miércoles, 11 de enero de 2012

La gata



Sucia, ruin, loca, extravagante, todo eso es para sus vecinos Carmen, quien vive al fondo de la vieja vecindad, un sitio, que antes de convertirse en galerón de nauseabundos cuartuchos, y nidos de escoria, fue el aclientado prostíbulo “Gato negro”, frecuentado mayormente por ferrocarrileros y viajeros de paso.
De ahí, pero también de su felina mirada, es como “La gata”, le llaman en el barrio.
Famosa vedette venida a menos, que tuvo el tino –recién inaugurada la estación de trenes–, de invertir en dicha propiedad. De joyas, costosos obsequios y demás bienes, nada queda. Se fueron como lo hicieron los trotamundos que recorrieron su piel.
Cuelga en lo alto de su habitación, un antiguo póster que la anuncia como el show estelar de un desaparecido cabaret. La imagen, enmarcada con orgullo, muestra a una seductora Carmen ataviada en terciopelo negro.
Ante su mirada y enloquecida apariencia los años no han hecho mella: cada mañana repasa sus ajados párpados con viejos pinceles y colorea con rancio carmín sus labios. Permanece intacta su vanidad.
Los hijos que nunca llegaron los sustituyó con gatos callejeros, se multiplicaron desbocadamente, y de aquellas mascotas que ocuparon el prostíbulo, resultó una horda de felinos salvajes que nunca nadie aventuró a adivinar cantidad.
Gatos de todos colores y tamaños que invaden tejados, cuchitriles, que habitan entre cachivaches, hediendo el lugar a vinagre y amoniaco. Decenas de ellos, acumulándose entre los vecinos, luchando por un pedazo de pan, siempre con hambre, subsistiendo en el desánimo de este tiempo que nada sabe a los años en que Carmen brilló.
Su cuerpo marchito, es un reflejo del abandono en que ahora se encuentra la estación de trenes, refugio de vagos y adictos, que tocan su puerta en busca de cocaína rebajada, son pocos los que pueden pagar una de mejor calidad, pero saben que Carmen, post-coito, extenderá una línea de cocaína pura. A veces, por unos pesos más, rentan los cuartos disponibles y se quedan ahí por días. El resto de los inquilinos –pordioseros, trovadores sin rumbo, prostitutas avejentadas– pagan la mesada sin replicar, nadie se mete con ellos, ellos hacen lo mismo.
Por eso no les resulta extraño que “La gata” no ha salido en días a gritar incoherencias o a recibir adictos que sólo con su cuerpo pueden pagar.
Brota de su vivienda, un fétido aroma que se mezcla con los orines del exterior, por la rendija de una ventana, entran y salen gatos, día y noche, engordan, ya no tienen hambre.
Los inquilinos, en complicidad e ignorándose, están felices, hace días que ningún gato les roba un trozo de pan.

9 comentarios:

Dr. Gonzo dijo...

Tomar algunos elementos desconocidos puede ser muy fuerte para alguien que tiene una estructura de trabajo como tú, pero tomaste el riesgo y salió un agradable y leíble relato. El remate fue bueno y explotaste un tema que podría fácilmente quedarse en lo anecdótico. Sí, faltaron más motivos.

Gerardo Huerta Jaime dijo...

Bien RoS, estás encontrando tus pasos, en este camino de palabras.

Pinchesendic dijo...

Que pedazo de historia nos entregaste esta semana. Una histria muy rica en colores, sensaciones y texturas, llena de detalles que le aderezan de principio a fin. El final sin ser explícito, da una muestra perfecta de la conclusión de Carmen. Muchas felicidades Ros, muchas felicidades.

Augustine X dijo...

La historia de la señora de los gatos con tintes cabareteros. La historia está bien logrado y coincido con Pinchesendic en que el final es el adherezo perfecto para este texto.
Saludos

Piper dijo...

Un escrito fuera del tono con el que participas regularmente. Me ha gustado el cambio por lo bien llevado y con un final redondo para la historia. Vientos Ros.

Julieta dijo...

Siempre sorprendiendo Ros...las imágenes muy bien logradas y el final dándole un giro inesperado. Fue muy grato leerte =)

Aseret dijo...

Inpirado en hechos reales, una acumuladorea de recuerdos, olvidos y gatos.

Capitan TINTASANGRE dijo...

patrona, la saludo con gusto y veo que ha avanzado mucho en su trabajo, ahora la lei muy sombria.

es divertido ver y leer estas historias arrabaleras. imaginando ese ambiente tan decadente y olvidado

Úrsula Amaranta dijo...

cabaret y gatos, me encanta la combinación. Qué te digo, me encanta leerte.