lunes, 14 de noviembre de 2011

España de noche


Sus ojos estaban vendados. Una mordaza callaba su voz. Quería creer que no sabía dónde estaba, pero sería mentirse. Aun sin ver sabía que enfrente estaba un ropero, a tras de ella un gran tocador con su espejo, que en vez de tener cremas y perfumes, guardaba látigos, fustas, enemas y demás accesorios que parecía fueran traídos de una época medieval. Estaba acostada boca abajo, pero su piel no tocaba nada. Tenía las manos y los pies libres, pero no podía moverse. Se encontraba suspendida.

Si cualquiera le hubieran dicho tiempo atrás que algún día ella se iba a encontrar en aquella posición, se hubiera reído en su cara, no sin antes llamarle pervertido y degenerado a la persona que hubiera mencionado tan bizarra práctica. Siempre se consideró recatada, conservadora, de sanas costumbres. Pensaba que la mujer no debía de experimentar, mucho menos en el sexo, no sea que la criticaran por ser de “cascos ligeros”.

Un hombre se acercó a su cara. Al parecer dijo algo, pero no logro entenderlo bien. La venda tapaba parte de sus oídos. Era como si estuviera desconectada. Se sentía vulnerable, frágil, a tal grado de que si le tomaban de la mano y le llevaban a cualquier parte, ella obedecería sin si quiera atreverse a ver a su guía. Era un mueble más y así le gustaba sentirse.

Hace poco había hecho un viaje a España. Su madre tenía poco tiempo de fallecida y en su testamento le dejo algo de dinero, con la condición de que conociera el mundo. Hasta su madre sabía que necesitaba vivir más. Así que, juntando lo que tenía ahorrado, mas su herencia y su aguinaldo, se decidió ir al único país que siempre le había llamado la atención. Camino largas horas por entre las calles de Madrid, conoció la cocina de Castilla y deambulo entre los mercados de pulgas. Y fue allí, en un día tan común como ella, que conoció a Carlos. La chispa fue instantánea, congeniaron en el primer minuto. Sabía que muy probablemente iba a ser un romance de vacaciones. Y sin embargo, el saberse una forastera le impulsaba a hacer aquello que nunca se atrevió a hacer.

Con Carlos descubrió la otra cara de España. Conoció los bares nocturnos, los agasajes en los callejones oscuros y los club’s donde se permite fumar marihuana. La primera vez que tuvieron sexo, le sorprendió la sonora nalgada que le dio. Sin embargo, lejos de molestarla, la excito más. Fue una sensación que recorrió su vientre, algo que nunca había sentido.

Lentamente aquel hombre la levanto hasta que quedó en posición diagonal. Le quito la venda de los ojos mientras sostenía un espejo para que pudiera verse mejor. El frio de la noche le erizaba la piel, sus pezones estaban como una roca, le temblaban las nalgas. Pero no lo sentía. La humedad en su entrepierna, los espasmos en su conchita le impedían pensar en el frio.

Cada vez que tenían sexo, Carlos era más rudo. Primero la agarraba de los cabellos y se los jalaba poco a poco, cada vez con más fuerza. Después empezó a morderla, a apretarle las tetas, a no permitir que ella estuviera sobre él. Pero descubrió dos cosas: nunca había tenido tantos orgasmos juntos en una misma noche y ese tipo de relación, un tanto dominante, la hacía sentir más cómoda, mas desenvuelta, más libre. Se sentía segura.

La máscara que llevaba su celador le impedía verle el rostro. Sabía perfectamente quien era, pero prefería pensar que era un demonio, un súcubo enviado del inframundo para complacerla. Para llevarla hasta lo que los franceses llaman Le Petit Mort, para hacerla sangrar de dolor, sangrar de placer. Sintió los golpes en su trasero, era la fusta sin lugar a dudas, podía sentir como a cada golpe su piel se enrojecía, su mente se blanqueaba y la sensación entre su entrepierna se intensificaba. Cada golpe era un gemido, cada latigazo un orgasmo.

