sábado, 31 de diciembre de 2011

Nada que perder




Subí a tocar el cielo, postrado en la nube más alta, alzaba mi mano y extendía mis dedos y luego de bajada. (Es increíble, un bolsillo con un agujero y el otro para portar mis llaves, la bolsa trasera sostiene la cartera y en la izquierda, sólo un pañuelo). Ya en el piso, recogí las sobras de unas lágrimas y las coloqué en mis ojos, no sacudí mi ropa pues era idónea para mi cometido, alzaba mi mano para pedir limosna y los paseantes desviaban la mirada. (En verdad, sólo tengo eso, la cartera está llena de papeles de otras épocas, de otros desvaríos: teléfonos y tarjetas de presentación de un mundo que ya no es mío). Me levanté para caminar a la altura de los demás, está de sobra decir que con la noche, era más lastimoso mi andar. Recuerda: me caí de una nube divina y lo que me queda es sobarme las nalgas. (Estas llaves no abren ninguna puerta, la verdad es que las conservo porque me hago la ilusión de que tengo a dónde llegar). Apoyado en la orilla del puente, ideas inéditas comenzaron a acariciar mis pensamientos ¿qué tal si sólo me arrojo y así, luego de un golpe más, puedo llegar a mi nube otra vez? Nadie podría saberlo, sólo era una posibilidad. (El pañuelo para algo debía servir, pero beber mis lágrimas resultaba más dramático, más acorde para esa hora final). Finalmente no lo hice, si llego a mi nube otra vez y busco tocar el cielo ¿veré morir otra vez el día desde mi asiento terrenal? ¿Volveré a besar el eco de sus risas? (El agujero en el bolsillo fue hecho a propósito para que se escurrieran todos esos sueños tan cercanos a mi corazón, tan hirientes por sentir, por sentir tanto que volví a perder). Mejor veo desde mi rincón, cómo escalé el aire sonriendo, para llegar a mi nube y respirar el aire del paraíso lejano, de la felicidad que logré, toda para mí y sin gastar ni un centavo.

SUEÑO EN TRANSACCIÓN



Cada noche soy testigo del camino de mi voz al recorrer mis manos, mi vientre, mis pies, mis paredes. Entre tanto deambular alguna vez sigilosamente me pregunté: ¿será posible comprar un minuto de sueño? No negué  la  posibilidad de una respuesta absurda, tanto que mi voz se cansara y perdida se retirara a mis profundidades. Llegué a la conclusión de que la única forma de malbaratar el sueño es pagándolo con  palabras pasajeras, a veces en transacciones, de contado o debiendo una por una.

No existen palabras en cheque,  si lo hicieran los míos no pasarían de unas cuantas líneas en vano recorriendo mi cuerpo sin nombre, robando horas de sueño y escondiendo el insomnio en los andenes más recónditos de mi cénit.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Todo se trata de dinero




"Todo se trata de dinero." Me decía mi abuelo cada vez que veíamos la tele juntos y en las noticias contaban algún fraude de un político fachas que beneficiaba a un amiguete suyo, comúnmente empresarios, a evadir  impuestos u otorgándole un proyecto del estado. Después de eso ya sabía lo que venía, una larga y tendida plática sobre la importancia del ahorro y la necesidad de tener un trabajo como dios manda, con seguridad social incluida y cotización para la jubilación:
-Ya sabes mija, con estos tiempos que corren uno tiene que ser más precavido porque en cualquier momento nos la atoran. La situación es difícil y no es como en nuestros tiempos que era menos estudio y más trabajo.
A partir de ahí, me perdía en las noticias que no me importaban y activaba el modo de monigote para no escuchar su largo sermón que podría recitar hasta al revés, si hubieses estudiado otra cosa o conseguido un buen partido para casarte, o su largo y final golpe bajo sobre conseguirme un empleo serio y olvidarme de las becas que aunque me dieron de comer durante unos cuatro años, para él no eran una cuestión seria.
Visitar a mi abuelo resultaba insoportable, todo lo economizaba, mi vida resultaba ser una economía y el valor se cotizaba a partir de los puntos en común con el patrón a seguir. Y es que lejos de lo que se creyese, el modelo de vida se dibuja en términos de dinero,  modelo de vida igual a felicidad, felicidad igual a estabilidad. Para los treinta tenía que tener novio, un trabajo fijo, estar embarazada de cuatro meses y a ver dado el primer pago de la hipoteca para la casa indispensable para formar una familia. Hasta la vivienda tenía que ser exacta: habitación de matrimonio, otra para el hijo y una más que se ocuparía como estudio para disimular y esperar la llegada del segundo hijo, cocina, sala y garaje. Así lo mandaba la… Pero, esperen ¿Quién carajo mandaba eso? ¿Dónde estaba escrita la regla? ¿A qué ley obedece? ¿En donde firmé para cargar con el adjetivo de fracasada sino cumplo el mandato?
En fin, siempre me pasa lo mismo, nunca puedo evadirlo totalmente y termino escuchando todo lo que me dice. 
La economía del bienestar se basa en una adhesión a lo mismo, se apela a la tradición, a la experiencia paternal, a la economía patriarcal del capitalismo, a la prevención como síntoma de un pánico generalizado de perderlo todo o de no tener nada, lo que importa es la regla, la ley que no la manda nadie pero que hay que seguir y respetar. Amar, disfrutar y sentir la intemperie del mundo con sus ganancias y perdidas es mejor dejarlo para los días de asueto.


Días de bonanza


¡Ay gordo! ¡qué hermosa vista! no sé por dónde empezar, todo esto es una delicia. ¿Te gustaría ir a la terraza a tomar el sol? ¿pasar al buffet de los cinco restaurants que tiene el hotel? dicen que está buenísimo y puedes comer todo lo que se te antoje durante todo el día, ¡ya sé! mejor vamos a dar un paseo en el yate, me comentaron que también va incluido en el paquete. No, no, no, no  mejor vamos a que nos den una masajito en el spa para relajarnos y olvidarse de todo. Te juro gordito que estoy tan feliz, tantas cosas qué hacer; bueno si no te animas al paseo en altamar pues ponte el traje de baño y vámonos a zambullir un rato a la alberca, ¿ya viste? mucho extranjerito mi vidita, sirve de que practicamos el inglés que ya hasta se me anda olvidando después del último viaje a las barras y las estrellas ¿te acuerdas? ¡qué maravilla! la vamos a pasar de rechupete.  ¿Tampoco quieres ir a la alberca? bueno, pues ve a dar la vuelta por la bahía a ver qué encuentras; tómate unos tragos, despéjate amorcito que bien merecido te lo tienes, tanto trabajo te ha costado darme éste estilo de vida, consentirme, cuidarme y apapacharme. En lo que te desenpolvas me voy a la boutique del hotel para comprarme un atuendito bien mono para sorprenderte por la noche después de ir a bailar, te voy a tratar a cuerpo de rey cielito, ya sabes que nosotras las mujeres nos gusta hacerla de enfermeras innatas pa’consentir a nuestros hombres de verdad.  Sabes corazón, cada día me convenzo más de que el estar contigo es la mejor decisión que he tomado en mi vida, ¡esto es vida caray! y lo que nos falta gordito hermosochuloprecioso. Anda vete a dar la vuelta que yo ando retecontenta y aquí me las arreglo.

