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domingo, 15 de junio de 2014

A quien corresponda




Sabía que tenía un por qué. Odié este tema. Si la semana pasada odié no haber podido publicar, ésta, odié hacerlo. El motivo es que para mí el verano nunca significó nada bueno, nada que me trajera un recuerdo más allá de ponerme a trapear y sacudir la casa a base de regaños y mentadas de madre. ¿Cómo te pones todo imaginativo o poético si la palabra verano sólo te provoca náuseas? No te pones todo “mira, mi estructura narrativa dará pie a esto y esto y aquello otro”, no, en realidad te pones todo “¿A quién se le ocurrió esta madre?” y cuando sabes que fue a Ros entonces bajas la voz lentamente.

Imagina que tus veranos eran irse al parque por las tardes, de preferencia en una ciudad ajena a la tuya, visitar a los primos en el lugar playero más cercano, o simplemente irte a retozar por ahí con los amigos u objeto de amor y comiendo nieve, manoteando en las fuentes y recibiendo la sombra de algún árbol alto y noble. Bueno, aquí, supongo, es el inicio de todas esas anécdotas simpáticas o sentimentales… ¿qué puede tener de simpático o sentimental llegar al final del día sudado, mil veces pendejeado y explotado? De verdad, ya era suficientemente bueno no ir a la escuela y no ver a profesores y compañeros, regaños y tonterías por igual, pero tenía que ser el intercambio de la penalidad: no vas a la escuela, está bien, pero sí vas a soportar tu particular encierro en casa.
No iré de más explicaciones, aquí no hay espacio para el fomento de tus veinte minutos de lectura diaria. Es más, si lees esto, probablemente te lleve dos minutos para asquearte, así, en esta inmundicia de escrito, sólo para que sientas lo que el verano fue para mí y me sienta complacido de haber establecido cierto nivel de empatía. Pero bueno, eso es una cosa, así que si el tema siguiente es invierno, entonces ya tenemos algo de qué hablar.

miércoles, 11 de junio de 2014

LLUVIAS DE VERANO





Vivo en una ciudad muy pequeña a orillas del Golfo de México, mi casa se encuentra a menos de cinco minutos caminando desde el mar. Nuestra envidiable ubicación nos permite disfrutar hermosas playas, mariscos, deportes acuáticos y un sin fin de cosas;  pero todo en esta vida cuesta y el precio que pagamos los habitantes de C… son interminables  lluvias y agobiante calor.

C… sólo conoce dos estaciones: verano e infierno. El verano abarca casi todo el año (de septiembre a abril) y el Infierno son los eternos meses de Mayo, Junio, Julio y Agosto.  Las lluvias no discriminan estaciones y se presentan a su antojo, sin aviso ni invitación, tan seguido como quieren, variando desde un indefenso “chipi-chipi” hasta huracanes apocalípticos.

Aquí la gente empieza a reconocer las señales del cielo desde la infancia, los mayas nos heredaron entre muchas cosas,  el llamar a estas señales “Vientos de agua”. Uno tiende a observar las nubes, los colores del cielo; a distinguir el olor a tierra mojada y humedad, a sentir las direcciones en que sopla el viento.  Desde muy pequeñitas, mi hermana y yo aprendimos a reconocer los distintos estilos de lluvia y las clasificamos sin mayor complicación en lluvias malas y lluvias buenas.

Las lluvias malas las reconocíamos de inmediato; las tardes en que el cielo se pintaba de naranja era una señal infalible de que venían lluvias torrenciales, de las que inundan calles y se acompañan de  vientos tan poderosos que tiran árboles; alguien me contó una vez que el cielo naranja, este particular “viento de agua”, enferma a los niños bajo el mismo principio que un  “mal aire” o un “mal de ojo”, los viejitos decían que te podías quedar amarillo.

