sábado, 12 de noviembre de 2011

TODO POR UNAS PIERNAS

El cielo nocturno de noviembre se mostraba tranquilo. Las nubes grises y rojas cubrían parcialmente la luna amarilla. Disco que engalanaba la bóveda falta de estrellas. Que iluminaba la noche, motivo de poesías y canciones, para otros, significaban deseos de que esa hora nunca llegara.

-¡No!, por favor, ¡quítame todos los gusanos!- repetía incesantemente la mujer retorciéndose en su cama. Sus familiares no alcanzaban a comprender el porqué de sus alucinaciones. La habían llevado con todos los doctores de la ciudad y el extranjero para determinar la causa de su enfermedad. Ellos decían lo mismo, -la señora está sana, no manifiesta alguna señal de esquizofrenia-. En el día era una mujer tranquila, podía mantener una conversación y hasta cocinaba de vez en cuando, lo malo venía por la noche, era cuando las alucinaciones empezaban. Gritaba y se mesaba los cabellos, le rogaba a alguien que se fuera y entonces el cuento de los gusanos, una y otra y otra vez, se arañaba, desnudaba y trataba con lo que tuviera de deshacerse de esa pesadilla.

-Ay Natalia, creo que todo esto tiene que ver con Hilda.
-No Sofía, no tiene relación. Esas son estupideces.
-Pero tú lo viste. Estábamos ahí las tres. No lo puedes negar, y esa maldita osadía de Larissa, siempre desafiante, siempre arrogante.
-No. Y mil veces no, ya te dije que lo olvides, eso debe ser una enfermedad nueva que aún no se ha descubierto.

Las dos mujeres guardaban silencio y velaban el sueño de su hermana. Sofía no podía dormir, había ido, sin que Natalia lo supiera, con una curandera, la limpiaron con pirú, la barrió con un huevo de gallina y le dio una receta que ahuyentaría cualquier mal espíritu. Siempre llevaba consigo un limón para que la guardara del mal de ojo, sin olvidar una estampita para reforzar la protección. -Andaré vestido y armado con las armas de San Jorge para que mis enemigos, teniendo pies, no me alcancen, teniendo manos no me atrapen, teniendo ojos no me vean, y ni con el pensamiento ellos puedan hacerme mal- repetía apretando la estampa que ya casi borrada.

Uno de esos días, en que Larissa estaba lúcida, comenzó a platicar sobre esa noche. Les dijo a sus hermanas que había estado dándose cuenta que aquella extraña mujer les robaba sus pertenencias, primero una cuchara, después la carpeta que tejió la abuela, luego la ropa interior. –Eso me dio mucho coraje, lo de la cuchara lo entendí, pero que se llevara mis calzones, ¡jamás!- decía. Natalia insistía en que no recordara más, que eso era solo charlatanería, -además, tú en esos momentos estabas tomando aquellas pastillas que seguro te hacían alucinar-. Sofía la tomaba de las manos y Larissa lloraba, lloraba en silencio -¿Por qué no me creen? Les digo la verdad, lo que vi ese día me ha perseguido siempre-. Ambas hermanas tenían la duda de lo que había pasado, pero ninguna se atrevía a preguntarlo. Pero Larissa no quería callar más, pensaba, que si lo decía tal vez lo ahuyentaría.

-Todo comenzó por la mañana. Al escuchar el timbre, supuse que era ella, como siempre, para pedir un poco de café. Me sorprendió que ahora Hilda llevara el té. Nos sentamos en la sala y no me pude resistir a ese aroma dulce, que me daba la sensación de felicidad y paz. De pronto, me sentí cansada y recuerdo que la vi marcharse. Al despertar ella seguía ahí, mirándome muy profundo, sentí miedo. Le pedí disculpas por el momento en el que cerré los ojos. Ella solo me sonrió y se fue. Su casa. ¿Recuerdan su casa?- y su mirada de perdía viendo como el sol se empezaba a ocultar.

