miércoles, 30 de noviembre de 2011

Bolívar nº 29





En un camión que se anuncia como Df-Querétaro, viaja Juan José.
Frente a él, un paisaje desfila rápidamente: un caserío que le dice adiós, gallinas y perros que parecen puntitos, y una laguna que, como delgado sueño, viene y va: se aleja de Ciudad Guzmán.
Piensa en todos sus empleos: aprendiz de encuadernador, peón de campo, cobrador, panadero… Y como si fueran bolitas de papel, los arroja por la ventanilla.
Ahora, sólo un pensamiento le ocupa: ser escritor.
Unos ronquidos retumban en su tímpano, provienen de la vaca echada junto a él. Los gordos muslos y la alechada tez de su compañera de asiento, alborotan sus tripas emitiendo feroz gruñido. La vaca se sobresalta. Él se le recarga en el lomo y ambos se entregan al arrullo del camión.
-Duérmete, bistecito, duérmete –susurra–, faltan varias horas para llegar.
Lo despierta un zangoloteo, las luces se han prendido, el camión llega a la central del norte.
Ve que la vaca se aleja: sus tripas vuelven a gruñir. Adormilado, busca en su bolsillo el ticket de la maleta. Es el último en bajar.
En la fila de los taxis, hay una golondrina con saco de pana y bufanda.
-Parece poeta –piensa– seguro la veré en el congreso.
Un chillido lo sorprende: -¿A dónde, joven?
Él titubea: -Al centro histórico –y saca un papelito–, a la calle Bolívar.
La rata del mostrador le extiende un boleto, Juan José paga con un billete de a cien.
La migala que conduce el taxi, maneja diestramente entre los coches, zigzaguea como cangrejo. Ríe, se acicala con sus peludas extremidades. El joven escritor parece un ratón ante los ojos hambrientos que lo miran por el retrovisor.
-Hemos llegado… Bolívar veintinueve –dice la migala.
El hotel es un enorme termitero de fachada gris. En recepción un pingüino lo recibe. Aletea. Ahí junto, está la golondrina poeta. Se saludan.
-Soy de Chiapas –dice– me llamo Rosario Castellanos.
-Juan José, mucho gusto, de Jalisco –sonríe tímidamente.
A sus veinticinco años aún no logra dominarse con las mujeres, ellas y la literatura son su amor, pero le teme a las dos.
El amable pingüino le informa que su compañero de cuarto hace horas ha llegado.
-Firme la entrada, joven –y el recepcionista nuevamente aletea.
El joven escritor entra a la habitación. Lee en la etiqueta del equipaje de su compañero, el nombre. Todo silencio, su cuerpo está tendido. Muerto, frío, está lo más iguana posible: es Jaime Sabines.
Se acerca sigilosamente a su cuerpo inerte, pero por más cautelosos sus pasos, Jaime salta.
Ambos se saludan. La iguana escribe poesía, dice venir de Comitán. Gira, retuerce la cola, se sienta al borde de la cama, y cruza la pierna, ofrece un cigarrillo.
-No, gracias –Juan José observa su suéter de cuello de tortuga– quizá más tarde. …¡Vaya moda la de los poetas! –piensa.
-Y tú qué escribes –pregunta emocionado Sabines.
-Cuentos –y la emoción se le va.
La primera ponencia inicia a las doce del día, ambos bajan a desayunar. Encuentran un comedor apañuscado de novelistas, poetas y cuentistas. No es difícil ubicarlos.
Los novelistas poseen rostro intelectual, de vestimenta más formal, portan gruesos lentes de pasta y sacos oscuros. A los poetas un ambiente bohemio les rodea, hay música en sus mesas, saltan metáforas entre los platos. Los cuentistas son los más desaliñados: jeans, tenis, playeras estampadas.
-Siempre he querido rociar a los poetas con agua bendita para ver si desaparecen –lanza Juan José al ver que son los más.
-¿Eh? –pregunta Sabines, quien afortunadamente no entiende el chiste.
Una algarabía comienza a brotar, un chimpancé baila grotescamente en la mesa del rincón, hace reír a un grupo de chicas. El mono anuncia que terminando la sesión de trabajo habrá borrachera en el quinto piso. Los aullidos, graznidos y mugidos afloran de inmediato.
Después del alboroto, la golondrina poeta, la iguana, y él, toman un taxi.
Jaime, con sus manos frías, flacas, verdes, le paga al chofer. -No es nada –pero Rosario insiste extendiéndole un billete– de verdad, nada –y él se acomoda el saco antes de entrar al recinto.
En el centro cultural los recibe una zorra de ojos grises. Mientras apunta sus nombres, les da instrucciones para llegar a las aulas y son separados por género.
Los poetas, muchos, entran a una sala que huele a marihuana. Sabines, como lento, amargo animal, enrosca su cola en el brazo de Castellanos y, esta, se lo lleva volando.
Un zopilote regordete dice a los novelistas que vayan tras de sí, ellos le siguen vueltos una fila de trajes oscuros que cual manada de cuervos revolotean, graznan.
Alrededor de quince cuentistas esperan junto a Juan José en la mesa del café, se atiborran de galletas.
-¡Los cuentistas siempre con hambre! –entra el asesor de espalda encorvada– esa es buena señal –dice.
Inicia la sesión. El maestro, un buitre viejo, es un observador minucioso que encuentra en los textos la redundancia de palabras, muletillas y repeticiones, como si se tratase de carroña. Entre picotazos y presentaciones el día se va lento. A media sesión tocan la puerta, es el chimpancé bailador, dice que se ha perdido. El buitre, con mirada calculadora, lo deja pasar:
-Cómo te llamas, muchacho, tu rostro me es familiar.
-Andrés Henestrosa, vengo por tercera vez –se sienta atrás de Juan José.
-Entonces, ¿cómo es que te has perdido? –el viejo maestro afila el pico.
-Siempre tengo la suerte de perderme en alguna fiesta –y todos los animales ríen.
El buitre, malhumorado, continúa la sesión. Todos tienen cara de interés, menos Juan José que garabatea en una libreta lo mucho que extraña Ciudad Guzmán.
Piensa en el humano negro que se salió del corral, por el que dio sus primeros pasos, le entran inmensas ganas de correr, el recuerdo de aquella bestia lo persigue y tiembla como un troglodita perseguido por un monstruo mitológico.
Desea regresar a casa, esconder sus cuentos, olvidarlos. Está a punto de impulsarse de su asiento, pero llega la hora del intermedio. Respira.
El chimpancé y él hacen migas. Salen a tomar café y platican al pie del balcón.
-Soy de Oaxaca –le dice el primate– escribo historias de sicarios.
Charlan de proyectos y libros. El chango matón –como comienza a llamarle Juan José– dice que resignado a no recibir la beca nuevamente, viajará a Francia, a estudiar teatro. Lo invita.
Su conversación termina en planes para la noche.
-¿Entonces sólo hielo y refrescos?
