lunes, 6 de febrero de 2012

El cuarto Rey Mago


Vidrios rotos, algunas astillas se habían quedado sobre tu cabeza, raspones y moretones adornaban tu frente. Después de un rato, la espera había terminado, estabas en casa con la costilla rota pero el orgullo y arrogancia intacto, o al menos eso querías aparentar entre la risa y las bromas irónicas.
Evidentemente habías vaciado algunas botellas de alcohol en tu decepción. Habías dicho que no lo harías de nuevo y sin embargo, ahí estabas otra vez, siempre tropezando con tu misma piedra. Las mujeres: tu debilidad. 

Siempre te había visto como el hombre fuerte, el que a nada temía, el que estaba ahí para consolar y dar una palabra de aliento, pero esta noche conocí tu verdadero ser, tan débil como yo, tratando de hacerte el gracioso para que mi madre no se enfadara contigo, no pensabas la sarta de palabras que brotaron de tu boca entre lágrimas que secaste antes. La ansiedad me llenaba el estómago, quería detenerte, que no lo hicieras más, pero solo venían a mí los recuerdos de niña de cuando hacías lo mismo. 

La escena siempre fue así: tú, el payaso de la fiesta, mientras mi madre se sonrojaba por las miradas de lástima que -según ella- veía en todos los demás. Nunca olvidaré el día en que la luz se fue y me contaste la historia del cuarto Rey Mago, -ese que llevaba diamantes- dijiste con la voz entrecortada por el vino y con los ojos llenos de tristeza, tenía tantas ganas de consolarte, de calmar ese dolor que no sabía cuándo había nacido. -Pero se perdió porque se distrajo al ver a unos niños pobres que tenían hambre, el Rey Mago, les regalo sus diamantes- yo atenta seguía tus palabras, me hipnotizaba tu voz, tus ademanes quebrados y la lentitud de tus movimientos, te detenías de la pared y de mi pequeña figura para no caerte. 

Hoy, después de treinta y un años sigo viendo en tu mirada el mismo dolor y soledad que recuerdo en la niñez. Pones tus manos hacia atrás y caminas gracioso, tu cuerpo se encorva y tu mano en tu costado me recuerda la angustia que sentí al saber que habías chocado contra un muro de contención. No puedo evitar sonreír, ¿es de nervios? o tal vez solo quiero verte como antes. Te has ido a dormir, en mi pensamiento solo giras con la nariz roja por el frio de la noche y el alcohol de tu sangre, tu poco cabello encrespado y el rostro pálido por el miedo que también sentiste. Pero tú eres mi padre y siempre serás aquella figura de fuerza que me enseñó a no temer aunque seguramente me he visto como tú en los días de soledad en un espectáculo de tres cuartos.

5 comentarios:

Úrsula Amaranta dijo...

Pfff, qué fuerte, jamás habría imaginado un tema así par la palabra "payaso" y sin embargo es tan certero.

Julieta dijo...

Coincido con el comentario de arriba en que fue un buen giro al tema...está intenso, me gustó =)

Ros dijo...

Buen relato, plasmas a tu personaje con tal cariño, que uno no hace más que sentir empatía con el autor. Admiro la poesía que se teje entre tus letras.

Augustine X dijo...

Buen texto Sira, conmovedor y bien tejido. Por ahí hay algunas trabas en la forma de hilar, pero si te dejas llevar por la emoción, se olvida.

Piper dijo...

En el tercer párrafo como que me perdí de momento y regresé a checarlo de nuevo, puedes hilvanar mejor la idea (no lo dudo). Por lo demás está bien definido el personaje, punza, contagia con ese dejo melancólico que envuelve el texto en general. Me voy con buen sabor de boca.

Saludos