Los vecinos se aglomeran en torno a la choza del fondo, seguramente Rose cocinó galletas de canela: tibias y olorosas inundan las narices. La canela es hacedora de amigos, ella lo sabe, toda especia tiene un propósito, el cardamomo, por ejemplo, alivia el dolor de recordar.
Nuestra abuela nos enseñó de extractos y brebajes, la sabiduría de las runas, las bondades de raíces y el manejo de calderos. Pero ella se avergonzó de todo eso, así que, desde pequeñas, tomamos caminos diferentes.
Deberían verle cuando corta vegetales: cubos de zanahoria con ridícula precisión, trozos simétricos de calabacín. Rose es una cocinera exacta... tan aburrida, tan engreída dentro de su bobo delantal.
Entre cocina y brujería no hay diferencia, ella igual es maléfica, lo traemos en la sangre, sólo usamos distintas maneras de conquistar, yo robo miradas, labios; ella seduce estómagos.
He visto los rostros de placer de quien prueba sus panecillos o degusta su famosa sopa Clutterbuck, luego la he visto sonreir orgullosa, mirándome sobre el hombro, desdeñando mis pócimas, ¡unturas putrefactas!, les ha llamado.
Su cocina es un templo rebozante de tomates, patatas, granos; no hay en el pueblo quien no recurra a ella para preguntarle de condimentos o tiempos de cocción. Rose prefirió tener amigos que continuar con el legado de la abuela. En sus repisas deberían habitar venenos, huesos, mandrágoras: es una traidora. Era.
Respiro tranquila, en el comal se retuerce como vientre con cólico, una muñeca; frente a mí desfilan más vecinos, corren con cubos de agua. En el retrato de la abuela se dibuja una sonrisa, ya puede descansar.
En adelante, les acompañaré aquí, siempre quise visitarlos.
Nuestra abuela nos enseñó de extractos y brebajes, la sabiduría de las runas, las bondades de raíces y el manejo de calderos. Pero ella se avergonzó de todo eso, así que, desde pequeñas, tomamos caminos diferentes.
Deberían verle cuando corta vegetales: cubos de zanahoria con ridícula precisión, trozos simétricos de calabacín. Rose es una cocinera exacta... tan aburrida, tan engreída dentro de su bobo delantal.
Entre cocina y brujería no hay diferencia, ella igual es maléfica, lo traemos en la sangre, sólo usamos distintas maneras de conquistar, yo robo miradas, labios; ella seduce estómagos.
He visto los rostros de placer de quien prueba sus panecillos o degusta su famosa sopa Clutterbuck, luego la he visto sonreir orgullosa, mirándome sobre el hombro, desdeñando mis pócimas, ¡unturas putrefactas!, les ha llamado.
Su cocina es un templo rebozante de tomates, patatas, granos; no hay en el pueblo quien no recurra a ella para preguntarle de condimentos o tiempos de cocción. Rose prefirió tener amigos que continuar con el legado de la abuela. En sus repisas deberían habitar venenos, huesos, mandrágoras: es una traidora. Era.
Respiro tranquila, en el comal se retuerce como vientre con cólico, una muñeca; frente a mí desfilan más vecinos, corren con cubos de agua. En el retrato de la abuela se dibuja una sonrisa, ya puede descansar.
En adelante, les acompañaré aquí, siempre quise visitarlos.
Les quiere, Dorothy Clutterbuck.