-Sí, ya tengo varias botellas –contesta el chimpancé.
A los poetas también les han dado un receso, Jaime y Rosario se unen a la plática. El primate los invita al quinto piso.
El resto de la sesión pasa más lenta. Todos desean llegar a dicha borrachera.
Una vez en el termitero, los pasos van hacia la habitación del mono matón, es físicamente imposible penetrar, medio congreso ha llegado. Juan José entra con una bolsa extra grande de hielos y algunos refrescos, junto a él, está Jaime que carga un paquete de cervezas.
Luego llega Rosario en compañía de otra golondrina, ambas portan coloridas bufandas. Sabines se escabulle entre la multitud, se arrastra con su piel y su lengua, llega a ellas.
En vano, Juan José intenta seguirlo. Choca con el chango matón y este le pregunta por los hielos. El lugar es una mezcla de gorjeos, ronroneos, rugidos. En un rincón, un grupo de novelistas hablan de recursos literarios. Los escribicionistas, en un extremo de la habitación, hablan de su blog. Un par de poetas intentan componer una oda al alcohol. La zorra de los ojos grises besa a un apasionado lobo. Desde una laptop suenan The animals. Alguien grita que le bajen a la música. Un gorila uniformado dice que los demás huéspedes se han quejado, los reprende molesto, se va. El chango matón comienza a bailar, tropieza con un cuervo y derrama la cuba sobre su saco, este lo picotea, Andrés se enciende y clava sus colmillos en el cuello de su oponente, el novelista aletea fuertemente, dan volteretas por la habitación, un círculo de excitados animales se forma en torno a ellos. Los perros aúllan. Entre monos y cuervos se hacen de palabras. Por fin logran separarlos. Juan José saca al mono sicario de la habitación y terminan en un bar de la zona rosa.
-¿Ya conocías al novelista, pelearon como si tuvieran viejos rencores?
-Sí –ríe Andrés– me cae mal, también es de Oaxaca, nos conocimos en un encuentro hace cinco años. Su tío es secretario de cultura. Lleva tres años consecutivos con la beca. Desde cuando tenía ganas de morderlo –y da una calada a su cigarrillo.
-¿Consecutivos? Que yo sepa eso no es posible –responde Juan José, y hunde la mirada en su cerveza. Piensa en sus cuentos, en las pocas posibilidades de ganar, brotan sus temores.
-Así es esto, amigo, por eso ya tengo un pie en Francia. Allá un viejo conocido me ofrece trabajo.
-Dichoso tú, yo en cambio, presiento que regresaré a mi pueblo para no salir de ahí.
El primate lo mira pensativo. -Si te animas, te presto lo del pasaje, estando allá, lo de menos es encontrar trabajo. –a pesar de las pocas horas siente gran empatía por él.
Un entusiasmo recorre a Juan José. Un sí quiere escapar de su boca pero en cambio sólo mira su reloj que marca las cuatro de la mañana; únicamente atina a decir que ya es hora de regresar.
Ambos ebrios vuelven al hotel, apenas tienen un par de horas para descansar.
Ya en su habitación, Juan José queda petrificado en el umbral de la puerta, un par de bultos se mueven en las sombras. Gimen, se retuercen. Jaime siente su llegada, prende una lámpara. La golondrina, medio escondida entre las sábanas, asoma el pico, una de sus alas. Al ver que es la amiga de Rosario, el joven cuentista respira, se tira en el colchón de al lado.
Se entrega a sueños que lo conducen a los ojos de Castellanos. Ignora a los amantes. La poeta golondrina no es muy bonita pero algo hay en ella que lo atrapa. Apenas cierra los ojos y suena la alarma, el poeta iguana se estira con toda su verde apariencia, la golondrina ha volado.
Los jóvenes se alistan presurosos, entran derrapando a su segunda sesión, pasa el día, luego otro: sesiones y graznidos, revisión de textos, competencia… todo tan igual.
Llega el turno de Juan José, es el último día del evento. Las dudas lo atacan, se deshace como la bolsa de hielos que compró días atrás.
El viejo buitre lo llama, chasquea el pico. El cuentista sube los dos peldaños que lo separarán del resto de las butacas. Todos clavan la mirada en el juego de fotocopias que antes ha repartido. Sus palabras brotan desquiciadas, alguien pide que vaya más lento. Termina la lectura.
El asesor subraya, revisa; algunos bostezan. Surgen opiniones. El chimpancé le brinda una señal de apoyo.
-Mi presentación ha sido un asco –piensa Juan José.
-Bien –interrumpen sus pensamientos– he anotado unas cuantas correcciones, sólida tu estructura –comenta el buitre–. Tomen un descanso… excepto tú, Arreola –y con el ala le señala que vaya a su escritorio.
-Dime, hace cuánto escribes –cuestiona el instructor.
-Desde los diez años, mi pueblo es aburrido, siempre he preferido escribir.
-Es contundente tu estilo y la vitalidad de tu lenguaje ¿dónde has hecho tus estudios?
-En realidad, soy autodidacto, a los doce años comencé a trabajar –responde un tanto nervioso– Dígame, cree que tengo posibilidades de –y el buitre obstaculiza su pregunta con un aleteo.
-¿De conseguir la beca? Quizá. Pero si sólo vienes por eso, estás perdido. No te estreses en obtener lo que por sí solo llegará.
El muchacho asiente y junto con el asesor, sale del aula.
Afuera Rosario le espera, -¿Cómo te fue? –salta emocionada.
-Creo que fui el peor.
-No seas modesto, confío en que serás uno de los becados, nadie más que tú desea salir en esa lista.
-Ese es el problema, ya no sé –de repente, la poeta gira su cabeza y clava la mirada en un gorrión desconocido, esta trina de felicidad.
-Lo siento –dice– llegaron por mí –Juan José siente un agudo dolor en el estómago–, pero prometo ser la primera en felicitarte cuando publiquen los resultados –y con un fuerte abrazo se despide de él.
Quince días después, una fuerte palmada en la espalda lo sorprende.
-¡Cabrón! No contestaste mis últimos mensajes, pensé que no llegarías, pero aquí tengo tu boleto –Andrés Henestrosa y Juan José se dan un abrazo como aquellos amigos que hace dos semanas no se ven.
-Te dije que no faltaría, sólo que estos últimos días se me han ido en despedidas.
-Hoy publicaron la lista –dice el chimpancé.
-Prefiero no saber –contesta Arreola– ya he tomado una decisión.
El chango matón alza los hombros, cambia de tema.
Los dos jóvenes pasan al mostrador de la aerolínea. Les revisan el pasaporte. Un celular suena.
-¿La última despedida? –pregunta Andrés.
-No, se activó mi alarma –miente, mientras en la pantalla aparece ella– ¿Vamos por un café?
Y en busca de una comédie francaise, los dos monos se alejan.

