miércoles, 31 de agosto de 2011

Sopa Clutterbuck


Los vecinos se aglomeran en torno a la choza del fondo, seguramente Rose cocinó galletas de canela: tibias y olorosas inundan las narices. La canela es hacedora de amigos, ella lo sabe, toda especia tiene un propósito, el cardamomo, por ejemplo, alivia el dolor de recordar.
Nuestra abuela nos enseñó de extractos y brebajes, la sabiduría de las runas, las bondades de raíces y el manejo de calderos. Pero ella se avergonzó de todo eso, así que, desde pequeñas, tomamos caminos diferentes.

Deberían verle cuando corta vegetales: cubos de zanahoria con ridícula precisión, trozos simétricos de calabacín. Rose es una cocinera exacta... tan aburrida, tan engreída dentro de su bobo delantal.
Entre cocina y brujería no hay diferencia, ella igual es maléfica, lo traemos en la sangre, sólo usamos distintas maneras de conquistar, yo robo miradas, labios; ella seduce estómagos.
He visto los rostros de placer de quien prueba sus panecillos o degusta su famosa sopa Clutterbuck, luego la he visto sonreir orgullosa, mirándome sobre el hombro, desdeñando mis pócimas, ¡unturas putrefactas!, les ha llamado.
Su cocina es un templo rebozante de tomates, patatas, granos; no hay en el pueblo quien no recurra a ella para preguntarle de condimentos o tiempos de cocción. Rose prefirió tener amigos que continuar con el legado de la abuela. En sus repisas deberían habitar venenos, huesos, mandrágoras: es una traidora. Era.
Respiro tranquila, en el comal se retuerce como vientre con cólico, una muñeca; frente a mí desfilan más vecinos, corren con cubos de agua. En el retrato de la abuela se dibuja una sonrisa, ya puede descansar.
En adelante, les acompañaré aquí, siempre quise visitarlos.

Les quiere, Dorothy Clutterbuck.

Papitas


El juicio estaba por concluir, sin embargo la hoguera ya estaba preparada. Todos esperaban el fallo de culpable. El jurado que estaba conformado por familiares, amigos y conocidos, seguía deliberando. ¿La acusación? Esa nueva forma de hacer papas, nadie se podía explicar porqué le quedaban tan sabrosas, no cocidas, sino fritas.
Ella no se cansó de explicar que fue un accidente, que por causa de su torpeza, había tirado al caldero con aceite las papas que ya estaban cortadas. 
¡Es una bruja! alegó su vecina, la que había vivido al lado de su choza desde toda la vida la he visto hablando con las gallinas y con los cerdos, !con mis propios ojos! Además, ¿cómo se explica que tenga un mejor sazón que yo?, siendo que mi madre es la mejor cocinera del pueblo, estoy segura que me robó los dones que mi madre me había heredado.
¡Eso no es verdad! dijo la acusada, ¡su madre no era la mejor cocinera del pueblo! 
Todos guardaron silencio por un momento, todos estaban a la expectativa ¡bruja! se escuchó otro grito acusador, y al unisono, se escuchó el clamor de la muchedumbre: ¡bruja! ¡bruja! ¡bruja!... El pastor del pueblo, que fungía como el juez,  pidió a todos serenarse y explicó con voz lenta y un tanto arrogante, que necesitaba más pruebas para condenarla, el buen sabor de las papas que había frito por error  no era suficiente.
Es una hechicera, me consta dijo su prima serenamente tiene embrujado a su esposo, no podría ser de otra manera ¿o cómo se explica que tengan ya tanto tiempo juntos y se les siga viendo muy contentos, como recién casados? Lo tiene hechizado... Además, tiene el pelo más sedoso que yo.
Tan solo son unas papas que se frieron por accidente dijo la 'bruja' un accidente que le pudo pasar a cualquiera de ustedes. Entonces, ¿insiste en que fue un accidente? preguntó el juez-pastor una vez másnecesitamos una prueba más para poder dar un veredicto, estas son meras suposiciones.
¿Cómo se confiesa ante Dios? —,dijo nuevamente el pastor-juez es la oportunidad para absolver su alma, para no condenarla a una eternidad de sufrimiento. 
No tuvo oportunidad de responder, pues se alzó un grito algo histérico desde el fondo de la muchedumbre ¡Ella es más vieja que yo y aún así se ve más joven! decía la voz de una mujer desconocida para la acusada ¡¿qué más prueba necesitan?! ¡Es una bruja! ¡Bruja! se escuchó otra voz ¡bruja! clamó una voz más ¡bruja! ¡bruja! ¡bruja!—. Todos coreaban sincronizadamente esa palabra. 
El juez-pastor no tuvo más opción que declararla culpable, sino, el sería el linchado.

Por fin llegaron a la hoguera, la mayoría del pueblo estaba allí, señoras con sus niños y enfermos con sus malestares, se suspendieron los trabajos de los hombres y los quehaceres de las mujeres para asistir al evento. Ella estaba atada de pies y manos y el verdugo esperaba impaciente el momento para arrojar la antorcha para que todo ardiera. 
Esta es su última oportunidad para confesar insistió el pastor-juez si confiesa ahora le puedo ahorrar el sufrimiento, le puedo brindar una muerte rápida y limpiar su nombre para que las futuras generaciones no la recuerden como una discípula de satán, o puede seguir sin hablar, y esperar las cosas horribles que están por suceder. Ella no respondió, solo lo miró pensativa.
De pronto el cielo que había estado despejado la mayor parte del día, se llenó de nubes grises, de esas que anuncian tormenta. Un fuerte viento llegó, un viento extraño, parecía que bajaba del cielo en lugar de ascender, como siempre pasaba en ese lugar. Se comenzaron a ver relámpagos en el cielo gris, relámpagos azules. La gente que estaba presente sujetaba su ropa y se apretujaba, como para calmarse, todos se comenzaron a sentir nerviosos.
Un relámpago bajó desde el cielo en forma de serpiente eléctrica y cayó en la copa del árbol más cercano incendiándolo. Las llamas llamaron la atención del gentío y así como lograron sincronía con los gritos unos momentos antes, la lograron nuevamente para voltear al mismo tiempo hacia el árbol.
¡La bruja lo hizo! gritó la vecina que no sabía cocinar mientras la señalaba ¡pronto! prendan fuego, ¡que arda! ¡quémenla! La acusada solo agachó la cabeza como en resignación, y toda la muchedumbre comenzó a gritar, pero quedaron mudos casi inmediatamente. La bruja había comenzado a reír, después dio un largo grito y todos se dieron cuenta de que ya no estaba atada. Por un momento pareció que su pelo castaño se volvía rojo, pero era una especie de reflejo del fuego en el árbol. El verdugo se apresuró a arrojar la antorcha a la hoguera, pero al momento de arrojarlo, se apagó el fuego—,¡sí!, ¡soy una bruja! dijo la ahora confesa, mientras parecía que levitaba ¿era lo que querían escuchar, estúpidos? Todos quedaron mudos —,cocino mejor que tú señaló a la vecina porque tu eres una incompetente. Tenía una buena relación con mi esposo porque nos preocupábamos el uno por el otro dijo mientras volteaba a ver a su prima. Aparento menos edad que tú, porque no tengo tantos vicios como tu los tienes sentenció a la desconocida. ¡Estúpidos! Las papas fritas fueron un simple accidente, pero su maldita ignorancia y envidia no los dejan ver más allá de su nariz. No era necesario llegar a tanto. Pero no se va a quedar así, ¡los maldigo a todos! ¡Los maldigo! ¡Los condeno! Acabó de pronunciar las palabras y una nueva serpiente bajó del cielo justo sobre su cabeza, y con ella, desapareció al instante.
Mientras todo pasaba, un niño comía las papas fritas que había cocinado la bruja. La maldición había comenzado.

