
Ya era noche, el sonido del conjunto y de la música ambiental retumbaba horriblemente, ya no se podía platicar y en medio de el mar de gente el cantante del conjunto daba instrucciones para que todos sentados esperáramos la salida de Jenifer Candy.
De Beethoven (si, lo juro) a Ray Conniff, pasando por Yanni e incluso Pink Floyd, Jenifer Candy bailó su vals junto a sus seis chambelanes arrítmicos y apáticos, mientras ella con la mirada perdida y una sonrisa boba, disfrutaba sus minutos de princesa exagerando sus movimientos y fingiendo delicadeza con las manos para terminar con los brazos extendidos alzada por los chambelanes que tenían la cara roja por el esfuerzo de cargarla, mientras los invitados aventaban pétalos de rosa que previamente nos habían repartido.
Sus hermanas pasaron a darle su último juguete, a coronarla y brindar con ella mientras su padre, evidentemente hasta la madre de borracho, declamaba un discurso inentendible e indescifrable que de cualquier modo no importaba pues ya nadie hacia caso. Yo, que hice un esfuerzo por entender sus palabras, me reí bastante al alcanzar a entender el final triunfante de sus palabras: “Hija, te presento en sociedá , sociedá, te presento a mi hija, haz de ella lo que quieras”. Con esto dio paso al baile con los padrinos que duró aproximadamente 30 minutos pues había que incluir como padrino al representante de cada familia que había ayudado con algo para la fiesta, incluso pasaron mujeres para el caso de que no hubiera un representante hombre, así fue como me enteré que hubo padrinos de las cosas mas absurdas como saleros, corona, limusina, y de arroz y carnitas. (¿Qué fue entonces lo que pagaron los papás?)
Jenifer Candy terminó su presentación con un cambio de vestuario para bailar reguetón, qué mejor muestra de que ha dejado de ser una niña, que bailar sugestivamente el perreo enfrente de toda la familia y ante los aplausos emocionados de sus padres. De los seis chambelanes cuatro bailaban torpemente, pero los otros dos hacían gala de sus habilidades y continuaban el perreo alegremente ante los aullidos y chiflidos de emoción de la familia.
Como si no hubiera sido ya bastante denigrante, al terminar la canción la familia pidió que bailaran otra a lo cual todos accedieron y apagando las luces para alumbrar sólo con estrambóticos y reflectores de color, dieron inicio al baile que se prolongó hasta la madrugada.
Yo me retiré temprano excusando otro compromiso, ya no me esperé a la partida del pastel pues ya no existía tal, y todo porque la madrina de pastel había elegido un modelo que tenía que armarse en el lugar definitivo donde lo partirían, así que la dueña de la pastelería llegó a entregarlo y lo acomodo en una mesa: varios pisos de todos tamaños, redondo y cuadrado, y cada piso adornado con fruta fresca encima. Total que para cuando habían decidido partirlo, eligieron otra mesa y había que trasladar todo el pastelote hacia el otro lado del salón, tal cosa no resultó, todo se cayó al suelo, la fruta quedó regada por el concreto, la madrina y la mamá quedaron embarradas de pastel y decidieron ya no llevar a cabo el ritual de la partida.
Así que me fui a mi casa sin pastel pero si con itacate que la señora insistió en regalarme ( y al que yo no opuse resistencia) de carnitas y arroz, mis oídos ya no aguantaban el volumen tan alto de la música, ya no podía platicar con mi acompañante, y lo que tocaban no era de mi agrado.
Nos costó salir de entre el tumulto de gente, grupos de señores ya muy tomados que apenas podían sostenerse solos y los otros grupos de niñas pubertas que corrían presurosas de un lado al otro de la fiesta con un aire de misterio y como si tuvieran asuntos importantes que atender, mientras los grupos de niños hacían intento por fumar y tomaban cerveza con notable esfuerzo por fingir que el sabor les era agradable, pero ya visiblemente hasta la madre.
Yo no supe nada mas de la fiesta hasta un mes después que me encontré a quien amablemente me había invitado, y en medio del saludo, por amabilidad, pregunté como se encontraba Jenifer Candy y si había estado contenta con su fiesta, a lo que la señora, en voz baja, contestó, que no sabía nada de ella porque ya en la madrugada, sus papás la habían encontrado fornicando con uno de los chambelanes (palabra usada por la señora) en la cocina de su casa, y habían optado por correrla en ese mismo momento sin derecho a que se llevara sus regalos, “oiga, todo el gasto que sus papás hicieron en la fiesta para que ésta niñas les pague con esto, qué barbaridad”.