martes, 29 de noviembre de 2011

Recortes

 La fotografía que se tomó para enviarsela. La semana que se la envió. La cafetería donde se conocieron. El parque donde pasearon. El primer reclamo. El primer beso. La obra de teatro que fueron a ver. Los días perfectos. La cena donde conocío a los suegros. La fotografía que se tomó con los suegros. La primera pelea. El primer golpe. El ojo morado. La primera vez que hicieron el amor. Los rasguños. Las reglas. Las prohibiciones. Las vacaciones en la playa. Las discusiones con los amigos. La nariz quebrada del amigo. El segundo reclamo. El primer ramo de rosas. Las primera vez que se disculpó sinceramente. La reconciliacón total. La primera vez que la obligó a tener sexo. El primer aniversario. La brutal segunda pelea. La primera visita al hospital. La separación definitiva. Las horas de angustia. Los días largos. Las semanas de desesperación. Las llamadas en la madrugada. El correo saturado. Los muros pintados con mensajes de amor. Los suegros asustados. El primer abogado. La primer restricción. La primer mudanza. El primer encuentro. El segundo ramo de rosas. La segunda vez que se disculpó sinceramente. El segundo encuentro. El tercer ramo de rosas. La tercera vez que se disculpó sinceramente. El tercer reclamo. Los suegros con miedo. La visita borracho. La segunda mudanza. El segundo abogado. La orden de arresto. Los meses de desesperación. La búsqueda. El tercer encuentro. El cuarto reclamo. El disparo. Los suegros angustiados. El cuerpo ensangrentado en el suelo. La huída. El periódico con la fotografía que se tomó con los suegros con el pie de página Se Buscan. En los obituarios la fotografía que se había tomado para enviarsela. 

lunes, 28 de noviembre de 2011

Arrepentimiento





Me enfoqué en hacer daño, premeditado, siempre bien planeado. Gocé del hecho de ver sufrir a otros. Sus ruegos, su clemencia en sollozos mi hinchaban el no sé qué, sentía algo bonito en ello. Es magnífico el pensar que alguien te pertenece, su vida, un ratito; que interpretado en ellos es eternidad. El dinero pasa a segundo plano, no digo que no se gane bien, cantidades jugosas, cada pescuezo tiene un precio, pero como dice el tendero “hay de precios”. Les decía, el dinero no ha sido –ni es- mi prioridad, los últimos instantes esos sin valiosos, vaya, invaluables ¿A poco nadie nunca te ha rogado por algo? Piensa que ese algo es su cochina (encantadora) vida; más disfrute si te arrancas la sombra de la culpa, si te destrabas el ancla del remordimiento. Tú los observas, los sentencias (desde allí empiezo a sentir un agradable cosquilleo en la nuca), el pobre no sabe nada de nada, menos que en quince minutos, dos horas, tres días, en una semana, cuándo tú quieras o cómo te lo hayan ordenado, se irá, no volverá. A mí nadie me ordena, no lo saben -hacen que no saben- yo lo hago por gusto. Un viejo ricachón rogó que no le cortará el índice y el meñique, el muy cabrón se meó entre ruegos, a mí me valió madres y le chingué la mano completa, nomas cachos entregamos. Entregaron el rescate completito. ¿Qué cómo le hago para no sentir nada?, no sé, creo que desde que estaba en la panza de mi mamá no sentía nada. A mi señora madre le decía la partera que el producto estaba muerto “nomas está flotando”, pero no, allí estaba yo calladito, cauteloso desde embrioncito. Las maestras de la escuela se sorprendían de mis dibujos: pura sangre de rojo acuarela. Me dejaron de comprar mascotas cuando a un cachorrito le di de martillazos en una de sus patas, eso no me detuvo. A los pollitos del rancho de la tía Jacinta les cortaba las patas con un hoja de rasurar (esto me llevaba tiempo), me gustaba verlos intentar andar sin sus patas. La primera vez que me cargué a alguien fue en el dispensario médico del pueblo, fue al médico (tres morunazos en el pecho), tardó horas para atender la pierna rota de mi hermano, esa también yo la rompí. Huí a la ciudad, donde me hice judicial. Nunca había tenido un arma, de inmediato hice uso de ella, tres teporochos que nadie echaría de menos, unos tras de otro. Me hice de reputación, los compañeros hablaban de mi valor, de mi frialdad, de mis huevos.El trabajo sucio, lo que otros por sus ataduras morales no realizaban, esa era mi especialidad, casos perros para un perro. ¿Qué si me daban lastima? Un animal no siente lastima, siente hambre y yo siempre supe donde encontrar la comida. Me empezó a buscar gente que me pagaba por comer: prestamistas no remunerados, maridos engañados, locos rencorosos, cobardes que no se podían encargar de sus propios problemas y los patrones hartos ya de tanta sangre en las manos. De estos últimos me hice subordinado. Mi primer patrón me envió a la comarca, me detalló meticulosamente el encargo de ese día, horroroso para el promedio, a mí se hizo insignificante, me sentí ofendido. “Truénale un balazo en el corazón y córtale la cabeza, así aprenderá el pendejo y su gente…” dijo, en cambio los balazos se los troné a su esposa e hijo, a él lo torturé más de seis horas, le hice laceraciones y cortes en todo el cuerpo utilizando una punta hechiza, los cortes de los parpados le dolieron en serio; le puse a un lado los cadáveres de su esposa e hijo, le acompañaron durante toda la tortura. Al final le volé la cabeza de una sola tajada, un verdugo eclesiástico me sentí. El patrón me felicitó y me dio más dinero de lo pactado. Otro patrón me hizo su escolta, esa temporada en verdad qué hice daño, me iba convirtiendo en otra cosa, otro líquido me recorría las venas, ácido, ardía por dentro y encendía todo por fuera. Me desaté, mordí, trituré y escupí no tan sólo la mano que me alimentaba, fastidié su cuerpo y de paso, mi espíritu entero. Hasta ese instante supe de su existencia, el reconocerlo implicó sentir culpa y miedo. Grave –doble- error, en un mes este jefe sería ascendido a jefe único de la célula del bajío, mi vida corría un riesgo indescriptible, la escoria del país estaba tras de mí y era encabezada por el pútrido más vil, mi ser, mi yo.

¿Dolor? ¿Que si siento dolor?, ojalá pudiese sentirlo, saben, en ocasiones me arrepiento de no sentir nada. A veces me arrepiento que no haya un dios que me castigue. Intentando escapar día a día, no de los sicarios, no de los políticos, no de los fantasmas, no, de mí mismo. Me arrepiento de no poder jalarle al gatillo.