¡Oye Matilde! Se te están quemando los pinches frijoles y el chamaco está llore y llore todo cagado en la andadera. Deja de ver las pinches promociones de ricachones en esas revistuchas, na’más te apendejan mujer. Tas viendo que apenas tenemos pa’tragar y andas baboseando en otros mundos, ya ni la chingas de veras.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Transbordando





Se llenaba la carreta que llegaría a la carretera polvosa y desértica, en la provincia de Kabul, Afganistán le estará esperando un camión. Un hombre y su hermano menor cargan de cestas el ominoso camión; su contenido debe llegar por la tarde a la aduana del aeropuerto, no más de la cinco de la tarde, es el cambio de turno en la aduana, relevan los hombres que se les pagó, se les compró. El avión despega del aeropuerto de Kabul rumbo a Shangai. Allí se recogerá el cargamento de goma para distribuir una parte de éste en la ciudad. En algunos laboratorios de los barrios de la mafia china de Shangai la cocinan, cuando ésta ha sido procesada y convertida en dosis de heroína se distribuye en bares, se vendieron grandes sumas. Las dosis son muy demandas en todos los estratos sociales de Shangai, una buena dosis puede llegar a cotizarse hasta en 300 yuanes. El resto se lleva a unas bodegas enormes, para después meterle en contenedores de aceite de ballena, viajarían en dos tráileres hasta la frontera con Corea del Norte. Luego se llevará al puerto para partir a la prefectura de Kioto. Un grupo de Yakuzas de un clan muy legendario se encargarían de recibirlo y darle distribución de venta en las prefecturas más importantes del Japón, sólo un tráiler. El acuerdo era enviar el segundo tráiler al puerto de Vladivostok, de ahí una avioneta transportaría la mercancía a otro lugar. El piloto a cargo sería un hijo de un ex KGB retirado, ex piloto y parte del grupo de élite en los últimos años de la Guerra Fría. Por tanto el blanco cielo de las nevadas no impediría al hijo de casi un héroe dejar la droga a las 4: OO AM en aeropuerto de Chita. Volaría el cargamento completo y pagado ya en suma por sus destinatarios en Varsovia. Se repartirían las ganancias del producto, se triplicó en millones de rublos; se distribuyó la mitad de la mercancía en el norte de Rusia, fue fácil corromper a las autoridades. Por hoy uno de los países más corruptos (sic) del mundo es Rusia; el dinero envenena a las sociedades, es lastre reiterativo que consume. La otra mitad fue entregada a una importante mafia rusa, este grupo no sólo dominaba el mercado de la droga, de los opiáceos euro-asiáticos, sino también el de trato de blancas y armas, los tres mercados ilegales que mantienen al mundo de rodillas y en movimiento. Enviarían un autobús con algunas de las chicas abordo, en el chasis irían las armas, y en el forro del piso del autobús colocarían meticulosamente la heroína combinada con otro cargamento de Turquía, de muy mala calidad; murieron tres chicas en Estambul inmediato se la inyectaron. Las mujeres eslovenas y polacas las subieron en un avión rumbo a Cádiz, España. Se vendió a ese grupo de chicas a distintos países de América Latina. La droga y las armas se enviaron al aeropuerto de Barajas en Madrid, partieron sin mayor problema de inspección en dos vuelos distintos, uno con destino a Medellín, Colombia y uno más a Tijuana, México.
El vuelo en el aeropuerto de Tijuana llegó con una hora de retraso, se recibió la mercancía, las armas se intercambiaron con droga de la región y bolsas negras llenas de dólares. Esta operación se llevó a cabo adentro de uno de los hangares. La droga fue llevada en un camión blindado de seguridad, no cupo toda la mercancía, el resto fue montado cuidadosamente en las bateas de las Ford Lobo, un convoy de siete camionetas y el camión blindado salieron con rumbo a Tecate. Se había decidido utilizar esa mercancía para distribución y venta en el territorio nacional, el norte de Baja California sería la primera parada. Mucha de la droga vendida en esa región se cocinaba una y otra vez, hasta volverla otra cosa, algo muy lejano a la heroína. Esas dosis, esos arpones llegaban a las piqueras, a los guetos de heroinómanos consumados, entregados a una necesidad esclavizante que los llena tanto pero que en realidad los vacía tanto, los desvanece. Entre las camisas rotas que sirven de sabanas en los pisos de tierra olorosa a heces y orina, entre la basura de orillas de las carreteras se asoma Ema, joven de apenas veintidós años pero que en apariencia representa más de treinta, es adicta desde los once años. En la madriguera entra el tierras, trae una goma, pide una cuchara, la cocina y se la mete toda, no la comparte. Ema tiene dos días sin inyectarse nada, ha tenido mareos y vómitos, altas fiebres y pesadillas terribles, necesita inyectarse, se muere si no lo hace. Tiene algunas monedas que ha recolectado de las limosnas y a veces de medio limpiar parabrisas. Tenía cincuenta pesos en monedas de cincuenta centavos, de un peso, de dos pesos, de cinco, una sola moneda diez; se le había encontrada tirada en el centro. Es lo que costaba el arpón en las piqueras, se había ido a picar allí tres veces sin que le pasará nada, además de tener una tolerancia en un cuerpo ya demasiado enfermo, agujereado por todas partes, en esos agujeros de sus venas se le escapaba la vida. De aquella mercancía de Kabul, sólo tenía una brevedad ese “pico”. Ema pagó los cincuenta pesos de sus morrallas, metió el brazo delgado y morado de tanto pinchazo en ese agujero de un muro frio y grafiteado. Del otro lado un tipo sucio tiene cucharas quemadas, mecheros oxidados, polvos blancos revueltos con el polvo del pequeño espacio caluroso y grasiento. Al fin puede encontrarle una vena “viva”, en la cuchara hierve la sustancia, es jalada en una jeringa que parece se ha usado mucho. La vena es la de su mano, que más que dedos tiene unas ramas frágiles colgando, una mano que emula madera vieja y quemada; el líquido entra, el brazo cae. El pinchador saca la aguja, el que estaba formado atrás de Ema la hace a un lado, es su turno, Ema se va al suelo, se nota atrapada en un sueño placentero, olvida todo.
Antes de que se le parase el corazón entró en un placentero viaje en donde visitaba diferentes partes del mundo, desconocidas. Lo valió pensó Ema cuando vino el fulminante infarto.






Nota: una disculpa por el post atrasado, no hay justificación, pero no quise dejarlo fuera.
Gracias y en verdad una disculpa, saludos a todos.

La compradora



Ojalá pudiera encontrarte en eBay, o en la vitrina de algún centro comercial. Es por andar buscándote, que he llenado mis vacíos con bolsos, zapatos, adornos y demás productos que ya no sé dónde poner. Semana a semana visito plazas, sitios web, comercios; mi habitación es una montaña de variada mercancía, me gusta pensar que en cada paquete hay una parte de ti: un ojo, un pedacito de dedo. Sabes que nunca me gustó regresar sola a casa.

Por mucho tu precio, sería fácil tenerte, extender un billete –o muchos–, romper el cerdito que hace dos años compré en Quiroga y que pesa mis ganas en monedas de a peso, quedarme en la ruina, contigo. Pero no, elegiste el perro camino de esconderte, de largarte a no sé dónde; yo que quiero envolverte en papel de china, poner un gran moño sobre tu espalda, y llevarte a casa donde haces falta para celebrar navidad.

martes, 27 de diciembre de 2011

Fuente

En la fuente que de la capilla está enfrente, donde el agua mana y corre, de no sé dónde, lanzaré tres monedas a un plato sumergido; si atinaba a uno, un deseo por hecho daba cumplido. El sol y el águila que nunca defrauda, en el agua y el mármol se sumergió, la orilla del plato rozó y a un lado se deslizó. El primer intento falló. Con la segunda moneda hay más esperanza, pues de un caliz  uno aprende y avanza, pero con ésta segunda no quería errar, si se iba fuera del plato, con la tercera era más difícil acertar. La segunda cayó fuera, más lejos aun que la primera. La tercera es la vencida, no tengo que fallar, un deseo de por medio en juego está. Qué pediré si le atino, no me importa todavía, sólo tengo que aguzar el brazo y la puntería para no irme como venía.  

lunes, 26 de diciembre de 2011

Dos cuentos


CAPERUCITA ROJA I
Caperucita iba por el bosque a visitar a su abuelita. Esa tarde, en lugar de pasteles, le llevaba pan tierno y perdices confitadas. En el camino se entretuvo cogiendo flores y perdió la cestita. Pasó el lobo por allí y la encontró. Conoció que era de Caperucita, la cogió, la llevó a casa de su abuelita y la esperó. Caperucita llegó llorosa, pero al ver la cestita se alegró. Tras Abrazar a su abuelita susurró:

-Muchas gracias señor lobo.
- No hay de que, Caperucita. Quise hacerte este favor y decirte que no seas tan descuidada pues en el bosque hay animales muy peligrosos y algún día..., pero, siendo sincero, lo que buscaba, era mirarte y gozar de tu hermosura.

Caperucita, al fin y al cabo mujer, fue intuitiva y adivinó que el lobo estaba por sus carnes. Complacida, bajó la cabeza y dijo sonrojada:

-¡Que cosas dice señor lobo! Está haciendo que me ponga colorada.

La conversación fue adquiriendo confianza. El lobo se relamía y no quitaba la vista de Caperucita. En un momento, que estimó que estaba distraída, se abalanzó sobre ella, la tomó por la cintura y dijo con pasión:

-Caperucita, me estás volviendo loco. Si me dejas, te como a besos.