Sólo dije “si, que barbaridad” y me fui, haciendo un recuento de la cantidad de veces que he ido a fiestas así y que invariablemente terminan de manera similar.
domingo, 26 de junio de 2011
Mas alla de Tintasangre
SIN TERROR

El relato no te asusta, tampoco es el fin aterrorizar; sin embargo, la idea que tú volviendo a tu casa por lugares conocidos por ti recibas lo desconocido, es de temer. Todo lo que conocemos nos da seguridad, aquello que no, nos inquieta, nos hace dudar; le tenemos miedo a lo desconocido, no sabemos que sucede y nos acongojamos. No es lo mismo caminar por tu zona que ir perdido por una selva, ahí sí cágate en tu pantalones si deseas, cualquier entidad te va parecer atemorizante.
Otra cosa es encontrarte rodeado de tu cotidianidad y justo en ese instante de mayor confianza tener un encuentro con, ya no una entidad del mundo de los muertos sino con una entidad biológica extraterrestre; de hecho que te espanta, ¿Qué es esa cosa? Dios mío. Si eso de por sí es para sobresaltarse, un encontronazo con un alien; y por otro lado que se te revele un fantasma también es para estar miedoso, entonces algo doblemente aterrador sería toparse con el fantasma de un alien. Sea como fuere, frente a lo que se ignora, el miedo siempre está latente.
sábado, 25 de junio de 2011
Te veo en la otra no vida

Este era el fantasma de un señor que acababa de morir. Entonces tomó sus maletas espirituales y comenzó a vagar por las calles. Un día o una noche, nunca me aclararon, que va y le jala las patas a un vecino suyo, pero no por mala onda, es que no sabía qué hacer y pensó en pedirle consejo al vecino. Pues el vecino se asustó y que se infarta. Entonces está el fantasma del señor y del vecino y los dos vagando y penando y peleándose que porque lo asustó y se murió el vecino y el otro de tan apenado, pues penaba más fuerte. El vecino le dice al señor que tienen que buscar descanso y que si les prenden una veladora y les hacen sus rezos, quizá podrían estar en paz. Y bueno, para que no pasara otro infarto y fueran tres fantasmas, el señor y el vecino que le dejan unas notas a doña Eva. Fue un problema porque al ser incorpóreos, o sea, ser nomás como unos sopliditos de aire, pues no podían agarrar el lápiz, hasta que vieron que nunca iban a poder ni agarrar el lápiz ni mucho menos escribir una nota. Se dieron cuenta, con el paso de los días, que poseer a Pancho, el hijo de doña Eva, era más fácil y él podía escribir la nota. Bueno, fue un relajo porque cuando el señor se metió al cuerpo de Pancho, el propio soplo de vida que movía al muchacho comenzó a rechazar al señor y que le dice y usted qué quiere, por qué se mete así sin avisar y el señor así de no Pancho, pérame, hazme un favor, escríbeme una carta o tú dile a tu mamá que me haga unos rezos y Pancho, no qué rezos, sáquese, déjeme, y que se mete el vecino y no podían aplacar a Pancho y ya del relajo se andaban peleando ya hasta entre los tres. Pues nunca se pusieron de acuerdo y al pobre de Pancho, doña Eva ya lo tuvo que mandar a exorcizar porque cada que le preguntaban que qué le pasaba, Pancho le decía que tenía adentro a dos hombres y el cura le dijo a doña Eva que su hijo era homosexual y había que sacarle el diablo. Le echaron agua bendita, le rezaron, le pusieron cruces chiquitas en todo el cuerpo, mientras Pancho ponía los ojos en blanco y se andaba peleando con quién sabe quién. El caso es que el señor y el vecino se terminaron chocando y dejaron al pobre de Pancho, quien luego de haber sido exitosamente exorcizado (a ver, díganlo de corrido: exitosamente exorcizado), se quedó con mucho miedo, muchas reservas y una tarde de verano que se tira de la ventana.
