martes, 31 de enero de 2012

Cambio de horario



Entonces todo acabó mal. Muy mal. Se le olvidó dejar la zapatilla de cristal en la escalinata para que el príncipe la buscara después; luego, le dije que se consiguiera gatos, no ratones, me molestan los ratones. Los gatos son más inteligentes que esas bestias horrendas orejonas; pero no, no les puedes decir nada porque se ponen nenas. Pero eso me pasa a mi, por andar de arrastrada, ¡ay! que un vestidito azul, y ahí voy, con un vestidito azul; cuando sabe bien que el rojo le iba mejor a la pu... A la muchacha. Tendré que hablar con el sindicato de hadas madrinas a ver si mejor me mandan a regentear o algo. Espero que no me vuelvan a encomendar chiquillas tan... tan... ay, no sé ni qué palabra decir. Lo único bueno es que el accidente no fue mi culpa, claramente le dije que a las 11:30 se retirara para que alcanzara a llegar a las 12 a la casa cuando se acabara el hechizo. Todo por no ajustar la hora. No sé por qué la gente piensa que eso de convertir calabazas en carruajes es cualquier cosa, pero ya, todo se les hace fácil. Pues se estrelló el carruaje justo antes de volverse calabaza y la pobrecita se calabació junto con todos esos animalejos horribles... 
Pero en fin, creo que nadie la extrañará, eso es algo bueno de que me asignen huérfanas de vez en cuando.

lunes, 30 de enero de 2012

Dios en Tiempos de Crisis


Dios le dijo a Abraham:

Sacrifica a tu hijo, falsifica un secuestro y del dinero del rescate me vas a pasar a dejar la mitad. Mátalo y vende sus órganos en Tijuana, cruza al otro lado y busca al "Diablo", hice una apuesta con él. Del dinero que te dé, toma el treinta por ciento, compra algo de piedra y me la traes. En el camino, consíguete una viejas, compras dos botellas de vodka, dos de tequila y una de ron. Tu sacrificio será bien recompensado.

Y Abraham -quien tenía que mantener a varias familias- lo hizo.





Con ustedes Dark Angel,
escribicionista.

Paraíso



Las gotas caían pesadamente sobre las ventanas. Podía escuchar el clap clap de la odiosa lluvia que le impedía pintar. Intentó dormir temprano pero eso era imposible. En cambio, abrió la ventana y el aroma a tierra mojada inundó su ser, pensó que pronto estaría despejado, pues la luna aparecía en cuarto menguante. Tomó su paleta mezclando colores, el caballete ya se había cansado de tener un paisaje de follaje abundante, pero, con el centro blanco. Él empezó  lento y suave, pincel que acariciaba, momentos húmedos, de trazos finos y largos silencios, que de pronto se hacían duros, pero que difuminados por la espátula se tornaban invisibles. Verdes distorsionados flotaban en todas las tonalidades sobre arbustos, pasto y hiedra, árboles deliciosos a la vista junto con el de la ciencia y un manzano, se podían adivinar entre la difusa bruma que amenazaba con destruirlo todo. El pintor cerró los ojos, dejándose llevar por su lápiz, no adivinaba la forma de lo que estaba creando. Al garabatear no se dio cuenta que la luna lo había traicionado, la lluvia había arreciado. Un relámpago iluminó una serpiente, hermosa y enorme, sin embargo, algo le faltaba. El reloj del fondo marcaba las doce de la noche. Él recordó, que sentía que uno de esos animales había eclosionado en su cabeza, su pensamiento se partía como un calcificado rompecabezas. Había intentado sacarla por la boca o tal vez se deslizaría por su nariz, tobogán sonrosado, puerta por donde escaparían los anillos saturninos que le constreñían el alma y la mente. Esa mañana la había visto en la estufa, dentro de las ollas y junto al comal, no podía matarla, era la madre de sus terrores, de aquello que le recordaba eso que había jurado no hacer nunca más, pero al no poder expulsarla, la había plasmado majestuosa y soberbia como se blandía en su cabeza. Y sin embargo, algo le faltaba. Una abundante cabellera negra, piel morena aterciopelada, pies pequeños que apuntaban al este y oeste. Ombligo, círculo perfecto que dividía el norte  redondo y la planicie del sur, poblada por un manchón negro el complemento. Justo cuando delineaba la boca la luz se fue, un rayo inesperado dejó a oscuras la tarea del artista. La atmósfera se tornó tétrica, pero los colores salpicados en su camisola lo equilibraban momentáneamente. Cuando empezaba amanecer el cuadro estaba terminado, una mujer desnuda yacía con la serpiente entre sus piernas, parte de su cuerpo servía de almohada a la mirada tentadora en conjunción con sus labios. Cansado, el pintor se durmió. Un rumor se escuchó entre el silencio, algo se arrastraba entre las hojas, la lluvia aún caía pesada. Otro rayo y la oscuridad total. Pasos, susurros, sombras, día. Él se sobresaltó, se incorporó. Ella estaba ahí sentada, desnuda y contemplando la firma al calce del cuadro. –Soy Eva- pronunció mientras le tocaba la mano. Sorprendido miró su cuadro, el follaje verde permanecía impasible. Ella estaba ahí ¿Y la serpiente?