Odiaba las lluvias malas, venían cargadas de truenos y relámpagos. Muchas veces durante las lluvias malas fallaba la corriente eléctrica y uno quedaba encerrado en casa, alumbrando con focos o velas una larga, aburrida y húmeda oscuridad. Papá inventó un juego: adivinar los truenos, el  que más truenos adivinará ganaba un chocolate al final de la lluvia.  Recuerdo que me sorprendía el tino de mi padre para predecir el instante justo en que sonaría un trueno, ¡siempre le atinaba! Hasta que alguien me explicó que antes de un trueno se ve  un rayo y mató de un golpe mi inocente capacidad de asombro infantil.

Las lluvias buenas eran las que caían en las tardes de verano. Vivíamos el día a día con calor intenso y abrasador y una lluvia vespertina era refrescante, era un alivio cuando el agua empezaba a caer.

Mi hermana y yo nos emocionábamos tanto con las lluvias buenas que hacíamos nuestro mayor esfuerzo por convocarlas.  Nos aprendimos una canción para hacer que lloviera. Mi abuelita nos enseñó una canción infantil viejísima que hablaba de una virgen de la cueva. (Yo creo que desde esa época ya pintaba para atea, la canción me inspiraba desconfianza ya que nunca supe de qué cueva hablaban y no entendía la relación que pudiera tener con que  lloviera o no).  Sabíamos que la gente del pasado tenía un baile para hacer que lloviera y aunque no conocíamos los pasos, nos colgábamos collares, agarrábamos sonajas y salíamos al patio a intentar cualquier tipo de danza por si de casualidad convencíamos al cielo de mandarnos lluvia.  Pensaba que un par de niñas tendríamos mucho más poder de convencimiento que cualquier otro mortal y que cualquier baile persuadiría al cielo de consentirnos con su agua. Le tenía especial fe al infalible truco mestizo de mezclar los cantos de la virgen con nuestras danzas poderosas mayas.  Cada vez que alguno de esos intentos coincidía con lluvias sentía como si tuviéramos el súper poder del agua.

Cuando por fin comenzaba a llover, entrabamos corriendo a la casa a cambiarnos de ropa. Nos moríamos de la ansiedad y sentíamos que mamá se movía en cámara lenta en lo que buscaba alguna playerita fea y vieja que ponernos. “¡Apúrate mami! ¡Va a dejar de llover!” le decíamos mientras nos asomábamos por la ventana y apuradas buscamos cubetitas, regaderitas, pistolas de agua, y cualquier cosa que sirviera para salpicar a la otra.

Si la lluvia venía con truenos y relámpagos o era muy fuerte no nos dejaban salir. Eso era muy triste. Esas eran  lluvias malas. ¡Tanto esfuerzo de baile de conejito, agitar sonajas, brincos con un pie, agachadillas y cantarle a la misteriosa virgen de la cueva para nada! Mi abuelita, para los tristes momentos de depresión infantil, todo lo solucionaba con una paleta de hielo casera hecha de jamaica, limonada o chocolate.

Pero si la lluvia era “buena”,  las dos enanas explotábamos de felicidad. Salíamos corriendo al patio, poníamos nuestras cubetitas y regaderitas en el centro para que se llenaran y luego nos pudiéramos tirar agua. Nos arrinconábamos en algún punto del patio viendo quién lograba mojar más a la otra. Había un chorro de agua que venía del techo y  que caía con tanta fuerza que dolía la cabeza al pasar debajo; para nosotras era como una súper regadera, no nos importaba que doliera y hacíamos como que nos bañábamos en el gran chorro. Hasta conseguimos un par de veces que mamá nos diera un poco de shampoo de verdad. Había días en los que se inundaba el patio y era lo más increíble, porque podías dar patadas, mojar a la otra, poner barquitos a circular  y brincar en los charcos por el simple placer de hacerlo.