“Yo quería una misión y por mis pecados me dieron una”



Capitán Willard, Apocalypse Now.

domingo, 27 de noviembre de 2011

"Sin cura"


-Buenas tardes Dr. Mata.
-Buenas tardes Sr. Torcuato, pase usted, tome asiento ¿qué lo trae por aquí?
-Otra vez este dolor que no me permite llevar una vida normal, Dr.
-Muy bien, recuéstese por favor, voy a revisarlo.
-Ojala esta vez sí pueda encontrarlo.
-¿Encontrar qué?
-El dolor.
-¿Pues no ha identificado usted exactamente donde siente el dolor?
-Sucede que cambia de localización durante el día, Dr., y a veces se esconde, no cesa, pero se oculta, haciéndome creer que por fin desaparecerá. Ya se lo había mencionado antes.
-Querrá decir que le duele en distintas partes de su cuerpo, durante el transcurso de las horas y por momentos las molestias aminoran.
-No, el dolor va poco a poco trasladándose de una extremidad a otra, por ejemplo, al levantarme por la mañana, me duele la mano izquierda y cuando me estoy bañando, el mismo dolor, no otro, lo siento en la rodilla derecha, está ahí, doliendo profundamente, aunque a ratos disminuye, permitiéndome concentrarme en mis ocupaciones, pero súbitamente reaparece en la espalda baja, como si me clavaran algo filoso, punzando terriblemente, me paraliza, me propina un enorme susto y además de la desagradable sorpresa, el aguijonazo del dolor y su extensa irradiación, repitiendo ese proceso varias veces al día. Es mi judío errante, caminando a su albedrío por mi cuerpo entero, pero este va armado, haciendo mucho daño cuando se le da la gana manifestarse. Incluso ha llegado a tomar el control de mi sistema nervioso central, causando estragos en mí, atacando simultáneamente más de dos órganos a la vez, llevándome a creer que sufriré un colapso fatal. Otras veces paraliza mis manos, las cosas se me caen sin poder evitarlo o taladra mi cabeza, provocándome fuertes mareos, hasta casi desmayarme.
-¿Así que su dolor no sólo es muscular u óseo, usted está seguro de que también se deja sentir en los órganos internos de su cuerpo?
-Claro Dr., se ha adaptado muy bien y ahora tiene la capacidad de viajar por mi torrente sanguíneo, deteniéndose donde mejor le parece, para  hacer lo que mejor sabe: dolerme.
-Muy bien Sr. Torcuato, debo insistir en la explicación que le he dado en sus anteriores consultas: el dolor es una reacción, provocada por algún estimulo o en ocasiones, una alerta ante el mal funcionamiento, sí, de alguno de sus órganos o la falta de cuidado en su salud o posiblemente sea provocado por el estrés…
-¡Sí, está de moda! Pero no, de verdad, puedo ver al dolor viajando debajo de mi piel, moviéndose de mi pie derecho a la mandíbula, subiendo hasta mi frente, de ahí pasa a la nuca, luego se va adentro de mi cabeza, se sitúa en alguno de mis oídos, impidiéndome escuchar con claridad y en ocasiones nubla mi vista, alternando a su antojo en ambos ojos; a veces llega a mis pulmones causándome asfixia por unos momentos, es desesperante, más cuando se instala en mi corazón, jugando cruelmente a fingir conatos de infarto, lo cual, usted comprenderá, me imposibilita llevar una vida normal, ¡todo el día está interrumpiendo mis actividades el maldito dolor!
-Muy bien, voy a recetarle…
-Los analgésicos no funcionarán, cuando empiezan a surtir efecto, el dolor ya cambio de sitio, en cuanto los siente cerca, se mueve.
-Bueno, entonces serán de mayor utilidad una radiografía o una resonancia magnética…
-Será inútil Dr., se lo he dicho antes, el dolor es invisible ¿cómo logrará verlo? Ni aun los más sofisticados aparatos podrían hallarlo.
-Muy bien ¿qué le parece si empleamos otro método, para intentar aislar el dolor y combatirlo de manera efectiva?
-¿Cuál sería el procedimiento, Dr.?
-Deberá usted ingerir una gran cantidad de licor, lo que obviamente le provocará una tremenda borrachera.
-Como usted sabe, yo no bebo.
-Sí, pero tome en cuenta que será con fines médicos, en todo momento cuidaré de su salud. Después lo atenderé si presenta usted cualquier malestar y le administraré medicamentos, en caso de ser necesario. Lo importante es lograr aislar el dolor y proceder de inmediato con un tratamiento, para lograr curarlo a usted, Sr. Torcuato.
-Bueno, si no hay otra opción, usted es el experto, Dr.
-Entonces, regrese a su dormitorio, daré instrucciones a la enfermera, para empezar inmediatamente el tratamiento.
-Usted manda, Dr.

-Enfermera ¿el Sr. Torcuato ya está en el dormitorio?
-Sí, Dr.
-Muy bien, ya sabe lo que procede.
-¿En verdad no hay otra alternativa para tratar a ese hombre?
-Por desgracia no, su enfermedad sobrepaso el punto de no retorno, sólo nos queda mantenerlo sobrio el mayor tiempo que sea posible y racionarle la ingesta de licor, seguirle el juego en estas consultas simuladas, para evitar que pudiera infligir algún daño al personal o alguno de los otros pacientes. Recuerde no perderlo de vista, pues aunque es un alcohólico pasivo, desconocemos el grado de su enfermedad a nivel mental, podría pasar a la violencia cualquier día de estos, por lo tanto tenga mucho cuidado y repórteme de inmediato el más pequeño cambio en su comportamiento.
-Así lo haré, Dr.

Extractos del Manual del Buen Extranjero Residente de Paso o Estancia Breve hasta Estancia Prolongada o Permanente en la Europa Oriental



Extractos del Manual del Buen Extranjero Residente de Paso o Estancia Breve hasta Estancia Prolongada o Permanente en la Europa Oriental de Jacques Henry (1927)

De lo básico

2. Ya entendido su lugar en el nuevo espacio al llegar, procederá a buscar vivienda de inmediato, pues no es plácido buscar el alimento con el veliz a cuestas. Siempre deberá recordar no dar rodeos al preguntar por una posada cómoda y con los aditamentos básicos: Una cama mullida, sábanas limpias, un buró cercano a una ventana, candelabro, aceite y suficientes velas. Obtener un espacio con ventana se podrá considerar un lujo dependiendo el lugar en el que logres hospedarte. Tener entendimiento de transacciones equivalentes a tu moneda con la local, es menester como se leerá a continuación.
3. Como es sabido, la moneda oficial puede variar entre distintas ciudades, pero en pueblos y aldeas prevalece el trueque, sobre todo en las tierras de gobiernos checoslovacos que suelen ser muy reservados para aceptar intercambios propiamente de especie. Sólo debe preguntarse ¿qué habría hecho Sir George Martin?

7. En caso de encontrarse con una damisela camino del bar de alambiques, favor de solicitar unas bolitas de menta o en su defecto, masticar una servilleta de tela remojada en arándanos recién exprimidos para dar a su dama el mejor olor que pueda esperar de un lord como usted. ¿Acaso ha pensado que si ella mide más de 1.70 cms. Podría ser una – como diríamos en mi tierra – “cena de alacena mejor puesta”? Evite los vestidos de bigote, suelen ser engañosos en la estructura de sus caderas y pueden esconder una más bien huesuda.

12. A estas alturas, usted habrá cosechado el éxito en su integración con los locales y esto supondrá un éxito para su estancia. Procure hacer de lado damiselas ofrecidas en las calles ya que ahora goza de una reputación. Usted se ha integrado a la comunidad para formar parte de sus ires y venires durante el tiempo que dure su estancia. Usted ha dejado de ser un extranjero, para ser considerado parte de la familia. Felicidades, puede usted pasar ahora a sentar cabeza con sus nuevos parientes.