domingo, 29 de enero de 2012

El último día




Ya eran las dos de la tarde cuando Rodolfo abrió los ojos, con pesadez inició el rito de levantarse, el cuerpo como de costumbre le dolía de manera indescriptible, rodillas inflamadas, manos artríticas, músculos y nervios hinchados, molidos. Se sentía como un anciano de mas de ochenta años,  por esa razón había decidido retirarse, era el último día en que iría a trabajar.
Fue al baño, en esas paredes blancas se quedó a solas con sus pensamientos, con sus recuerdos. Pero ya no había vuelta atrás. La ducha lo resucitó y su ánimo poco a poco comenzó a subir.
Tomó sus cosas encaminándose lentamente hacia el centro de la ciudad. Una pausa en el mercado para comer algo y platicar con sus amigos del barrio.
Pero por más que quiso evitar llegar al trabajo, fue inevitable, rodeó con pasos lentos el viejo inmueble de cuatro caminos, hasta llegar a la puerta de atrás, donde fue recibido por el portero que ceremoniosamente lo acompañó hasta el cubículo que tenía designado.
Rodolfo cerró la puerta, abrió su maleta, sacó su uniforme celosamente doblado, lo extendió sobre el camastro, comenzó a desnudarse mientras el espejo le mostraba las cicatrices de toda una vida de esfuerzo y dolor. Sacó un frasco de ungüento y en un banco de madera procedió a masajearse las piernas, en la penumbra sólo se concentraba en lo que debía hacer, eso era lo que importaba.
Comenzó a vendarse para mitigar los dolores -parezco momia de Guanajuato –se dijo a sí mismo con una sonrisa llena de memorias.  Con más lentitud aún, comenzó a colocarse su uniforme: pantalones, botas, y todos los demás artículos que enarbolaban su profesión.
Un toquido en la puerta  era la señal, Rodolfo salió, empezó a caminar por el viejo y estrecho pasillo. Se apoyaba lastimosamente de las paredes, de vez en cuando se topaba con algún colega que le aplaudía dándole ánimos: -eso es profesor vaya por ellos, enséñeles quién manda.
Un grito llamó su atención: -te espero arriba compadre, vamos  a acabar con todos. 
Rodolfo sólo sonrió.
Al llegar al fin del pasillo, esperó un momento, el aire le traía los olores y el sonido del monstruo de mil cabezas que ardía del otro lado. Sólo una cortina lo separaba del resto, era casi hora de cruzarla.
En ese momento escuchó su nombre, tomó una bocanada de aire, ajustó las agujetas de su máscara y sintió un disparo de adrenalina, de golpe el anciano cuerpo recuperó la vida, dejó de ser humano para convertirse en dios, mientras  todos gritaban:

¡SANTO! ¡SANTO! ¡SANTO!........

