domingo, 31 de julio de 2011

Noches de ronda



Allá a lo lejos se alcanza a ver la tenue y lejana luz del faro del Puerto de Santa María de Buenaventura, quizá aún tardemos un día en llegar, claro, si Dios lo quiere y el mar está tranquilo.
Casi es media noche; la luz de las estrellas tachona el cielo de esta isla perdida en medio de la nada, el mar nos rodea por todas partes con sus profundos secretos. Las olas rompen casi con ternura en la quilla del “Quimera” acariciando los sueños de una tripulación fatigada.
El bamboleo del barco hace crujir la madera, las mortecinas lamparillas de aceite hace tiempo se apagaron y los mosquitos cenan a nuestras costillas, las  velas cuelgan de los mástiles y el viento cuando pasa por entre las mantas entona un silbido que parece fantasmal; a cualquier “mono de tierra” le hubiera aterrado, pero para nosotros es la más bella música para dormir.
Por lo demás, todo está en silencio.
Sólo yo permanezco despierto, es mi trabajo y mi placer estar trepado en el nido de mesana, desde donde puedo otear el horizonte buscando otros barcos, otras aventuras.
De pronto escucho unos pasos que lentamente se arrastran. ¡Es él!, es el Capitán Tintasangre.
-Buenas noches mi capitán –grité desde lo alto y, como siempre, se detuvo un instante y sin contestarme, siguió su camino, desde la popa, hasta la proa, en silencio.
En el rondin para de vez en vez a aspirar el tabaco de su pipa, o el aroma de la brisa marina, no lo sé… quizá simplemente se detenga a soñar con alguno de sus recuerdos, en su otra mano carga una botella de whisky y una sed eterna que intenta apagar.
Cada noche lo veo deambular por toda la cubierta, revisando los cañones, los cabos, las velas, puliendo algún mosquete olvidado.
Lentamente avanza y repliega hasta que finalmente se sienta junto al mascarón de proa, justo debajo del puente, donde  una bella sirena de grandes pechos tallada y pintada a mano adorna el frente de este viejo galeón. Siempre se quita el sombrero, se sienta a su lado y queda horas ahí platicando con ella. Posiblemente sea la única amistad que le queda.
Todas las malditas noches en vela, sin pegar el ojo;  se queda ahí confesando sus pecados
-Deben ser muchos –pienso.
Al rayar el alba, el Capitán se levanta torpemente y se despide, lentamente regresa hacia su cabina, tambalea y da tumbos etílicos agarrándose de las barandas.
Veo su mirada perdiéndose en el infinito azul turquesa, mientras los primeros rayos de sol acarician su cara, entonces sin decir nada, comienza a esfumarse.






Como se esfuman todos los fantasmas.

Round about midnight




¿Y a quién le va a interesar que no tenga sueño hoy? Si de entrada el mundo se está terminando y yo nunca estuve dentro de él. Si para continuar me he reconfortado con los relámpagos lejanos en la azotea de una casa incompleta. Y si le agregamos que las ideas que tengo se confunden con lo que digo y con lo que escribo. Los pensamientos se verbalizan y la última esquina a la que me asomé, yo no era el que los estaba diciendo. ¿Quién dijo que la noche no se puede vivir? Yo lo he sabido al menos desde el último día en que supe que mi corazón había sido robado ¿y quién soy yo para contradecir a mi cerebro que se rehúsa a soñarte?, porque eres mi medicina amarga, mi jarabe para la tos, la michelada para la cruda, el señalamiento de que estás conmigo pero que no te tengo a mi lado. Ah, pero desvarío, todo esto se trata de cómo hago mi rutina de air guitar mientras escucho a Steve Hackett. Ah, pero desvarío, la verdad es que esto de escribir me hace mentarle la madre a todo escritor con una pluma en su mano, gritos que son aullidos me desconocen hoy, aunque usualmente dicen mi nombre. Soy un chilletas, sucede que apenas estoy por juntar cuatro días sin dormir (siestas de una hora o hasta tres, Da Vinci estaría orgulloso, damn right) y los juegos mentales en mi choya hacen voces de mujer y volteo sorprendido pensando que estás aquí, regalándome mi pastel y celebrando nuestra vida. Ah, pero desvarío, se trata todo esto de que Nietzsche escribió el Así Bailó Zaratustra y trato de juntar ese capítulo donde vienen pasos de cumbia y el desenfadado estilo del alemán para bautizar a los grupos tan conocidos por nosotros hoy en día. La guerra no se ganó, sólo se durmió y en su honor hice una rola que se llama Exquisito, exquisito; te voy a contar de qué trata: Haz de cuenta que tienes a este soldado de casco verde, igualito a los que se camuflajeaban en Vietnam que mareado busca presentar al Soldado Benítez con toda la flota, pero al no lograr el impacto requerido con sus compañeros soldados, comienza a hacer el Baile de la Difteria que no sé si tú sepas, pero es el baile más socorrido desde La Pelusa de Los Súper Lamas. Ver para creer. El soldado Benítez no alcanza el impacto y se suicida transformándose en un alma en pena que fastidia a los soldados que no lo pelaron y prepara tacos de papa. Su fantasma es considerado un héroe y medita de 8 a 10 de la mañana. Grandioso, soy capaz de vender esa idea a Evel Knievel, aunque creo que ya murió. Ah, pero desvarío, sólo quería decirte que nada me alejará de ti, ni siquiera ese libro de 50 Grandiosas Historias de Terror que me dice que me olvide de ti y es que las mejores historias de terror son las que me dicen que ya no tengo memoria y el cerebro se reduce a confeti y así es como puedo trasladarme seriamente a lo que sería la vida sin ti. Terremotos, murmullos y masa craneoencefálica expuesta. Oh, mi sonrisa, pero desvarío, lo que quería decir es que ahora mis ojos pesan y mi cerebro, canijo él dice: aguanta güey, lo mejor está por venir, las voces se multiplicarán y serás todo ajeno ¿no querías eso? No ser tú, ser nadie, ser nada, odiar la idea de que eres el mejor... because your not. Ah, mi bello insomnio, arrúllate con la lluvia de madrugada, llévame al sueño de mis ojos rojos quebradizos, los que ocultan mis lágrimas, ahí donde la belleza yace, esa que nadie puede ver. Dame más luz, estoy perdiéndome y es tan bello, es reconfortante, tantas ideas que tengo ahora, tantas palabras que ya no puedo escribir porque se dicen solas y me hacen irme. Adiós, ya tuve suficiente de mí, ya me conocí y ya aprendí que desafiarte es dormir y ¿a quién le interesa dormir? ¿A quién le va a importar si no tengo sueño hoy?