-¡Por Dios señor lobo! ¡Qué vergüenza! Se va a dar cuenta de sus pretensiones mi abuelita- Y acercando la boca a la oreja del lobo musitó-: Mañana en el bosque, cuando estemos solos, le dejaré que me coma a besos.

Era una tarde maravillosa. Caperucita invitó al lobo a merendar, llevó a su abuelita hasta la mesa y dispuso el pan y las perdices confitadas. Y fueron felices y comieron perdices...

CAPERUCITA ROJA II
Mientras Caperucita y el cazador eran felices y comían perdices,
el lobo lloraba, pues no había sido el quien había escogido ser feroz.

domingo, 25 de diciembre de 2011

¡Mamá, me he convertido en unicornio!







Hola Escribicionistas, sé que no puede publicar en un día que le toca a alguien más pero me he tomado el atrevimiento de publicar en este día vacante porque no interrumpo a nadie en su publicación. Lamento mucho no haberlo podido hacer en mi día pero espero me lo pasen por esta vez. Un abrazo grande a todos y espero disfruten con este último cuento que me ha gustado mucho hacer para todos ustedes. Gracias Dr. Gonzo por este tema. 


¡Mamá, me he convertido en unicornio!

Xabier  se levantó aquella mañana sintiéndose raro, le dolían los ojos y sentía una especie de picazón entre ceja y ceja. Había que ir a la escuela y, como era costumbre, le costaba mucho quitarse las sábanas que lo cubrían y que a él le parecían que a esa hora de la mañana pesaban como láminas de hierro y por desgracia él nunca se sentía super poderoso para quitárselas de encima. Después de muchos esfuerzos y con la inquietud que lo invadía por saber que pasaba entre sus ojos, de un brinco arrojó todo al suelo y se fue corriendo hacia el baño.
Se lavó la cara para quitarse las chinguillas que parecían telarañas sobre sus párpados, lo hizo lentamente porque sabía  que algo pasaba y presentía que no querría averiguar del todo lo que era. Sentía una tensión en la frente, quitó las gotas de agua que sobraban con una toalla, y se acercó casi embarrándose al espejo. Algo crecía en él, entre rojo, morado y blanco se dibuja un círculo en su frente. No sabía que era, estaba asustado y a la vez, emocionado, pensó en todas las historietas, en los comics que leía para ver si sus sintomas, si esa aparición extraña en su cara coincidia con alguna mutación típica de conversión en super héroe. Pero ni Batman ni  Superman habían presentado malestares en la frente ni manchas faciales, sin embargo, pensó:
- Claro y si me ha picado algo como al Hombre Araña, quizá sólo quizá me puedo convertir en el Hombre Zancudo o en el Hombre Mosquito.
Olvidó por un momento el asunto aunque guardó esa idea en su cabeza, cogió un poco de maquillaje de su madre y tapó el círculo para prevenir, por si fuese el caso, su identidad, quién sabe que villanos pueden haber allá afuera. Bajó a desayunar, su madre le había preparado hot cakes con nutela y un vasotote de leche, Xabier pensó que el camuflaje de su mancha heroica había sido realizado con éxito porque ni su padre ni su madre se habían dado cuenta de lo diferente que lucía.
Al llegar a la escuela, fue directo a ver a su mejor amigo y le contó que algo extraño le estaba pasando, Daniel escuchó atento todo la historia pero, de pronto, giró su cabeza y Xabier se dio cuenta que él también tenía una mancha y supuso que había encontrado a su pareja de aventuras en el mejor de los casos o quizá a su propio enemigo. En fin, no preguntó nada a su amigo para ser precavido.
Antes de salir de clases, Xabier, como de costumbre paso por el baño porque el viaje era largo hasta casa ,de pronto, se miró al espejo y… Noooooooooooooooooooooooooooo, ya no era simplemente un mancha, ahora era una bola gigante entre sus ojos, blanco amarilla que punzaba con fuerza, se la tocó y el dolor fue insoportable pensó que quizá podría explotarla, reventarla y entonces la magia comenzaría, pero no era el lugar ni el momento, aunque tampoco podría mantener ya su identidad escondida. Salió de la escuela corriendo y con la cabeza agachada haciendo con la mano un gesto rápido de adios a todos los que le encontraban en el camino y que le preguntaban si iría hoy por la tarde al parque a jugar.
Subió rápidamente al coche de su madre apenas mirándole a los ojos, ella lo saludó con cariño e intentó acercarse para darle un beso, pero el niño le dijo que arrancase y que luego habría tiempo para besitos. Su madre no dijo nada y emprendieron el camino a casa, le preguntó si pasaba algo y el movió la cabeza diciendo que no; ella insistió y le dijo que si le hubiese sucedido cualquier cosa podía confiar en ella para decírselo. Xabier levantó poco a poco la cabeza, su madre detuvó el coche, y entonces lo miró para escucharlo, de repente, lo entendió todo al mirar su frente, lo abrazó con fuerza y le dijo:
-Ya está pasando, mi pequeño. No pasa nada, eso es totalmente normal. Tú no te preocupes seguramente ha crecido tanto por los hot cakes con chocolate de esta mañana. Eso pasa mucho a tu edad, no a todos pero algunos tienen que pasar por esto, tú no hagas caso si alguien intenta burlarse de tí.
Así que su madre ya lo sabía todo, pensó:
-Y ¿cuándo me lo pensabas decir?- le preguntó a su madre- Supongo que la noticia de convertirme en super héroe debe ser algo muy importante para lo que los niños deben estar preparados, no así de golpe nada más.
Su madre se quedó sorprendida con lo que su hijo le había dicho y entonces, tuvo que explicarle que:
-No, Xabi, a ver mira, no quiero desilusionarte pero es que no te vas a convertir en super héroe, lo que pasa es que te ha salido un barrito, ácne, quiero decir, pues, un grano.
-¿Cómo que un grano?-dijo él- Así no más, un grano sin nada, o sea, ¿no significa nada?
-Bueno querido, pues sí, significa que te estas haciendo mayor pero nada más. Lo siento mucho Xabi, pero ya te digo mi niño, no te preocupes se te pasará en unos días y ya está, volverás a ser el niño normal de siempre.
Su madre le propició un beso, arrancó el coche y continuaron el camino hacia casa. Xabier de copiloto, se encontraba molesto, desconcertado e incluso desilusionado, él no quería ser un niño normal, quería tener super poderes, ser especial, destacar por alguna habilidad única e irrepretible. Pero su madre tenía razón y por eso Daniel, su mejor amigo, tenía uno igual a él aunque lo tuviese en la mejilla izquierda.
Llegaron a casa y Xabier comió muy rápido, subió a su habitación, hizo sus tareas y decidió no bajar a cenar, estaba raro, se sentía indispuesto, seguía teniendo el malestar en la frente y sentía que en su cuerpo algo no era como antes, pero no podía imaginar ya nada, si su madre dijo que era un grano pues un grano ha de ser.
Se metió a la cama, se cubrió con sus láminas de hierro y rápidamente empezó a soñar. Estaba en una escuela nueva muy rara, con niños diferentes que tenían algo en la frente pero que no sabía identificar que era. Cocinaban cosas raras que después utilizaban para alimentar a animales extraños que no eran de especies conocidas y que les servían de vehículos para regresar a casa saliendo de clases.
¡¡¡¡Ring, Ring!!!! Sonó el despertador y Xabier abrió sus ojos con sorpresa, había algo en su frente pero ahora mucho más grande y lo podía tocar. Saltó de la cama como un super héroe, entró al baño, se lavó la cara topándose con algo que no le permitía limpiarla bien y entonces al mirarse al espejo le gritó a su madre:
-¡Mamá, no era un grano!, ¡mamá, mamá, mamááááááááááááááá! ¡Mamá, me he convertido en un unicornio!
Xabier no es el Hombre Zancudo ni el Hombre Mosquito pero tiene un cuerno de unicornio en la frente que le hace tener poderes especiales, toma clases en la escuela que soñó y va a casa en un erizo cuya piel le hace cosquillas durante todo el camino a casa.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Una flor blanca



Hola a todos

No sé por dónde empezar en realidad. Vamos, sé que yo propuse el tema de esta semana y me sentí muy confiado al hacerlo porque tenía mi as bajo la manga. Por otro lado, al ir viendo los esfuerzos de los Escribicionistas por armar sus cuentos echándole imaginación y hasta poesía, me comencé a sentir un poco culpable, pues, verán ustedes, yo de la estructura de un cuento sé nada y lo de mis comentarios era simple apoyo del bendito internet. Quería sonar a que sabía porque pensé que el material que voy a publicar es bueno y que es bueno porque sencillamente, no es mío.