Creo que el gusto por los baños de lluvia lo heredamos de mi abuelito ya que a él le encantaba. Como él era muy grande, él si se podía meter bajo el chorro de agua que lastimaba. Ante nuestros ojos era como un gigante. El agua que le rebotaba en la panza servía de segunda regadera para nosotras. Aunque según él salía a vigilarnos, se divertía tanto o más que nosotras.

Muchos años han pasado, no sé ni siquiera como o cuando se detuvo el juego.  Las lluvias de verano aquí siguen, pero ya no son tan divertidas como antes. Hace mucho que deje de bailar para que hacer que llueva. Esos reporteros del clima lo arruinaron todo. A mi abuelito sin embargo, lo he visto una que otra vez, jugando solitario bajo la lluvia. 

lunes, 9 de junio de 2014

ODIO LAS CANCIONES DE VERANO


- Enciende la radio y busca algo decente ¡En A.M cabron! La otra pinche frecuencia es para desquiciados.

- Ok inspector, pero no vaya tan duro ¡El aguacero está muy fuerte! Y aquí nuestra tostadora con ruedas se patina gacho ¿Eh? A mí ya se me rebelo en una nochesita igualita a esta.

Luego de algunos segundos de estática, los dedos del cabo se detuvieron en el 680 de la onda media:

“Vendrán otros veranos,
vendrán otros amores.
Pero siempre en mí ser vivirá,
mi amor de verano.
Mi primer amor”

- ¡Te dije que pusieras algo decente! No que viajáramos en el tiempo a la prepa 6 ¡Quítame esa paparruchada!

- Pero bien que se acuerda que es de sus tiempos ¿Verdad? Jajaja

- Pus tanto como acordarme no. Bueno, es del… ah chinga. Yo estaba ya casi saliendo, entons… es como del 67 o 66 esa cancioncita.

- ¡Asu madre! Ya tiene usted sus años ¿Y porque no se acordaba? La edad ¡Que pregunta!

- ¡No! Es que en esos años le hacía a la mona bien recio, y como que no me acuerdo bien jejeje. Y de otras cosas de aquellos días, no me gusta recordarlas. Incluida la chingadera esa del Roberto Jordan ¡Nunca me gusto! Yo andaba acá con mi hermano (Que en paz descanse) con los Creedence, los Beatles, los Rolling, Cream ¿Ni los conoces verdad? A ti te ha de gustar el pinche reggeton o como se llame esa madre.

- Iz Barniz, pero sí. Los Rolling han venido al autódromo ¿No? Si se quiénes son. Pero ¿Por qué no le gusta acordarse? ¡Se me hace que hay vieja ahí!

- Jeje, cabron chamaco. Si, hubo… hubo algo ahí. Nada más que uff… ya llovió de eso.

- ¡Cuénteme por eso! Ya sabe que a mí me hace falta aprender un buen.

- Ay pues que te cuento guey… Yo tuve como a los 17, 18 una novia muy bonita. Allá la conocí en la prepa 6 de la UNAM. Yo ya iba de salida casi y pus era bien burguesa ¡Quien sabe porque le guste! Yo traía el pelo largo y te digo, andaba acá en la onda pesada con mi brother… ¡Ella me jalo ora me llega a la memoria! Como que le di curiosidad y pues no la hice de tos. Pero si, me invitaba a sus desmadres fresas y luego ponían esa pinche canción y ya sabes “Vamos a bailarla abrazaditos, no seas indio” ¡Te juro que así me decía! Y yo, pus mientras no me estuvieran viendo mis cuates ¡Pues me dejaba querer!

- Jaja, se la aplicaba. Y ¿Luego que más?