Traducción y Edición: Legión Editores, 1966

viernes, 25 de noviembre de 2011




 Leonor

A mi madre

Esa mañana Leonor se levantó sintiendo el cuerpo mutilado. Sin poder abrir los ojos intentó tocarse las extremidades, la panza, el pubis, los senos y simplemente no logró sentirse. Sus ojos se encontraban clausurados, cual parpados pesados que se caen como mecanismo de defensa frente a lo que no se quiere ver. Pero, Leonor no tenía el cuerpo mutilado y tampoco estaba en carencia de algo. Quizá lo que le faltaba no era su cuerpo, sino que le sobraba la posibilidad de perderlo  y tan sólo ese riesgo lo anulaba, aniquilándolo con antelación. Era su primer despertar con el intruso, su primer amanecer asumiendo que su cuerpo alojaba, hospedaba un cáncer.
Todo pasó con prisa, golpe seco que desploma. Un día se dio cuenta que había algo raro en su cuerpo, en su entrepierna apareció un bulto que no tardó en exigirle atención: petición a gritos de un cuerpo que se vuelve intruso. Era inútil obviar la protuberancia que se hallaba en su cuerpo, empezó a crecer en desmesura de tal manera que cualquier pretexto quedaba obsoleto para explicar su visita, ni acumulación de grasa ni hinchazón de un tendón, eso era una invasión imprevista, que escapaba al control de Leonor, a su valentía por resistir las enfermedades.
Dijeron que había que quitarlo, lo habló en su casa, preparó a su gente y todos quisieron pensar que no sería nada, ningún cáncer, ninguna invasión, sólo un susto para advertir que no somos perennes y que, de vez en cuando, pasan cosas que nos obligan a ser conscientes de nuestra mortalidad. Hubo una suspensión en el tiempo, un espacio en donde no paso nada. Momento de la extracción que auguraba una promesa sin cumplir, promesa de la salud que no llegó; noticia de que estaba ahí, alojado y dispuesto a invadir todo lo que ella era. Pero ella misma era el intruso, su propio cuerpo se volvía contra sí misma, la producción excesiva de su cuerpo, desbordamiento de células convertidas en entidades malignas. Su hipertiroidismo tuvo que ser una advertencia, pero la obvió como una gripa o una irritación de estomago, desde siempre había estado sobreproduciendo y entonces el cáncer de linfoma le hizo entender que había traicionado a su cuerpo, se había traicionado ella como cuerpo y ahora se volvía contra sí.
Había que interrumpir la metástasis, tenía que romperse ella misma para vencer al intruso, tuvo que debilitarse y actuar contra su propio cuerpo para salvarlo, arriesgarse a la posibilidad de perderlo, a que sus células resistiesen al ataque, riesgo que asumió a cambio de la oportunidad de un futuro.
Sus venas siempre fueron tramposas, nunca se dejaron ver con facilidad, sus brazos se cansaron de tanta intromisión. Ella toda era una intrusión, intervención técnica que podía salvarla, en cada inyección pensó en todo el miedo que solemos tener a lo externo cuando quizá ese fármaco la salvase de ella misma, de lo propio de ella que ahora era un intruso que la condicionaba a una vida, a quizá meses o años de debilidad y transformación.
Había que ser otra para sanarse, lo asumió con valentía, hizo propios los cambios que le acaecieron, no se resistió a nada sino que busco la manera de conocer a su intruso, de reconocerse y aceptarse como esa otra que empezaba hacer. Se comprometió frente al espejo como una mujer sin cejas, sin pestañas, ayudó a su cuerpo a despojarse de sí y un día antes de continuar viendo como perdía sus hilos negros en la almohada, rapó su cabeza sin pena, gesto de una mujer que sabe enfrentar la vida. Fue largo el camino, tan largo que nada, ninguna línea escrita puede hacerle justicia.
“Se sale desorientado de la aventura” y Leonor se perdió cada día en el hospital, se olvido de sí cada tarde después de la quimioterapia, rendida a su cuerpo cansado, atravesado sin césar. Se preguntaba, cuando recobraba la lucidez, si alguien sería capaz de entender su sentir, su experiencia de vivirse fraccionada, anulada, sin saber quién era, sin poder ni siquiera sostenerse en su cuerpo, se preguntó si su hija, que se encontraba lejos de ella, sería capaz de entender el dolor, si su voz por el teléfono le lograba comunicar ese algo que no se puede decir con palabras; cuántas veces se reconfortó imaginando el abrazo  de su niña como aquello que unía sus partes fraccionadas, como el abrigo necesario del que carecía.
Aún sin reconocerse, aunque tuviese miedo de sí misma, incluso sintiendo el abandono de sus defensas, de su inmunidad, estaba convencida de hacer una alianza con su cuerpo. Nunca se quejó y en silencio, soltó todos aquellos intrusos que le obligaron a ser su propio intruso, dejó que su propio extranjero, ese ajeno que le venía de adentro, operará en su cuerpo e hizo lo incansable por apaciguarlo, por hacerle entender que aún no era el momento.
Hoy por la mañana, Leonor se ha levantado de la cama con el cuerpo completo, da las gracias y se mira al espejo pensando en ese cabello que hoy crece rizado cuando antes era lacio.

jueves, 24 de noviembre de 2011

intrusión

Todas las noches a lo lejos se escondía entre los sueños de ella para poder encontrar la forma de regresar a su vida y para ello debía estar atento a las más de cien vueltas que daba al candado pero en el giro 29 o 92 siempre se perdía y tenía regresar diariamente a su estado onírico para hallar la clave de la nueva cerradura.
Se queda dentro de ella cada vez que los rayos del sol la despiertan, cuando se baña, viste y desnuda, la observa de arriba a abajo sin morbo alguno, porque sabe que todas las partes de su cuerpo son el santuario donde vive agazapado esquivando cada uno de los ataques que recibe cuando se da cuenta de su presencia.
Para poder lograr el objetivo la desconcentra durante el día cuando menos se lo espera, pero no lo hace ni súbitamente ni tampoco de una manera muy lenta,  tampoco tiene que recurrir a un discurso lleno de peroratas, o siquiera a un par de líneas llenas de realidades. Y cuando lo hace sabe que no llega a ningún sitio.
Dentro de su búsqueda se logra materializar solamente para encontrar una carta. La lee con detenimiento, le corroe el alma porque sabe que es para él. Aunque observa que está firmada por alguien que nunca ha conocido, ni su nombre es el que se encuentra escrito donde va el destinatario, conoce el significado de las palabras y sabe que es para él.
Quiere contestarle, y así lo hace, le escribe para decirle que los sentimientos son correspondidos al igual que la distancia, que espera que no tengan que pasar tantos años para estar juntos, que sólo basta esperar como se resuelve el cubo Rubrick de la vida para entablar un destino de dos personas que puedan ser de tres o de máximo cuatro seres humanos. Enseguida busca como enviar la carta.
Al llevar la misiva hacía el correo postal, observa en la casa de enfrente como un hombre vierte una pastilla en un vaso de agua, la disuelve con una cuchara y deja el vaso en el buró de una recamara. Acto seguido esa persona sale del lugar, pero no como los demás lo harían, sino por la ventana. Eso lo deja inquieto y comienza a seguirlo hasta su casa.
Apenas una hora después de que llegó a su hogar, el desconocido vuelve a salir y lo mantiene vigilado, tras caminar por algunos minutos regresan de nueva cuenta a la zona del correo postal, a la misma casa de donde lo vio por primera vez. Al encender la luz una dama, ve como su vigilado se sube a un árbol para llegar al balcón. Minutos más tarde de esa misma ventana comienzan a salir flashazos de luz que parecieran ser generados por una cámara fotográfica.
Son precisamente esas luces destellantes las que le recuerdan la hora. Y que tiene que regresar a los sueños de aquella mujer para tratar de encontrar la forma correcta de abrir el candado, desconcentrarla, hacer una nueva carta de amor y seguir de nueva cuenta al tipo ese para evitar que le haga daño a la dama del balcón como cada día de su existir.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Intruso