Momentos insomnes…

Mafufada #1: Mediante puntos cartesianos, se puede determinar la apertura de un ángulo, modelo eficiente sólo para ángulos en un rango 0> a <90 y obtuve una constante muy cercana a la base logarítmica e^1 que aun no sé para que pueda servir, pero eso salió…
Mafufada #2: Análisis de la correlación existente entre las acciones que conforman el IPC, resultado, nada que muchos estudios econométricos no hayan detectado antes, y lo hice mal para 3 acciones lo que me jodió el modelo…
Mafufada #3: Escanear un libro de 300 hojas, el cual luego descubrí que podía conseguir en PDF con excelente calidad…
Mafufada #4: Aventarme toda la saga de los caballeros del zodiaco incluyendo películas…
Mafufada #5: Contar mi colección de monedas de 5 y 10 centavos, en aquel entonces más o menos eran mil quinientos pesos…
Mafufada #6: Arreglar aproximadamente 3,000 canciones mal etiquetadas de mi colección de 195 GB de música y reencarpetar algunas que estaban revueltas… no sabía que tenía la colección completa de música de cri cri!!!
Mafufada #7: Leer Drácula de Bram Stocker completita tres noches seguidas hasta el punto de memorizar casi todas las cartas de Mina…
Mafufada #8: Terminar un trabajo final de la maestría con un mes de anticipación, 379 hojas de diagramas,  cálculos, matrices y muchísimo rollo…
Mafufada #9: Jugar durante horas con mi colección de caballeros del zodiaco invadiendo la ciudad Play Mobil…
Mafufada #10: Revisar mi colección de revistas de la mosca y bajar todos los discos recomendados que me faltaban (durante muchas noches)…
Mafufada #11: Escribir ensayos y cuentos, así como hacer de mis horrendos dibujos a mano…
Mafufada #12: Durante un tiempo me dio por hacer pesas y me estaba poniendo bien sabroso, pero la flojera pudo más que yo…
Mafufada #13: Limpiar todos mis pares de tenis y zapatas y coser todos los botones flojos de mis camisas. ..
Mafufada #14: Aventarme blogs completos, entre ellos, al falso lanchero y al inigualable malnacido.com…
Mafufada #15: Trabajar muchas de esas noches en vez de descansar o ver pornografía (no me gusta ver porno) o hacer algo realmente entretenido…
Desde niño he sufrido de insomnio, es un mal que no se le desea ni al peor de los enemigos, dar vueltas en la cama desesperantemente durante toda la noche hasta que suena el despertador…
Afortunadamente, he encontrado la cura a mi mal!!! (y no son pastillas ni tés ni nada por el estilo)…
Lo único constante siempre fue escuchar o hacer música durante esas noches con las comisuras de los ojos irritadas por la falta de sueño…

viernes, 29 de julio de 2011

“Mal vivir”



Horas perdidas, desaprovechadas.
Pesadillas vivas, fantasías sin vida.
Imágenes confusas, desordenadas.
Alma extraviada en la noche álgida.
Conductas caóticas, indisciplinadas.

A la par de la noche navegas,
con escaso propósito divagas,
desesperadamente aire tragas,
aprovechas que nunca lo pagas.

Desorientarse es muy fácil,
entrañando un ánimo frágil,
a merced de la noche hábil,
dueña de una mente dúctil.

Te embelesa de la luna el brillo,
necio le cantas, disonante grillo;
podrías estar en el lar hecho ovillo,
prefieres vagar, empedernido pillo,
alterado, cerca de jalar del gatillo,
en ese mal estado parece sencillo.

Oscuridad, astuta y paciente espía,
tu cordura tan endeble desafía,
te aconseja tentar al mudo destino,
varios inicios para un solo camino,
bien sabes que no es posible forjar,
algo realmente bueno sin trabajar,
lo piensas al andar solo por la calle,
rogando a la buena suerte no te falle.

La noche su tránsito ha terminado,
te deja nuevamente muy ofuscado,
escuchas molesto a los perros ladrar,
martillea en tu cabeza el suave trinar,
pequeñas cosas que parecen burla,
si pudieras borrar cada idea absurda,
esos momentos lograrías divertirte,
pero ahora sólo quisieras dormirte.

jueves, 28 de julio de 2011

Amores errados

1... 2... 3... 

Empiezo a contar ovejas saltando la cerca. Son las tres de la mañana, hora que todas las noches mis ojos se abren a la sombra de tu recuerdo. Me envuelvo entre las sábanas sintiendo que son tus brazos los que rodean mi cuerpo. Sacudo la cabeza alejando de ti tu sombra fiel, no quiero pensarte.

Tic.. Tac... Tic... Tac... Tic... Tac... El reloj sigue su eterno caminar por las horas sin fin.

¨Padre nuestro que estás en el cielo...¨

Las oraciones que me enseñó la catequista huesuda de mi infancia aparecen como por arte de magia, quizás orando pueda apartarte de mis pensamientos.
¨Dios te salve reina y madre...¨ vano intento, he terminado las mil y un letanías y tus labios delgados se han puesto a rezar conmigo.

Tic... Tac...Tic... Tac...

Hago otro esfuerzo por desaparecer tu eterna sonrisa. Imagino ¨la peste del insomnio¨ que llegó a Macondo dejando a todos vagando en las noches sin poder dormir. Parece que la enfermedad traspasó las hojas del libro y me ha contagiado ¿Qué cura tendrá para mi el olvido de ti?

Quiero dormir... por favor déjame dormir. Mis ojos buscan el sueño en la blancura del techo pero ahí no está, te lo llevaste entre tus dedos tibios de amaneceres grises y lluviosos. Cada sonrisa tuya se llevó la tranquilidad de mi fidelidad a un amor eterno.

Tic... Tac...Tic... Tac... El eco de los minutos traspasa las paredes haciendo más lenta mi agonía.

