miércoles, 7 de diciembre de 2011

La señora de los semáforos





Todo tiene una explicación menos yo. Menos mis ideas extrañas de temerle a los semáforos en rojo: ¿y si de repente cambia a verde y me atropellan a mitad de la avenida?, o ¿los conductores, ríen de mis pasos nerviosos?
No sé cruzar avenidas. No puedo comprar frutas en nones. No sé ordenar mis ideas cuando hablo por teléfono. La lista puede continuar, pero hoy me enfocaré en los re’ putísimos semáforos en rojo, plagados de coches, ansiosos todos ellos.
Me aterra verles con sus motores calientes, formados en la impaciencia uno detrás de otro, tratando de matar el tiempo cambiando la estación de radio o vigilando por el retrovisor a sus hijos. Conductores distraídos apuntando al acelerador directo a mi muerte.
Por eso ideo mentalmente mis recorridos antes de salir de casa, porque temo cruzar avenidas. Prefiero las callecitas de los alrededores, que aunque comen de mi tiempo, prolongan la paz de no saberme desfilando frente a conductores que no me atrevo a mirar.
Mi no relación, mi loquesea con las hirientes avenidas me hacen sentir tonta, corrijo, soy una tonta parada ahí, con mi sombrilla marrón cuando el sol lastima. Es terrible llegar a un semáforo en rojo con la duda de si alcanzaré a cruzar. Es tan lejana la distancia de banqueta a banqueta: un infierno. No sé funcionar. Se siente extraña la espera entre mis piernas. Hace tanto, no me acuerdo, que dejé de ser funcional para la sociedad. Cruzo las calles como mi madre lo hacía: hasta que a lo lejos, muy chiquititos, los coches parecen puntos. Ya no me acordaba.
Tantas veces me he soñado siendo la señora de los gatos, la de los cachivaches, la hedionda del barrio que todos odian, pero pensándolo bien –y apoyándome en el rechazo que me provocan los lugares sucios–, es más factible pensarme como la señora de los semáforos. La que espera que los autos se detengan para luego volver a esperar que se pongan en movimiento porque no sabe si quince segundos bastarán para cruzar la acera. La señora, ya canosa, algo quemada por el sol de las tres, y sobre una silla que arrastra a todos lados, esperando una señal, el momento en que alguien levante la mano, o haga una seña a lo lejos.
Tejiendo y destejiendo sus esperanzas: justo me imagino así. Mirando el cielo, las nubes grises que anuncian un aguacero, el rojo metálico de algún modelo 2050, los pasos, ya con más prisa, de nuevas generaciones que llevan a sus hijos al colegio, el calor del asfalto evaporándose en maléficos hilos. Y luego alguien, estirándome una moneda, que yo, con voz apagada, no pueda rechazar.
Esperando que el semáforo quede en rojo para siempre, o esperando recordar lo que hace mucho olvidé. Luego, tal vez, olvidar qué esperaba, dejar de esperar y estar ahí, como algo más en el paisaje, de esos viejos, que estorban el paso e incomodan miradas, de esos viejos enraizados que ni las clínicas psiquiátricas logran mover. Abandonarme a la posibilidad de estar en otro lugar que no sea la esquina de una gran avenida, para reconocerle de nuevo entre la gente, en contra de todo pronóstico e incluso de mi propia voluntad, decirle que no sé cruzar avenidas. Saber que nuevamente nos hemos encontrado, y que sólo así puede dejar Krypton, porque me sabe ahí, esperando.

7 comentarios:

Pherro dijo...

Encuentro un cierto humor en este texto, porque hace muchos años también le tenía cierto miedo a las calles y todo lo que hay en ellas.
Por lo menos esta Señora es única en su especie y aunque se declara anticipadamente desquiciada y desahuciada, tiene bien clara su necesidad de retener, conseguir y recuperar, para poder transitar plácidamente por las calzadas de su propia vida.

Dr. Gonzo dijo...

Hablaste del típico miedito oculto que todos tenemos, ese que involucra asomarse allá afuera con toda esa gente caminando y metiéndose en el camino de los otros y sus calles cada vez más llenas de vehículos ruidosos y peligrosos. Me gustó mucho la historia en sí, creo que pudiste revestirla más en tu estilo, porque aquí me sonaste diferente a tu línea acostumbrada. Sobre todo el manejo del humor en el que fuiste muy específica aquí contrario al humor tácito que dejas en otros escritos.

Augustine X dijo...

El texto está bien, coinciado con Gonzo y Pherro en el toque de humor. A mí me ha resultado agradable leerte pero más que nada porque tú relato me ha recordado a un cuento de John Cheever "El ángel del puente", que justo trata de este tipo de miedos, su tipo de escritura tiene un sesgo de humor y es un crack en el patetismo risorio. Esta vez que me recordases a otro cuento no jugó a tú favor porque aunque he disfrutado leerte siempre me evocaba ese texto que te mencionó. Aún así esto es más un aporte personal y una recomendación de lectura, tú texto está muy bien y mi comentario no le quita el merito.
Gracias y saludos

Piper dijo...

Me gusta lo que haces y cómo lo narras, hay cierta facilidad para sumergirnos en tus personajes. En lo personal me ha gustado, ya que siempre he tenido afinidad a las frases cortas que dan mucho material para pensar dentro de un ritmo que no se pierde. Muy cotidiano y saca a flote esos mieditos que llevamos sin que nadie lo note.

Saludos

Roge Silva dijo...

Me ha gustado mucho tu texto, no solo porque me identifico bastante con tu miedo/obsesión de cruzar las avenidas hasta saberte seguro de hacerlo, si no por la facilidad con que nos transportas a nosotros lectores en el personaje, en los tiempos que los describes. A mí me gustó que el humor esté más visible, bueno en este caso porque le da más color a la imagen taciturna de la anciana pues.

ESCRIBICIONISTAS dijo...

Anónimo: DEJA DE ESTAR JODIENDO, CUALQUIER COSA QUE TENGAS CON ÉL, VE A SU CORREO, POR FAVOR.
NIÑERÍAS AQUÍ NO, GRACIAS.

RoS dijo...

Pherro: Me gusta tu comentario, justito así se siente mi personaje. Gracias.

Gonzo: No caí en eso del humor hasta que vi los comentarios, pero tienen razón. Pude pulirle más a esta historia, y la verdad, acepto que quede a deber. Fueron las prisas, Gonzo, las prisas.

Augustine: Nunca he leído a John Cheever, pero lo buscaré, gracias por la recomendación. Saludos. =)

Piper: Me halaga tu comentario, gracias. Yo también soy de la idea de que las frases cortas dan solidez al texto, pero luego siento que abuso de ellas, :S

Roge: Muchas gracias; ya somos (bueno, mi personaje y tú, cof, cof) los obsesionados con no cruzar avenidas, jaja.
Es buena tu observación de darle más color a la anciana, te agradezco.