En una de sus excursiones nocturnas con Carlos, llegaron a un bar BDSM. Ya se le hacía raro que hubiera llegado con un conjunto de cuero, completamente negro, con un generoso escote y una sugerente abertura que va desde la nuca hasta la parte baja de la espalda. Le había dicho que irían a un bar especial. Valla que lo era. Era un templo a lo extravagante. Había pinchos, látigos, cadenas, mujeres y hombres a cuatro patas, cual perro faldero que no se separa de su dueño. Intento salir corriendo, pero Carlos la sostenía fuertemente del brazo. A leguas se veía que era un cliente habitual. Saludaba a todos, se detenía a dar de latigazos los traseros desnudos de los que se le ponían enfrente. Todo era muy depravante, algo que se ve en la televisión, pero que no imaginas presenciarlo en vivo. Y sin embargo, todos parecían muy divertidos, relajados. Los que no tenía al cuello una especie de collar (los cuales se hacen llamar “Amos”) bebían, platicaban, golpeaban. Los de collar (o los “Sumisos”) permanecían siempre a lado de su amo, esperando el siguiente golpe, la siguiente patada. Muchos callaban, pero sus ojos dejaban ver lo mucho que lo disfrutaban, lo seguro de sí mismos que estaban. Era una escena dantesca, solo que no había ángeles o demonios, no había diferencias de género o color de piel, no existía la delgada línea que divide lo moral de lo inmoral. Era gente normal, que disfrutaba del sadomasoquismo.

El celador la levanto completamente hasta que pudo sostenerse sobre sus pies. Con suma delicadeza fue quitando cada gancho que atravesaba la piel de su espalda. Aplicaba un poco de alcohol en cada herida, beso sus hombros y libero la mordaza que suprimía sus palabras. Puso una bata sobre el cuerpo desnudo, y así, mientras la abrazaba, le decía que la amaba. Quito la máscara de su rostro y vio de nuevo a Carlos, aquel hombre, quien con una nalgada le había enseñado la seguridad de ser una sumisa.






Con ustedes Dark Angel,
escribicionista.

7 comentarios:

la MaLquEridA dijo...

Nunca entenderé a la gente que le gusta ese tipo de actos, sentir placer con los golpes me parece muy bizarro.

Un texto bien redactado, diferente a lo acostumbrado -je- con un error de ortografía -valla en lugar de vaya- pero en general bien.

Hasta parece que no lo escribiste tu, esa extraña dualidad que a veces presentas en tus textos.

Saludos.

...Dark Angel... dijo...

Que pues mi Malque, no andes diciendo eso, luego van a creer que me pirateo los textos. Te seré franco, hay temas que nomas no me laten naditita y es por eso que luego escribo puras burradas. Es como todo, a veces te dejas llevar mas con unos textos que con otros.

Y respecto a la practica, pues, yo no entiendo como ahi gente que se divierte con la matanza en una corrida de toros. Son parte de las pequeñas manias que todos tenemos.

RoS dijo...

Fíjate que se lee muy forzadota la historia. Faltó fluidez.
Contrasto con Malque en lo de bien redactado.
Explicaciones, como esta:(los cuales se hacen llamar “Amos”) me hacen ruido; en un relato, cuando el autor quiere dar tantas explicaciones para dejarle el caminito fácil al lector le resta fuerza a la historia.
No te metas como autor, deja a la historia en paz, que fluya.
El título me parece interesante, pero igual pudo ser Venezuela, México, es decir, en la historia España no tiene peso.
Hay palabras, como "conchita" (y no es que me espante) que no le van bien al relato, al final, la leo como una revoltura de términos metidos a fuerza.
En general, faltó una buena pulida.
Saludos.

Pherro dijo...

A mi me parece que están bien las explicaciones, para los que no somos muy versados en el tema. Y las descripciones son detalladas, sin sobrepasar la historia, que va aumentando el interés, conforme se avanza en la lectura.

SIRACUSA dijo...

Me gusta el estilo que sigues conservando, encontrar la propia voz literaria es dificil y (aunque suene muy subjetiva)me agradó el texto.
Las personas podemos encontrar esa seguridad o cierta estabilidad -tan anhelada- en prácticas poco comunes. :D

Pinchesendic dijo...

Siento que la historia daba para más y pudo ser mejor tratada, pero hubo una constante generalización en el texto que pienso les restó a tu narracción.

Augustine X dijo...

La idea de la seguridad de la sumisa, me ha parecido interesante. El texto para mí, nuevamente ha pretendido ser muy apantallante pero se quedo corto.