¨ Parece que yo, yo hago del amor algo caprichoso e inmoral, respecto a ti....¨ 

La última canción que canté contigo aparece en mi mente, la repito una y otra vez ya sin luchar, te has apoderado de mis sueños. Como todas las noches has llegado a trastocar mi cuerpo haciéndote dueño de mis letargos, de mis angustias, de mi cuerpo enfiebrado por ti.

Abrazo al hombre que está a mi lado en un último esfuerzo por hacer que te alejes pero tu cara se hace más vívida. No lucho más, dejo que tus ojos cafés me envuelvan con caricias obscenas y me poseas. He llegado al límite de mis fuerzas, de nuevo te has apoderado de mis noches y sin luchar me entrego a lo que decidas, por fin voy a dormir.

Sueño contigo, con amores distantes, amores llegados en mala hora, amores errados que me quitan el sueño y llenan de culpas mis noches de insomnio.













miércoles, 27 de julio de 2011

Mientras Dormia





Despierto, la noche sigue durmiendo y mis ojos siguen con la mirada distraída, tratando de armar imágenes en la negrura del techo.

Uno, dos, tres…y en continuidad el corazón sigue latiendo, exprimiéndome motivos falsos y furtivos, el rechinido de aquel viejo cuadro sobre la cabecera sigue hablando sin sentido, en quejidos cortos y abruptos, moviendo un poco mi cansancio hacia lo profundo, aún sigo dormido y el tedio solo escucha.

Las letras siguen adormecidas en perpetuidades nocturnas, la noche me es incómodamente aburrida conmigo a solas, hacen falta rasguños, humedades tersas, hacen falta costillas abiertas, escalofríos, gritos de inquisición y fuego tras el cuello.

Solo yo, tan despierto como para atestiguar que el sueño sigue trotando por mi almohada en espera de cansancio, correteando a ratos ovejas extraviadas y otras veces más, deambulando entre locuras indecentes, un tanto más dormido entonces, despertando, hurgando entre la nada ideas que reconforten…





Espero…

Por que tengo letras y la locura entre mis labios,
las imágenes de humo entre llamaradas
y las nubes densas entre amaneceres olvidados,
tengo el ánimo atorado entre tormentas,
y una extraña imagen tuya que habla de nosotros
a voces quedas, sin decir nada falso…

Pablo



¿Recuerdas? Tus manos olían a óxido, a musgo, a madera podrida; te las lavaste tantas veces hasta que se agrietaron y comenzaron a sangrar. Pero el olor no se iba, era espantoso, insoportablemente pesado. Con un palillo limpiaste los resquicios de tierra que había en tus uñas, desde ese día, te quedó esa mala costumbre: de lavarte, de asearte obsesivamente.

Esa noche Pablo no estaba, tú lo esperabas con la casa reluciente. El problema eran tus manos y aquel aroma pútrido. Afuera, una lluvia fina, poco a poco se convirtió en aguacero. Desde la ventana observaste tus rosales, la tierra que recién habías removido era apisonada por el agua, a un lado, estaba aquella bolsa de fertilizante, -ojalá que la lluvia se lleve su repulsivo olor –pensaste.

No era que te atacara la exageración, pero llovía cuando más lo pensabas, lo extrañabas por debajo de las sábanas, y a veces un poquito en los labios; aunque sabías que casi nunca llegaba, odiabas la poca incertidumbre que te hacía esperarlo, y es que tanto lo querías que lo ahogaste con tus besos, de ahí que él prefiriera llegar tarde, siempre.

No supiste a qué hora el sueño te venció. Lo hiciste por varias horas o quizá sólo unos minutos. Al despertar tenías aquel dejo de tierra mohosa en la boca, el reloj no había avanzado, revisaste tus uñas, una mancha marrón se dibujaba bajo ellas, volviste a removerla con un mondadientes, te dolió. El aroma de tus manos invadía la habitación como nube espesa, ¿y si Pablo te abandonaba por oler así? De pronto lo entendiste, ¡se trataba de un error! Estoy soñando, sí, un sueño, era eso. Cerraste los ojos.

¿Cuántas horas, días han pasado? Enciende la luz, reconoce los muebles, estás en casa, ¿o sigues soñando? Observa tus uñas, sí, aún sangran, has borrado las huellas de tus manos de tanto lavarlas. Mírate en el espejo, luces más vieja, acabada, siente la extraña textura bajo tus pies, cientos de palillos, también hay mugre ¿desde cuándo empezaste a descuidar la casa? La cama continúa vacía, Pablo no ha llegado, pensarlo no ha dejado de doler.

De nuevo ese olor, de pronto se te encoge el estómago, comienzas a recordar, ‘me he vuelto loca’, eso piensas también. Tienes la voz rota, entonces sientes al miedo, a un miedo agazapado en la oscuridad, acechándote. Desde aquella noche no puedes dormir, de modo que no, no es un sueño.

Corres al baño, el drenaje se ha tapado con tanta nostalgia, recuerdas la pileta del patio, necesitas refrescarte, pero no puedes, chocas con el candado que hace días pusiste. ¿Cuántas lluvias llevas sin salir al jardín? Miras tus rosales, aunque están rodeados de tanta maleza, son hermosos.

Se acerca una tormenta que no acaba de estallar. Caes en la alfombra, tomas un palillo. Esa mala costumbre de limpiar tus culpas jamás se irá, tampoco Pablo. Ojalá esta noche puedas dormir. Por tu bien y por el de él, no rasques el jardín, recuerda que la tierra está húmeda.

4x6"



Si se pudieran escoger noches como se escogen frutas en el mercado, supongo que escogería las menos podridas. Tomaría esas noches que si puedo compartir en una mesa con los amigos, de los que se puede hablar.

Pero esas cosas no pueden hacerse, como tampoco se pueden escoger los recuerdos. Ellos caen como tormenta de arena que no puedes detener. Caen todos y por todos lados. Te llenan la boca, los pies, los ojos. Te rellenan las narices y los bolsillos. Por dentro de tus zapatos y entre tus dientes.

Escucho la melodía de un piano advirtiéndome que debería detenerme, como un viejo amigo intentando devolverme seguro a casa.