- Y bueno dije “Si ella me obliga a ir su relajos, yo la voy a traer a los míos” Y pues yo andaba en el movimiento estudiantil con mi hermano, asambleas, ya sabes, manifestaciones, marchas y fíjate, ¡Que le va gustando todo ese desmadre! Eso fue ya… ah, pus ora sí que en verano del 68. Yo creía que se iba a abrir. A mí al principio ella no me gustaba tanto, se me hacía muy aniñada y burguesa. Pero en cuanto le enseñe a monear y ella se comenzó a empapar con mis ideas y todo lo que circulaba en esa onda ¡Puta! Nos volvimos uña y mugre. Ya cuando salí de la prepa, en esas vacaciones de verano que vienen después ¡Asu! Como rolamos juntos ¡La clavé en mi mundo totalmente!... Lo malo, vino cuando a mi jefe le ofrecieron una chamba en Veracruz. Entonces nos dijo a mi hermano y a mi “¿Saben que chamacones? Uno de los dos se va a tener que venir conmigo porque me saldría muy caro tenerlos a los dos acá en el D.F” Y mi hermano se puso con que “oye, pus tú ya sabes que ando organizando a los chavos acá ¡Vete tu un tiempo!” No sé por qué, pero pues acepte. Dije, “solo un tiempo en lo que se afianza mi jefe”. Y también así le dije a ella. No le latió, pero que se podía hacer.

- ¿Entons se fue a Veracruz?

- Me fui para allá y a pesar de que luego, luego me junte con otros mariguanos, a los 15 días ya la extrañaba mucho. Y en una peda con ellos, a finales de septiembre les dije: “Nooo ¿Saben qué? Si me regreso por mi morra. Yo veo como le hago, me consigo una chamba y a ver que sale con lo de los estudios.” “Órale, si estás bien clavado” me dijeron. “Si, yo creo que ya me caso con ella. Llegando se lo voy a plantear”. “Chido, chido carnal ¿Y cuándo te irías?” y yo “Mmm, cuando empiecen las olimpiadas o unos días antes.”… Namas que ya no pude llegar a tiempo. Ya te imaginaras porque ¿Verdad?

- ¡No! ¿Qué paso?

- Jeje, noo mijo. Pues paso lo del 2 de octubre ¿Qué iba a pasar? Yo ya nunca más la volví a ver, ahí quedo y ahí, justo ahí fue cuando sentí que se terminó mi verano de amor con ella.

- Sssss, pero ¿Cómo? ¿Le avisaron o qué onda?

- Mi hermano, salió huyendo del desmadre y llego acá el 3 en la madrugada. Y el, pues… primero me dijo que la vio entre la gente que cayo ametrallada. Y yo me quede con esa versión. Mi padre ni me dejo moverme de ahí ni que hablara con nadie. Luego en el 71, echando el chupe con mi hermano me dice ya con un chingo de copas encima “Mira brother, el pedo estuvo así. Yo me escondí en los edificios y luego de la balacera, medio me asome por una ventana y vi como se la llevaban los militares. Yo no te quise decir la verdad en ese momento porque ibas a querer ir a buscarla y yo ya había perdido muchos amigos… Te hubiera pasado lo mismo. Además, pues la familia de ella luego anduvo preguntando por nosotros y señalándonos. Que porque la chava no era de esas ondas hasta que empezó a andar contigo y puff, montón de comentarios que me han llegado de cuates del DF. Discúlpame, pero ya no quise perderte a ti.” ¡Nombre! Pa’ que me dijo, le deje de hablar en ese momento. Cosa de la que luego me arrepentí, porque también esa fue la última vez que lo vi. Paso lo del halconazo el 10 de junio, empieza la guerra sucia y el cómo andaba en una liga comunista, que me lo desaparecen. Y tan, tan. Colorin Colorado.

- Noo, pus yo no sabía inspector. Dispénseme.

- No, no te preocupes. Si me sentí muy culpable de lo que le paso porque cierto, ella no era de eso. Quien sabe que chingaderas le hayan hecho esos cabrones, pobrecita. En fin, que ya va a empezar el mundial y ¿Qué onda puto? ¿Hacemos una quiniela?

- ¡Verano futbolero! Pues ora, por andar de preguntón.

- ¡Ya déjalo! Ni que te hubiera pasado a ti.