martes, 30 de agosto de 2011

Entre olivos y estrellas





Una voz al fondo de la habitación pronunciaba proféticamente:
-Nací y crecí en un campo lleno de árboles y animales. Corría libre por las veredas, la muralla me protegía de todo mal y nada temía porque tenía a mi Señor-
Fue lo último que dijo antes de guardar silencio. Observaba a todos e identificaba en ellos a animales de carroña esperando a que la presa expirara para poder abalanzarse sobre ella. Una mano anónima golpeaba el rostro que se agachaba en señal de sumisión.
-¿No tienes más que decir a tu favor?- preguntó el Inquisidor. La gente murmuraba y señalaba hacia esa pequeña mujer que ningún mal les había hecho.
 -No señor- respondió en voz baja.

El auto de fe había empezado muy temprano, incluso antes de que amaneciera, ahora, se podía adivinar un día encantador con el sol casi en todo lo alto. Todos empezaron a salir. La acusada, cerró sus ojos e imagino la hierba bajo sus pies, la frescura de la tierra y la suavidad del lodo cuando llovía. La sensación fue tan real que el miedo desapareció. Alguien la jaló del brazo y arrebato de sus ensueños. Otro más, señaló la sonrisa de la bruja e interpreto que el demonio la estaba aconsejando para matarlos a todos.
-¡Llévenla a purificar!- fue la orden del inquisidor mayor, -¡así llegará sin mancha a ser juzgada por Dios!-.
-Qué mal hago en soñar y evocar los recuerdos de mi infancia, de mi vida? ¿Por qué debo callar la voz que me lleva a imaginar, a querer saber y conocer?- se atrevió a preguntar antes de ser silenciada nuevamente.

Insensata, rebelde, amante de la noche y sus misterios, sensible a la presencia de aquellos que ya no están, adelantada a tu tiempo, hija de Lilith y pecadora por naturaleza, criatura maldita por tus antepasados, hechicera, ladrona de almas, poseedora de secretos, milenaria sabiduría escondida entre la corteza del árbol y ante los ojos del hombre, tu delito y la razón de estar ahí.

¿En qué momento había iniciado?, era  todo tan extraño, que los tres días que llevaba encerrada le parecían una eternidad. -¡Necesito una respuesta! ¿Quién me explica por qué los hombres que dicen amar a Dios son capaces de ir a mi casa, destruir todo lo que era mío y encerrarme? ¿Quién les explica que soy una mujer que ha vivido del campo y que ha heredado de su madre y abuela el conocimiento sobre las hierbas? ¿Quién les dice a los del pueblo que soy una bruja y que me quiero llevar a sus hijos? ¿Quién les puede pedir clemencia y piedad por mí? ¿Quién puede adelantar el tiempo para llegar al momento final sin sufrir la tortura de la purificación? ¿Quién…?- se preguntaba una y mil veces.

Se encogía en algún sucio rincón, su corazón –estimulado por una nueva angustia- latía tan fuerte que parecía a punto de rasgar su pecho. Había visto los instrumentos de tortura de camino a su juicio, pero no se había hecho consiente de ellos hasta que regreso a la celda. Temores la asaltaron al recordar las historias que contaban las personas sobre lo que pasaba antes de la quema en la hoguera. Se debatía entre aceptar su no culpabilidad con tal de librar el cuerpo o el resistir callada y estoica hasta que las fuerzas la abandonaran. ¿Qué hacer, seguir el instinto o la convicción? Los pasos se acercaban. El resplandor de la tenue luz la deslumbró.
-Vámonos-. Una voz suplicante y dolorida la condujo escalera abajo. -Es mejor que aceptes tu culpa y serán buenos contigo- le susurraba el guardia.

Su largo vestido cubría un cuerpo delgado y desnutrido. Iba descalza y sus pies estaban fríos. Su cabello negro contenido en una larga trenza, parecía ahora un nido de aves acomodado al azar. Sus ojos cafés estaban llenos de melancolía. Sus finos labios no dirían jamás que era adoradora de algo que lastimaba o que se escondía entre las sombras. Ni aceptaría que había sido seducida por el príncipe de la oscuridad en forma de gato, pues los odiaba un poco más que a los censores.

El guardia estaba consternado, no sabía que camino elegir, se debatía entre ayudar a la mujer con la que había crecido y la profundidad de la herida causada por la creencia. Durante el camino se mezclaban en su memoria miles de recuerdos. Malena había sido su mejor amiga, hasta que se sorprendió mirándola con amor. Le tomó la mano estremeciéndose, -por favor, acepta el delito y podrás vivir; pídeles piedad en nombre de Dios y podremos irnos-. –Eso nunca- respondió Malena con la voz quebrada.

