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domingo, 24 de junio de 2012

Hoy no, mañana sí



–Lo sabía, lo sabía– No es que sea desidiosa –la cita era ayer y no hoy–, que tenga falta de cuidado o interés, yo soy –me declaro– eficiente y placenteramente procrastinadora.  Ahora mismo he terminado una ilustración en Photoshop, hacerlo me llevó veinte días –parpadea ventana Facebook–, y es que habiendo situaciones tan agradables, me es difícil atender las prioridades.
Me han dicho que sufro de estrés, ansiedad, miedo al fracaso y frustración, no lo creo, qué puede ser más urgente que twittear, actualizar mi muro o navegar en internet: ese mundo me necesita. Y ahí estoy para él.
La procrastinación es uno de mis pecados favoritos; cuando llega a mi cabeza y se prende el “al rato lo haces”. Es una tentadora piedra que se cruza en mi paisaje, el camino es ancho, pero elijo tropezar. Dos, cinco, diez veces con la misma piedra. No me gusta pugnar en lo bueno o malo que esto sea, no me gustan los debates. Perder el tiempo es diabólicamente adictivo, tan hermoso y sencillo, como decir frijoles, pan.
Ayer me hice de un libro, lo dejé a tres cuartos, porque un olor quemado invadió la casa –otra vez arroz chamuscado–. Más tarde sonó el teléfono, dudé en contestar, camino a él, tropecé con un avejentado limón que cayó del fregadero hace semanas; el teléfono dejó de sonar, no volvieron a llamar. Fui a por un ungüento para la rodilla, no lo encontré, aún faltan ganas para planear qué día arreglo mi habitación. De regreso a la cocina, parpadeó una ventana en el monitor, un mensaje sin importancia, ya estando ahí, la curiosidad me sedujo a navegar entre una página y otra. Olvidé el arroz chamuscado y llegó la noche. Fui a dormir más por costumbre que por ganas, a mi mente arribaron pilas de trabajo por hacer, no pude pegar el ojo y salí a beber cerveza a la terraza. Quise contar estrellas, no había ni una. Busqué por armarios, por cajones y rincones, algo, alguien que me sacara esos catastróficos pensamientos de estar conmigo.
Photoshop fue mi salvación, y no porque pretendiera terminar el dibujo, sino porque fue lo único que me distrajo de mí. Tracé en cinco horas lo que no acabé en semanas: esbocé, y perfilé con furia, como ahuyentándome, borrándome. Luego los primeros parpadeos del sol, la gente llegó a la pantalla: actualizaciones, notas divertidas. ¡Vaya!, no he de procrastinar por hoy, he terminado el trabajo; pero mañana habrá un infinito de cosas que podría estar haciendo y no haré. Pensar en cómo acabaré antes de comenzar hace que me hunda… afortunadamente puedo alejarme de este mundo físico que me ha tocado vivir, donde si te quieres esconder, lo haces y ya. Sonrío, es domingo de suerte, no hay nadie en casa.