Como todas los días, a las nueve de la noche enciendes la luz de la ventana pequeña, esa es nuestra señal. Cruzo la calle solitaria con rapidez, con la agilidad de un gato trepo hacia tu balcón, me oculto entre las sombras y asomo por el hueco que dejan las cortinas.
Ahí estas tú, tan hermosa, tan sensual, tan divina como una diosa griega. Te observo con  deleite mientras lentamente te quitas esa bata rosada que compraste cuando fuimos a Guadalajara. ¿Lo recuerdas?, yo iba detrás de ti jugando a que no me vieras.  Nuestro juego favorito.
Abres el grifo, la ducha deja caer el agua sobre tu piel, entre espuma y música suave, te relajas. Yo desde afuera te observo. Te recorro con la mirada, te devoro en mi fantasía, sigo con la mirada el jabón que te acaricia llenándome de rabia por no ser yo quien te recorre toda.
Con mucho sigilo entraré a tu cuarto, hurgaré en tus cajones y veré que me has dejado hoy, un anillo, un lápiz, alguna prenda. No te preocupes, las cuidaré.
Entreabro la puerta del baño y te miro a través del espejo empañado. Sé que deseas que entre al agua contigo y te haga el amor, sé que desde esa mañana de enero en que me sonreíste en la tienda, no he salido de tu cabeza, que cuando me saludas dices Te amo con la mirada.  Pero aun no te has curado de tu antiguo novio, ese que se mató en un raro accidente mientras arreglaba su auto. Sé que es  por eso que bajas la mirada cuando nos topamos de frente, finges indiferencia y aceleras el paso para llegar a tu casa a besar mi retrato.
Y yo, como caballero, he aguantado las ganas de decirte cuanto te amo. Así que sigo esperando el momento en que estés lista para estar a mi lado. Ya no resisto el solo verte y resignarme a  regresar a mi casa con las manos vacías a mirar absorto las mil fotografías clandestinas que de tu sonrisa he colgado en mi cuarto.
Escucho que cierras la llave, me esconderé para no asustarte, aguardaré en el balcón y te veré preparar para dormir, te pondrás esa bata, tomarás agua de la garrafa y secaras tu cabello frente al espejo. Si hago ruido creerás que es el gato, no tengo nada que temer, desde aquí puedo observarte.
Finalmente destiendes la cama y te metes en ella apagando las luces, se hace el silencio, en la calle nadie pasa. En tu habitación, después de una eternidad, sólo un suave ronquido se escucha. Ahora es el momento de pasar. Me siento a tu lado, te tomo algunas fotos, te acaricio bajo la sábana con sumo cuidado, beso tu piel, te recorro lentamente mientras me acuesto a tu lado, no quiero que despiertes, aunque, pensándolo bien, la pastilla que te doy todos los días no te dejaría abrir los ojos.
Al salir el sol será el momento de vestirte, regalarte un beso e irme, pero no te preocupes mi amor, volveré esta noche en cuanto me enciendas la luz.

Cólera



Florentino:


Permíteme contarte que estoy enojada, feliz. ¿Te he dicho lo imposible que me vuelven estos tiempos? Estos tiempos sin ti.
Ignoro si estas letras llegaran a su destino, si tu cuerpo ha sido sepultado, si la oficina postal me regresará esta carta, o si tú, querido Florentino, de otra te has enamorado.
Eres tan fácil como mirar por la ventana y esperar que a una nube se le dibuje tu nombre, tan difícil como la distancia que separa nuestras piernas, pero sobre todo, tan agudo como el silencio que se filtra en mi cabeza.
Odio pensar en un nosotros, pensar que te quiero, porque es como tener quince años y muchas ganas y sueños, es buscarte, furiosa, y toparme sólo con tus cartas que habitan bajo mi almohada.
Me invades, de alguna manera, siempre estás: en estos tiempos de enfermedad, bajo la lluvia, a las tres de la tarde, a novecientos kilómetros de aquí, pero es triste saber que no sobreviviremos a la cólera de estos días.
Te gritaría lo imposiblemente hermoso que es planear mi vida a tu lado, lo roja que me puedes hacer sentir. Lo diminuto e infernal de esta ciudad sin ti. Que duele. Que me gusta.
El sentimiento permanece, pero no sé qué hacer con él. Debería buscar algo asible que flotara en esta peste, pero sólo entiendo tus palabras. Contigo aprendí a no pronunciarnos, éramos tan fáciles. Ahora todo parece borroso, como un recuerdo vivido en tercera persona. Tal vez, un día, después de treinta y dos años, nueve meses y veintiún días con sus noches de espera, cumpla mi afán contigo de ir montados en el mismo barco. O mejor aún, tal vez, el final feliz, sin drama alguno, sea no continuar.


Dejándose morir lo suficiente,

Fermina.

martes, 22 de noviembre de 2011

Gris

No es provocativamente feo ni inspiradoramente bello. Tampoco es bondadosamente malo ni repulsivamente bueno. No es excitantemente nuevo. No es impresionantemente antiguo. No es espectacularmente improvisado. No es minuciosamente planeado. Mucho menos es tendenciosamente asertivo ni objetivamente abstracto. No vino a ofrecerse, pero no se dejó conquistar. Simplemente está, pero como quien está y no parece estarlo; desapercibido, pero imprudente, como cuando alguien escucha  una plática y su mente está en otra parte. Automático y no muy eficiente; y muy susceptible a una fractura, como cuando se reza un Padre Nuestro y se olvida una frase; las ideas vuelan por todas partes y se posan en otro lugar, uno muy distante, menos en el rezo, pero las frases del rezo, si no se sufrió una traba, se omitió una parte, o se tergiversó en una blasfemia, suenan igual a quien escucha. Monotonía y costumbre son palabras frecuentemente confundidas como sinónimos por quienes  viven estancados. El poder de digresión se disfraza con la cuestión de enfoques y se logra entrometer en casi todas partes. A diferencia de un chispazo de creatividad que llega cuando no se espera, la desconcentración no lleva a ningún lugar, tal vez es muy severo decir que no lleva a ningún lugar, porque puede que genere opinión, pero una opinión basada en una digresión no tiene fundamento ni peso para convertirse en argumento. El gran poder de la desconcentración que es desprenderse, desdoblarse, agrandarse, o en otra palabra, mejor y más prudente, desbordarse, es comúnmente confundido con el desaprovechamiento; el desaprovechar lleva inevitablemente a algo negativo, mientras la desconcentración no necesariamente lo hace. Se puede decir, sin temor a equivocarse, que  desconcentración  es un intruso indeseable, pero de vez en cuando, demasiado necesario.

lunes, 21 de noviembre de 2011

El intruso




Es injusto que las historias de miedo comiencen una y otra vez.
Últimamente a mis instantes les da por durar eternidades.
Tendría que regalarme el olvido infinitas veces el placer de verle esfumándose.