-Sí. Recuerdo que estaba en la esquina. Siempre le preguntaba cómo le hacía para dormir con el paso del tren a las doce de la noche. Pero Hilda, ¿así se llamaba? Solo reía y alegaba que trabajaba de noche. Nunca supe donde, pero nadie hizo nunca un comentario mal intencionado sobre ella, más bien, parecía que le temían.- Las palabras de Sofía regresaban a Larissa.

-Eso precisamente. Cuando fui a la recámara, y disponía todo para bañarme, noté que me faltaba más ropa. Me enojé y decidí que por la noche iría a su casa a recuperar todo lo que nos había robado-. Un suspiro –Más me hubiera valido nunca haber ido. Me quedé dormida y cuando pasó el tren recordé lo que tenía que hacer, ustedes dormían profundamente. Así que salí despacio y me escondí detrás de la casa de Hilda. Vi que algo salió volando, no supe que era y no me interesaban sus colecciones de animales, quería mis calzones. Me salté por la ventana que el pajarraco había dejado abierta. 

-¡Basta ya! Estoy harta de tu imaginación. No quiero seguir escuchándote, mejor me largo y tu Sofía, no deberías de alimentar las alucinaciones de esta…-muy a tiempo se mordió la lengua, sabía que su hermana pequeña estaba loca, pero no se lo diría, no la lastimaría más de lo que ya sufría por las noches. Se fue a fumar un cigarro a la cocina, donde podía seguir oyendo todo lo que hablaban.

-Anda, no le hagas caso, ya sabes que Natalia es muy sensible a estos temas. Pero vamos, dime, ¿qué más pasó?- acariciando tiernamente a su hermana.
Larissa tomaba aire, sabía que el momento se acercaba, temblaba bajo la bata. –Me quedé sorprendida por todas las cosas que tenía. Pero lo que me impactó fue encontrar las piernas de una mujer cerca del fuego que ardía lento. Me acerqué, toqué aquellas cosas que me parecían irreales y vi horrorizada que tenían los zapatos de Hilda. En eso ella entró. Era el pájaro que había visto salir, no puedo describirte todo lo que vi. Pero yo tenía las piernas en mis manos. Ella chillaba, trataba de asustarme-. Sofía apretaba su estampita susurrando su oración. Sabía que era cierto.

-¡Devuélveme mis piernas!- gritaba Hilda
-¡No, maldita bruja!, mejor tu dame lo que te has robado- contestó Larissa rodeando el fogón y evitando estar cerca de Hilda, amenazándola.
-No te daré nada. Más te vale dármelas porque te arrepentirás.
Larissa, en un arranque de miedo e ira, arrojó una de las piernas al fuego.
-¡Te maldigo! ¡Te pudrirás por dentro y gusanos comerán tu pecho! ¡Nadie podrá ayudarte!- rugía Hilda, ahora convertida en un espantajo.
-¡Cállate, maldita bruja!- y arrojó la otra pierna. Hilda desapareció.

-Desde esa noche no he podido dormir, sueño con ella, que me persigue y siento como los gusanos salen de mí-. Natalia y Sofía sabían que todo cuanto había visto su hermana era cierto, porque ellas también fueron testigos, pero siempre habían callado, por miedo, por cobardía o porque tenían la esperanza de que todo fuera una ilusión. Como las brujas de Jesús María, tan famosas como aquello de que se convertían en lechuzas volando por las noches, acechando, esperando. ¿A tí?








4 comentarios:

Pherro dijo...

De entrada, el titulo me hizo pensar en otra cosa jeje.
Pero la historia me gustó, porque precisamente se siente como estar en la charla con las hermanas.
Yo he sabido de muchas personas que atribuyen su mala suerte o sus desgracias personales, a que algún rival les ha mandado hacer un "trabajo" o les ha echado "el mal de ojo".

Dr. Gonzo dijo...

Qué bueno que publicaste! la historia me atrapó en definitiva, me gustó mucho esa forma de relatar que tienes. Bonito trabajo.

la MaLquEridA dijo...

Buen relato Siracusa, como esos que se cuentan en los pueblos.

RoS dijo...

Tu historia me transportó de una manera muy fluidita a través del texto.
Disfruté leerte.