
La máscara de Caín era de tela de bandon color purpura imperial, con aplicaciones de fuego sobre un antifaz de dragón oro brillante. Su capa de tela metálica en acabados "alentejuelados", le daba una apariencia más allá de lo profesional... digamos, divina. Su hermano y pareja luchistica Abel, en cuanto a distinción y estilo tampoco quedaba rezagado. A él se le recuerda portando una bella tapa azul de Prusia con el antifaz plateado de un hipocampo (caballo marino mitológico). El resto de su vestimenta constaba de un fino chaleco de raso satinado y lustrosas botas. A pesar de ser tan diferentes en la forma de luchar, juntos se complementaban y no hubo quien los igualara arriba del cuadrilátero en cuanto a exhibición de técnica y espectáculo.
Caín, excepcional luchador a ras de lona, y Abel, un simple maromero, pero que gustaba a la gente y sabia a la perfección como echársela al bolsillo, fueron un dúo de antología (el verdadero dúo dinámico). Su calidad como mancuerna, solo fue superada años después por la pareja de oro y seda (los número uno en mi opinión). Sin embargo, en su momento ¡Química pura la de este par! Mientras uno daba cátedra de llaveo y contrallaveo, el otro no paraba de asombrar al personal con sus trepidantes vuelos y otras suicidas acrobacias ¡Lo mejor de ambos mundos! No hubo arena chica o grande donde el público al verlos, no saliera con un grato sabor de boca... lo sabré yo, que fui su manejador, y también su padre.
No solo les confeccione las mascaras y ayude a elegir el equipo, también hice lo principal, les enseñe a luchar, les enseñe a ser hombres y a cuidar siempre el uno del otro. Desde chiquillos así lo hicieron... eran los mejores hermanos y también mi orgullo. De mayores talentos Caín, el de mayor disposición y empeño en llegar a ser un gran luchador, pero Abel, con algo que la mayoría carece y solo los grandes llegan a tener: noble sentido del entretenimiento (desde el primer instante supo que estaba ahí para divertir... y divertirse). A pesar de llevar el rostro cubierto, en este último podía adivinarse siempre una gran sonrisa en todo lo que hacía... desafortunadamente, en el caso de Caín, su "careta" me impedía ver lo que había detrás.
Una noche, al terminar la estelar con triunfo para los dinámicos, Abel agradeció con flexiones a los cuatro costados desde el centro del ring. Los aplausos enmudecieron cuando Caín, tomando impulso con las cuerdas, propino una salvaje patada voladora a la espalda de su hermano menor. Ya de frente y en la confusión:
C- ¡Ora si hijo de la chingada!
A- ¿¡Pero hermano que estas...?
Abajo del encordado, mi primogénito, con una horrible furia comenzó a darle una abierta golpiza a Abel. Las miradas atemorizadas de la multitud no podían creer o reaccionar frente a lo que estaban viendo. Fue todo tan rápido e intenso, que no hubo oportunidad de llegar a tiempo para separarlos. Solo en cuestión de segundos la máscara del caballito de mar se volvió un paño sanguinoliento. Mientras peleaba por acercarme, un ruido hueco y desesperantemente repetido llego a mis oídos... era el sonido de la cabeza de Abel siendo azotada fuertemente contra el suelo. El semblante de Caín, encendido, pero también de gozo, me mostro quien era realmente mi hijo (el rostro del rencor debajo de la tapa por fin quedo al descubierto).
A- ¡Por favor...!
C- Muérete cabron
Finalmente, todo acabo con el alarido de Abel cuando Caín, usando los pulgares, le sumió los ojos. Ahí estaba mi hijo menor, el más alegre, con los sesos desparramados en una de las esquinas del cuadrilátero:
¿Qué cosa hiciste insensato?
C-¡Déjame!
Luego... huyo.