En una de mis frecuentes excursiones al baldío cercano a mi casa (un lugar donde puedo beber a gusto, sin ruido ni cosas que me distraigan) al estar sentado tomando tragos a mi botella, jugando con la tierra acumulada en una plancha de cemento, en una de esas topé con una especie de cuaderno, con una pasta semi dura y varias hojas apiladas, la mayoría muy arrugadas y con pliegues muy marcados, como si hubieran estado dobladas mucho tiempo y de hecho, son hojas algo viejas. En fin, pensé que ya tenía servilletas para rato, pero fue curioso que en la primera hoja se leía a manera de título: Para mis hijos que no nacieron. Aquí tengo que decir que, con ese título esperaba leer una de esas ondas donde la gente padece y llora todo el tiempo, digno argumento telenovelero y me preparaba para reirme como la última vez que leí a García Márquez, pero eso no sucedió. De hecho la historia es tan común, tan propia de los cuentos infantiles que dije: ya sé qué le voy a proponer a Ros para mi tema en la tercera ronda Escribicionista y ya publico esta onda y no me preocupo.

Bueno, ahí lo tienen, sólo quería comentárselos. Al final del cuento, viene una dedicatoria la cual también incluí, no cambié, ni quité, ni agregué nada, aunque el título no me agradó mucho (si es que esa frase de los hijos no natos es el título), así que me permití ponerle un título. Por todo lo demás, me disculpo por no haber escrito nada original para esta semana, pero quizás les guste ese cuento infantil anónimo y sepan que la siguiente semana, participaré como es adecuado. Saludos.

Una flor blanca

Se ha visto y sabido que hay terrenos donde la vegetación es escasa y los hay que incluso no pueden tener nada de vegetación. Pensemos en un terreno árido, donde la tierra misma no permite que haya otra cosa si no es tierra y más tierra. Ahora, imaginemos que este terreno no sólo es árido, también imaginemos que está rodeado de llamas. Sí, fuego, un elemento más en revoltoso conjunto con la tierra árida de la que hablábamos. Pensemos ahora, que otro elemento se agrega a la mezcla: aire. Sí, pero un aire monumental, un tornado que arrastra polvo y tierra seca y aviva las llamas. En esta misma caótica mezcla, se comienza a acercar una nube, luego otra y luego otra, jalando al aire que se torna frío y helado comenzando a llover torrencialmente.
El agua alimenta al tornado y lo convierte fácilmente en un huracán. La gente que estudia el clima le pone nombres de personas a los huracanes y hablan de su intensidad en números. Que a nosotros nos baste saber que es un huracán enorme que ahora arroja goterones de agua sobre el terreno de una manera violenta, tanto, que se esparcen entre las llamas. Este lugar se está viendo azotado por una mezcla elemental, violenta y nada prometedora de algo bueno. Esto sucede durante días y noches. El sol se muestra y luego da paso a la luna. La luna descansa y deja pasar al sol innumerables veces y nuestra mezcla elemental sigue azotando el terreno sin descanso, sin agotamiento.

Pero he aquí mientras el azote interminable continúa, en una pequeña porción de este maltratado lugar, surge un pequeño tubito verde. ¿Les parece una broma? Bueno, no estoy contando un chiste; en efecto, un tallito verde aparece en este caos y, debo decirlo, parece que una pequeña hojita le brota a un lado. Increíble, casi gracioso pero real. Con el paso de los días, el castigo sobre el terreno continúa pero he aquí que, y no quiero escuchar risas, unas hojitas ya aparecen verdes y sanas en el tallito y comienzan a tomar forma de unos pétalos. Sí, han brotado justo en el medio de la locura y la desdicha de ese terreno. Por unos segundos, las violentas gotas dejan de caer, el huracán parece detener su espiral pantagruélica; las llamas se azuzan inclinándose a los lados y el seco piso terroso parece juntas sus grietas ácidas y gaseosas. Todos ellos parecen observar con incredulidad algo que bien podríamos llamar un milagro. La pequeña plantita se yergue como sorprendida ¿Acaso esto se ha detenido? Parece expresar con un pequeño vaivén de sus petalitos. La chiquita de pronto se queda quieta y en el momento en que da un suspiro, los cuatro elementos caen y azotan nuevamente, las llamas arden con más fuerza, el huracán desata su brutalidad como si sólo se hubiera detenido para tomar impulso. La tierra se agrieta más y su aridez desafía las cuarteaduras que había logrado, fragmentándose más. La lluvia ahora es ácida y quema con sus gotas los petalitos de la plantita. Es cuestión de minutos para que se marchiten acongojados los avances de la plantita.

Esto que les cuento no es fácil, pues la pequeña plantita pierde uno a uno los pétalos que tanto le costó crecer. Las llamas la rodeaban y le daban fuertes latigazos y por momentos crecían tan alto como se alcanzaba a mirar, disfrutando el susto que le daban a la pequeña. Ella está triste, no entiende por qué sucede esto, agacha su cabecita contrariada. Tímidamente se encorvó y de entre todo ese salvaje ataque ataque, una gotita pequeña derramó de su carita por su tallo hasta el suelo. Pudo ser parte del aguacero que caía ¿o era en realidad una lágrima? Yo no sabría decirlo. Días siguieron en el caos. Sin darnos cuenta, se convirtieron en meses y luego años. Al ver ese puntito medio blanco, medio verde, no veríamos mucho, pero si nos acercamos ¿qué es lo que veríamos? Bueno, les diré lo que vio la mezcla elemental. Primero, la tierra se sorprendió de lo que veía: unas señas de verde pastito estaban alrededor de la florecita. Una sacudida de la tierra llamó la atención del torrencial que soltó su aguacero más fuerte sobre la pequeña. Las llamas danzaban burlonas y el torrencial azotaba y entonces pasó algo que se podría pensar increíble: la tierra comenzó a cerrarse ahogando a las llamas. Por supuesto que el fuego no entendía esto. La tierra se cerró por completo en unos dos kilómetros a la redonda, que podemos decir, es mucha distancia. Las llamas comenzaron a cesar y en respuesta, viento y agua descargaron el huracán más infernal en honor al fuego caído. La florecita recibió el embate, quedando prácticamente embarrada en el suelo. La tierra absorbía la excesiva agua que aplastaba los pétalos y el pastito alrededor. La florecita casi se ahoga en este ataque. La lluvia y el viento se regocijaban con esto, truenos y rayos caían sobre la tierra en reproche por haberse cerrado y extinguido al fuego. La florecita buscaba levantarse y sus hojitas mojadas, casi se quebraban al buscar respirar algo que no fuera agua. La pequeña florecita se ponía derecha y alzaba la cara mirando al viento y al agua que venían ya con un segundo azote huracanado. En el oscuro cielo de las nubes apareció un agujero en un lado y luego otro en el centro. Sin duda, la lluvia se había sorprendido por esta acción de la florecita. El aire comenzó a soplar nuevamente y otro agujero más se abrió, lo suficiente para que se filtrara la luz del sol que estaba allá afuera. Incrédulo, el aguacero intentó arreciar su ataque y la florecita lo recibió nuevamente, en esta ocasión, el sol, benéfico, tiraba sobre ella su luz que iluminó sus maltratados pétalos blancos. La lluvia entonces sufrió un par de agujeros en sus nubes y el aire ya soplaba sobre la pequeña, pero ya no con la misma fuerza, ya no el torrencial. Las nubes se estaban disipando rápidamente, la lluvia caía por partes, por momentos hasta que se debilitó. El sol brillaba lo suficiente ahora para dejar ver en el terreno árido, como el pastito se comenzaba a secar y la inundación bajó del tallo de la florecita cuando la tierra absorbió el agua por completo, dejando crecer un poco más de pasto. Sin duda, esto sorprendió a la pequeña pero el aire aún la azotaba y la jugaba de un lado a otro, queriendo arrancarla de la tierra. En lo alto del cielo, una mariposa aleteaba justo encima de la florecita que estaba tan dolorida y golpeada y veía de a poco, cómo la mariposa también era llevada y traída por el aire violento y seco. La mariposa recomponía el vuelo y volaba en círculos encima de la florecita. Ésta suspiró nuevamente y se levantó. Primero una hojita y luego otra, los pétalos se tomaban ahora el tiempo de expandirse más y ella creció. El ejemplo de la mariposa fue eso que la hizo tomar más fuerza y el aire, sorprendido, dejó de tener tanta violencia, el sol brillaba más y el polvo dejaba de levantarse. Finalmente, en algún momento el aire cedió y así como llegó, se fue también, sin mucho más ruido. Ahora era una brisa que soplaba fresca y la florecita podía ver al sol y el pasto crecer a su alrededor. Quién sabe, pero la florecita ahora se veía tan firme y radiante, que era como una sonrisa enorme en el ya no árido piso. La mariposa revoloteaba de vez en vez, animando a la florecita que ahora gozaba su lugar y su fuerza y que también regalaba belleza a ese lugar que poco a poco se convertía en un campo donde más tarde, otras florecitas crecieron y hasta algunos árboles, con pastosos caminos verdes acompañando a la pequeña flor. Una pequeña flor blanca que se había ganado el lugar en el que se encontraba.