Don Pedro la dejó en el umbral de aquel sitio que le producía escalofríos. Muchas veces le habían pedido que se quedara a presenciar cómo se purificaban a los herejes, blasfemos o endemoniados. Que podría aprender el oficio y así ascender dentro de la jerarquía eclesiástica, y lo más importante, el Señor le agradecería en el cielo el servicio prestado en la tierra.
Grande era su devoción, sin embargo, nunca se atrevería a formular la pregunta que le martillaba el pensamiento. Se culpaba por atreverse a imaginar un creador lleno de odio y con sed de sangre, -parece un pagano-, se decía. Otras veces, se escondía entre los arcos ojivales de la catedral para que Él no lo viera. Caminaba silencioso por el pasillo para recibir la comunión para no llamar su atención y que no cayeran sobre su familia la vergüenza de tener un hijo que dudaba de la magnificencia divina.

Malena acarició la mano de Pedro mientras desataba sus manos, una mirada que el comprendió como “no temas por mí” le dejo una sensación amarga en la boca, proveniente del estómago y que se ahogaba en su garganta, su bigote cubría la mueca de dolor que el apretaba porque amenazaba con desbordarse. Tuvo que desviar la mirada porque de lo contrario la podría tomar en sus brazos y salir corriendo con ella hasta que las fuerzas o las espadas se los impidieran. Entendió lo que Abraham sintió cuando Dios le pidió como ofrenda a su único hijo. La tristeza de entregar lo que amaba le infectaba la fe, dándole efímeramente el valor para enfrentarse a la Institución a la que servía fiel y devotamente desde que dejó de ser un niño.

Un grito proveniente del fondo de la habitación apresurándolo se interpuso entre la idea de que era el Diablo quien le susurraba esos pensamientos para desviarlo del camino o aquella de ángel que le pedía que la salvara. Otra voz, todo había comenzado. Pedro se había quedado entre las sombras apretando el cilicio de su pierna y horas después, mientras Malena era encerrada en la Doncella de Hierro la escuchó decir: “Escupo las apariencias. Maldigo los tabúes. Vomito sobre la herencia del ser sumiso y callado. Me rebelo ante tus conceptos. Abro mi alma como animal hambriento y rabioso. Mejor escápate de mí fuego, no me detendré ante tu inútil figura de poder. Mi escudo son los senos que no amamantaran a tu descendencia porque te doy vergüenza. Mi razón es la causa del despeñadero que hoy termino de construir. No me asustan los fantasmas que ahora me encontrarán cerca de su aliento. No temo al vacío, porque es menor, al que siento ante tu altar. ¡Me resisto! Ve encendiendo la hoguera. Sola me entrego, abriendo los brazos me dejo caer, después, no llores por mí porque habré alcanzado mi felicidad frente a tus ojos; anhelada y prohibida bajo el manto de las apariencias que aún escupo desde mi libre caída. Don Pedro, no temas, mi alma ya está lejos vagando entre olivos y estrellas…” La cobardía, lo hizo sentirse asqueado, rápidamente salió con la mirada puesta en el crucifijo que colgaba de su pecho y la voz de Malena jugando con el eco de su mente.

Santo Oficio



"Y serás la primera de brujas conocidas;
Y serás ante todo mi embajadora en el mundo;
Y enseñarás el arte de envenenar,
De envenenar a los que son señores poderosos de todo;
Si, tu harás que mueran en sus palacios;
Y atarás el alma del opresor (con el poder);
Y cuando halles un campesino que es rico,
Entonces enseñarás a la bruja, tu alumna, cómo
arruinar todas sus cosechas con tempestades horribles,
Con relámpagos y con truenos,
Y con granizo y viento...
Y cuando un sacerdote le cause mal y la hiera
por sus creencias, le retornará el daño
por duplicado, y lo hará en mi nombre……..
Diana, la Reina de todas las brujas
Y cuando los sacerdotes o la nobleza
os digan que debéis poner vuestra fe
En el Padre, en el Hijo, y en María, entonces contestareis:
"Vuestro Dios, el Padre, y Maria son
Tres diablos..."
"Para mi no es el verdadero Dios ni Padre;
Ya que he venido para exterminar el mal,
A todo hombre malvado y a su obra destruiré.."
"El que es pobre sufre con el hambre penetrante,
Y el trabajo duro en la miseria, y a menudo también
por el encarcelamiento indebido; aún así
su alma será recompensada por sus sufrimientos,
Y será feliz en el otro mundo,
¡El Mal es el destino de todos quien os hace el mal!"

Extracto de Aradia: el Evangelio de las Brujas, Charles G. Leland, 1890.




Botones de ceniza, que se pegan al cuerpo en

Redes de misterio y mentiras.

Urnas llenas de sangre derramada salvajemente de

Justos perseguidos por católicos y gente sin moral y conciencia, que

Aferradas a una verdad escupida por un dios "amoroso"

Se contaban por miles en fogatas donde ellas agonizaban.






Con ustedes Dark Angel,
Escribicionista.