Entiendo que es mi culpa por descuidar la vida. Por dejar entrar esas imágenes que me obligan a entender la triste belleza y a tragar los gusanos de esas frutas de supermercado que no aprendí a tirar. Entiendo que el ejercicio no me ha afectado sólo a mi, conmigo he arrastrado personas, almas y fantasmas que aún me persiguen. Pobres aquéllos pues no saben que sólo se confunden entre otros más, se creen únicos pero no lo son. Es divertido hacerles creer eso. Una disculpa.

Discúlpame.

Así paso las horas más ambiguas. Cansado del cliché de siempre. Cansado de nuestras rutinas. Cansado de nuestros hábitos. Cansado de ti y cansado de mi. Ambiguos como nuestros días, nuestras noches. A ésta hora no sé si yo estoy viendo el televisor o es él quien me mira a mi.

Quisiera que pasaran un par de horas más, solamente un par de horas para ver si te encuentro dormida y quieta. Tan indefensa, tan despeinada, tan natural, tan callada. Solamente quiero que pasen un par de horas. Sólo para ver si, en lugar de ese pedazo de papel enmarcado de 4x6”, me encuentro con tus caderas nuevamente.

¿Entonces qué importa? Nada ¿Nada importa? No ¿Nosotros? Nada ¿Nuestro tiempo? Insignificante ¿Las palabras? No existen ¿El amor? Necio ¿La culpa? ¡¡¡ … !!!

¡Mentiroso! Creativo ¡Manipulador! Calculador ¡Cabrón! Ingenioso ¡Escúchame! Prometo no volver a interrumpirte ¡Mentiroso! ¡¡¡ … !!!

Éstas manos callosas que abrazan mi cabeza, que aprietan mis ojos y sueltan golpes azarosos al aire, son las mismas manos que abren el refrigerador, que le jalan la cadena al baño y que se balancean mientras camino. Ésta cabeza que duele y que piensa que, además de un tiro, debería meterte la mano entre las piernas, es la misma que carga el rostro tarado con el que soñabas cuando soñabas.

No es que me molesten éstas noches en vela, lo que me molesta es que las conviertas en un cliché. Afortunadamente, el tiempo todo lo cura. Todo locura.

Escape


Llegó el punto en que no había sentido la paranoia de esa forma. Pensaba en qué sucedería el día que llegaran por mi, me di cuenta que en la noche, cuando todo está tranquilo, es cuando soy más vulnerable a su llegada, así que decidí prepararme. 

Lo más lógico, lo que haría cualquier persona, sería llegar a la puerta principal, en mi caso, la puerta de la casa es vieja, de madera que cruje cuando se abre o se cierra, y tiene una mirilla, la cual siempre me da una ventaja, pero ellos son imprevisibles. Cabe la posibilidad de que traten de entrar por la azotea... O por una ventana, o que tal vez lo intenten por las rendijas del aire acondicionado. Nunca se sabe. No con ellos.

Después de varios días de analizar mi situación, veo complicado que traten de entrar por la azotea, harían mucho ruido al subirla y me alertarían, de igual forma descarté las otras opciones, pues aunque ellos son imprevisibles, no son tontos. Me quedaré en el cuarto de arriba, cerca de la azotea. Allí me siento tranquilo. Por ahí escaparé.

Dejé de salir a la calle, es correr demasiados riesgos. Estoy seguro que durante el día no llegarán, tan seguro como que tengo cinco dedos en las palmas de las manos, la noche es la que me preocupa. Comencé a estar despierto en la noche y dormido en el día, no me tomó mucho tiempo adaptarme. Para dormir en el día, hice algo que hacía cuando tenía que entrar a trabajar a las seis de la mañana y que me daba más minutos de sueño, dormir con la ropa puesta. La ventaja es, que ahora puedo dormir con ropa cómoda, tal vez un pants y mi cazadora. Así me siento más seguro, pues si llegan de día, cosa que sé que no harán, pero como dije antes, con ellos nunca se sabe, no perderé tiempo en alistar mi ropa. Llegarán por la puerta principal, tendría que pasar algo de tiempo antes de que lleguen hasta el cuarto de arriba, mi refugio, pues se dividirían y comenzarían a buscar primero abajo, el primer lugar a donde cualquiera llegaría ya sea de día o de noche, es la planta baja.

Sé que cuando lleguen entre las sombras de la noche, no tardarán más de diez segundos en estar ante la puerta principal, otros cinco derribándola, quizá un minuto o más buscándome, eso significa que si estoy atento, me dará tiempo suficiente para escapar por la azotea. He decidido usar la misma ropa, los pants y la cazadora, y no bañarme, pues si me encuentro en la ducha a su llegada, todo se complicaría.

Lo siguiente que hice fue preparar una "maleta del pánico". Una maleta del pánico, es aquella donde depositas cosas que son importantes y que te servirán en un futuro para sobrevivir, debe ser pequeña para que te deje transportarla libremente, así que solo lleva estrictamente lo necesario. O lo que crees necesario.  

Sólo queda un asunto sin resolver, ¿qué haré cuando esté afuera?... Pero me preocupa más el escape. ¿Cómo lograr un escape perfecto si estoy dormido durante la noche?... no, no se puede, así que no duermo cuando la luna es la dueña del cielo. Ese pensamiento es el que me mantiene en vigilia. 

Hoy preparé un simulacro para cronometrar el tiempo que tardaré en estar fuera de la casa, fuera de su alcance. Cuando escuche el ladrido de un perro, a la hora que fuera, sería la señal que reemplazaría el ruido de su llegada, dejaré de hacer cualquier cosa en ese momento y haré el simulacro de mi escape. El ladrido llegó, me tomó siete segundos tomar la maleta del pánico, otros cinco en llegar a la azotea, quince en bajarla y otros quince en llegar a la esquina de la cuadra, si mi cronómetro no me falla, me da el tiempo suficiente para escapar de ellos, aunque el miedo a su llegada me persiga siempre. El escape está listo. 

Aunque también, cabe la posibilidad, que nunca lleguen. Con ellos nunca se sabe.

martes, 26 de julio de 2011

La Puerta de Plata







Humo en el que flotan tus ausencias. Silencio que no lacera. Tendida viendo la blancura que entre sombras me seduce. Volutas de nicotina y alquitrán. –No, esto no sirve, empecemos algo mejor- el sonido de las teclas rompía la burbuja nocturna.