jueves, 21 de junio de 2012

Apología


“Estaba frente a esta cosa que no me dejaba ni siquiera hacer un chiste ¿sabes? Es como si de veras todo se hubiera jodido… estaba, ya sabes, entrando a esa fase en la que-te-das-cuenta y de inmediato, en mí viene una fase contingente que es en-la-que-me-vale-madre y entonces todo toma forma nuevamente y puedo pasar a otra cosa. Sólo así pude librarla.
“Puedo decirte que ahora que estoy viejo, puedo ser bastante sincero al respecto, pero antes no era así, vaya, tan solo aceptarlo me llevó muchos años y no hace muchos de ellos que ya podía hablar libremente de eso. Esta actitud indolente, me ha hecho muy bien a la fecha si he de ser sincero, porque lo que era realmente importante, no fueron esos proyectos que dejé sin terminar o ese alejamiento gradual de buscar algo que satisficiera mi ímpetu guardado. Lo que era importante, era que tenía un lugar de seguridad. Justo como lo tengo ahora, porque eso me granjeó mi pasividad ante las cosas que pasaban frente a mí. No pudo haber sido mejor para poder estar aquí sentado contándotelo. De todas formas, siempre llegaba ese momento de… ya sabes, de enfrentamiento con la realidad, pero conforme pasaba el tiempo se hacía más sencillo darle la espalda.
“La seguridad que encontraba ante la no exigencia, ante la escasa palpabilidad de forjarme una vida por mí mismo, estaba impulsada por aquellos que me rodeaban, por los que fomentaban mi estatus. La insatisfacción era algo que no podía permitirme, pero el salir al mundo de allá afuera a evidenciar mis características exclusivas ante los demás, era menos que permisible  cuando aquí adentro lo tenía todo. Hacer una vida de esto, es lo que realmente se convirtió en un reto. ¿Cómo mantenerlo sin que incomodara a alguien? Bueno, ese fue el secreto que fui descubriendo.
“Empezar, continuar… es tortuoso si lo piensas detenidamente. Hay que dejar las ideas fluir, que estén ahí para que cuando maduren las puedas llevar a la práctica… tal vez hasta las termines. Por eso debes ser callado, no externar esas ideas que han florecido en ti, no expreses lo que es tuyo, porque difícilmente encontrarás eco en la red que tú tejes poco a poco. Los sueños de éxito en la escala en que se venden allá afuera están sobrevalorados. Una defensa sobria y comprensible se encuentra cuando te sientas a pensar en qué otras cosas se han hecho ya y cuántas otras están por hacerse. No te salgas de tu zona de seguridad, el impulso ha de venir de cuán seguro estés de que harás lo que es debido y no habrá margen de error… claro que siempre habrá margen de error.
“Por eso calla, guarda, espera; que ni el tiempo logre hacerte temblar, pues el tiempo sobra y te da más oportunidades de decir: Ahora sí, para la otra. No escatimes en tus minutos ni en tu deseo. Cumple con lo estrictamente necesario y ante cualquier exigencia, da la vuelta. No cedas ante las exigencias del mundo externo, se tú, se individual, al fin que no hay una necesidad que te obligue a lo contrario. Nadie tiene por qué hacerte creer lo contrario.”
El viejo se levantó de su silla y me pidió amablemente que me retirara. No quiso externarme su punto de vista de otros tantos temas que pudimos haber tocado y que a él tanto le interesan. Fue a sentarse a la orilla de su cama a mirar nuevamente hacia la ventana, al sol que se ocultaba y sonreírle con gesto saturado, como retándolo a salir al otro día, a sabiendas que como el mismo sol, él estará ahí, viéndolo mostrarse en ese lugar, inamovible, seguro, sin temor a extinguirse.

lunes, 18 de junio de 2012





Sobre un tono de desidia adoptado recientemente.
 

