miércoles, 30 de noviembre de 2011

Bolívar nº 29





En un camión que se anuncia como Df-Querétaro, viaja Juan José.
Frente a él, un paisaje desfila rápidamente: un caserío que le dice adiós, gallinas y perros que parecen puntitos, y una laguna que, como delgado sueño, viene y va: se aleja de Ciudad Guzmán.
Piensa en todos sus empleos: aprendiz de encuadernador, peón de campo, cobrador, panadero… Y como si fueran bolitas de papel, los arroja por la ventanilla.
Ahora, sólo un pensamiento le ocupa: ser escritor.
Unos ronquidos retumban en su tímpano, provienen de la vaca echada junto a él. Los gordos muslos y la alechada tez de su compañera de asiento, alborotan sus tripas emitiendo feroz gruñido. La vaca se sobresalta. Él se le recarga en el lomo y ambos se entregan al arrullo del camión.
-Duérmete, bistecito, duérmete –susurra–, faltan varias horas para llegar.
Lo despierta un zangoloteo, las luces se han prendido, el camión llega a la central del norte.
Ve que la vaca se aleja: sus tripas vuelven a gruñir. Adormilado, busca en su bolsillo el ticket de la maleta. Es el último en bajar.
En la fila de los taxis, hay una golondrina con saco de pana y bufanda.
-Parece poeta –piensa– seguro la veré en el congreso.
Un chillido lo sorprende: -¿A dónde, joven?
Él titubea: -Al centro histórico –y saca un papelito–, a la calle Bolívar.
La rata del mostrador le extiende un boleto, Juan José paga con un billete de a cien.
La migala que conduce el taxi, maneja diestramente entre los coches, zigzaguea como cangrejo. Ríe, se acicala con sus peludas extremidades. El joven escritor parece un ratón ante los ojos hambrientos que lo miran por el retrovisor.
-Hemos llegado… Bolívar veintinueve –dice la migala.
El hotel es un enorme termitero de fachada gris. En recepción un pingüino lo recibe. Aletea. Ahí junto, está la golondrina poeta. Se saludan.
-Soy de Chiapas –dice– me llamo Rosario Castellanos.
-Juan José, mucho gusto, de Jalisco –sonríe tímidamente.
A sus veinticinco años aún no logra dominarse con las mujeres, ellas y la literatura son su amor, pero le teme a las dos.
El amable pingüino le informa que su compañero de cuarto hace horas ha llegado.
-Firme la entrada, joven –y el recepcionista nuevamente aletea.
El joven escritor entra a la habitación. Lee en la etiqueta del equipaje de su compañero, el nombre. Todo silencio, su cuerpo está tendido. Muerto, frío, está lo más iguana posible: es Jaime Sabines.
Se acerca sigilosamente a su cuerpo inerte, pero por más cautelosos sus pasos, Jaime salta.
Ambos se saludan. La iguana escribe poesía, dice venir de Comitán. Gira, retuerce la cola, se sienta al borde de la cama, y cruza la pierna, ofrece un cigarrillo.
-No, gracias –Juan José observa su suéter de cuello de tortuga– quizá más tarde. …¡Vaya moda la de los poetas! –piensa.
-Y tú qué escribes –pregunta emocionado Sabines.
-Cuentos –y la emoción se le va.
La primera ponencia inicia a las doce del día, ambos bajan a desayunar. Encuentran un comedor apañuscado de novelistas, poetas y cuentistas. No es difícil ubicarlos.
Los novelistas poseen rostro intelectual, de vestimenta más formal, portan gruesos lentes de pasta y sacos oscuros. A los poetas un ambiente bohemio les rodea, hay música en sus mesas, saltan metáforas entre los platos. Los cuentistas son los más desaliñados: jeans, tenis, playeras estampadas.
-Siempre he querido rociar a los poetas con agua bendita para ver si desaparecen –lanza Juan José al ver que son los más.
-¿Eh? –pregunta Sabines, quien afortunadamente no entiende el chiste.
Una algarabía comienza a brotar, un chimpancé baila grotescamente en la mesa del rincón, hace reír a un grupo de chicas. El mono anuncia que terminando la sesión de trabajo habrá borrachera en el quinto piso. Los aullidos, graznidos y mugidos afloran de inmediato.
Después del alboroto, la golondrina poeta, la iguana, y él, toman un taxi.
Jaime, con sus manos frías, flacas, verdes, le paga al chofer. -No es nada –pero Rosario insiste extendiéndole un billete– de verdad, nada –y él se acomoda el saco antes de entrar al recinto.
En el centro cultural los recibe una zorra de ojos grises. Mientras apunta sus nombres, les da instrucciones para llegar a las aulas y son separados por género.
Los poetas, muchos, entran a una sala que huele a marihuana. Sabines, como lento, amargo animal, enrosca su cola en el brazo de Castellanos y, esta, se lo lleva volando.
Un zopilote regordete dice a los novelistas que vayan tras de sí, ellos le siguen vueltos una fila de trajes oscuros que cual manada de cuervos revolotean, graznan.
Alrededor de quince cuentistas esperan junto a Juan José en la mesa del café, se atiborran de galletas.
-¡Los cuentistas siempre con hambre! –entra el asesor de espalda encorvada– esa es buena señal –dice.
Inicia la sesión. El maestro, un buitre viejo, es un observador minucioso que encuentra en los textos la redundancia de palabras, muletillas y repeticiones, como si se tratase de carroña. Entre picotazos y presentaciones el día se va lento. A media sesión tocan la puerta, es el chimpancé bailador, dice que se ha perdido. El buitre, con mirada calculadora, lo deja pasar:
-Cómo te llamas, muchacho, tu rostro me es familiar.
-Andrés Henestrosa, vengo por tercera vez –se sienta atrás de Juan José.
-Entonces, ¿cómo es que te has perdido? –el viejo maestro afila el pico.
-Siempre tengo la suerte de perderme en alguna fiesta –y todos los animales ríen.
El buitre, malhumorado, continúa la sesión. Todos tienen cara de interés, menos Juan José que garabatea en una libreta lo mucho que extraña Ciudad Guzmán.
Piensa en el humano negro que se salió del corral, por el que dio sus primeros pasos, le entran inmensas ganas de correr, el recuerdo de aquella bestia lo persigue y tiembla como un troglodita perseguido por un monstruo mitológico.
Desea regresar a casa, esconder sus cuentos, olvidarlos. Está a punto de impulsarse de su asiento, pero llega la hora del intermedio. Respira.
El chimpancé y él hacen migas. Salen a tomar café y platican al pie del balcón.
-Soy de Oaxaca –le dice el primate– escribo historias de sicarios.
Charlan de proyectos y libros. El chango matón –como comienza a llamarle Juan José– dice que resignado a no recibir la beca nuevamente, viajará a Francia, a estudiar teatro. Lo invita.
Su conversación termina en planes para la noche.
-¿Entonces sólo hielo y refrescos?
