martes, 25 de octubre de 2011

Exploradora de este mundo y sus misterios




Los árboles se van perdiendo en el horizonte. El cambio de paisaje es notable, de un lugar desértico y llano paso a las montañas y verdes visiones que me anuncian la proximidad con la tierra que me vio nacer. La ventanilla del autobús me impide sentir la brisa y los aromas que se reproducen invisibles. -Mi corazón, se ha desdoblado en tres partes- le digo a la señora del Opus Dei que viaja conmigo. Ella se había dispuesto a contarme toda la historia de su ministerio, la verdad es que sólo podía pensar en llegar. –¿A dónde vas?- me preguntó al sentirme distante de sus palabras y de como un milagro había salvado al Padre nosequién.  -¿Cómo puedes tener el corazón desdoblado en tres partes?- decía aburrida mientras intentaba destapar su lata de refresco, se la quité de las manos y la abrí, la artritis en sus manos era evidente, me conmovió. Silencio. Las dos nos guardamos las respuestas, las preguntas, pero mi mente viajaba a cada uno de los lugares donde había dejado una parte de mí, -por eso soy una exploradora del mundo y sus misterios-, Guadalupe no comprendió mis palabras, ni esperaba que lo hiciera, hay cosas que no se pueden explicar, que sólo se sienten y con eso basta, pensamientos.

 El sueño me venció, lo último que vi fue el lucero de la tarde, que al aparecer por el Este indicaba a los antiguos indígenas que era tiempo de cosechar. Con estas imágenes me perdí junto con la noche que empezaba a caer y difuminar los paisajes de ensueño, dando paso a esos sitios.
Primero: la ciudad colonial, trazada por ángeles que señalaron a Don Julián Garcés donde debía fundarse la ciudad que serviría de descanso y lugar de comercio para españoles. Las calles trazadas en forma de damero. Casas donde se tejieron intrigas. Levantamientos. Movimientos estudiantiles. En fin, es poco el tiempo para describir cada una de ellas, por eso, el historiador alemán Hugo Leicht pensó que sería bueno reunirlas en un libro que diera cuenta de las calles y su origen. Sin embargo, cada lugareño o foráneo tiene su propio libro de recuerdos, tan tibio y fresco como las mañanas y tardes en el Barrio del Artista, ante bodegones, claroscuros y retratos de mujeres hermosamente desnudas.
Mis huellas se grabaron al caliente asfalto de las tres de la tarde, borradas por las de otros. Palafox y Mendoza calle céntrica donde está situada la facultad de Filosofía y Letras, asilo de todo tipo de entes raros y exóticos que inundaban las cantinas donde una jarra de cerveza costaba quince pesos, que entre el consomé de camarón y galletas saladas intentaban arreglar el mundo que terminaba en el palomar, entre olores amargos y dulzones.
El Callejón de los Sapos, con una cantina antigua donde una pasita es imprescindible. El zócalo con sus dragones, los Portales que ahora desentonan llenos de trasnacionales, que cerraron sus puertas el día que los zapatistas visitaron la ciudad. El Carolino, colegio jesuita hasta la expulsión de estos en 1767. El “gateo bravo” antes conocido como “Paseo Bravo” mote ganado a raíz de la infinidad de empleadas domésticas que salen a dar la vuelta los domingos, entre organilleros, novios y besos fugaces, el pajarito que te dice la suerte y el kiosco donde moños multicolores enarbolan la libertad perdida de lunes a sábado. La iglesia de Santo Domingo, la Capilla del Rosario, Cinco de Mayo con sus puestos ambulantes de chalupas y molotes. Los portales de Cholula, donde cada domingo me comía una nieve con los abuelos después de ir a misa al convento de San Gabriel, una capilla abierta que me transportaba: era una indígena recibiendo la doctrina y el bautizo sin comprender nada de lo que los humildes franciscanos intentaban decir. La sobriedad de sus paredes me hacía sentir dentro de un mundo irreal. Las pirámides de Cholula y sus bebedores de pulque, los antros en la Recta. Tierra que me dio el otro ser, que me templó como una pieza perfecta de talavera.