Los días arrancados de mi calendario indicaban que en menos de unos días el año terminaría, y las sombras me seguían continuamente, ¿Cuándo comprenderán que no pueden ni siquiera rozarme? ¡Ay ya es hora!

“O vienes por mí o me iré por la puerta de plata…”

Aquellos hombres trabajaban dedicados a su búsqueda, concentrados y agradecidos de que su trabajo les pudiera mantener en ese silencio monástico mientras hurgaban entre papeles viejos y olvidados, llenos de hongos y peces plateados. –Mira Francisco- susurró acercándose a su compañero. –Ya vámonos, ya va a pasar la virgencita- les dijo el regidor. Los tres salieron y se detuvieron reverenciando o respetando las creencias de la gente de la comunidad cercana al Tentzo, un cerro conocido en la ciudad porque según contaba la gente, ahí se escondían tesoros incalculables custodiados por el diablo. -Sin duda una creencia propia de la Edad Media- se decía Santiago.

Los juegos mecánicos, los cuetes y la música llenaban de colores al pueblo semidesértico. Los dos forasteros habían llegado unos tres meses atrás, lo que ya les confería el estatus de “hijos del pueblo”. Al principio nadie quería hablar con ellos, les huían pues no comprendían su llegada y menos que durmieran en la Presidencia Municipal, que se la pasaran el día entero entre papeles que a nadie le importaban. Ahora había entre ellos una camaradería suprema, se habían hecho amigos del mayordomo de la fiesta entre sotol, pulque y rayuela.

Los comensales degustaban mole y tamales de los que llaman “tarugos” pues solo tienen frijoles. La carne asada y las tortillas recién hechas aromatizaban la ropa y el lugar. Las mujeres sentadas en “cazuelita” volteaban las tortillas y le atizaban al fogón. Todos reían, -no hay nada como un buen cigarro después de una buena comida- pronunció el Presidente. Santiago metió la mano a su chamarra y extrañado sintió un papel en su interior. Sacó los cigarros que se terminaron en la primera ronda. Francisco se despidió largamente del Presidente Municipal mientras le decía que su pueblo sería reconocido cuando encontraran ese documento, las palabras se le enredaban y tropezaba a cada paso. Santiago lo acompañó, le tendió el petate dejándolo caer, Francisco roncaba profundamente. Sacó de su chamarra el papel que tenía guardado, lo observó largo rato, de nuevo esas palabras:

“O vienes por mí o me iré por la puerta de plata,
mis dedos atraviesan el portal líquido donde te esperaré…”

La música de la banda lo distraía, pensaba que tal vez encontraría más información sobre esa caligrafía delicada. Tendido en su petate culpaba al “torito”, al borracho que cantaba cerca de su ventana, a la luz de la luna, a los ronquidos de Francisco. Le desesperaba esa situación. Había olvidado sus pastillas. Repetía las palabras, “la puerta de plata”, de pronto, recordó a Don Joaquín quien contaba esa historia de la mujer que desapareció. Hubiera querido hacerle caso al viejo que después de haber contado una historia, no la repetía jamás.

-No sé qué hago aquí y luego acostado en el piso como animal-  se había acostumbrado a platicar consigo mismo -Maldito insomnio, lo padezco desde siempre, como otra herencia. Puedo pasarme dos, tres o más horas esperando que el sueño llegue y me venza, lo invocó inútilmente- una respuesta en forma de ronquido lo sacaban de sus pensamientos, se enredaba en las cobijas.
-Ahora he aprendido a vivir así, pero hay situaciones en las que algunas sombras, me angustian y atormentan. Las pesadillas recurrentes que también coexisten conmigo son un tormento menos intenso que el no poder dormir. El insomnio llegó con la adolescencia, pero las pesadillas han estado presentes desde siempre- el soliloquio continuaba así por más tiempo. Sin darse cuenta se levantaba, se bañaba, terminaba su café, Francisco siempre lo encontraba trabajando, lo que le generaba extrañeza, pero con el paso del tiempo ya se había acostumbrado a las manías de su colega.

-¿Qué me querías enseñar ayer?
-No, nada, ¿recuerdas la historia de la desaparecida?- contestó sin levantar la vista de los papeles.
-¿La que contaba Joaquín?, vagamente. Solo recuerdo que era una mujer que vivió en el pueblo un tiempo y que después se escapó rumbo el cerro, contaba también que tubo amores con el caporal de la hacienda pero no se sabe que fue de ella ni del galán aquel.
-Mira, acércate- y le extendió una fotografía.
-No empieces Santiago, ya casi terminamos aquí como para entretenernos en esas bagatelas.
-No te preocupes, eso solo es un capricho-. Los ojos de aquella persona se le clavaron en la mente,  mariposas en el estómago le brotaban cada vez que el ambarino tono le regresaba al pensamiento. ¿Qué es la puerta de plata? ¿A dónde pudo haber ido? ¿Quién eres?

Una caja de archivo lo entretuvo un poco más de lo habitual, un legajo desordenado le dio una respuesta, en la foja 23v según contaba, aparecía la misma letra, era el reporte de fin de cursos de la escuela primaria. Sí, era la misma letra, no había duda de eso. Leyó todo el informe, nada fuera de lo común, pero no aparecía la firma de la que suscribía. Debía ir donde Joaquín, pero el exceso de trabajo no lo permitió, había que digitalizar los legajos y folios ya ordenados según la temporalidad. La noche poco a poco empezaba a tender sus brazos sobre las marionetas de la fiesta patronal que en tres días les otorgaba felicidad infinita.

Nuevamente, casi todo mundo estaba ebrio, las cervezas y el sotol los llevaban a cantar en coro “como a las 11 se embarca Lupita, se va embarcar en un buque de vapor” mientras se alejaban trastabillando con sus sueños de revolución y agrarismo.
Con todos los papeles en desorden, Francisco le dijo lo cansado que se sentía y se colocaba el jorongo de lana que lo disimulaba en ciertas noches –ahora que recuerdo, pocas veces te he visto dormir- se puso el sombrero de palma y se alejó en busca de la amante de ocasión, situación extraordinaria tomando en cuenta que estaban en un pueblo de no más de doscientos habitantes, pero como en toda buena civilización, no pueden faltar las “alegradoras” que daban paz a los inquietos miembros de los regidores, presidente, consejeros y jornaleros, una venta e intercambio necesaria para mantener la frágil estabilidad conyugal.

