jueves, 22 de diciembre de 2011

LA VIEJA HACIENDA



Como todos los días a eso de las cuatro de la tarde los niños curiosos se arremolinaban a escuchar las anécdotas que Don Matías versaba a las puertas de la iglesia del pueblo.  Esa tarde el viejo daba inicio con una historia ya olvidada por las nuevas generaciones, pero no para los que estuvieron presentes por aquellos años decía. Jeremías fue el último director de aquella escuela que en los años cincuenta dio vida al ajetreo entre clase y clase, ya saben, las corretizas por el patio central, las peleas por la disputa de una manzana o cosas de chamacos; era el maestro de música y cada tarde en aquel salón junto al enorme fresno se daban cita uno a uno los  escuincles con su instrumento para así dar rienda suelta a las notas que el bien portado caballero enseñaba en su clase –les comentaba Don Matías-. Jeremías era callado, respetuoso, muy extraño  en ocasiones pues su introspección parecía que lo llevaba a otros mundos, muy reservado en las actividades que efectuaba cerrada la escuela, pues vivía en la parte superior de la misma en un cuarto dividido en dos habitaciones con lo esencial para su cuidado personal.

Fueron años de dicha en el pueblo chamacos; Jeremías era un culto muchacho cercano a los treinta años que había llegado de la ciudad. Dominaba diversos ámbitos  como la filosofía, el latín, las matemáticas, las ciencias naturales y diversas actividades de recreación artística como la danza, la pintura, la escultura y la música. Con el transcurrir de los años aquel maestro se convirtió en el director del colegio  debido a la entrega y dedicación con que profesaba cada una de las asignaturas y la estima que los habitantes le habían otorgado con el paso de las lunas y los soles. Pasaron los meses hasta que empezaron a suscitarse extraños acontecimientos. Cuentan que una tarde uno de los estudiantes se dirigió a la parte posterior de la escuela en busca de la pelota que había volado la barda. Dividida en tres secciones de traspatios se podía divisar no muy lejos un desdibujado sendero que daba a un bosquecito el cual –decían los leñadores- se tragaba a los que por azares del destino se internaban en sus entrañas, no volvían a ver la luz. Nadie sabía qué había más allá de aquellas pineras. Las autoridades y los habitantes buscaron durante semanas pero no se supo más de aquel intrépido estudiante, remitiendo el suceso a innumerables anécdotas de cantina y de domingos de iglesia.

En el transcurso de ese mismo año nuevas desapariciones tuvieron cita en torno a la escuela, el saldo arrojó: cinco alumnos más – tres niñas y dos niños- de los cuales -dato curioso-  todos y cada uno formaban parte de la banda musical del colegio.  Recuerdo como si fuera ayer cuando alcancé a divisar por la ventana a los dos últimos internándose en el bosque al final de la jornada mientras barría un salón de clases, les grité que no se acercaran pero  hicieron caso omiso de mi advertencia, (nunca olvidaré la mirada perdida de aquellos dos estudiantes, como si hubieran sido encantados) jamás se volvió a saber de ellos.

Múltiples rumores recorrían las calles del pueblo, se decía que las desapariciones apuntaban al maestro de música a pesar de que no había indicios de un comportamiento extraño o algo que lo delatara. Las autoridades investigaron, movieron una a una las piezas del juego, buscaron debajo de cada piedra, en los alrededores pero las pistas nunca llegaron. Jeremías empezó a envejecer y los maestros a desertar del recinto. Un viernes cuando pardeaba la tarde mientras trapeaba los baños, alcancé a escuchar sollozos  en el salón de música, avance por el pasillo para escuchar más de cerca, al asomarme por la ventana quedé sorprendido a lo que mis ojos estaban presenciando: en círculo alrededor del maestro de música se encontraban seis bancas, cada una con instrumentos musicales y con el uniforme de alumnos que denotaban tres niñas y tres niños respectivamente. Jeremías tocaba el piano al centro derramando innumerables lágrimas empapando su rostro. Entrada la noche salí despavorido a la plaza del pueblo para comentar lo que había visto, los habitantes encendieron antorchas, tomaron machetes, hachas, cuchillos y se dirigieron en consignas hacia la escuela, tumbaron puertas y ventanas para ubicar al director, hurgaron por allí y por allá, nunca lo hallaron.  La escuela se cerró y con los años unos terratenientes la demolieron y edificaron la vieja hacienda que sigue en pie hasta el día de hoy.

Y así mis queridos niños, desde aquel día se dice que en las noches de intenso frío; si uno pone atención a los misterios que andan sueltos por las callejuelas, desde lo profundo del bosque se alcanza a escuchar entre el murmullo del viento las notas de un piano tristemente ejecutadas acompasadas de constantes lamentos infantiles que jamás volverían a ver la luz del día.

6 comentarios:

Gerardo Huerta Jaime dijo...

Se nota que trataste de prodigarte, pero me parece que no lograste encontrar tu sendero en ese bosque de palabras.
Aunque las historias de desaparecidos que se manifiestan en oscuras noches, siempre tienen su encanto, a pesar de no tener bien esclarecido el meollo del asunto.

Julieta dijo...

Me gusta tu idea pero no creo que sea precisamente para niños. Considero que habría que ubicar mejor algunas comas y separar más estrofas...pero insisto, la historia me gusta, saludos cordiales!

RoS dijo...

Ese toque de suspenso la verdad que me atrapó.
Le leí este cuento a mi sobrino ayer por la noche y creo que se espantó un poco, jaja.
Buena la historia, disfruté la narración.

Dr. Gonzo dijo...

La parte narrativa es buena, me agradó bastante. Tomando en cuenta el aspecto medio tétrico que me dejó convencido con el final, también es curioso pensar en que si habría niños que lo pudieran disfrutar así. Me quedo en un punto intermedio y lo que Ros dijo, me latió. Habrá que hacer el experimento con todos los cuentos de esta semana.

Augustine X dijo...

La historia me ha gustado, me gustan las historias de suspenso, igual el cuento si es para niños pero no para muy pequeños porque sino no querrán ir nunca a clase de música. Saludotes.

Maldito Desgraciado dijo...

Pienso que acomodar el texto en más párrafos no le vendría mal. En cuanto a si es para niños o no, al niño que llevo dentro, si le gustó... jajaja.
También pienso que si trabajas más este texto y le das un toque más explicito de suspenso, puede salir algo mucho mejor y que no deje a todos entre que sí pero no.
Saludos!
y pues, felices fiestas!.