Para mis pequeños, que aunque no llegaron, siempre van a tener un lugar en el campo de la florecita.

UN REGALO PARA VALENTÍN



Era una noche fría de invierno, el cielo y las estrellas cubrían el pueblo dando esperanza a todos los niños del orfanato.  Esa navidad no iba a ser como la del año pasado, no habría dulces, ni la maravillosa piñata de múltiples colores que todos esperaban con ansias, tampoco habría asado ni los fantásticos villancicos que el coro de la iglesia interpretaba para ellos volviendo la cena de navidad un momento único donde todos se sentían una gran familia.
Esa noche buena no sería la misma sin Valentín y su espíritu navideño, tal vez tendrían que acompañarlo todos en el hospital y hacer una fiesta con la esperanza de que superara la extraña enfermedad que pocos días antes le habían detectado, pero era imposible, todos habían escuchado atentamente las indicaciones del doctor Rómulo cuando aquella triste tarde dijo:
-Valentín no podrá ver a sus hermanos por mucho tiempo, tendrá que quedarse en el hospital completamente solo y lamentablemente no podrá celebrar la navidad.
-¿Por qué?-había preguntado Lily muy asustada
-Porque si convive por más tiempo con ustedes, puede ser que no sea el único enfermo en navidad.
Mamá Elena y Pablo, los padres adoptivos de todos los niños, habían prometido a sus hijos que estarían todo el tiempo con Valentín, pero ellos tendrían que estar en navidad en el orfanato bajo el cuidado de Clotilde, la amargada, enojona y fea cocinera.
Esa noche todos estaban en sus dormitorios con la esperanza de ver a su hermano y a sus padres entrar por la enorme puerta principal, cargados de regalos y listos para iniciar con la celebración, pero lo único que tenían era el cielo estrellado y el frío viento que llegaba desde la ventana. Clotilde se había negado rotundamente a celebrar con ellos, y muy enojada había dicho:
-Vah!...navidad, es sólo un pretexto para que Elena y Pablo llenen de regalos a niños consentidos y malcriados como ustedes.
Muy tristes, los niños se habían ido a sus dormitorios. Acordaron permanecer todos juntos contemplando el cielo enviando desde ahí buenos deseos para Valentín, no podían permitir que esa noche tan especial Clotilde les impidiera sentirse una gran familia.
En el hospital, Mamá Elena, Pablo y el doctor Rómulo permanecían al lado de Valentín brindándole muchos cuidados, ellos también conservaban la esperanza de que su hijo despertara en cualquier momento para poder volver al orfanato y pasar en familia la navidad.
-Creo que debes ir a ver cómo están nuestros otros hijos Pablo, es muy triste que estén solos en esta noche tan especial-había dicho mamá Elena.
-Para mí también es muy triste querida, pero en esta ocasión tenemos que estar con nuestro hijo, nos necesita, nuestros niños saben permanecer unidos y no dudo que desde allá nos están enviando sus buenos deseos.
Las horas transcurrían aproximando la media noche. En el orfanato nadie dormía, ni siquiera los más chicos, todas las pequeñas caritas estaban fijas en el cristal de la ventana que daba a la calle, sólo observaban y trataban de escuchar algún ruido entre el silencio de la soledad.
-Tlin, tlan, tlon recojo cacharros por montón, tlin, tlan, tlon.
El inesperado grito se escuchó en la calle sorprendiendo a los niños, jamás habían escuchado cancioncilla tan singular en el pueblo. Todos volvieron la mirada para ver de dónde procedía y grande fue su sorpresa al encontrarse con un jovencito no mucho mayor que ellos que vagaba solo por la calle con enormes sacos llenos de cacharros y cachivaches atados a la parte trasera de una vieja bicicleta.
Al pasar por la ventana fue inevitable que se percatara de las miradas que curiosamente lo seguían así que decidió detenerse.
-Hola niños, me sorprende que siendo una noche tan especial no estén celebrando la navidad.
-No nos lo permiten-replicó Gerardo, el mayor de los huérfanos.
-¿Y tú por qué tampoco estás celebrando?-preguntó Lily.
-Yo nunca he celebrado la navidad, a diferencia de ustedes yo no tengo nadititita de familia, nada de papás, hermanitos, tíos, abuelitos, nadititita. Desde muy chiquito he estado arriba de esta bicicleta cargando enormes sacos de cacharros para venderlos y poder comer de vez en cuando, pero aaah cómo me gustaría al menos una vez en la vida estar sentado en una mesota llena de comida como las que veo a través de las ventanas cada noche buena, y estar todo el tiempo riéndome rodeado de gente que me quiere.
-Seguramente podrías pasar la navidad con nosotros, pero esta noche Clotilde la cocinera nos lo prohibió, además nuestros papás están en el hospital con Valentín, nuestro hermano-dijo Dianita-a propósito, ¿cómo te llamas? jamás te habíamos visto en el pueblo.
-Me llamo Joaquín. Tengo pocos días que llegue a San Miguel, por eso no había tenido el gusto de conocerlos.
-Pues ahora puedes pasar por aquí las veces que quieras a saludarnos, te aseguro que todos seremos tus amigos-contesto Lupita.
Los niños siguieron platicando con su nuevo amigo contándole cómo era su vida en el orfanato y lo mucho que lamentaban no poder ver a Valentín y a sus padres esa noche. Joaquín muy atento escuchaba entendiendo perfectamente a los niños, pues él sabía sobremanera lo que se sentía estar solo en navidad.
-Tal vez yo pueda ayudarlos.
-Pero ¿cómo?-contestaron los niños.
-Puedo ir al hospital del pueblo y llevarle un regalo a Valentín, les aseguro que eso lo hará sentir mejor.
-Es una maravillosa idea Joaquín, pero aquí no tenemos nada que darle, además Clotilde no nos permitirá salir del cuarto para fabricarle algo bonito.
-Créanme que lo que más quiere  un niño que está solo en navidad es sentir a su lado a la gente que quiere.
-No nos podemos salir del orfanato y llegar con él al hospital, nos meteríamos en muchos líos.
-Yo sé que no, pero sí pueden enviarle cada quien algo especial, algo que signifique mucho para ustedes y que se lo obsequien como señal del cariño que le tienen.
En un enorme saco de cacharros los niños fueron echando mechones de cabello, estampas, juguetes, tarjetas, calcetines, dulces, fotografías y todos aquellos objetos que pudieran hacer sentir mejor a su hermano. Cuidando que Clotilde no pudiera escuchar ni el menor ruido terminaron su misión y entregaron el enorme paquete a Joaquín para que continuara su marcha ahora con rumbo al hospital de San Miguel.
-Tlin, taln, tlon, recojo cacharros por montón, tlin, tlan, tlon.
Joaquín se alejó por las calles oscuras dejando a sus nuevos amigos con la esperanza de que sus padres y su hermano sintieran que todos estaban juntos esa noche. A su alrededor podía ver por los enormes ventanales las repletas mesas que tanto anhelaba, las coloridas piñatas, los árboles de navidad, los regalos y sobre todo a las familias que felices disfrutaban la velada. Esforzándose por contener las lágrimas siguió su camino.
-Tlin, tlan, tlon, recojo cacharros por montón, tlin, tlan, tlon- se escuchó fuera del hospital.
Al escuchar al niño detenerse en la puerta Pablo salió para ver qué motivo tan importante lo obligaba a no celebrar la navidad y dirigirse hasta el hospital a esas horas de la noche.
-Buenas noches amiguito, qué te trae por aquí en esta noche tan fría.
-Buenas noches seños, usted debe ser Pablo, el papá de Valentín y todos mis amiguitos. Me llamo Joaquín y vengo aquí a traer un regalo que todos los niños envían a su hermanito.
-¡Santo cielo! Esto sí que me sorprende, sabía que permanecerían unidos, pero nunca creí que hicieran todo lo posible por hacerle llegar un regalo a Valentín, pero pasa amiguito, no te quedes ahí en la calle, iré por mi esposa para que ella también te agradezca tu noble hazaña.
Pablo se dirigió al cuarto donde su hijo aún permanecía en cama, tomó a Elena del brazo y la llevó hasta el recibidor del hospital donde Joaquín permanecía con el enorme saco en los brazos.
Con la más viva emoción sacaron cada uno de los objetos enviados por los niños colocándolos junto a la cama de Valentín. Pronto aquello parecía una cálida fiesta, había muchos colores, sonrisas y sobre todo una gran familia unida.
-Bueno señores, buenas noches, yo me retiro, que tengan feliz navidad.
-Tú no vas a ningún lado jovencito, ya me habían hablado de ti, eres Joaquín, el pequeño cacharrero que llegó al pueblo.
-Así es señor.
-Joaquín  mi esposo, mis hijos y yo estaríamos encantados de que te unieras a nuestra familia, pensábamos proponértelo hace días, pero hemos estado muy ocupados con nuestro hijo Valentín. ¿Qué dices, quieres formar parte de nosotros?
Escondiendo unas pequeñas lágrimas Joaquín asintió con un ligero movimiento de cabeza. Pablo y Elena lo abrazaron y le permitieron permanecer esa noche en el hospital.
A la mañana siguiente en el orfanato se armó una algarabía cuando en el momento menos esperado los niños vieron entrar a su familia acompañada de Joaquín, todos se maravillaron cuando el pequeño Valentín les relató cómo mágicamente había sido despertado por un Tlin, tlan, tlon que se escucho justo en el momento en que comenzaba la navidad.