lunes, 29 de agosto de 2011

La Vieja Nina



Es la casa más peculiar en el caminito de piedras que te lleva a la pila de donde toma el agua la gente, rodeada entre hierbas y plantas. La casa era de pura piedra maciza, viejísima me imagino, de techo alto, de teja; dos puertas, por lo regular en el día siempre abiertas. Una ventana grande desde donde se puede ver el piso de cemento empastado en un color verde ya muy gastado. La silla tejida y los costales de maíz, frijol, junto la única recamara: su cama y la cobija de lana. No hay imágenes religiosas, la habitante aquí cree en otras cosas. Aunque en la cocina donde está la abuela Nina hay un calendario con la imagen de la virgen; la leña, la estufa y el combustible ardiendo, una ventana y una puerta son por donde sale el humo, negrísimas las paredes. La mesa y una silla, un plato (el único), la abuela pocas veces tiene visita. La abuela Nina siempre trae ese vestido sucio, no le he visto con otro qué yo recuerde. Se le ensucia de tierra cuando sale a cortar el epazote. Nina tiene muchas plantas, las hierbas y los árboles son su jardín.
La vieja Nina como le decía el pueblo se peina el pelo negro, brilloso, no tiene canas; su cara es muy arrugada, sus facciones son arrugas, sabes que es una cara cuando habla (poco lo hace) o parpadea. Una edad difícil de calcular. Nina visita el pueblo sólo para ir al molino, a su regreso se le ve pasar llevando en cada mano dos cubetas llenas de masa negra. Nadie le ayuda, los pies negros y partidos siempre parecieron ser resistentes.- Es fuerte la vieja Nina- Decía Otilio en compañía de los trabajadores al verla pasar llevando sus dos cubetas pesadas. Otilio era el jefe de los peones de unas parcelas, las más grandes del pueblo; desde niño trabajó la tierra. Nina le daba tacos de manteca y sal cuando Otilio iba a la pila por agua. No le hablaba, nomas le estiraba la mano ofreciéndole el taco. Otilio parece haberlo olvidado, la ve mientras le da el sorbo al aguardiente. Son las seis de la tarde, le propone a los compañeros ir de cacería el domingo en la mañana. –Tengo ganas de comer una bestia del campo, que sepa a hierba y tierra, de carne fresquecita- les dijo Otilio a los trabajadores que asentaban mientras el aguardiente se acababa. Susana, la vecina de la abuela Nina, no la volvió a ver jamás después de ese domingo, lo único que recordaba era la figura de Nina adentrándose al campo muy de mañana.
El domingo Otilio se encontró con los muchachos, en las primeras horas del día subieron el cerro; si bien su propósito era ir de cacería Otilio no les decía específicamente qué cazarían. –Un tlacuache, me dijo mi compadre Rubén que por esta zona se ha visto uno muy grande, de pelaje negro, brilloso. Dice que él lo vio- Sin que se lo preguntasen les mencionó Otilio a los hombres quienes iban cargados de escopetas y trampas; no olvidando una garrafa al tope de aguardiente y un recaudo para el guisado. -¿A qué saben esos animales? No los he comido- decía uno de los peones, otro más comentó que debían saber asquerosos -esos animales son ratas grandes-. Sabrosa, la carne dicen es muy sabrosa, al decir esto Otilio logró callarlos. No importaba que estuvieran de cacería, seguía siendo su patrón y el grupo obedecía. No tardaron mucho para encontrar la presa. El más joven de ellos sintió el golpe de unas ramas en su pierna, gritó que algo pasó junto a él, “un tlacuache”, todos lograron ver al animal mientras éste corría entre las yerbas, el pelo negro le brillaba, la luz del día lo hizo más visible, fácil de atrapar. Nadie disparó, se dispersaron, solo Otilio le siguió, el resto le cerraría el paso. El animal asustado venía de regreso sin darse cuenta a topar en los pies de Otilio. No le disparó, desfundó el machete y se lo metió en el pescuezo, el animal se retorció en sus pies hasta morir. En efecto se trataba de un animal ominoso parecido a una enorme rata, Otilio sacó el machete del pescuezo y ordenó a dos hombres levantasen el cuerpo; buscaron un lugar para cocinarlo y celebrar. Otra cosa no dicha por Otilio es que aparte de comerlo deseaba mucho la piel de ese animal, su casa estaba repleta de pelajes, cueros de animales cazados. Comenzó a desollarlo, mientras unos hacían la fogata, otros cortaban los chiles, tomates y cebollas; el joven servía el aguardiente. La mano de Otilio cubierta de sangre se agitaba pidiendo su trago. El animal sólo en músculo fue cortado primero de la extremidades, en el corte de las patas traseras Otilio se dio cuenta que se trataba de una hembra. Metió el cuchillo en la panza, en un corte sacó todas las tripas, la menudencia y las echó atrás de unos arbustos. Le degolló para luego meter los pedazos de carne en dos cazuelas, el animal no cupo en una. –Puss ya así hirviendo y el olorcito del recaudo puede saber bueno- Dijo Félix, hombre de confianza. Apenas cinco tortillas se habían calentado cuando comenzaron hacerse tacos, en las mascadas y tragadas se notaba un gran placer, efectivamente era muy sabroso, nadie asociaba el sabor de esas carne con algo que antes hubieran degustado. Otilio comía el tercer taco, contemplaba la piel del animal, brillante.
La piel del tlacuache se volvió parte de la colección de Otilio, lucía bien. Lo peor de esos días, exactamente un día después de la cacería fue la terrible infección en el estomago de Otilo y el resto del grupo, se la pasaron seis días con fuertes dolores en el vientre, diarrea y un vomito incontrolable. Indigestión les dijo el médico del dispensario. El que parece no haber sanado fue Otilio, a los pocos días empezó a tener altas fiebres, en los delirios le decía a su mujer que la piel del tlacuache era el cabello de la Vieja Nina, que la había visto parada allí junto a las otras pieles.
En realidad Nina no es mi abuela, soy hijo de Otilio, del difunto Otilio. Conocí a la vieja Nina de niño, en los acarreos de agua, allí estaba ella con los tacos de asiento de manteca y sal; repetidas veces le pregunté su nombre, jamás respondió, le empecé a decir abuela. Mis padres me prohibieron hablarle, mi papá tenía aversión a Nina. Es una bruja, es nahuala decía. Me asusté y no volví a aceptarle taco alguno, dejé de hablarle. Mi papá no volvió a ser el mismo después de aquella cacería. No dejó de ver y hablar de Nina hasta el día en que murió.

