Sentí tu presencia antes de verte.
Iba en el camión al trabajo. Con un libro en las manos, tratando de hacer el viaje más corto, sin embargo a la mitad del trayecto te vi de perfil sobre mi hombro. Querías leer lo que mis ojos atentos seguían. Al voltear, te hacías el distraído. Llegando a la curva solo íbamos el chofer, tú y yo. Te sentía tranquilo, paciente, esperando a que te mirara de nuevo. Por momentos me olvidaba de ti, las letras del minotauro y la sirena tenían la culpa. Estabas azul con un ligero resplandor de sol tras de ti. Eso tal vez me impedía ver tu rostro. Estaba sentada delante de ti, te daba la oportunidad de observarme, de sonreír con mi sonrisa y de fruncir el cejo cuando algo no entendía.
Llegamos al final del camino. Guardé todo en la bolsa anaranjada de terciopelo. Había perdido tan solo unos segundos antes de que te bajaras. Me apresuré esperando ver tu silueta caminar rumbo al hospital o la universidad. La carretera estaba solitaria. Ni una huella, ni un rastro de polvo levantado por tus pies.
Al salir del trabajo abordé el mismo autobús -¿coincidencia?-.
Las cosas de la rutina me hicieron olvidar que te había sentido cerca de mi oído, detrás de mi espalda, rozando suave mi hombro. Me senté atrás dejando un lugar por si decidías mostrarte de nuevo.
Nada. Una y tres paradas más. Nada.
De la bolsa surgió el libro. Perdí el tiempo y realidad del camión, atestado de obreros, secretarias, albañiles, maestras y amas de casa. El aroma a sudor de las tres de la tarde llenaba mi nariz. Una mirada insistía. Otra vez sobre mi cara, de nuevo sobre mis manos, buscando mis ojos. No te presentí, no pude verte. Se me antojó un churro, lleno de azúcar y grasa, de esa, que se queda en los labios, que ayuda a pasar más fácil las páginas del libro. Por eso, no te vi. Ni si quiera cuando te empuje para bajar.
Las calles estaban solitarias.
La gente no caminaba por las aceras. El taller del mecánico, -eterno enamorado- estaba cerrado. A lo lejos un grupo de gente. Hombres bebiendo cerveza, con unas bolsitas amarillas –nunca me ha gustado ese color-. Siempre había caminado por ahí. Nunca me había dado miedo. Cuando intenté desandar el camino ya era tarde. Debí dar la vuelta en la esquina, pero los pies no me obedecieron. Un perro negro se emparejo a mi lado. Me miraba como esperando que lo entendiera, si la naturaleza me hubiera dotado se esa habilidad no me hubieran arrebatado la bolsa, ni mi nariz hubiera sangrado. Solo escuchaba el ladrido del perro. El calor de la tarde me había dejado el olor del sol en la blusa que se teñía de mi vida.
Parpadeaba lento -como con sueño-, el cuerpo se había quedado quieto boca abajo. El rostro hacia la derecha viendo la carretera, el perro lamía mi mano, me hizo pensar en el diente de león que había crecido, manchado con rojo, oloroso a resistol. Imaginé un mayate amarrado con un hilo para darle vueltas, disfrutar su sonido y después dejarlo escapar. -¿Un mayate?- No me pude mover. Unas flores amarillas fueron aplastadas.
Te vi de nuevo. Borroso. Alejado. Cerré los ojos, ya no era posible ver más. -¿Por qué no me ayudaste?-. Cuando los abrí ahí estabas, de pie. Con la bolsa en tus manos, hojeando la sirena. Tus ojos ¡por fin los vería! Algo me decías, susurrabas -¿Qué? No te entiendo- pero un flash, lucecitas que no resecaban mi pupila dilatada. Otra vez: un resplandor te difumino entre las cuatro de la tarde, mi bolsa anaranjada y el sonido de una patrulla.