martes, 7 de febrero de 2012

Un presente







Héctor secaba su boca del agua que todavía le escurría, había tomado abundante liquido del grifo; sediento entre los andadores después de perseguir y ser perseguido. Su vecino le invitó a comer ese día, tenía ya el permiso de sus papás. A Héctor le gustaba mucho ir a la casa de Arturo. Éste vivía con su papá (siempre traía los ojos rojos) y su abuela. A la abuela la sacaban de 11:00 AM a 13:00 PM (dos veces a la semana) al patio para que le diera el sol. La señora siempre que le veía le recordaba a una de esas mariposas nocturnas, de las blancas con pelitos. La señora poco hablaba y si llegaba a expresar algo lo hacía por los ojos. Arturo le decía –“Yo sé leer la ojos de la gente, mi abuela me habla con la mente”-. Eso y otras muchas cosas le emocionaban de su amigo; ir a su casa garantizaba pasar tardes sin igual, distintas. Al entrar a su casa la luz del día quedaba atrás, -Siempre es de noche –decía Arturo gesticulando regularmente felicidad. Su rostro contrastaba con los cuadros que colgaban en la sala y en el pasillo largo que llevaba a sus recamaras. En la sala les gustaba jugar a ser parte de un safari. La alfombra roja desgatada emulaba un piso de tierra, los sillones de un verde vegetal que dejaban ver los resortes eran árboles y ramas. La idea del safari fue de Arturo, Héctor se sentía parte de otra historia, el lugar lo transportaba a otro imaginario. A ciencia cierta no sabe si en efecto los cuadros de aquellos payasos o el conocimiento de que la familia de Arturo era circense le permitían imaginar –sentir- ser parte de un circo, mejor, de un circo adentro de una casa. Los cuadros recuerda tenían los rostros de lo que parecían ser hombres pintados de payasos, rostros en tres tonalidades: ojeras blancas y ojos delineados que empujaban a la tristeza, algunos de esos rostros se acompañaban de una lágrima; mejillas y nariz redonda en rojos y los pómulos y el mentón en un negro noche. La vestimenta no variaba, sacos y moños grises, boinas y sombreros empolvados acompañados algunos de una gran flor. Los cuadros parecían a ver adornado esas paredes toda la vida; la primera vez que le visitó se sintió intimidado por aquellos rostros melancólicos, ya en repetidas visitas esa idea se fue disipando, los concebía como parte de un mundo particular. Ese día el papá de Arturo llegó con los ojos más rojos que de costumbre, entrando con la abuela en la silla le dejo a un lado de los sillones; les dijo que pararan de jugar, que se arrodillasen, que pidieran misericordia por sus errores en la vida puesto que el fin de los tiempos estaba cerca. Les obligó tanto a Arturo como a Héctor que se arrodillasen. Allí estaban todos hincados mientras la abuela intentaba decirles algo con los ojos, fue una lástima, Arturo no pudo interpretar lo que quería decirles la abuela y menos pudo leer sus pensamientos. Héctor se entregó al espectáculo, los rostros de los payasos en función de espectadores tristes les veían. Héctor pensó y entendió al papá de ojos rojos como un gran maestro de ceremonias, Arturo de rodillas le guiñaba un ojo, en un sentido de complicidad. El señor comenzó a sentirse –parecía- mareado, se sentó en uno de los sillones para después quedarse profundamente dormido. La abuela seguía sin decirles nada. Pero vino el segundo acto, Arturo tomó de la mano a Héctor, le llevó a lado de abuela.
-La abuela tiene algo qué decirnos, tal vez no escuches qué, me lo dirá mentalmente.
Con grata incertidumbre Héctor esperaba las palabras de su amigo, es decir los pensamientos de la abuela. “La abuela dice que le da mucho gusto que estés aquí, que seas mi amigo. Nos contará sobre el abuelo y mi mamá”. Arturo apretaba la mano de la abuela, decía que esa es la forma en cómo llegaban los pensamientos. “Dice la abuela que el abuelo era un payaso muy famoso, pero que un día se le acabó la gracia, el chiste. Dice que los cuadros que siempre te han gustado de esta casa son retratos de él, que él sigue con nosotros y que mi mamá está con él”. Héctor comenzaba un poco asustarse, sin embargo tenía una fuerte necesidad de seguir escuchando.
-¿Qué más dice?
-Dice que mi abuelo no le quería pegar a mi mamá, pero que ella se portó mal. Que no tenía que asustarse cuando él se pintaba la cara de colores, que no se tenía que avergonzar que ellos no tuvieran casa, ellos vivían en el circo y sus remolques, y todos, junto con mi abuela eran felices hasta que llegó mi papá.-Excitado le narraba Arturo mientras no dejaba de apretar la mano de la abuela, ésta no se resistía, mientras al fondo se escuchaban los ronquidos de su papá.
-¿Ajá, qué más, qué más dice tu abuelo?
-Dice que te quiere regalar algo, pero que tienes que prometernos que no dejarás de visitarnos. Quiere que mi abuela, tú y yo nos vayamos a vivir con ellos.
-¿Ese es el regalo? ¿Ir a vivir con ellos?
-No, nos iremos con ellos después de hacerle algo a mi papá. Quiere que lo maquillemos, que lo pintemos de payaso. El regalo nos lo dará después, será un regalo para ambos.
Arturo soltó la mano de su abuela la cual tenía la vista pérdida, se encontraba como en un trance, no se escuchaban más que los ronquidos y las voces de los niños. Arturo corrió a una de las habitaciones para después volver con un estuche lleno de pinturas, le dijo que eran del abuelo. Se acercaron delicadamente al sillón donde se encontraba su papá. Ambos se miraron y comenzaron a pintarle el rostro. A pesar de sólo estar dormido parecía no sentir las yemas de los niños llenas de pintura tocándole el rostro, ni las puntas de los delineadores hacían mella en su cuerpo inerte. Tardaron una hora aproximadamente. El modelo a seguir fueron los viejos cuadros.
Se escuchó un estallido, luego otro, luego más en conjunto. Lo que se escuchó seguía sin ser claro para ambos; al momento las enaguas de la abuela comenzaban a elevarse. Estupefactos veían que al levantarse en su totalidad de la falda de ésta salía un globo el cual al instante reventó. Héctor comenzó a temblar, Arturo se soltó a reír emocionado “Es el abuelo, viene por nosotros”. Su padre despertó estrepitosamente. Héctor salió corriendo a la puerta de la casa, sintió que la abuela le daba un jalón, logró soltarse y se fue sin voltear hasta su casa. Mientras corría escuchaba los gritos del padre de Arturo y las carcajadas de este último. Héctor no mencionó nada en su casa de lo acontecido ese día.
Al otro día, muy temprano por la mañana, tocaron el timbre de la casa de Héctor, abrió su papá. Un hombre le entregó un cuadro forrado en papel periódico. Le dijo que era un presente de parte de la familia de Arturo, que ellos tuvieron que irse urgentemente de la ciudad, un asunto familiar, y como no hubo posibilidad de despedirse y considerando la grata amistad de ambos niños le querían dejar esto. El tipo no dijo más y se fue; al instante el papá de Héctor le llamó, le platicó de lo sucedido, Héctor en perfecto mutismo y con las pupilas dilatas sólo escuchaba mientras un escalofrío le recorrió la espalda, a la vez que su papá quitaba el papel del cuadro para dejar a la vista el rostro de un hombre maquillado de payaso, era el padre de Arturo, una figura melancólica que descansaba en el viejo sillón verde. Una pequeña nota del lado inferior izquierdo del retrato decía:


“Muchas gracias, estamos todos juntos y esperamos que pronto puedas visitarnos. Tu amigo Arturo.”

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustó mucho tu texto, el imaginarme los payasos y la última escena me dio miedo, me agrada el ritmo que le imprimes pues la lectura no se me hizo pesada al contrario, quería apurarme para ver que pasaria después.

Siracusa

Sofía dijo...

Donde dice "Los cuadros parecían a ver adornado esas paredes toda la vida", no será "haber" en lugar de "a ver"?. Me gustó mucho el texto, aunque me costó entender la genealogía de la familia de Arturo. Siento que pudiste haber ambientado más a miedo desde el principio, pero de todas formas me dieron escalofríos al final :S

Augustine X dijo...

No sé si ha sido un texto que lo has hecho un poco apresurado, pero ésta vez tú narración se torna un poco torpe por algunos errores de dedo. La idea me parece que está bien pero creo que a veces se rebusca mucho y el texto se vicia. Sí, el final va bien y cierra una historia interesante pero un poco tropezada. Aún así esos payasos tristes se quedan en mi memoria. Muack!!!

Ros dijo...

Me parece interesante, aunque siento que partiste de una idea que pudiste explotar mejor, de repente sentí o huecos en la historia o rebuscamientos, ay no acabó de cuadrarme el cuento. Saludos.

Piper dijo...

Me agradó el ambiente oscuro y fantasmagórico que rodea al relato el cual me ha parecido bueno con un final que me deja interrogantes. Pero como dicen arriba faltó más sencillez en algunos puntos para no frenar al lector y dejar que la historia se cuente por si misma.

Saludos

Dr. Gonzo dijo...

Lo leí dos veces y en lo personal me queda claro que el planteamiento es estupendo, desgraciadamente se nota hecho con prisas, tanto que hay un par de puntos muertos en el texto, como la historia del abuelo que cuenta Arturo y lo de los globos que quizá a tí te quedaron bien por tener la imagen, ero que no se transmitió para mi gusto. Errores de dedo y ortografía que no pueden hacer pasar a a mayor las cosas de no ser porque esa familia me luce bastante interesante por sus perfiles y que podrían haber dado para más.