domingo, 28 de agosto de 2011

EL GRAN MONTTINI



Por fin llegó el gran día de la función, todos en el pueblo de San Felipe Torres Mochas estaban entusiasmados por la presentación del espectáculo del Gran Mago que andaba de gira en el bajío. Desde un mes antes ya nadie hablaba de otra cosa que de ir a la iglesia en cuyo edificio, y a falta de algo más grande o adecuado, se haría la reunión.
Tras bambalinas, todo era movimiento, ruido, trabajo a todo vapor, los ayudantes y tramoyistas armaban y acomodaban cada elemento con precisión matemática.
Las coristas, payasos y malabaristas ensayaban para realizar su faena, de ir preparando el ambiente para que al final apareciera el sensacional mago que había dejado a todos con la boca abierta, incluyendo al mismísimo presidente Don Porfirio Díaz.
A las 5:00 de la tarde, el templo ya estaba lleno. Cosa que aprovecho el Señor Cura para dar un sermón regañando a los pobladores por estar ahí en la función y no a la hora de misa, como era su cristiana obligación; además, de pasar la charola de las limosnas para “los arreglos del templo”.
La gente estaba ya muy impaciente, una trompeta anunció el inicio, abriéndose el improvisado telón; el anunciador dio la bienvenida, y acto seguido un grupo de titiriteros hizo su presentación. La gente aplaudía las ocurrencias de la obra y los niños que nunca habían visto nada igual estaban asombrados. En aquel polvoriento lugar nadie había visto algo así.  
Siguieron los demás artistas haciendo sus números y hasta el cura, que a regañadientes había prestado el sacro lugar, estaba coreando vivas a los fuereños.
-Ya casi es hora, está el último acto, seguimos –me dijo aquel hombre alto y delgado mientras se alistaba con ceremoniosa pompa. Arregló su sombrero, una bella asistente tomó la capa y le ayudó a colocársela.
Yo por mi parte, ajustaba todos los detalles, tenía que ser perfecto. Ya se sentía correr la adrenalina, la ansiedad.
Afuera se oía tocar a la banda, los aplausos, las porras, eso era estimulante. El presentador estaba listo para anunciar al Gran Mago. El silencio sepulcral fue roto cuando se alzó el telón.
Entonces me coloqué en posición, dentro de mi recámara, cerré los ojos para concentrarme y esperé con paciencia, a fin de cuentas todos habían venido a verme y no podía defraudarlos.
Hasta que sentí una mano que tomó mis orejas y me levantó con suavidad, la ovación fue enorme y de pie, cuando el Gran Mago me presentó…


-¡Y Con ustedes, El Gran Monttini!  ¡¡¡El Conejo de mi sombrero!!!

De construir una sonrisa eterna…




De niño nunca fui afecto a la magia, no creía en ella y los pocos trucos que llegué a intentar me salían mal…

No entendía lo que era exactamente, yo pensaba que era hacer trucos con cartas, poner viejas semiencueradas a hacer actos inverosímiles o fumarme las payasadas del mago Orco de He-Man o revolcarme de la risa con las genialidades de Beto el Boticario…

Ahora entiendo que la magia no se trata de eso, no hay varitas mágicas, ni chisteras ni conejos en sombreros, se trata de hacer pequeños esfuerzos en el día a día y como consecuencia  ver dibujada una enorme, resplandeciente, hermosa e imborrable sonrisa donde antes solo había una expresión de tristeza…

Me gusta hacer ese tipo de magia tan real…

sábado, 27 de agosto de 2011

Polvos mágicos


Habían pasado ya años desde la última vez que había estado allá. No reconocía el camino y le daba la impresión de que ella no era conocida para él tampoco. Miraba a través de la ventanilla y de tanto en tanto se topaba con su reflejo. Cuánto la habían cambiado los años, ella misma se sorprendía. Vagamente recordaba el olor de las frutas con piloncillo, que su madre cocinaba en navidad. Su segundo primo, recién nacido, que a medida que crecía iba robando uno a uno sus juguetes, que junto con su infancia, poco a poco se iban desvaneciendo. ¿Quién diría que llegaría el día en que crecería tanto, que dejaría de caber en la vieja casa de muñecas tamaño real que de niña le construyó su papá por no comprarle una marca Barbie? ¿Quién diría que un día esa misma casa de muñecas, se convertiría en un cuartel militar? Esta navidad, volver a casa se le antojaba viajar en el tiempo, a un pasado remoto de papeles amarillentos y fotografías viejas. Se preguntó qué sería de ella el día que, por azares del destino, tuviera que volver a la universidad de la qué, hacía no más de unos meses, se había graduado. Se preguntó qué sería de ella cuando este presente se convirtiera, como su casa de muñecas, en un pasado remoto. Puso atención entonces al camino, del que de tanto vagar en el tiempo, se había distraído. No faltaba ya casi nada para llegar a casa. Se preparó entonces para bajar del autobús, ahí, en la esquina de siempre, la estaban esperando.

La tarde transcurrió tranquila, la casa ya no era la misma. En el jardín crecía verde la maleza bajo el columpio que colgaba del capulín, el mismo en el que siendo una niña había aprendido a leer. Lo había olvidado casi por completo. Sus primos habían crecido tanto, y se comportaban ahora como finos caballeros. No más pucheros en la mesa ni crayolas en las paredes. Y ella no sabía decir si eso le agradaba o no. A la hora de la cena todos se sentaron educadamente y oraron como si creyeran en Dios. Había pasado ya tanto tiempo desde su última cena de navidad en familia que todo aquello le parecía surreal. Fue tal vez por eso que no supo si reír o llorar cuando su madre anunció que vendían la vieja casa. Con toda la felicidad del mundo explicó que ella y su nuevo novio se mudaban a vivir a la playa.

A la mañana siguiente despertó en su vieja habitación. La cama le quedaba chica y más de una vez durante la noche pensó que caería al piso. Con la espalda adolorida se puso de pie, caminó como quien camina dormido al jardín. Debía volver esa misma tarde a la ciudad y decidió pasar el tiempo que le quedaba contemplando el jardín. Llegó a su antiguo columpio y se sentó con parsimonia. ¿Cómo podía ser que lo hubiera olvidado? Que hubiera olvidado aquellas tardes soleadas en su pequeño jardín. Quien la hubiera visto habría pensado que cayó del columpio, pero la verdad era que deliberadamente se había echado a la hierba. Tomó una piedra de ahí cerca y de entre planta y planta raspó un poco de tierra. Se la puso en la mano izquierda y con ella corrió a la cocina a buscar un frasco pequeño de cristal. Lo contempló largo rato hasta que se quedó dormida.

Años más tarde una niña pequeña de grandes ojos y cabello negro le preguntaría que había en aquél frasco. "Polvos mágicos", le respondería ella, y ante la carita de incredulidad de la niña, agregaría, "Te lo juro, hija, que si los miro fijamente vuelvo a tener tu edad".

... ahora ya no me ves




Cada momento
todo está en su lugar
Un plan perfecto
Mirando al acecho lunar
Curiosa forma de acercarte que tienes
Tan deseoso de ti
Que no te vi.

Sí, aquí sin saber que ya habías llegado
Con mis ojos bien vendados
A tientas caminaba entre tus pensamientos
Estimulando los segundos para que sean más lentos
y así no me olvides
Pero en realidad te miento
Ya no estaré a tu lado.

