miércoles, 11 de junio de 2014

LLUVIAS DE VERANO





Vivo en una ciudad muy pequeña a orillas del Golfo de México, mi casa se encuentra a menos de cinco minutos caminando desde el mar. Nuestra envidiable ubicación nos permite disfrutar hermosas playas, mariscos, deportes acuáticos y un sin fin de cosas;  pero todo en esta vida cuesta y el precio que pagamos los habitantes de C… son interminables  lluvias y agobiante calor.

C… sólo conoce dos estaciones: verano e infierno. El verano abarca casi todo el año (de septiembre a abril) y el Infierno son los eternos meses de Mayo, Junio, Julio y Agosto.  Las lluvias no discriminan estaciones y se presentan a su antojo, sin aviso ni invitación, tan seguido como quieren, variando desde un indefenso “chipi-chipi” hasta huracanes apocalípticos.

Aquí la gente empieza a reconocer las señales del cielo desde la infancia, los mayas nos heredaron entre muchas cosas,  el llamar a estas señales “Vientos de agua”. Uno tiende a observar las nubes, los colores del cielo; a distinguir el olor a tierra mojada y humedad, a sentir las direcciones en que sopla el viento.  Desde muy pequeñitas, mi hermana y yo aprendimos a reconocer los distintos estilos de lluvia y las clasificamos sin mayor complicación en lluvias malas y lluvias buenas.

Las lluvias malas las reconocíamos de inmediato; las tardes en que el cielo se pintaba de naranja era una señal infalible de que venían lluvias torrenciales, de las que inundan calles y se acompañan de  vientos tan poderosos que tiran árboles; alguien me contó una vez que el cielo naranja, este particular “viento de agua”, enferma a los niños bajo el mismo principio que un  “mal aire” o un “mal de ojo”, los viejitos decían que te podías quedar amarillo.

Odiaba las lluvias malas, venían cargadas de truenos y relámpagos. Muchas veces durante las lluvias malas fallaba la corriente eléctrica y uno quedaba encerrado en casa, alumbrando con focos o velas una larga, aburrida y húmeda oscuridad. Papá inventó un juego: adivinar los truenos, el  que más truenos adivinará ganaba un chocolate al final de la lluvia.  Recuerdo que me sorprendía el tino de mi padre para predecir el instante justo en que sonaría un trueno, ¡siempre le atinaba! Hasta que alguien me explicó que antes de un trueno se ve  un rayo y mató de un golpe mi inocente capacidad de asombro infantil.

Las lluvias buenas eran las que caían en las tardes de verano. Vivíamos el día a día con calor intenso y abrasador y una lluvia vespertina era refrescante, era un alivio cuando el agua empezaba a caer.

Mi hermana y yo nos emocionábamos tanto con las lluvias buenas que hacíamos nuestro mayor esfuerzo por convocarlas.  Nos aprendimos una canción para hacer que lloviera. Mi abuelita nos enseñó una canción infantil viejísima que hablaba de una virgen de la cueva. (Yo creo que desde esa época ya pintaba para atea, la canción me inspiraba desconfianza ya que nunca supe de qué cueva hablaban y no entendía la relación que pudiera tener con que  lloviera o no).  Sabíamos que la gente del pasado tenía un baile para hacer que lloviera y aunque no conocíamos los pasos, nos colgábamos collares, agarrábamos sonajas y salíamos al patio a intentar cualquier tipo de danza por si de casualidad convencíamos al cielo de mandarnos lluvia.  Pensaba que un par de niñas tendríamos mucho más poder de convencimiento que cualquier otro mortal y que cualquier baile persuadiría al cielo de consentirnos con su agua. Le tenía especial fe al infalible truco mestizo de mezclar los cantos de la virgen con nuestras danzas poderosas mayas.  Cada vez que alguno de esos intentos coincidía con lluvias sentía como si tuviéramos el súper poder del agua.