La verdadera pelea, la guerra, está en mi cabeza,
son las imágenes que he venido guardando con recelo, a las que acudo como album fotográfico
lanzándome vorazmente a revivirlas.
Hacer presente el monstruo que vive dentro y tenerlo frente a frente de nuevo.
No debería haber razones para atacarlo, si es mi pequeño tormento debería mimarlo.

Y vuelvo a acudir al infierno de esos ojos y los míos encontrándose de nuevo,
la banda sonora al compás de un baile lento y sádico.

Dentro del sueño corro. Siento que ya no me quedan fuerzas.
Abruptamente apareces del otro lado del pórtico y como 100 veces doy vuelta al candado para que no vuelvas.
Algún día tendrías que regresar y no encontrarías ni cómo entrar.
Podría quedarme sola y olvidarme de ciertas cosas: como traerte en sueños otra vez.

Ahora saco mi libreta, me dicen que es bueno escribir pero recreo algun personaje, y es inevitable, en alguno te metes o te escondes... mi espejo ocasiona me refleje en tus ojos.
Siempre permito tu llegada, me pierdo de nuevo, quisiera romperlo...
revuelves mi mundo bruscamente.

Me gustaria pedirte que guardes silencio… empieza a desaparecerte para que yo pueda empezar.
Quiero olvidar tus ojos, las cenizas arden y uno se aferra entre las sombras. Apareces agazapado con sonrisa socarrona tirando mi sombrero y levantándome el vestido...

domingo, 20 de noviembre de 2011

"Insomnio seguro"


-La seguridad del perímetro ha sido violada en repetidas ocasiones y nadie ha podido evitarlo. Los transgresores entran y salen continuamente perturbando la tranquilidad del área, el residente se encuentra muy molesto, por eso temo que el fin de la alianza tácita entre él y nosotras pudiera comprender nuestro exterminio. Inclusive esta reunión representa un gran peligro para nuestras vidas, compañeras.
-Yo creo que no debemos temer Piernas Locas, el residente padece desidia crónica, si no hace nada por defenderse de los intrusos, menos lo hará contra nosotras que ningún daño le causamos.
-Patotas tiene razón, pero no debemos confiarnos, sabemos de la volubilidad del residente, cualquier día se desquicia e intenta cazarnos a nosotras también. Por eso propongo que demos por terminada esta junta.
-Muy bien Patas, cada una su rincón y a tratar de capturar al mayor número de intrusos posible. Por cierto ¿alguna de ustedes dos sabe por qué Patona no vino a la asamblea?
-Seguramente quedo atrapada bajo un montón de ropa sucia o las hormigas del hoyo en la ventana lograron atraparla.
-En todo caso no podemos ayudarla, ni modo, dispersémonos y cumplamos la misión.

-¡Malditos moscos! Me tienen jodido, no sirvió el mosquitero que puse en la ventana, esta rasgado en varias partes y por ahí se cuelan; tengo que cambiar esos vidrios rotos y reparar la puerta, porque estos condenados ya son una plaga. Las arañas no se dan abasto con tanto mosquito y al contrario parece que ellos se las están tragando, como a mí.
Ahora además de los zumbidos en mis oídos, tengo adentro del cuarto, el concierto de un grillo escurridizo. Nada más porque me estoy cayendo de sueño, si no ¡los aplastaba a todos!

-Kamikazes, les habla el Comandante Banzai, agrúpense en sus escuadrones, el residente se encuentra ya en el área.
En unos momentos comenzaremos el ataque. Recuerden picar, succionar todo lo que puedan y huir a prisa, no se distraigan ni pierdan tiempo. Cuando se posen en alguna superficie extremen precauciones, pues las “muchas patas” últimamente nos han causado más bajas que el mismo residente; al percibir a una de ellas cerca de ustedes, retírense de inmediato, no se confíen o pueden quedar presos en su letal hilo y trituradas en sus viscosos intestinos. Procuren volar el mayor tiempo posible, el residente no es muy diestro cazándonos al vuelo; cuando necesiten descansar busquen los sitios más oscuros y de difícil acceso para él.
Les deseo éxito en sus incursiones.
-Comandante ¿empezaremos el ataque aún con la luz encendida?
-Sí, el residente presenta síntomas de cansancio profundo.
Escuadrón Lindbergh dirija su ataque a las extremidades inferiores.
-¡Listo escuadrón Lindbergh!
-Escuadrón Barón Rojo su objetivo es el tórax.
-¡Escuadrón Barón Rojo alerta!
-Escuadrón Wright, se encargará de las extremidades superiores.
-¡Listo escuadrón Wright!
-Escuadrón Santos Dumont ¡duro y a la cabeza!
-¡Escuadrón Santos Dumont en pie de guerra!
-¡Zum, zum, zum, zum, zuuuuuuuuuummmmmmmmmm…!

-Patotas ¿de dónde viene ese sonido?
-Los mosquitos iniciaron el vuelo, Piernas Locas.
-No Patas, ella se refiere al sonido monótono e ininterrumpido.
-Tienes razón Patotas, este sonido no es común dentro del área ¡es un grillo!
-Esto es el colmo del desorden, el residente ha dejado que un grillo venga a quitarnos el sueño, como si no tuviéramos suficiente trabajo con los mosquitos.
-Patas, Patotas que les parece si…
-¡De veras te atreverías, Piernas Locas!
-Por supuesto, somos tres…
-Ella tiene razón Patas, entre las tres podríamos con el grillo.
-Pero… el residente pasará otra noche sin poder dormir.
-Que se las arregle como pueda él solo.
-Además los mosquitos son cada vez más habilidosos y resulta casi imposible atraparlos.
-No se hable más, Patas; Patotas vamos a buscar al grillo.
-Para luego es tarde Piernas Locas.

-¡Malditos moscos! No me dan tiempo ni de envolverme en las cobijas, pero ya verán, voy a dejar sus asquerosos cuerpos tapizando las paredes y veré sus insignificantes cadáveres cayendo lentamente al suelo. Repugnantes insectos, voy a teñir el cuarto con su sangre… mejor dicho con mi propia sangre, que me han estado succionando todas estas noches. ¡Arañas ineptas! No las veo por ningún lado, por lo menos el grillo se ha callado.