Todo esto se transformó y se puso gris cuando mis padres se mudaron a “la tierra de la gente buena”. Las visitas a la ciudad se tornaron una aventura. Mi padre me esperaba en México y salíamos a las once de la noche. Entre humo de cigarro, café y música nos aventábamos el viaje en menos de seis horas. La carretera se hacía grande y ancha, el auto disminuía su velocidad. Las palabras salían dibujadas, tomaban formas inexactas al pedirle que acelerara más, un poco más. La tierra opaca del centro de la República me atraía, me invitaba a probarla en puños húmedos. En cambio, estas transmutaban en fresas con crema, tan frías, tan deliciosas, ¿augurio de mi próximo destino? Las saboreaba despacio, lo agrio de la fruta y el azúcar tronaban en mi boca como chispas del fogón de la abuela.
Aguascalientes no me gustaba en un principio, carecía de ese encanto de los volcanes y los amaneceres helados a faldas de la Malinche, pero aprendí a amar sus atardeceres sangrientos delineando el Cerro del Muerto, las lunas de octubre que iluminaban mi camino a la salida del trabajo. La feria de San Marcos y los litros de cerveza que corrieron por mis venas el primer año, una atracción vertiginosa. Caminando por la Expo, entrando al casino, apostando en los dados y la ruleta, bailando con la tambora. Nuevas amistades, nuevos hombros en los cuales apoyarme. La Romería y la Catrina que ahora están tatuadas en mi mente divagante, de velo negro y púrpura el vestido.

Mi tercera ciudad.
Apenas va germinando, poco a poco van creciendo las raíces que me envuelven tibia y cálidamente, guardo momentos, pétalos de flores que no se mueren. Ahí está el amor, los besos y abrazos que me enternecen, apasionan y cubren mis noches de suaves imágenes. Las fresas y su feria, de los primeros recuerdos de la vida que empezamos a compartir. Los helados de queso y zarzamora: sabores que se esconden bajo mi lengua. El sonido del tren que se aleja es la música que fondea nuestras llamadas. El viaje me llena de impaciencia, el rímel corrido y el lápiz labial dejado en la lata de jugo se corrigen cuando llego y leo “bienvenido a Irapuato”. Una casa y un futuro aguardan, cascabeles y campanas de boda anuncian el puerto tranquilo donde quemaré mis naves. Sueño contigo, como nos alejamos en tu auto negro de la central de autobuses, me miras como si fuera lo más bello que has visto en toda tu vida, te regalo un beso y recargo mi cabeza en tu hombro, pones una mano sobre mi pierna, mejor me abrazas, la paz llega lenta, en dosis pequeñas, aspiro tu aroma y suspiro.

-¡Despierta!, hemos llegado- me dice Guadalupe mientras limpia su brazo de las babas que le dejé. Toma su bolsa y se baja del autobús, limpio mis ojos tratando de recordar las calles, que de nuevo, por unos días caminaré. Y solo atino a pensar en una frase que leí, cuando José Arcadio incitaba a Úrsula Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”.

8 comentarios:

Pherro dijo...

Me latió, me pareció como si lo estuvieras platicando en una sobremesa, alternando los recuerdos con los planes de una nueva vida.

la MaLquEridA dijo...

Puedo ver entre líneas el futuro que estás construyendo en compañía.

Me gustó el texto.


Por cierto me dejaste plantada o se fue el internet? Te esperé y no regresaste.

besos.

RoS dijo...

De este tema "Mi ciudad" han salido cosas muy chidas, la neta.

Me gusta tu estilo, Sira, esta prosa me ha encantado. Aún sin conocerte antes, hubieses conquistado mi simpatía con este texto. Harto sentimiento y honestidad se lee.

Observé repetición de palabras muy pegaditas, por ejemplo en:
-se la quité de las MANOS y la abrí, la artritis en sus MANOS
-CIUDAD colonial, trazada por ángeles que señalaron a Don Julián Garcés donde debía fundarse la CIUDAD.

:)

Dr. Gonzo dijo...

Es el brinco entre ciudades lo que me llamó tanto la atención, por el sello de sencillez y capacidad de asombro que demuestras en tus escritos y tu forma de comunicarte. Terminas con tu presente y haces variantes con el asunto del pasado y el podría ser. Me latió.

Augustine X dijo...

Muy bien Sira, qué gusto leer una prosa suya. La sencillez brilla pero no desmerita la calidad, todo lo contario, crea una prosa limpia. Por mencionar alguna corrección, en algún momento después del inicio del texto se me ha hecho un poco pesadas las descripciones históricas pero eso ya es una cuestión de mero gusto. El final redondo y me ha encantado, no pudiste escoger mejor frase para cerrar. Felicidades y gracias por el texto.

pinchesendic dijo...

Siracusa, en los sueños están las mejores realidades, lástima que en ocasiones no se puedan recordar, pero en otras más valdría nunca despertar. Tu escrito me fascinó, extrañaba mucho tu prosa, esta historia te ha quedado muy bien.

Fhercho dijo...

Un relato basntante ameno y cargado de sentimientos de un sueño. Muy bueno Siracusa

Capitan TINTASANGRE dijo...

tres ciudades
tres momentos; una vida.
pasado, presente y futuro.

muy bonita historia aunque se nota que lo tuyo fue Puebla, porque de Aguascalientes'n ya casi no hablas'n.

de Irapuato, pues te deseo lo mejor...