jueves, 22 de diciembre de 2011

LA VIEJA HACIENDA



Como todos los días a eso de las cuatro de la tarde los niños curiosos se arremolinaban a escuchar las anécdotas que Don Matías versaba a las puertas de la iglesia del pueblo.  Esa tarde el viejo daba inicio con una historia ya olvidada por las nuevas generaciones, pero no para los que estuvieron presentes por aquellos años decía. Jeremías fue el último director de aquella escuela que en los años cincuenta dio vida al ajetreo entre clase y clase, ya saben, las corretizas por el patio central, las peleas por la disputa de una manzana o cosas de chamacos; era el maestro de música y cada tarde en aquel salón junto al enorme fresno se daban cita uno a uno los  escuincles con su instrumento para así dar rienda suelta a las notas que el bien portado caballero enseñaba en su clase –les comentaba Don Matías-. Jeremías era callado, respetuoso, muy extraño  en ocasiones pues su introspección parecía que lo llevaba a otros mundos, muy reservado en las actividades que efectuaba cerrada la escuela, pues vivía en la parte superior de la misma en un cuarto dividido en dos habitaciones con lo esencial para su cuidado personal.

Fueron años de dicha en el pueblo chamacos; Jeremías era un culto muchacho cercano a los treinta años que había llegado de la ciudad. Dominaba diversos ámbitos  como la filosofía, el latín, las matemáticas, las ciencias naturales y diversas actividades de recreación artística como la danza, la pintura, la escultura y la música. Con el transcurrir de los años aquel maestro se convirtió en el director del colegio  debido a la entrega y dedicación con que profesaba cada una de las asignaturas y la estima que los habitantes le habían otorgado con el paso de las lunas y los soles. Pasaron los meses hasta que empezaron a suscitarse extraños acontecimientos. Cuentan que una tarde uno de los estudiantes se dirigió a la parte posterior de la escuela en busca de la pelota que había volado la barda. Dividida en tres secciones de traspatios se podía divisar no muy lejos un desdibujado sendero que daba a un bosquecito el cual –decían los leñadores- se tragaba a los que por azares del destino se internaban en sus entrañas, no volvían a ver la luz. Nadie sabía qué había más allá de aquellas pineras. Las autoridades y los habitantes buscaron durante semanas pero no se supo más de aquel intrépido estudiante, remitiendo el suceso a innumerables anécdotas de cantina y de domingos de iglesia.

En el transcurso de ese mismo año nuevas desapariciones tuvieron cita en torno a la escuela, el saldo arrojó: cinco alumnos más – tres niñas y dos niños- de los cuales -dato curioso-  todos y cada uno formaban parte de la banda musical del colegio.  Recuerdo como si fuera ayer cuando alcancé a divisar por la ventana a los dos últimos internándose en el bosque al final de la jornada mientras barría un salón de clases, les grité que no se acercaran pero  hicieron caso omiso de mi advertencia, (nunca olvidaré la mirada perdida de aquellos dos estudiantes, como si hubieran sido encantados) jamás se volvió a saber de ellos.

Múltiples rumores recorrían las calles del pueblo, se decía que las desapariciones apuntaban al maestro de música a pesar de que no había indicios de un comportamiento extraño o algo que lo delatara. Las autoridades investigaron, movieron una a una las piezas del juego, buscaron debajo de cada piedra, en los alrededores pero las pistas nunca llegaron. Jeremías empezó a envejecer y los maestros a desertar del recinto. Un viernes cuando pardeaba la tarde mientras trapeaba los baños, alcancé a escuchar sollozos  en el salón de música, avance por el pasillo para escuchar más de cerca, al asomarme por la ventana quedé sorprendido a lo que mis ojos estaban presenciando: en círculo alrededor del maestro de música se encontraban seis bancas, cada una con instrumentos musicales y con el uniforme de alumnos que denotaban tres niñas y tres niños respectivamente. Jeremías tocaba el piano al centro derramando innumerables lágrimas empapando su rostro. Entrada la noche salí despavorido a la plaza del pueblo para comentar lo que había visto, los habitantes encendieron antorchas, tomaron machetes, hachas, cuchillos y se dirigieron en consignas hacia la escuela, tumbaron puertas y ventanas para ubicar al director, hurgaron por allí y por allá, nunca lo hallaron.  La escuela se cerró y con los años unos terratenientes la demolieron y edificaron la vieja hacienda que sigue en pie hasta el día de hoy.

Y así mis queridos niños, desde aquel día se dice que en las noches de intenso frío; si uno pone atención a los misterios que andan sueltos por las callejuelas, desde lo profundo del bosque se alcanza a escuchar entre el murmullo del viento las notas de un piano tristemente ejecutadas acompasadas de constantes lamentos infantiles que jamás volverían a ver la luz del día.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El Navideño