No te darás cuenta
Sólo despertarás
y mi lugar estará vacío
Mi nombre en tus labios
Y nadie te responderá.

Eso, como verás
Es el resultado de nuestras decisiones
Parece que no hay mañana
Pero sí lo habrá.

Y me hará bien que sigas siendo mi primer pensamiento
Y que mis ojos beban sal al mirar tu foto
Porque mi boca sabrá amarga al final del día
Inundándome de euforia y eso será el resto de la semana
Del mes
Del año
Y como si nada
Como un acto de magia
Ya no estaré más.

Y las voces que dicen tu nombre
Serán distraídas por el cristal donde me reflejo borroso
Y ya me verás desaparecer
Sin dar un solo paso.

viernes, 26 de agosto de 2011

Don Mago.



Me contó mi amigo el Barbas, de un señor, dizque mago, que anda haciendo de las suyas por algunas calles de la zona sur, allá por el rumbo del Parque Hundido.

-¡Aguas, cuando roles por allá, no te vaya a torcer!
-Pero ¿qué onda, cómo es, por qué me debo cuidar de él?
-Es un ruco, que después de hacer su truco, se acerca a algún automovilista distraído, le avienta un choro y sin que se dé cuenta el elegido, le tumba el reloj o algo que la persona traiga en la bolsa de la camisa. Por lo regular nada más se la aplica a hombres. A las mujeres les dice dos que tres piropos, es un viejo romántico.
-El choro eres tú, mi Barbas, o ¿ya te llevó al baile?
-Nel Carnal, a mi me contaron y yo te lo paso al costo. Ahora que aprendiste ya sabes, si te duermes no reclames.
-Camarón mi Barbón, luego nos topamos.
-Ya vas, Pherro.

Después escuché, de otros compañeros Taxistas, las andanzas del finísimo personaje Don Mago, quien hace su viejo truco a cambio de unos varos y algo más. Por cierto el mote no es tal, tampoco se refiere a sus habilidades como ilusionista, tiene que ver con su nombre real, el cual no mencionaré aquí, pues al susodicho le molesta sobremanera que la gente se dirija a él con “esa palabra elegida por mis padres en la pila bautismal, para darme a conocer al mundo”, dicen que dice.
Precisamente a mí me gusta trabajar por aquella zona del conocido Parque, así que no pasaron muchos días para tener la oportunidad de ver en acción al famoso Mago. Y según yo, iba bien preparado para que no me tranzara y devolverle el tiro por la culata.

Pues ahí estaba, su aspecto entero es una agresión visual, pero eso sí, muy original. Aprovechando los escasos segundos del semáforo en rojo, saca una larga tira de mascadas por su boca, luego simula tragar una espada, rápidamente con unas pelotas hace malabares, por último se acuesta en una tabla de supuestos clavos; no puedo negar que le pone velocidad al asunto, nuestro Copperfield autóctono. Todo muy revuelto, pero ese es el chiste.
A propósito lo observo, él se da cuenta y se acerca a mí.

-¡Quihubole Don Marg…!
-¿Qué paso mi chafirete ruletero? Vámonos respetando desde un principio.
-Perdón mi Mandrake de crucero, pero me han platicado tantas cosas de usted que sentí familiaridad.
-Familiaridad yo no tengo ni con mi familia, pero en fin, ¿le gustó el truco?
-Sí, muy colorido ¿pues que comió?
-Me alimento del aire, mi estimado, en el aire están los sueños, las posibilidades, la fantasía, las bellas ilusiones que son el sustento de todas las almas…
-Con razón está tan flaco.
-No me interrumpa, estaba tomando inspiración… ¿usted cree en la magia?
-Simón.
-Entonces ¿va a cooperar para la causa o nada más pasó a ver?
-Pues por ver no se paga ¿o sí? No se me enoje, mejor sígame contando eso de los sueños y la fantasía.
-Si lo que quiere es una cátedra, le sale en otro precio.
-No, mejor otro día, ahorita ando corto de luz.
-Todos dicen lo mismo, de seguro acaba de empezar a trabajar.
-¡Además de mago es adivino!
-Pa´que vea y eso no se paga con cinco varos.
-Bueno... cualquier cacahuate, pa´l chango es bueno.

Me quiero pasar de listo y le dejo ver que en la bolsa de la camisa llevo un sobre, idéntico a los usados en algunas fábricas para pagarle a los trabajadores, lo miro de reojo, le brillan los ojos, pero antes de voltearme para agarrar unas monedas, me saco el sobre y lo guardo en la guantera; de cualquier manera el sobre no traía nada.
Mientras estiro la derecha para darle la coperacha, me toma de la zurda, que colgaba sobre la portezuela y me da un fuerte apretón.

-El ilustre y noble Baden Powell decía que los verdaderos amigos se saludan con la izquierda, porque es la mano más cercana al corazón.
-¡Ah, sí! Creo que ya había escuchado eso. Tenga Don Marg… ¡perdón¡
-¡Ya váyase!, el público está impaciente, le devuelvo su chueca, pa´que pueda manejar.

Al grito de:
-¡Muévanse golfas!
-¡Luego echan novio!
y otras frases pintorescas, algunos automovilistas reclamaban su derecho de tránsito.

Me alejé de ahí pensando que le había dado una lección al Viejo.
Calles adelante, una señora me pide el servicio; en cuanto sube al Taxi me pregunta la hora.
-Son las…
¡Sorpresa! Mi reloj desapareció.
¡Carajo, Don Mago me ganó limpiamente!
Ese es el truco. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Purificación

Hundida en el bosque veracruzano, la cabaña tenía todo para pasar un fin de semana confortable, sin televisión, internet, periódicos, teléfono, nada que pudiera distraer la mente. El espíritu conviviendo con el cuerpo a la orilla del Río Pescados que bramaba cada que sorteaba al andanal de piedras que había en el trayecto.
El murmullo furioso de sus pequeñas olas provocaban somnolencia en nosotros, acostumbrados al ruido citadino, la magia del río nos adentraba a un mundo lejos de nuestra realidad. Tumbados en el pasto y sin miedo a los bichos dejamos que el aire tibio nos acariciara el rostro. El cielo estrellado a veces se asomaba entre las copas de los árboles haciéndonos ver que el paraíso si existe y yo lo tenía ante mis ojos.