-Sí, ya tengo varias botellas –contesta el chimpancé.
A los poetas también les han dado un receso, Jaime y Rosario se unen a la plática. El primate los invita al quinto piso.
El resto de la sesión pasa más lenta. Todos desean llegar a dicha borrachera.
Una vez en el termitero, los pasos van hacia la habitación del mono matón, es físicamente imposible penetrar, medio congreso ha llegado. Juan José entra con una bolsa extra grande de hielos y algunos refrescos, junto a él, está Jaime que carga un paquete de cervezas.
Luego llega Rosario en compañía de otra golondrina, ambas portan coloridas bufandas. Sabines se escabulle entre la multitud, se arrastra con su piel y su lengua, llega a ellas.
En vano, Juan José intenta seguirlo. Choca con el chango matón y este le pregunta por los hielos. El lugar es una mezcla de gorjeos, ronroneos, rugidos. En un rincón, un grupo de novelistas hablan de recursos literarios. Los escribicionistas, en un extremo de la habitación, hablan de su blog. Un par de poetas intentan componer una oda al alcohol. La zorra de los ojos grises besa a un apasionado lobo. Desde una laptop suenan The animals. Alguien grita que le bajen a la música. Un gorila uniformado dice que los demás huéspedes se han quejado, los reprende molesto, se va. El chango matón comienza a bailar, tropieza con un cuervo y derrama la cuba sobre su saco, este lo picotea, Andrés se enciende y clava sus colmillos en el cuello de su oponente, el novelista aletea fuertemente, dan volteretas por la habitación, un círculo de excitados animales se forma en torno a ellos. Los perros aúllan. Entre monos y cuervos se hacen de palabras. Por fin logran separarlos. Juan José saca al mono sicario de la habitación y terminan en un bar de la zona rosa.
-¿Ya conocías al novelista, pelearon como si tuvieran viejos rencores?
-Sí –ríe Andrés– me cae mal, también es de Oaxaca, nos conocimos en un encuentro hace cinco años. Su tío es secretario de cultura. Lleva tres años consecutivos con la beca. Desde cuando tenía ganas de morderlo –y da una calada a su cigarrillo.
-¿Consecutivos? Que yo sepa eso no es posible –responde Juan José, y hunde la mirada en su cerveza. Piensa en sus cuentos, en las pocas posibilidades de ganar, brotan sus temores.
-Así es esto, amigo, por eso ya tengo un pie en Francia. Allá un viejo conocido me ofrece trabajo.
-Dichoso tú, yo en cambio, presiento que regresaré a mi pueblo para no salir de ahí.
El primate lo mira pensativo. -Si te animas, te presto lo del pasaje, estando allá, lo de menos es encontrar trabajo. –a pesar de las pocas horas siente gran empatía por él.
Un entusiasmo recorre a Juan José. Un sí quiere escapar de su boca pero en cambio sólo mira su reloj que marca las cuatro de la mañana; únicamente atina a decir que ya es hora de regresar.
Ambos ebrios vuelven al hotel, apenas tienen un par de horas para descansar.
Ya en su habitación, Juan José queda petrificado en el umbral de la puerta, un par de bultos se mueven en las sombras. Gimen, se retuercen. Jaime siente su llegada, prende una lámpara. La golondrina, medio escondida entre las sábanas, asoma el pico, una de sus alas. Al ver que es la amiga de Rosario, el joven cuentista respira, se tira en el colchón de al lado.
Se entrega a sueños que lo conducen a los ojos de Castellanos. Ignora a los amantes. La poeta golondrina no es muy bonita pero algo hay en ella que lo atrapa. Apenas cierra los ojos y suena la alarma, el poeta iguana se estira con toda su verde apariencia, la golondrina ha volado.
Los jóvenes se alistan presurosos, entran derrapando a su segunda sesión, pasa el día, luego otro: sesiones y graznidos, revisión de textos, competencia… todo tan igual.
Llega el turno de Juan José, es el último día del evento. Las dudas lo atacan, se deshace como la bolsa de hielos que compró días atrás.
El viejo buitre lo llama, chasquea el pico. El cuentista sube los dos peldaños que lo separarán del resto de las butacas. Todos clavan la mirada en el juego de fotocopias que antes ha repartido. Sus palabras brotan desquiciadas, alguien pide que vaya más lento. Termina la lectura.
El asesor subraya, revisa; algunos bostezan. Surgen opiniones. El chimpancé le brinda una señal de apoyo.
-Mi presentación ha sido un asco –piensa Juan José.
-Bien –interrumpen sus pensamientos– he anotado unas cuantas correcciones, sólida tu estructura –comenta el buitre–. Tomen un descanso… excepto tú, Arreola –y con el ala le señala que vaya a su escritorio.
-Dime, hace cuánto escribes –cuestiona el instructor.
-Desde los diez años, mi pueblo es aburrido, siempre he preferido escribir.
-Es contundente tu estilo y la vitalidad de tu lenguaje ¿dónde has hecho tus estudios?
-En realidad, soy autodidacto, a los doce años comencé a trabajar –responde un tanto nervioso– Dígame, cree que tengo posibilidades de –y el buitre obstaculiza su pregunta con un aleteo.
-¿De conseguir la beca? Quizá. Pero si sólo vienes por eso, estás perdido. No te estreses en obtener lo que por sí solo llegará.
El muchacho asiente y junto con el asesor, sale del aula.
Afuera Rosario le espera, -¿Cómo te fue? –salta emocionada.
-Creo que fui el peor.
-No seas modesto, confío en que serás uno de los becados, nadie más que tú desea salir en esa lista.
-Ese es el problema, ya no sé –de repente, la poeta gira su cabeza y clava la mirada en un gorrión desconocido, esta trina de felicidad.
-Lo siento –dice– llegaron por mí –Juan José siente un agudo dolor en el estómago–, pero prometo ser la primera en felicitarte cuando publiquen los resultados –y con un fuerte abrazo se despide de él.
Quince días después, una fuerte palmada en la espalda lo sorprende.
-¡Cabrón! No contestaste mis últimos mensajes, pensé que no llegarías, pero aquí tengo tu boleto –Andrés Henestrosa y Juan José se dan un abrazo como aquellos amigos que hace dos semanas no se ven.
-Te dije que no faltaría, sólo que estos últimos días se me han ido en despedidas.
-Hoy publicaron la lista –dice el chimpancé.
-Prefiero no saber –contesta Arreola– ya he tomado una decisión.
El chango matón alza los hombros, cambia de tema.
Los dos jóvenes pasan al mostrador de la aerolínea. Les revisan el pasaporte. Un celular suena.
-¿La última despedida? –pregunta Andrés.
-No, se activó mi alarma –miente, mientras en la pantalla aparece ella– ¿Vamos por un café?
Y en busca de una comédie francaise, los dos monos se alejan.