En un pueblito llamado Tlalpujahua, vive Don Jacinto, un viejo fabricante de esferas navideñas, estas piezas despiertan el interés de los turistas, que durante la época decembrina visitan la plazuela.
En medio de la plaza, él exhibe sus productos: esferas de todos tamaños y colores que con paciencia decora a mano. Don Jacinto es un hábil artista que pinta en sus esferas osos polares con cintillas rojas, nacimientos, muñecos de nieve, bastones y caramelos.
En el pueblo lo llaman El Navideño, pues su casa está repleta de mercancía que durante todo el año va elaborando.
A pesar de vivir en una casa llena de objetos navideños, Don Jacinto siente mucha tristeza, en especial cuando llega diciembre pues es un mes que le recuerda la muerte de su esposa, por eso desde hace muchos años dejó de celebrar la navidad, de asistir a posadas, y de creer en el niñito dios. También dejó de sonreír, y de hacer cosas que le gustaban, como tallar figurillas de madera.
Desde pequeño, comenzó a esculpir sobre troncos que encontraba en el camino, con el paso del tiempo mejoró su técnica y llenó una vitrina y varios cajones con estos objetos, en su mayoría de animales.
Sobre el buró, en un cofre, guardó sus figurillas preferidas: un colibrí, dos palomas, un perro y un caballo.
A veces, durante la noche, escucha aleteos y ladridos provenientes del cofre, él ignora aquellos sonidos y prefiere entregarse a sus sueños. Pero adentro del cofre, las figuras cobran vida, desean salir, desean que El Navideño se despierte y juegue con ellas como antes lo hacía, anhelan verle sonreír, pero sobre todo, desean que vuelva a hablarles.
Además de las figurillas, mucha gente desea que vuelva a sonreír, entre ellos, Artemio, el hijo del tendero que le entrega los víveres.
Artemio es un niño que disfruta las épocas decembrinas, por eso le gusta visitar a Don Jacinto y llevarle personalmente el pedido que su padre le envía semana a semana, pues para él es un goce entrar a la casa más navideña del barrio.
En cada visita, Don Jacinto, le deja observar su abarrotada vivienda de adornos navideños, algunas veces le obsequia una brillante esfera, un oso de cristal o un pino en miniatura.
Este año, Artemio piensa regalarle al Navideño, el mejor aguinaldo; poco a poco lo va preparando, recolectando galletas y caramelos que obtiene de las posadas, y ahorrando para comprar fruta de temporada como caña, tejocotes y mandarinas.
Por fin llega el día en que Artemio toca en la puerta de Don Jacinto para entregarle el aguinaldo, toca con insistencia pero nadie abre, repentinamente, de la puerta brota un chirrido y esta se entreabre, en el piso la figurilla de un colibrí llama su atención, a unos pasos, un par de palomas, y más adelante, un perro de largas orejas, el niño sigue el camino hasta llegar a la recámara de Don Jacinto, lo hace de puntillas para no despertarlo, pues parece dormido.
Se acerca silenciosamente a él y descubre que sobre su pecho reposa la figura de un hermoso caballo de madera. Don Jacinto no se despierta, ha dejado de respirar.
El niño se asusta y sale a pedir ayuda, más tarde una ambulancia llega a dar auxilio. Luego de varias horas, Don Jacinto abre los ojos, se encuentra en el hospital, a un lado de su cama, se encuentra Artemio, el viejo artesano se sorprende al verlo.
-Artemio, ¿dónde estamos? –le cuestiona.
-En el hospital, pero no se preocupe, yo lo encontré en su cama, estaba helado como una paleta -contesta Artemio.
-Yo sólo recuerdo que estaba muy cansado, apenas pude llegar a la cama, pero, ¿cómo entraste a mi casa? –le pregunta.
-Ay Don Navideño, fui a llevarle los víveres, también este aguinaldo –y le extiende una bolsa llena de frutos y dulces- la puerta estaba entreabierta, las figuras me guiaron –contesta el niño.
-Tú y tus historias, amigo –Don Jacinto toma el paquete y sonríe, hace mucho que no recibía un obsequio-. Muchas gracias, amiguito –y sus ojos comienzan a mojarse.
-¿Se siente mal?, ¿quiere que le hable a la enfermera? –pregunta el niño.
-Sí, anda ve –responde Don Jacinto- pero antes toma esto –y le extiende la figura de un caballo- llegué aquí con esto en mi pecho, junto con un colibrí, un par de palomas y un perro, no sé por qué me trajeron con todo esto.
-Ellos quisieron venir –responde Artemio- muchas gracias Don Navideño, este caballo es el juguete más bonito que me han regalado.
-Bueno, amigo, vete a tu casa, yo necesito descansar –contesta el artesano.
-¡Ve lo que le pasa por jugar toda la noche!, ha dejado un reguero de figurillas en el pasillo –se aleja dando saltos, y grita desde el corredor un ¡feliz navidad!, mientras por el aire hace trotar al caballo de madera.
-¡Feliz Navidad –contesta Don Jacinto.
Un relinchido se escucha en el corredor, el caballito de madera también se aleja muy feliz. El artesano sabe que la figura de madera está en buenas manos. Sonríe de nuevo.
Luego de que el niño se va, observa el resto de las figuras que reposan en la mesita de a lado, y con mirada cómplice susurra un –¡feliz navidad a todos ustedes!, gracias por salvarme.

Pepín y El Viejo


-¡Hey, niño! ¿Por qué tú no juegas con los demás chamacos?
-Ganas me sobran señor, pero…

El muchachito volteó a ver a su interlocutor para responderle de forma tajante, pues su impedimento se evidenciaba, mas no pudo terminar la contestación al darse cuenta de que ese hombre carecía del sentido de la vista.


Mientras en esta ruidosa y polvorienta rúa del viejo barrio, los niños juegan al fut-bol con su balón de trapos, Pepín está sentado en su silla de ruedas observándolos, El Viejo es el nuevo inquilino de la vecindad, apenas hoy se animó a salir, seguramente viene de otra antiquísima barriada pues camina con soltura, ayudado por su bastón, entre los sillones destartalados, tendederos y otros triques apilados fuera de las casuchas. Los demás mocosos arman la bulla, entre tanto dentro de las hacinadas viviendas las señoras preparan la comida, los potajes de carne y verduras despiden diversos aromas que se meten en las narices causando el movimiento de los intestinos. Los radios suenan dentro de las cocinas y al pasar cerca de ellas, El Viejo se ha enterado de que al licenciado Moreira su esposa le ha descubierto una aventura, en la radionovela “Mis amores escondidos”, ha escuchado la mitad de una receta para hacer “moros y cristianos” con arroz “La Mestiza”, recordó buenos tiempos al oír el danzón “La Camarera”, brinco de gusto cuando “Chalio” Mejía, del equipo de sus amores, el Atlético Ribera, anoto gol; en fin todo un paseo auditivo para un fino oído.


El Viejo anda por el terreno disparejo como flotando, tiene un porte desgastado pero pulcro, calza botas negras de obrero, muy maltratadas por las calles terregosas, viste pantalones caqui como los de ferrocarrilero (¡vaya que si es viejo!), camisa blanca un poco raída en el cuello y los puños, tirantes negros y un chaleco a rombos que hace juego con el pantalón, corona su augusta figura una bien cuidada gorra de ferrocarrilero. Se distingue, como todos los respetables viejos de estas calles.


-¡Elegante El Viejo!,
piensa Pepín al escrutarlo con su luminosa mirada. Él por su parte, no se complica y usa cómodos pantalones cortos, dejando al sol sus flacuchas piernitas, además una camiseta sin mangas que permite advertir unos bracitos embarnecidos, pues son el motor de su pesada silla de ruedas.
No puede pasar por alto en el rostro del Viejo, los surcos que acentúan las facciones rudas del trabajador de las rutas ferroviarias y por supuesto esas dos perlas cafés nubladas, hundidas en sus cuencas; le hace gracia el corte de cabello a rape, pues en estos lares la mayoría de varones acostumbran andar relamidos. Como sabe que los ciegos tienen una suerte de radar, no le asombra que El Viejo le haya hablado unos pasos antes de acercarse a su puesto de observador, en el cual hoy ha fallado, por estar atento al juego no se anticipó a su llegada, fue esa áspera voz la que lo saco de concentración.


-¡Buena tarde, Viejo!,
le dice Pepín a guisa de saludo.


-¡Vaya con el rapaz!,
murmura El Viejo, casi llegando al lugar donde se encuentra el niño. Sin embargo no hay ni un dejo de insolencia en esa bienvenida, la infantil vocecita denota familiaridad, no puede evitar recordar a su nieto.


La mamá de Pepín observa asomada a la ventana de su pequeña vivienda, no desconfía, simplemente la situación le da curiosidad, El Viejo es recién llegado al vecindario, quizá no está acostumbrado a los modos rudos de los chiquillos de barrio y ella sabe que su hijo es muy desfachatado, pero siempre le recuerda el respeto hacia las demás personas, sobre todo a sus mayores. El Viejo no parece enfadado por el atrevimiento del infante, así que ella decide mantenerse distante. Algo así es lo menos entre las muchas correrías y travesuras de Pepín y sus amigos. Más de una vez corrió apurada a levantar a su hijo de la lodosa calle, porque sus compañeritos querían meterlo a prisa en su casa cuando el juego era suspendido por la inesperada lluvia, al ser la silla tan pesada se enterraba en la tierra aguada y el pequeño aterrizaba de cara en el lodo provocando la angustia de su madre, entre todos lo alzaban para volver a sentarlo y antes de que ella llegará, estallaban en risas al ver a Pepín completamente embarrado pero ileso después de aquel clavado. Es un niño fuerte y animoso, sabe caer sin sufrir ningún daño, pues le gusta lanzarse tras la pelota cuando esta pasa cerca de él.