Tres horas después…

-Escuadrones, les habla el Comandante Banzai, reporten sus incidencias.
-Escuadrón Lindbergh, reportando éxito total en la incursión, estamos ahítos del vital líquido.
-Escuadrón Barón Rojo, también reportando niveles máximos en los contenedores de la sangre, pero sufrimos tres bajas Comandante.
-Escuadrón Wright, reportando un mediano éxito en la operación, el residente se defendió con destreza y solamente quedamos dos kamikazes con vida.
-Yo, su Comandante Banzai, del escuadrón Santos Dumont, lamento informar que todos mis compañeros perecieron en la acción, el residente, a pesar de la lentitud en sus movimientos, logró aplastarlos entre sus manos, mientras atacábamos su cara y orejas. Pero haciendo un balance, la misión es exitosa; nos replegaremos mientras llegan los refuerzos, si alguno de ustedes se siente con ganas y apto para hacerlo, puede atacar individualmente al residente. Reanudaremos las operaciones en conjunto a las 0400 horas. ¡Larga vida a los dípteros!
-¡Larga vida a los dípteros!

-¡Malditos moscos! El zumbido me suena a risa burlona cuando pasan cerca de mis oídos, vaya que son temerarios, casi se meten por mi boca y nariz. Ahora si me dejaron todo lleno de ronchas, logré aplastar a varios de ellos pero da la impresión de que se clonan instantáneamente, tengo el cuerpo tan marcado como si me hubiera dado otra vez la varicela. ¡Arañas ineptas! ¿Dónde están cuando las necesito? Por lo menos se acabó el sonsonete del grillo. Pero voy a terminar de una buena vez con este jueguito, traeré el insecticida, rociaré el cuarto entero y luego saldré a dar un paseo a la luz de la luna, ni modo, otra noche sin poder dormir.

-¡Kamikazes, les habla su Comandante Banzai, el residente planea vaporizar el área, evacuemos de inmediato! Repito, la evacuación es perentoria e inaplazable.

-¡Patas, Patotas, el residente se volvió loco otra vez! Va a fumigar, tenemos que largarnos de aquí. Bueno, al menos pudimos devorar la mitad del grillo ¡vámonos!
-¡Para luego es tarde Piernas Locas!

sábado, 19 de noviembre de 2011

Bitácora Matinal




Y pensar que ahí va Don Joaquín y su maletín rumbo al despacho como cada mañana, trasbordando media ciudad por más de cuarenta años sin rajarse, a unos metros, atraviesa presurosa Doña Flor siempre lista para atiborrar las bolsas de mandado. El mercado abre sus puertas al acostumbrado hormigueo adornado de mentadas de madre y olores encomiables, por allá Don Jacinto barre la vida desde el local de semillas suspirando como el bonachón que es. En la librería “la jaula” Don Mario acaricia al achacoso Orfeo mientras da vuelta a la página y conversa con Unamuno desde hace ya varios años, no muy lejos, al otro lado de la acera los pequeños batallan con el mochilón para ir a la escuela, el afilador grita acaloradamente por la calle en busca de una ama de casa que le dé sentido a su vida. Carmina avanza sin dirección a punto del llanto tras la bofetada que le propinó el imbécil de su esposo por no tener el café caliente, Manuel sube al auto disfrazado en su mejor traje para mentir un día más en la oficina, hacen acto de presencia los gaseros con su estruendo cotidiano, a unos metros el cuerpo aún jadeante de Gloria despide a su amante agradeciendo la visita nocturna con un beso mientras el pelele del novio anda ahorrando pal bodorrio, en el gimnasio el instructor ejercita sus pectorales al máximo para tener un lugar en el mundo, Miguelito en hombros de su papá experimenta maravillado la perspectiva del mundo de los adultos. La vida transcurre en un tránsito permanente detrás la cortina.

Enredado en la seguridad de las sábanas piensa en su país como decadencia, en su ciudad como una postal ajena, en Las Vegas como una puta carísima, en Acapulco como un manantial putrefacto para la chilangada, en Krakovia como una reverenda extraña, en los Alpes como el silencio reparador. Piensa en las ganas que tiene de bajarle los calzones a su cuñada y no estar junto a la hermana que sigue roncando a su lado, en el bar de la esquina donde reafirma sus inseguridades por las tardes, en la carta que nunca mandó y sigue guardada en el cajón de asuntos sin resolver. Piensa en las playas que quiere conocer, en los lugares que no ha visitado, en la comida que no ha probado, en las múltiples posibilidades que andan sueltas por ahí esperando ser descubiertas, en poner cara de idiota y sonreír a todo el que se atraviese y decir que es feliz, en sus lamentables propósitos que continúan vestidos de eso, de propósitos mientras se cuenta éste cuento que escribe ensimismado. Piensa en su reflejo ante el espejo, en la futilidad de los intentos, en que todo esto le pasa por pendejo y miedoso, en que ayer cumplió treinta y ocho años y las canas se burlan de su aspecto. El nudo en su garganta ya es corbata que lo acompaña todos los días. Dicen en la cantina que el aire se sale del cuerpo días antes de morir.
Y así cada mañana cuando por fin nuestro personaje se decide a saltar de la cama, la mirada se pierde tras la ventana de su habitación invitándole al arrojo, a las ganas, a ensayar la vida sustituyéndose.

Arrebatado




Justo lo que temía, justo lo que no quería. Ahora estoy en el lugar donde ellos planearon ponerme. Definitivamente han jugado sus cartas de manera astuta o cuando menos, están haciéndolo a la fuerza y les está sirviendo. Y todo era tan tranquilo, cuando me di cuenta, ya los escuchaba. Cual vecinos realmente molestos, ponían música estruendosa en medio de mis sueños, susurraban palabras tontas perturbando mi tibio dormitar e incluso, llegaban a querer penetrar mi santuario con empujones que si bien apenas percibía, me dejaban asustado, alerta, preocupado. Creo que lo peor eran esas voces, llamándome, pidiéndome que saliera de este lugar en el que el tiempo parece no existir, reconfortante y suficiente, con la miel necesaria para vivir mi vida, un lugar donde estirar mi existencia era mi ideal más delirante. Como en una pesadilla, de repente comencé a sentirme incómodo. Las luces allá afuera apuntaban hacia mí, la frialdad de sus armas apuntando a mi cuerpo, me hacían entrar en taquicardias estruendosas… lo sé, pura ansiedad, no podrían arrebatarme de mi zona de seguridad, de esta casa hecha a la medida, a mis necesidades. Y ahora que finalmente lo están logrando, ahora que están drenando no sólo mi líquido vital, secando mi ser, también están atormentándome con gritos, voces aún más fuertes, tan distintos de las voces tiernas y condescendientes con las que endulzaron mis oídos los últimos días y las luces me están quemando los ojos, intento entender cómo escapar de ellos, pero están destruyendo mi hogar, ¿cómo no llorar? ¿cómo no protestar ante esta arbitrariedad? Me están extrayendo, me están destruyendo y ya no puedo hacer nada más. Ahora estoy fuera a pesar de mis protestas, me están destrozando el corazón, ahora grito al odio y al abandono. Ellos ríen, lloran, gritan y estrujan mi cuerpo desvalido. Ellos dicen que acabo de nacer y yo les digo a ustedes, que acabo de morir.