“O vienes por mí o me iré por la puerta de plata,
mis dedos atraviesan el portal líquido donde te espero
me estoy acostumbrando a tus costumbres,
 de insectos recorriendo tu piel.
los desprendo, te guio en medio de la oscuridad, al fin es mi sueño, no tengas miedo”

Ninguna frase tenía sentido. Una mujer de unos 27 años lo miraba fijamente, sus ojos ámbar eran sensuales, su cuerpo se adivinaba virgen, inmaculado,  frágil. La foto no sobrepasaba los cincuenta años, llevaba un vestido típico de la época, sus zapatos blancos le generaban ternura, que maliciosamente se transformaba al subir hacia el escote adornado con una enorme flor, su peinado de ondas, el cuello largo y estilizado le daban una presencia de reina. -¿Cómo te llamas?, no quiero decirte la desaparecida- un golpe furioso en la puerta lo hizo reaccionar, se extrañó pues nadie iba a esas horas a la presidencia y Francisco no regresaría hasta el día siguiente, sus amores bajo la luz de la luna eran sagrados y no los dejaba ni porque el mundo estuviera terminándose.  Quitó el seguro de la puerta, sin preguntar la abrió, quedó paralizado al ver de nuevo esa tonalidad ámbar, pero ahora frente a él. –¡Ayúdeme por favor!- una voz vieja salió de los labios finos, -¡me vienen persiguiendo!, la puerta de plata hoy se abrió y por fin pude escapar- jadeante se recargo en Santiago, la introdujo a la habitación, -¿Cómo te llamas? ¿Qué es la puerta de plata? Necesito saber- desesperado, ansioso, confundido puso el seguro y la sentó en la silla, le alargó un vaso de agua. –Mi nombre es Bertha, la puerta de plata es…

Bip-bip-bip…el sonar de las teclas se detuvo.
La alarma del despertador que tengo programada más por ociosidad que por necesidad sonaba en la habitación.- Es hora de ir a trabajar-  Verifico la posesión de las llaves y la cartera. que en estado zombi siempre olvido -¿Apague la cafetera?, creo que sí- el sonido del motor ahoga mis pensamientos. ¿Dormir? ¿Quién necesita dormir?



lunes, 25 de julio de 2011

Noches peligrosas


No puedo dejar de llorar, no puedo dejar de sentir esta desesperación y vacío, no puedo dejar de odiarme, de recriminarme.

Éstas noches de insomnio… sabía que no me traerían nada bueno; ver la televisión (y no tener cablevisión) no fueron buen remedio.

Después de la telenovela seguía el noticiero, y yo sin sueño. Abría un libro, me aburría enormemente; encendía la tele otra vez. Algún programa de “variedades” con grupos y cantantes que no conocía, después de eso: documentales en el once. De ahí el himno nacional y luego infomerciales.

Al principio, solo me reía. Artículos “maravilla” para todo tipo de enfermedades, me entretenía porque me resultaban verdaderas joyas de humor involuntario, y además ¿Quién gastaría un peso en algo así?

Pasaron semanas sin que yo pudiera conciliar el sueño a horas decentes, un libro, ejercicio, nada me resultaba tan entretenido como la tele e inevitablemente caí.

Las cápsulas de alcachofa saben horrible y sólo bajé 100 grs, el “gel reductil” te deja un apeste aunque te bañes, la ropa se te pega: no bajé nada. El “AB toner” me dejo una contractura en el cuello, el “bio shaker” da dolor de caballo y me lastimó la cadera, la pomada “cura todo” no es mas que árnica rebajada a un precio exagerado: no cura nada, el “power sex” me dejo unos mareos y ascos que me impiden sentirme sensual y cachonda, la plancha “fast and furious” quema la ropa si le pones en máximo( y tu esposo te reclama porque te dijo mil veces que él lo hacía con la plancha normal y dejaras su camisa favorita en paz), no plancha nada si le pones en mínimo, la olla para cocinar “cooking Express deja seca la comida y sin sabor: tus invitados a la súper cena especial que preparaste, disimuladamente se hacen la vaquita y se van por los tacos porque el pollo y la pierna que preparaste saben a cartón; las pastillas para la próstata “prosta max”… son para hombres y en las mujeres tienen efectos incómodos.

Todos son estúpidamente caros y te sobregiran la tarjeta, te dejan sin dinero, con un marido molesto, endeudada, con cajas y artículos que terminan en la basura, además de un insomnio peor que el que te llevó a creerte las maravillas de tanta idiotez.

Sé que es mi culpa pero ¡parecían tan efectivos! Y hoy, en medio de mi recámara, en medio de todos los productos que compré, que no me sirvieron de nada, ocupó mis “big glass” para leer las letras chiquitas de las notas de venta y descubro que no se ve nada y que me marean; sentada sobre mi alfombra que apenas limpié con el “all clean” hay mas polvo que antes y no paro de estornudar, me doy cuenta que estoy mas endeudada, no sé como pagaré.

Peligrosas noches de insomnio para una mujer crédula y ociosa.

Ángel


Las luces blancas del techo se apagaron una a una, rítmicamente. El cielo se mostraba despejado, con una que otra estrella perdida.

Nubes que cubren a la luna, dejándola en un suave sopor.

El tiempo se detenía tras esa falda. Solo importaba la forma de hacerlo. Y a que hora hacerlo. El destino estaba a su favor. Solo necesitaba más tiempo. Esperar un poco más de tiempo.

Ella caminaba entre frío y cristal. Caminaba hacia la inocencia. Caminaba durante la noche. Solo caminaba. Sin saber que alguien la vigilaba.

Sus manos trabajaron solas. Sujetaron, apresaron, asfixiaron los sueños y la boca. Tocaron la piel cálida de un cuerpo inexistente en un mundo perdido. No pensaba, solo desgarraba, presa del frenesí y la locura del momento.

Silencio.

Ojos claros. Inexpresivos, viendo fijos el horror y la tenue luz de una luna manchada, que se filtraba a través de la ventana.

Sexo.

El techo funge como anónimo espectador. Gotas de sudor caen de su frente. Y dan a parar a un pecho sin color. Sin vida.