5 comentarios:

Pherro dijo...

Este es uno de los posts que más me gustan de todo lo que hemos publicado aquí.
El estar imaginando las acciones de los animales protagonistas mientras leo, tratar de ver en mi representación mental sus emociones, expresadas en sus rostros, le da un extra al interés que de por si me provoca la historia.
Y el final me gusta un chingo.

Dr. Gonzo dijo...

Es un gustazo leer esto y estoy de acuerdo con Pherro sobre que este es uno de los mejores escritos publicados en el blog. Noté ligeros cambios como me comentaste pero checaré con el documento posteado anteriormente.

Fantasía psiquiátrica dijo...

No tuve chance de leer este escrito tuyo anteriormente, que bien tener la oportunidad de leerlo ahora; muy en tu estilo, lo que marcó la diferencia fue esa atmosfera fantástica, de fábula, llevándonos en la escena de la calle los libros y de la mano de apreciados autores. En pocas palabras una narrativa de un sugerente Bestiario.
Saludos.
... ¿Cuál de Burdon escucharían?

Fantasía psiquiátrica dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Augustine X dijo...

Un texto precioso, yo tampoco lo había leído, de verdad, muy bueno. Se ve la pasión por escribir en estas líneas pero, también, la creatividad y lo sesudo del texto, muy bien organizado, una narración limpia, precisa. Que cierto es que un escritor es antes de lo que escribe lo que lee, gran homenaje a esas figuras que nos avientan a la aventura de la escritura. Felicidades y gracias.