-Te he preguntado ¿por qué no estás jugando con los otros escuincles?,
le dice El Viejo.


-Acércate,
le invita Pepín pícaramente.


El Viejo avanza extendiendo su mano esperando encontrar una cabecita sudada por el esfuerzo de correr varias horas bajo el sol, pero sus dedos topan con un fierro frío, se desconcierta momentáneamente, pero reconoce el espaldar de la silla de ruedas; se siente algo desubicado y al intentar situarse al lado del cochecito patea una de las ruedas, inmediatamente Pepín exclama:


-¡Ayyy!, deberías entrar de defensa, abuelo.


El Viejo ríe con la ocurrencia del chamaco y ahora sí, colocado junto a Pepín, recorre con sus manos la carita vivaz, la piel curtida por largas horas a la intemperie, terrosa por los ventarrones que se levantan en estos olvidados arrabales. Pepín no deja de sonreír, sabe que El Viejo lo nota, se ha dibujado en su rostro una mueca amigable.


-Ya veo, seguramente haces de árbitro en este juego,
barrunta bromista El Viejo y esta ocasión, es Pepín quien suelta la risa sin disimulo.


-¡Diablo de muchacho!
-¡En persona!


Ríen los dos, con entendimiento, como si se conocieran de toda la vida.


-¿Eres ciego de nacimiento, abuelo?,
espeta cándidamente Pepín, alargando sus manos hasta la cara del Viejo.
-No, esto es debido a un accidente, un mal cálculo.


El Viejo perdió la vista debido a una explosión, cuando trabajaba en la construcción de la línea ferroviaria, él era zapador; una desafortunada distracción, una carga de dinamita erróneamente armada, mecha muy corta, mal momento y lugar para un hombre en plenitud de fuerzas. Hay un tiempo entre la señal para alejarse de la zona que se va a explotar y el momento justo del estallido, suficiente para ponerse a salvo, pero esa ocasión el Viejo no pudo guarecerse.


-Entonces no vas a preguntarme de que color es el cielo, ó si tu madre es hermosa ó si tú eres un caballero bien parecido.
-Esas son preguntas de niño. Hace tiempo vi muchas cosas, las tengo en mi mente, varios recuerdos se han borrado, pero conservo cantidad de imágenes en la memoria.
-Sí abuelo, mis amiguitos del hospital siempre me preguntan lo mismo, puedo describirles el rostro de sus madres, pero ¿cómo les describo un color? Sólo les puedo decir que el azul del cielo es tan hermoso como lo es el rostro de ellas.
-Buena respuesta. ¿Y tú, que cosas has visto, pequeño?
-Pocas, abuelo, debo estar en esta silla desde que tengo uso de razón. De mi casa a la escuela las calles son muy parecidas, pero me agrada contemplar el cielo cuando esta descubierto; lo que más me gusta es ver el puerto, desde la placita del hospital observo el ir y venir de los barcos, también el patio de trenes en la vieja estación. Si pudiera me pasearía por esos lugares todos los días.
-Algún día. Yo te puedo llevar si tú me guías, hace mucho que no ando por esos lugares.
-Claro, tú serás mis piernas y yo tus ojos.
-Tremenda pareja ¿eh chaval?


Suenan las dos de la tarde en el reloj de la catedral. Las mujeres comienzan a salir de sus casas, para llamar a los chamacos a comer; dedican unos minutos en el cotilleo de los programas de radio, las fiestas de la parroquia, los problemas de sus maridos en el trabajo, los chismes de la calle, que si alguna de las niñas ya dejó de serlo y comienza con los cambios propios de la edad, que si los muchachos mayores andan a deshoras por el centro de la ciudad y los han visto en la juerga; El Viejo es tema por ser recién llegado, lo escrutan con descarado interés pues saben que él no las puede ver.


-Abuelo se ha formado el corrillo en tu honor.
-Vaya distinción, andar de boca en boca, ya no hay respeto.
-No hagas caso, en una semana nadie hablará de ti y podrás estar en paz. Dime, abuelo ¿estás solo?
-Más solo que la cima de una montaña, pero más a gusto que una parroquia en día de fiesta.
-¿Gastas tu dinero en alguna fonda del centro? Te caería mejor una comida hecha en casa, no se hable más, esta tarde comerás en la mía.
-¡Vaya qué eres un fresco! Así nomás, sin preguntarles a tus padres, invitas a un desconocido.
-Vivo con mi Mamá, nada más. Ella no se molestará cuando le diga que hoy tendremos compañía en la mesa.
-Cuéntame, pequeño ¿por qué tu padre no está con ustedes?
-Trabajaba en el puerto; un día vinieron a avisarle a Mamá de un desafortunado accidente, un error como has dicho tú, una carga mal amarrada, no tuvo tiempo de ponerse a salvo, murió bajo un montón de costales de sal. Mamá ya no pudo verlo con vida, tuvo que reconocerlo, yo no lo vi hasta el día del sepelio, antes de que lo bajaran a la fosa. La gente hablaba de nosotros con lástima, no se imaginaban que una mujer viuda y un niño “lisiado” pudieran ganarse la vida. La cooperativa cubrió los gastos y queda una modesta pensión para sostenernos, Mamá se reparte en varias labores al día, vivimos lo mejor que podemos. Lo extrañamos mucho, pero Mamá nos ha sacado adelante, es fuerte como lo era él, ya la vas a conocer.


La madre de Pepín ha salido a la calle para avisarle de la hora de comer, alcanza a escuchar las palabras de su hijo, se siente complacida y tranquila al saber que el chiquillo aprecia sus esfuerzos, guardando un buen recuerdo de su padre, sobreponiéndose a su ausencia e intentando, como ella, dejar en el pasado esa desgracia.


-Me asombra tu entereza, muchacho. ¿Qué haces para aliviarle la carga a tu madre?
-Le ayudo todo lo posible en casa y con algunas labores que trae de vez en cuando para completar las cuentas. También me empeño con los libros, quiero tener buenas notas en la escuela, voy a ser el primero de mi clase para darle una alegría a Mamá.


La joven madre de Pepín los interrumpe. A esta hora el calor es más intenso y lo mejor es pasar a la pequeña pero acogedora casita para tomar los alimentos y posteriormente regalarse una siesta en lo que refresca la tarde.


-Señor, espero que Pepín no lo esté molestando. Bueno, es la hora de comer ¿nos hará el honor de acompañarnos?
-No quisiera darle molestias, pero me ha agradado tanto encontrarme con su hijo que acepto con mucho gusto.
-¿Ya ves abuelo?, te dije que Mamá no se opondría.
-Pepín no seas maleducado, llámalo por su nombre. Disculpe a mi hijo, es un poco campechano.
-No se preocupe, señora, pero es que con la plática no me he acordado de presentarme.


-¡Cuidado Pepín!,
le gritan en coro al pequeño, el grupo de niños que jugaba a la pelota.


Pepín voltea rápidamente y haciendo gala de su viveza, se impulsa en los costados de la silla y eleva su cuerpo para asestarle un certero cabezazo al balón de trapos, se queda unos momentos balanceándose hasta que la andrajosa pelota cae en las manos de uno de sus amigos. Toda la mañana esperando un momento así, se imagina haber metido gol, jugando en un gran estadio, su carita es la viva imagen de la alegría.


-¿Viste Mamá? Abuelo tendrías que haberme visto como le di a la pelota.
-Me lo imagino oyéndote tan contento.
-Bueno caballeros, pasemos a la casa, ya habrá tiempo para estar en la calle, más tarde o mañana.


El Viejo se apoya en el espaldar de la vieja silla y guiado por la madre del muchachito se dirigen a la pequeña vivienda. Rodeados de los otros niños, que se han acercado a festejar con Pepín, avanzan por la banqueta, los chicos se despiden palmeándole fraternalmente los hombros, pactan de una vez el próximo partido, más tarde o mañana, es el dicho entre la gente. No existe ninguna prisa, cada quien se introduce en su propia casa, ya se reunirán otra vez en la calle, los viejos, las señoras y por supuesto ellos, los niños, que le dan color y vida a estas polvorientas calzadas, ahora solitarias y silenciosas, pues el bullicio se reparte y se vuelve un murmullo desde el arrabal, combinándose con las sirenas de los barcos en el puerto cercano, los pitidos de cada tren que arriba a la estación y el tañido de las campanas en la catedral del centro.