La sangre brota coloreando unas pantis rosadas. Solo bastan cinco minutos para que la candidez desaparezca.

Miedo.

Moscas en torno a una niña de nueve años. Viejos edificios cubiertos por sol y tierra. Pintura oxidada de aceite. Viejos periódicos sobre la pelvis. Un suéter de lana. 

Dios no existe. Porque yo soy Dios.

Y Dios dice que su obra es perfecta.








Con ustedes Dark Angel,
Escribicionista

domingo, 24 de julio de 2011

Trago ambigüo


Abrí los ojos lentamente, la ínfima luz del amanecer iluminaba su silueta.
Se veía tan bella, tendida, desnuda. El sonido del mar, de las olas rompiendo en la playa cercana, eran el marco perfecto para mirarle dormir a mi lado.
Extendí mi mano con delicadeza para apoderarme de uno de sus pechos que al instante reaccionó a mi caricia. Suave y turgente piel que manaba aroma a flores.
Me acerqué a ella lentamente rodeándola con mis brazos, mis pechos se pegaron a su espalda y ella se arqueó suavemente al sentirme.
-Buenos días, –le dije, dándole un beso en su piel erizada, -¡hola! –me respondió– ¿cómo dormiste?, mientras sus intensos ojos verdes buscaban mi mirada.
Nuestras bocas se dieron el primer beso del día, ese que sólo aguantas a quien amas.
Y mi abrazo se apretó aún más, mis manos bajaron despacio por las curvas satinadas de su cuerpo, por el contorno de sus caderas anchas, sentía como se aceleraba su pulso y el mío.
-Te amo –le dije al oído. Ella se dio la vuelta, respondió ‘yo también’. Y me ofreció sus labios.
Nuestros pechos se juntaron y la sensación fue maravillosa, me abrazó con sus piernas y la atraje hacia mí.
Bajé  lentamente por su cuello, besando su  pecho, con esa mezcla de ternura y malicia que ella me despierta, sus senos abundantes fueron el blanco de mis deseos.
Sus manos, poco a poco, se volvieron inquietas, tocándome, haciéndome perder la cordura; mi humedad la necesitaba, mis caderas la reclamaban, me recorrió rápidamente cayendo en picada entre mis muslos apoderándose de mí. Su lengua recorría la selva que cubría mi sexo, cobraba vida entre mis pliegues. Estaba al borde de la locura, sólo atinaba a sujetarla entre mis piernas y...
De repente me congelé. ¿Qué te pasa? –me preguntó.
Tengo miedo –dije.   ¿De qué? –del que dirán,  respondí–   ¿Quiénes? –Mis amigos, ellos y ellas tienen la tendencia a creer que todo lo que los otros escriben es real y no sólo fantasías.
Puso su tierna mano en mi espalda y me dijo: pues entonces despierta.
Salté de la cama, me miré en el espejo, acaricié mi barba, respiré, era nuevamente yo. Salí a cubierta,  tomé la piña colada que estaba a mi lado y la arrojé al mar  al tiempo que me prometía no volver a tomar esas porquerías, que sólo me dieron pesadillas.

Cecilia:


Ay Cecilia, ayer me enteré que te fuiste de la ciudad, fue por él, al final te convenció ¿Que quién me lo dijo? Es lo de menos, lo veía venir, lo sentía de ti… Híjole, te acuerdas cuando llegaste a la escuela y todos te hacían el feo porque venías de un colegio privado; yo te defendí mil y un veces. Tu carita me selló desde ese primer día que entraste al salón. El lugar por donde pasabas me vi caminar. Me definiste. Tus ojos me incineraron algún residuo de gusto por los hombres, no hubo belleza más que la de una mujer, la única mujer, mi única niña. Esa fuiste Cecilia. No te preocupes, esto no es una carta suicida, no cometeré una locura; como aquel día que me emborraché en tu casa ¿Recuerdas? Casi me vacío la botella de ron de tus papás. Lo peor de ese día no fue eso, sino cuando tu mamá nos encontró en el closet dándonos nuestro primer beso. Sencillamente inolvidable. No me hablaste en un mes. Y no puse otro paso en tu casa hasta la navidad del 92. Tu madre no se lo dijo jamás a tu padre, así que fue un secreto entre mujeres. Tu mamá permitió nuestra amistad, muy en el fondo y a regaña dientas sabía que te amaba, que nadie como yo para cuidar a su hija. Cecilia cómo te extraño, adoración.
Las vacaciones de Valle ¿Te acuerdas? Te escribí un “poema”, andaba en esos rollos góticos muy tronados. Mientras el resto la pasaba en la fogata yo me quedé en una esquina, viendo el reflejo de las brasas en tu cara, sentía que si el fuego te alcanzaba no te quemaría. Esa misma noche quería quemar tu piel, entendí no sólo mi amor por ti, entendí mi insaciable deseo en ti.  Nunca te pregunté si le llegaste a leer, la dejé entre tu slipping. Si no lo hiciste, ahora sabes más o menos su contenido. Hice cientos de cartas, muchas las recibiste otras tantas no te las di, ahora que las vuelvo a ver  me horroriza que las pudieras haber leído; algunas son muy cursis, provocativas, y otras, devastadoras. No me hagas caso, sabes que siempre estuve loca.
Cuando entramos a la universidad algo cambió en ti. La gente no  influía más en tus decisiones, no te utilizaba, hiciste tu propia conciencia. Fue mi momento, anhelado. Traería también pesares.  Esas amistades tuyas, tan raras, ante las cuales me “destapaste”. ¿Sabes? ese día fue muy cruel, tu nueva seguridad, la adoración de esa gente y la intoxicación te hizo decirle a todos, no se me olvidará “Esta es mi mejor amiga, que digo amiga, es amor. Es una machorra, sí, y si alguien dice algo le rompo la madre…” Siempre fue evidente mi lesbianismo, las facciones toscas de mi cara y mi espalda de cargador no ayudaban. Sabías que al menos hasta ese momento  nadie conocía mis preferencias – y como para qué-, ni tú, al menos abiertamente. Y lo hiciste, deliberadamente, no en la condición de darme apoyo, protección, no, sólo fue tu ego; el que fuéramos testigos de tu libertad mental “Tengo una amiga lesbiana, la quiero y qué, soy pluralista”, ja, lo mejor fue interpretarlo, así. Como tu madre, muy en el fondo reconocías que nadie te amaría como yo, espero continúe de esa forma. Y mira que lo demostraste ese día. Más intoxicados aún, tus amigos te retaron a que me besaras enfrente de ellos, lo hiciste, me cristalicé. Poco a poco me dejé llevar,  los ojos abiertos de asombro al sentir tu boca delgada y húmeda, tu delicada lengua empujando, cerré lentamente los ojos. Floté. Luego en el frenesí te pidieron que me desvistieras; lo hiciste. Comenzaste a succionarme los pezones delicadamente, ni rastros de vergüenza, pena alguna. Era tuya. Despertamos al otro día juntas en uno de los cuartos de las cabañas, fue nuestra primera de muchas noches. Ese día te despertaste tan fría, mientras te cambiabas no dijiste nada, hubo un momento en el que me miraste, sentí ser sólo una conductora. Se consolidaba tu nuevo Yo y en mí encontraste el medio. Qué extraña eras, entre más me dolías más te quería. Entre novios, rompimientos y pelas, ocupé siempre mi lugar: tu consuelo, tu oído, tu refugio. No me importaba que no pudiéramos salir a la calle. Muchas veces nos encerrarnos días en tu departamento o en el mío, son parte de mis mejores años, como siempre te decía “Encontraste lo mejor de mí, tú”. No niego los tiempos amargos, aquellos en donde llegabas hecha pedazos debido a que uno de tus estúpidos novios te había hecho daño. Uno de esos idiotas te llegó a enfermar, te alejó meses de mí, no me respondías, te escondías. Hasta aquella noche que llegaste ahogada en llanto, no podías ni hablar, me abrazaste diciéndome que no te soltara nunca. Que prometiera que siempre iba a estar. El desgraciado se convirtió en una pesadilla, más tranquila me contaste las varías ocasiones en que te golpeó,  de su terror psicológico y su control en ti. Algo que me destrozó fue que lo amabas. Lo odiaré el tiempo que sea necesario. Ese rompimiento te tuvo 9 meses deprimida, te lo juro Cecilia, no me cansé de secar tus lagrimas y si de algo sirve, sufrí contigo hasta el fondo. No quiero convertir esto en un reproche, sin embargo lloraríamos otro rato. Comenzamos a salir a la calle, las noches condicionaste. Íbamos a bares gays, quisiera borrar el día que accedí. Seguías en tu altanería extrovertida, eras –eres- muy hermosa, sería difícil que pasases desapercibida. Además bebías excesivamente, te tornabas agresiva y pretenciosa, infinidad de noches te llevé arrastrando. Mientras dormías tu borrachera te  contemplaba hasta que el sueño me vencía. Largo tiempo tuvimos esa dinámica. El problema se origino cuando comenzabas a salir tú sola, diciéndome que no te esperara despierta. En el colmo de tu libertad, llegaste muy tarde una noche, no venías sola. Sentí tu espalda golpeándome en la cama, desperté, unas manos, no las tuyas, comenzaron a tocarme, me paré enseguida de la cama y encendí la luz. Desnuda del torso, mientras la adicta que te acompaña me coqueteaba torpemente, Te quise matar. Me maté yo, me largué del cuarto y dormí en la sala. No salieron hasta el medio día. Esto se hizo una dolorosa costumbre. Una tras de otra, y lo peor es que no te las llevabas a tu departamento, las traías aquí. No sé qué pensabas. Sólo a una de tus aventuras me entregué. Me sentí indigna, pero te amaba, te amo demasiado. De esto, un solo mes estuviste, ibas sólo por ropa a tu departamento. Parecía una pupila en mi propia casa. Te limitabas a compartir el espacio, comíamos, dormíamos, vivíamos en el mismo espacio, en un enorme hielo. No me tocabas, y cuando yo quería iniciar algo, me hacías a un lado, que otro día, que tu día fue pésimo.  No hace mucho desperté, me diste una tremenda estocada, dejaste una nota en el buro. Adiós decía. Nada más. Prefiero ahorrarte el contarte como la pasé esos días. Se convertiría, ahora sí, en una carta de infinitos reproches, y dolor. A los cinco meses, encontré un recibo -al menos eso pensé primero que era- debajo de mi puerta, la invitación de tu boda.  Te casabas; un día te fuiste, así, y ahora me invitabas a tu boda. Con la frivolidad de un cartón de ésos, tan ilusorio, tan “correcto” y “lindo” (discúlpame otra vez estoy vomitando reproches). No podía creérmelo, sentí tantas cosas, sensaciones a la vez. Siempre despertaba con la esperanza que te comunicaras, de verte regresar. ¡Carajo! esperaba una nota debajo de la puerta, ajá, jamás una invitación a tus nupcias.  Quemé todo Cecilia, tus fotos, tu ropa, tus estúpidos cuadros, tus figuras, libros, peluches, discúlpame. Todo. Estúpidamente creí que de alguna manera, parte de ti en mí se iría en esos objetos. No fue así. Extrañaba cada pieza, cabello tuyo en la almohada, sentí que te me convertías en fantasma. Como ya sabrás no asistí al mal llamado día más importante de tu vida ¿Qué demonios significa esto?. En cambio tú significas el espíritu en mí. Y sí, esto se convirtió en un reproche amargo. ¿Por qué me dejaste? ¿Qué sucedió? ¿Y mi princesa? ¿Y el maldito amor? ¿Mi maldita vida?...
Estoy más tranquila, olvida esas estupideces, pero necesitaba decírtelo, escrito al menos. Cecilia, maravillosa Cecilia, necesitaré morir, crecer y llegar de nueva cuenta al momento en que te conocí, es la única manera de ser feliz. Quizá mi grave error fue sentir frenéticamente mi amor, y no detenerme a sentir el tuyo. Espero y en verdad lo digo que aquel con el que compartes afectos, te ame al menos un instante como yo. Imposible olvidarte.
Adiós.

*El esposo de Cecilia se llevaba la mano al rostro, se notaba demasiado tranquilo, demasiado después de esto. Regresaba la carta al sobre, miró a su alrededor percatándose de que nadie lo viese. Sacó su encendedor y prendió fuego al sobre.