Haciendo osadía de que dos personas de la filosofía, Kant y Derrida, han hecho uso de su inteligencia para escribir unos textos que se titulan muy similarmente a esto que leen a continuación y en la desidia de pensar, buscar o indagar algunas otras ideas me ha parecido interesante copiarlos, modificarlos y apropiarlos, aunque sea sólo en el título, en la cabeza, en el principio del hilo conductor, principio falso y roto pero ¿acaso hay algo que no sea siempre, de entrada, copiado o plagiado? Pero no quiero emplear aquí ningún tono de erudición porque, como dice Derrida, parece que nos preocupa mucho el tono, como si este fuese capaz de diagnosticar las intenciones y los móviles de lo que se dice. Nos preocupa el tono, y esto ya no es más problema de estos filósofos, me separo de ellos para esconderlos entre líneas.  A Kant le preocupaba el tono, ese tono de falso gran señor que solían tener aquellos que decían llamarse filósofos y hablaban desde un horizonte oscuro, mistagógico, desde el misterio y no desde la razón (aunque no creo que exista razón irracional y sin misterio). A mí me preocupaba también un tono, el de la gente que siempre tiene algo que decir, algo que opinar, esa gente que con una cierta autoridad autoproclamada cree estar más allá del bien y el mal, la que es capaz de decir lo que debe hacerse sin tomarse el tiempo para meditarlo, la que critica a este o al otro, la que hace un gran discurso fantasma basado en las opiniones de otros o en las viejas tradiciones heredadas de gobiernos falsos, esa gente que sigue un proceso electoral con pasión y algarabía pero que a la hora de la hora se decanta por el peor partido porque al final nunca le interesó todo lo que leyó, porque al final entre la papeleta electoral y ellos no tiene que existir ninguna pose, momento de sinceridad devastador para el futuro de un país. Si digo que hay un tono de desidia en la gente, es por el simple hecho de que a nadie que le importe verdaderamente una situación denigrante como la que se vive cada sexenio en las elecciones presidenciales, sería capaz de considerar la mínima posibilidad de votar a alguien que no sabe ni siquiera citar tres libros que haya leído. Pero a la gente no le importa eso, lo que le importa es olvidar, México no tiene memoria y ya no sólo a largo plazo sino a corto, entonces, se nos olvida y empezamos a abrir un debate, los típicos ciudadanos preocupados que empiezan a pensar  sobre la mejor opción para el país, millones de mensajes por todas las redes sociales (pretenden que sea la nueva democracia cuando ni siquiera hemos sabido en nuestro país que significa esa palabra), todo mundo opina pero nadie alza la voz en lo importante, nadie tiene el suficiente valor para señalar con frases cortas y firmes el circo que se monta cada vez que hay que cambiar el gobierno. Se tiene el tono de interés político para hablar de una mujer que se ocupa como distractor de lo que debería importar, y no es que dicho suceso sea un reflejo del humor picante mexicano o de la idiosincrasia mediocre de un pueblo, como también he oído alguna gente que cree que en otros lados eso no pasaría, ya veíamos a Berlusconi, y su gran gusto por las mujeres, el cual durante mucho tiempo lo llevo a tener un programación altamente machista en la televisión italiana. Pero hablamos de ello con sumo interés, creyendo que somos críticos y que ejercemos nuestra valiosa libertad de expresión, luego en la cotidianidad somos gandallas, tranzas, pasotas, no se reflexiona sobre lo que se puede cambiar día a día. Ahora no quiero sonar, porque de eso se trata el tono de sonar a algo, no quiero dar un tono de positivismo y de crítica constructivista que apoya su valor en la edificación de uno mismo y donde poco a poco sumando esfuerzos saldremos todos adelante, lo que quiero decir con esto es que nosotros no tenemos un tono desidioso al hablar, sino que ese tono resuena en nuestra vida, la ahueca de costilla a costilla, es, entonces, la desidia de vivir lo que hace que haya un tono, aburrido, similar, tono de falsa resignación. Falsa porque cuando llega la hora de opinar todos se apuntan como si regalasen despensas o como si a los de televisa les preocupase quedar mal frente a todo su público en un programa donde atacan con saña y bajeza a un candidato a la presidencia, el problema no es lo que le hacen a él sino lo que nos hacen a nosotros, el lugar donde nos tienen situados como para pensar que pueden permitirse un comportamiento así. Pero es muy fácil y es que la desidia nos atraviesa, tanto que ellos comen de nuestros ojos, de verlos todos los días, y es que todas las televisoras, todas las cadenas están compradas, tanto las  locales como las internacionales y su negocio se enuncia como la adquisición de nuestro tiempo de cerebro disponible, más tele basura significa un individuo más blando que sea capaz de tragarse toda la publicidad anunciada y por tanto, capaz de tener mayor deseo de adquirir mercancías que le ofrece un mercado (un mercado que es ya político) que intenta manipularlo. Cedemos a todo, consumimos, comemos, nos dejamos tragar, no resistimos o lo hacemos hasta el punto cómodo, entonces decimos que el mundo está muy mal, que la crisis nos agota, empezamos a opinar sin ver donde estamos parados o que tanto hicimos para estar ahí. La desidia embarga nuestra vida y su tono inunda nuestra existencia coartando la posibilidad de cualquier crítica, somos tan desidiosos que hemos  llegado al punto en donde lo único que nos queda es la queja o el miedo, y a los poderosos igual, ya no saben que pasa se le fue de las manos y entonces recurren al temor o a la provocación. Qué fácil es ser victima y señalar a los verdugos, sencillo es también vivir asustados o creyendo que no hay nada por hacer, no hay futuro por venir, quizá no llegue a ver mundo en unos años, mientras tanto habría que pensar que quizá lo propio del hombre es crear maravillas para después gastarlas, destruirlas y acabar con ellas. Quizá es hora en la que ese tono de desidia adoptado recientemente en la política a causa de su imposibilidad, de la dificultad de un paraíso político o de una utopía democrática, sea cambiado por un tono de honestidad, en donde el hombre se atreve a sopesar su fin, o se arriesga a asumirse como inacabado, imperfecto, hombre por fin que no espera el mesías salvador, que llegue en forma de presidente, dios redentor o un nuevo orden económico justo y limpio, hombre que entiende la imperfección de sus obras y con ello de sus decisiones políticas, ese que por fin deja de llorar la pena de un padre que ya no está y no puede cuidarlo más, acabar lo que no hace o hacer lo que no tiene ganas de enfrentar, en fin, hombre con su fin atravesado que piensa la vida como un camino infinito en donde el único tono por adoptar es el de la crítica, siempre abierta y sin sentirse nunca cómodo, tono donde el futuro tendrá que ser pesadamente nuestro y del que debemos hacernos cargo, labrarlo sin cese y sin ese lastre pesado de la desidia que nos han enseñado tanto nuestras ideologías redentoras de mundos felices. Quizá la vida es apocalíptica pero habría que dejar de llorar por ello. 