A unos pasos de ahí, en medio de árboles enormes, las luces blanquecinas del lugar alumbraban la figura de un hombre vestido pulcramente de blanco. Descalzo, con los pies en contacto natural con la tierra dejaban ver la confianza que le tenía al piso que lo sostenía, tenía el pelo cano y los ojos grises. El rostro lleno de arrugas contaba su vida a través de ellas. En medio de un círculo blanco se movía despacio contándonos lo que haríamos en ese ritual al que sin saber nos vimos envueltas.

La luna en lo alto del cielo iluminaba la copa de los árboles que no dejaban pasar mucha de su luz. Mirándonos fijamente, el hombre empezó a hablar sobre nuestra relación con el universo y el daño que le hemos causado a la tierra que pródigamente nos ha cobijado por tantos años.
Hablaba con voz pausada haciendo que no despegáramos la vista de él. Recorría poco a poco a las cuatro personas que a su alrededor permanecíamos a la expectativa. Nerviosos contestábamos con balbuceos a lo que nos preguntaba.

Los ojos grises se posaron en mi, preguntando mi nombre empezó a decir cosas que nadie que no me conozca puede saber, era la primera vez que lo veía y sin embargo parecía saber tanto como si hubiera vivido conmigo. Sin darme cuenta la vida ha dejado huellas en mi rostro que nunca pensé dijeran nada sobre lo vivido.

Tomando un sahumerio nos rodeó con humos mágicos dándonos una tranquilidad aparente y digo aparente porque era la primera vez que los cuatro que nos encontrábamos ahí teníamos contacto con un chamán.
Pasándonos por la espalda un atado de yerbas susurraba palabras que no alcanzaba a escuchar, el hombre recorrió el cuerpo de cada uno con rezos mientras las notas lejanas de los grillos y el susurro del río eran una extraña comparsa que acompañaban la letanía.

Preparados para el ritual, nos introducimos a una caverna oscura, extremadamente caliente, donde un pequeño rayo de luz se abría paso por algún rincón del suelo. En el centro de la caverna una fogata casi en extinción nos ayudaba a ver un poco más. Las brasas al rojo vivo hacían que el calor fuera extenuante. Sentados en bancas frías y duras quedamos al amparo de la curiosidad y en las manos de ese hombre, ejerciendo un raro encanto sobre nosotros.

Empezamos a sudar sin parar, el hombre nos explicaba lo que estaba haciendo. Sin darnos tiempo a reaccionar, a cada tanto echaba algo sobre las brasas levantándose un humo blanco hacia el techo, con la cara arriba el vapor casi nos quemaba. La oscuridad y el miedo nos hacía ver cosas que no había más que en la mente de quienes estábamos ahí.

El chamán pasó por cada uno de nosotros a darnos un extraño masaje, los pies, manos, cuello y vértebras dieron cuenta de sus manos expertas.
El tipo se centró en mi, habló sobre como debo tomar la vida desde hoy, vivir ocupándome no preocupándome. Estando en tal estado de indefención como me sentía, reflexioné sobre mi vida y me di cuenta de todos los errores que he cometido en el camino hasta hoy. Hundida en mis pensamientos, el vapor entraba por cada poro de mi piel sacándome todas las tóxinas que mi cuerpo guardaba haciéndome daño.

El sudor seguía corriendo sobre mi cara mientras el hombre nos hacía ver la vida de manera extraordinaria.  Quise quedarme a vivir ahí para siempre. Me dí cuenta que puedo vivir sin muchas cosas que en tres días no eché de menos. La magia de soñar, de saber que muchas cosas que me proponga las puedo lograr.

Extinguiéndose poco a poco el calor, el hombre nos indicó que era hora de irnos.  El frío de la noche nos dio de lleno en la cara volviéndonos a la realidad.
Tres chorros de agua salidos de la pared, como regaderas recibieron nuestros cuerpos calientes dándonos un baño de agua fría.
Despertándonos a la nueva vida que el hombre nos había enseñado. Restaba a nosotros seguirla o no. Cambiar la esencia de cada uno para ser mejores sin lastimar a nadie, sin dañar nada de lo que vemos o tocamos.

Se despidió dándonos una bebida que no supe que era. Inundando mi cuerpo, el líquido caliente atravesó la garganta hasta llegar al estómago. El hombre mirándome con ojos cálidos, me decía que viviera, que buscara la cura a todo lo malo que aún quedaba en mi, poco pero había. Restos de una vida infeliz que podría diluir como la sal que tuve entre mis manos.

Bebiendo el té y como por arte de magia, el chamán desapareció entre la espesura del bosque, sin darse cuenta que me había hecho renacer. Como mago que aparece un conejo de la chistera, así ese hombre apareció la vida ante mi. Vida que había dejado pasar sin darme cuenta que solo se vive una vez. Magia pura que descubrí en un lugar escondido en el bosque veracruzano.















miércoles, 24 de agosto de 2011

Raleigh



Él ponía un puntito de ceniza en la mano de Ana, sin poder explicarse tal acto de magia, ese punto se transportaba por su carne y aparecía en su palma. Así jugaron por muchas tardes.

Ella se maravillaba con aquel truco, miraba la mancha gris sobre el reverso de su mano como tratando de entender, entre ojos enormecidos y risitas, veía con admiración a su padre, que daba una última calada y depositaba el cigarrillo sobre el cenicero. Ana recogía las cenizas para guardarlas en pequeños frascos, -polvos mágicos –pensaba.

Con el paso de los años, la colección de cenizas creció, también crecieron las piernas de Ana, la tos de su padre, creció la tristeza de verlo tendido, cansado, como si los huesos, carnes y pieles hubieran cerrado la función.

Todas las noches ella le llevaba su medicina, le besaba en la frente, y lo miraba hasta que su sonrisa amarilla se cerraba, entonces no quedaba más que noche y soledad. Luego se iba a su cuarto, observaba con un extraño amodio la colección de cenizas sobre la repisa, a veces un poco enojada, tal vez un poco esperando; aún se preguntaba cómo es que su padre hacía tal truco, pero era tarde, no había voz que pudiera contestarle.

martes, 23 de agosto de 2011

Polvos Mágicos





La cama llegó a su posesión desde que la última tía había muerto. Esta pieza de latón fue utilizada solo por señoritas, que no conocieron la compañía o el sueño compartido. Llegó de tierras lejanas, el primer dueño la había mandado a fabricar en algún lugar perdido del mundo, pero por razones que nadie conoció ya no fue necesaria, el matrimonio arreglado jamás se llevó acabo. Así, entre mudanzas, llegó a un convento donde las tías de Rebeca ingresaban por voluntad propia sin profesar.