Y pues ay, el señor y su vecino. Pues ellos vagaban y penaban, espantaban gente pero era sin querer, es que se les acercaban y no podían tocarles, no podían comer, no podían ser vistos y para unos fantasmas esto no sirve mucho y es que ellos no tenían la vocación de asustar. Ambos veían a la familia que dejaron atrás y a su mundo, las cosas que les gustaba hacer y eso, ahora sólo podían contemplarlas. Pensaban y platicaban, filosofaban, no veían a más fantasmas y hasta como fantasmas esto los hacía sentirse solos.
Un día o una noche, tampoco lo tuve muy claro esta ocasión, el señor y su vecino se dieron cuenta de que no había luz al final del túnel para un fantasma y que tampoco los rezos les iban a poder ayudar. De repente veían uno que otro fantasma vagando y penando y que parecían sentirse bien así. Para los fantasmas no hay vida, parecían darse cuenta, ni siquiera hay no vida. Claro, finalmente para los que les guste asustar, será una buena vida/no vida. Pasaron muchos años, muchos, muchos. Vieron morir a sus parejas y vieron crecer y morir a sus hijos y esto les apenaba en cierta forma. Vieron nuevas generaciones nacer y el mundo cambiar, estaban ahora un poco contentos, porque se dieron cuenta de que vivos, no podrían haber atestiguado tantos e interesantes cambios. El señor y su vecino estaban cada vez más cómodos y a veces se reían con los engaños que le daban a la gente las religiones, las tradiciones y las instituciones acerca de ellos, los fantasmas. Se dieron cuenta de que la eternidad les esperaba. El vecino estaba un poco mal por eso, él pensaba que, aunque fue divertido ver pasar tantos años, no debería hacerlo así, no era conveniente que viera pasar más y más épocas, él estaba muerto y tenía que dormir para siempre. Convencido de esta idea, no le gustó más estar así y se fue desvaneciendo ante la sorpresa del señor que apenas alcanzó a decirle que lo vería en la otra no vida. El señor ahora estaba solo por completo y sin su vecino le parecía aburrido mirar la historia de la vida crearse. Le comenzó a dar curiosidad por el lugar donde habría ido su vecino, pensó que tal vez podría llegar y teniendo este pensamiento, se comenzó a desvanecer. Ahora, su último descendiente había muerto y el mundo por fin lo había dejado en paz.
El invasor

Entre más pasa el tiempo mas se lamenta Martín por ser tan cobarde. Después de lo que ha visto ni siquiera es capaz de regresar la mirada. No hace más que repasar todas las oportunidades que tuvo en la vida para demostrar que era capaz de enfrentarse, de no detener el caminar y seguir con paso firme. Ante los compañeros que le golpeaban, frente a la chica que le gustaba; si al menos hubiera ayudado a aquella mujer mientras la asaltaban en lugar de esconderse detrás de los autos. ¿Qué sería ahora si en todas esas ocasiones hubiera desenterrado el valor desde adentro y se hubiera atrevido a mover al menos un pie?, quizás si entonces hubiera tenido los huevos no estaría ahora, en este momento, petrificado por el miedo; si juntara las fuerzas para regresar la vista, ahí inmóvil sentado en la sala, deseando que el hombre que lo ve desde su recámara no estuviera, o que al menos, no le mirara fijamente, para tener las agallas de verlo mejor y explicarse porque diablos es idéntico a él.
viernes, 24 de junio de 2011
Sit tibi terra levis!
jueves, 23 de junio de 2011
Nostalgia de mi
Cuando siento que me tocan el hombro al pasar por la puerta, no me asusto sé quien es, la sombra de mi padre que me cuida para que nada me pase, a veces se enoja, se va por unas noches en busca de perdones que tardan en llegar, es cuando puedo dormir tranquila porque sus ojos claros no me ven con esa mirada de arrepentimiento.
Dicen -los que saben-que vago entre sueños al borde de la razón, que sucumbo a ayes lastimeros que salen de la misma boca del miedo de perderme en algún lugar sin nombre, vivo las pesadillas entre mis propios demonios.
No me hacen daño pero ya no quiero verlos, quiero vivir en el mundo real, quiero que al cerrar los ojos el único miedo que tenga sea al no despertar y formar parte de esa dimensión en la que están los vivos, el presente en mis días rosas, en el que las sombras son solo ropas colgadas.