DESIDIA


Dejar a mi esposa por mi amante... menuda cuestión. Me siento como si fuera el protagonista de alguna balada de José José o de los horrendos Pimpinela... pero definitivamente, estas cosas pasan. Como en Match Point de Woody Allen donde el personaje principal, casi en idéntico dilema al mío, se ve obligado a despacharse a su querida (jejeje algunas veces hay que ser práctico). También recuerdo una historia en particular de Los amantes del círculo polar. Un hombre abandona a su mujer por otra y al explicar esta situación a su hijo, resume todo en una sola frase: "El amor se acaba, como la gasolina"... años después, le pagan con la misma moneda: "Todo caduca con el tiempo. El amor también. La gasolina del coche, por ejemplo: si olvidas que se va a acabar te dejará tirado en medio del campo"... así parece.

La vida en algunos puntos es de correr riesgos, y después de un tiempo, todo se trata de "no cagarla" (en otras palabras, de no hacerse tonto). Adoramos los retos que nos impone la cotidianidad, al fin y al cabo se trata de ser felices o más felices. Pero hay jugadas en el tablero humano del ajedrez que sugieren un movimiento ganador y no son más que trampas mortales. "Jaque, estas jodido hermano": La inteligencia esta peleada con las emociones. El reto nos enerva, nos excita, nos nubla el juicio, todo indica una apuesta segura. Pero los planes construidos sobre suposiciones ("yo creo que a la mejor", "tal vez sí...", "Si yo hiciera...") siempre terminan en monumentos a la pendejez.

A mis años no me puedo engañar, una mujer joven solo me querría un tiempo antes de que abriera los ojos y se percatara de que este mundo es más grande de lo que se ve. Jamás llegaría a amarme para siempre, eso no existe. Lo real hay que asumirlo en una extraña mezcla de posibilidades, números, casualidades, coincidencias y azar. Pero cada quien conoce su suerte y su rango de efectividad... habemos personas que somos más felices imaginando el amor que interactuando con él. Es una saludable y bizarra forma de mantenernos cuerdos. Soy como las personas que duermen abrazando la almohada pensando que es su pareja. Parafraseando a Sabato, solo vivo el momento con ella como si fuera parte de algo interminable. Curiosamente solo así, siento que experimento algo perenne:

"No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí"

Ernesto, amigo, sigo tu consejo.