-Ahora la cama es suya, su tía murió ayer y es la única propiedad terrenal que le perteneció-. No objeto nada, llevo la cama a su departamento y al no encontrar otro sitio  la colocó junto a la suya. Por las noches, antes de quedarse dormida observaba la cama, su soledad se había agrandado y muchas veces se preguntaba sobre el sentido de la compañía, de la tibieza de unos brazos en las noches o de la pasión desbordada entre sábanas, emociones que tampoco había conocido. – ¡Mejor hubiera profesado!-  musitaba amargamente dándose vuelta para perderse en sus sueños.

Recibió una llamada a media madrugada, la inquietó, ya no pudo conciliar el sueño. Se quedó en penumbras, le gustaba esa sensación de redescubrir su casa, contaba los pasos para ir a la cocina, se preparó un café y esperó pacientemente la hora de la cita. Se bañó despacio disfrutando el agua sobre sus cabellos blancos. Se perdió entre la crema corporal y el vestido azul, se estaba colocando las horquillas cuando sonó el timbre. Un muñeco estaba en la puerta, miró hacia todos lados, lo tomó y con un grito recibió al amigo de toda la vida que había estado ausente. Felipe siempre había sido así, no entendía como había caído en la broma de siempre. Se abrazaron por largo rato, en silencio, un intercambio de miradas sabiendo que todo seguía igual, un beso torpe quedó colocado entre la mejilla y los labios.

-Felipe, ¡que gusto verte!-
-Mi querida Rebeca sabes que siempre te cuido aunque este al otro lado del mundo-
-Siempre tan galante, me harás ilusiones y mira que a mi edad ya no estoy para eso-
-No mi niña, siempre seré tu eterno e incondicional enamorado-
-¿Mi niña?, no me hagas reír por favor, mejor cuéntame, ¿Cómo te fue? ¿De dónde vienes ahora?-
-Vengo de, bueno el lugar no importa. No sabes las cosas que aprendí y que vi, en lugares maravillosos, me hubiera gustado tener tu compañía, pero creo, que si esta vez insisto tendré más suerte.

Rebeca se quedó callada, solo sus ojos dejaron una pequeña puerta abierta, se mostraba más coqueta, más abierta. Felipe le mostró el tatuaje que se hizo en esas tierras lejanas y misteriosas, ella se rió de su audacia a sus casi setenta años, -los tiempos cambian querida- le susurró y sacó una botella de vino de su pequeña maleta. Parecía una chistera de donde habían brotado los recuerdos, fotografías del viaje, además de los tiempos pasados, de una propuesta y de una indecisión. Las copas se vaciaron rápido, las risas se agotaron y la compostura se relegó en el rincón del convencionalismo que ya no tenían que guardar. 

Felipe la levantó del sillón y se pusieron a bailar una música ausente, la tomó en sus brazos. Rebeca se dejó llevar, temblaba entre los diferentes ritmos imaginarios que su amigo le marcaba pero que tenía la idea de escuchar, no quería parar, deseaba un poco más, así que se atrevió y le robo un beso, tan inocente que a él le dio risa, -¡Ay mi niña! Ven, así se besa- desatándole debajo del vestido un sinfín de sensaciones, se sintió húmeda y quiso desprenderse, una idea relámpago cruzó en su mente, había escuchado de esos episodios incontinentemente bochornosos y se moriría de vergüenza si eso le ocurría justo en ese momento.

 -¡No. Basta Felipe! Ya no somos los jóvenes de antes, mi cuerpo no es lozano ni terso, mejor vete-
-¡No me iré!, siempre me has sacado de tu vida, déjame mostrarte algo, dime, ¿si fueras joven de nuevo me dejarías besarte y amarte?
-Eso es imposible, pero si pudieras, no lo sé, tal vez…- estaba aturdida.
Felipe sacó un pañuelo color marrón de su maleta, tomó un puñado de polvos que esparció entre los dos, ella estornudó –se me olvidaba tu alergia, lo siento mi niña- le dijo al tomarla de las manos, -cierra tus ojos y desea tener treinta años de nuevo-, Rebeca obedeció lo deseo con todo y poco a poco abrió su mente y algo más que sus ojos. De pronto se vieron como la última vez antes de la despedida y el encuentro. Reanudaron el baile, ahora ella lo besó de la misma forma en que él lo había hecho, sintió nuevamente la humedad entre sus piernas y no se preocupó, acarició el rostro sin arrugas, se dejó llevar por su aroma. Felipe tocó su espalda, desató el sostén por encima del vestido que cayó al piso con tal maestría y precisión, sin tocarla, sin forzar.

Rebeca lo condujo, quería romper todos sus esquemas y que mejor lugar que la cama donde la soledad había tejido su red en la que había caído por miedo y por obedecer a sus padres. Ellos estaban inmersos en los besos, las caricias, el tocaba su cuerpo, resbalan por el vértice de sus formas, el sudor cegaba sus miradas, esos polvos habían hecho su parte aunque el verdadero acto de magia estaba comenzando cuando Rebeca sintió entre sus piernas la explosión de sus entrañas. El espejo dejaba ver la realidad de esos cuerpos, que Felipe había conseguido evadir por un momento para mostrarle a Rebeca su infinito amor y devoción con talco convertido en polvos mágicos.


lunes, 22 de agosto de 2011

Primer acto


El telón se levantó, las luces se centraron en la tarima, la gente aplaudía, unos respiraban agitados, los de hasta atrás estiraban el cuello para ver mejor, las manos sudaban, los niños gritaban, la orquesta tenia un orgasmo frenético con los tambores, unas cuantas parejas se besaban, todos estaban a la expectativa, nadie sabia que esperar, nadie imaginaba que podía pasar...

Y sin embargo, ella no apareció. Había muerto minutos antes en su camerino, gracias a una sobredosis de metanfetaminas combinadas con cocaína y alcohol.





Con ustedes Dark Angel,
Escribicionista