Cuando por fin comenzaba a llover, entrabamos corriendo a la casa a cambiarnos de ropa. Nos moríamos de la ansiedad y sentíamos que mamá se movía en cámara lenta en lo que buscaba alguna playerita fea y vieja que ponernos. “¡Apúrate mami! ¡Va a dejar de llover!” le decíamos mientras nos asomábamos por la ventana y apuradas buscamos cubetitas, regaderitas, pistolas de agua, y cualquier cosa que sirviera para salpicar a la otra.

Si la lluvia venía con truenos y relámpagos o era muy fuerte no nos dejaban salir. Eso era muy triste. Esas eran  lluvias malas. ¡Tanto esfuerzo de baile de conejito, agitar sonajas, brincos con un pie, agachadillas y cantarle a la misteriosa virgen de la cueva para nada! Mi abuelita, para los tristes momentos de depresión infantil, todo lo solucionaba con una paleta de hielo casera hecha de jamaica, limonada o chocolate.

Pero si la lluvia era “buena”,  las dos enanas explotábamos de felicidad. Salíamos corriendo al patio, poníamos nuestras cubetitas y regaderitas en el centro para que se llenaran y luego nos pudiéramos tirar agua. Nos arrinconábamos en algún punto del patio viendo quién lograba mojar más a la otra. Había un chorro de agua que venía del techo y  que caía con tanta fuerza que dolía la cabeza al pasar debajo; para nosotras era como una súper regadera, no nos importaba que doliera y hacíamos como que nos bañábamos en el gran chorro. Hasta conseguimos un par de veces que mamá nos diera un poco de shampoo de verdad. Había días en los que se inundaba el patio y era lo más increíble, porque podías dar patadas, mojar a la otra, poner barquitos a circular  y brincar en los charcos por el simple placer de hacerlo.

Creo que el gusto por los baños de lluvia lo heredamos de mi abuelito ya que a él le encantaba. Como él era muy grande, él si se podía meter bajo el chorro de agua que lastimaba. Ante nuestros ojos era como un gigante. El agua que le rebotaba en la panza servía de segunda regadera para nosotras. Aunque según él salía a vigilarnos, se divertía tanto o más que nosotras.

Muchos años han pasado, no sé ni siquiera como o cuando se detuvo el juego.  Las lluvias de verano aquí siguen, pero ya no son tan divertidas como antes. Hace mucho que deje de bailar para que hacer que llueva. Esos reporteros del clima lo arruinaron todo. A mi abuelito sin embargo, lo he visto una que otra vez, jugando solitario bajo la lluvia. 

6 comentarios:

Daniela MB dijo...

La misteriosa virgen de la cueva... siempre me pregunté eso ¿cuál cueva? No me gustan las cuevas, ni las vírgenes, y no me gusta que llueva.

Siracusa dijo...

¡Que bonito! Me encantó tu texto. Me encanta la lluvia y me hubiera gustado conocerte en ese momento de baile e invocación, aunque tal vez, no fue necesario pues realmente lograste transportarme e tu patio.

Saludos :D

Hansel Toscano Ruiseñor dijo...

Creo que como ejercicio estilistico y de practica de la pluma, es muy sano (refrescante como tu texto). Me atrapo la frase "Huracanes apocalípticos", quizás por ello me hice de una idea premeditada de por donde se iba a desarrollar tu texto. Fue interesante al fin y al cabo, mas no me sentí enganchado, fue una "lluvia buena" y yo prefiero las malas porque hay drama, tragedia o desastre. Cuestión simplemente de gustos.

Pherro Chafirete Ruletero dijo...

Como evocación está muy bien y la descripción de los juegos y las emociones me hizo clavarme aún más en tu relato, mientras lo leía; pero al final no me agradó el protagonismo del abuelo, me pareció forzado el personaje.

ESCRIBICIONISTAS dijo...

Me gusta cómo juegas con la idea de lluvias "buenas y malas", me transmites la sensación de esa niña que ha crecido y narra empapada de recuerdos. Creo que como final yo lo hubiera dejado hasta: Esos reporteros del clima lo arruinaron todo.

Ros

Dr. Gonzo dijo...

Suscribo lo comentado por Ros. El asunto de las lluvias buenas y malas le da un sabor bien fuerte al escrito y la imagen final del abuelo está matona. Me encantó.