sábado, 28 de enero de 2012

Sin sonido alguno




Rafaela es madre y esposa, es española, tiene 44 años, es cristiana y ha pasado mucho de su tiempo siendo misionera. La bella Rafaela ha ido a Marruecos y Argelia, a las zonas marginadas llenas de pobreza donde junto a sus compañeros ha llevado alivio a quienes lo han necesitado. El consuelo de La Palabra, organización de eventos para niños, recolección de ropa y comida, disposición de albergues. No ha habido nada que no haya hecho por la gente, por su deber. Rafaela está en su mecedora blanca, en la entrada de la cabaña que es su casa, tomando un té pakistaní aromatizado, sorbiéndolo con cuidado, su lengua se pasea quedamente entre sus dientes saboreando el cardamomo y la canela. Son las 8 de la mañana y lleva más de diez horas despierta. Se mece tranquilamente observando los árboles que su esposo dispuso una primavera de hace casi veinte años, cuando recién se casaron. La brisa es benévola y no la hace apretar su rebozo de satín contra su breve espalda y delgados brazos. La expresión de calma en su rostro dibuja una sonrisa cuando el más pequeño de sus hijos, Emanuel de ocho años, se le acerca y le muestra un bello diente de león. Él le pide que lo sople y ella lo acerca para hacerlo juntos. Emanuel ríe y ella frota su cabello con una sonrisa mayor. Rafaela se levanta y al entrar a la cabaña, abre la puerta y la cortina de minúsculas campanas que comienzan a tintinear le regala notas encontradas, melodías minimales y alegres, se permite puntear con un dedo de sus frágiles manos las campanitas para que continúen sonando mientras ella va al baño. El espejo refleja la belleza que aún no se le escapa. Sonríe levemente al recordar el halago sobre sus ojos y sonrisa, que un muchacho le hizo en un tiempo pasado. Lo afilado de su nariz, lo delineado de su rostro y esos entrañables ojos grandes que miran en el espejo, son casi perfectos, como una foto. Rafaela lava sus manos con jabón de manteca de karité, mientras escucha el teléfono sonar. No tiene intención alguna de contestarlo, Jesús, su hijo mayor puede hacerlo. Ella sonríe al escuchar la voz de Jesús al contestar el teléfono justo como pensó. Su voz, tan parecida a la de su marido que ahora mismo viaja a la ciudad por material para construir un pequeño lugar de juegos para el pequeño Emanuel. Rafaela seca sus manos y mira la cortina de la bañera. Aún puede oler su aroma en el ambiente, en el jabón, las telas y el rastrillo. Todo impregnado de él y ella sólo puede sonreír al comprobar que su corazón aún late fuerte con su recuerdo. Se sienta y toma la Biblia… apenas puede recordar cuando toda su vida comenzó a ser perfecta, con el compás de un vals que se baila lentamente y con gozo. Tanto tiempo ha sido así que apenas el suspiro que ha soltado puede ser una metáfora de ese bienestar o de un vago recuerdo de unos ojos que la miraron diferente. Las blancas hojas del buen libro se tiñen con algunas líneas carmesí y hasta algunas gotas grandes. El vestido blanco de Rafaela tiene lágrimas rojas que derraman directamente de sus venas. Ella aprendió a hacer bien el corte, la experiencia la tiene, tres intentos la avalan, ahora está bien, mejor que nunca. Rafaela descansa en su silla blanca, sonríe por su vida perfecta hasta el último latido, la navaja se cae y el libro reposa en sus piernas, donde uno de sus delgados dedos aún señala Hechos 2:17.

Desvelos en el bolsillo



Fue en aquel tiempo cuando por primera vez nos atrevimos a salir a la calle, sólo nosotras de la mano entre el ir y venir de pasos apresurados. Recuerdo que siempre decías “el ser humano es un muestrario de máscaras…lo malo es que no sabe cuál es la verdadera”. Yo adoraba tus desvaríos existenciales y más cuando culminaban con un rose apresurado en los labios.

Entre palabras retorcidas, canciones de la revolución de Emiliano Zapata, un ligero aroma a marihuana, libros viejos y tu sarcasmo infame, recorrí caminos imprecisos siempre a la sombra de tu andar libre…extraño.

Esa noche creo que elegiste la peor entre tus tantas facetas, la de aquella joven ruda e impredecible. En el fondo sabía que el miedo te invadía a cada paso y que tus lágrimas nacían de noche en tu habitación, pero por decencia decidí no recordártelo.

Jamás hubiera tenido el valor de olvidar tu piel ni de soltar tu mano dejándote caminar a la deriva, no me bastaban unas cuantas noches perdida en tus desvelos. Quería ser tu nombre, tu pasado, tus pies descalzos.

Desde entonces mi semblante es tu cuerpo rodeado de culpa, miseria y frases a medias;  a veces remembranzas imprecisas, vasos de alcohol y palabras deshidratadas contando la misma historia.


viernes, 27 de enero de 2012



Prospora


“Nunca he inventado nada: no entré en la literatura,
nací en ella, he vivido en un libro tumultuoso y teatral.”
Hèlene Cixous.





Persona sale de casa muy temprano, como siempre, antes de cruzar el umbral suspira profundamente como signo de despedida frente a lo que ese día creía saber sobre sí, asume, con resignación, que cada momento en el que uno sale al mundo deja de ser dueño de sí mismo. Pero su casa ya es un mundo, y en donde parece existir solo una persona siempre resulta que hay muchas más. Como toda la gente, la común, la no-común, la blanca, la negra, la femenina y la masculina, Persona tiene un pasatiempo, al que le dedica más horas de las que podríamos imaginar, no le da lo que le  resta, lo que le sobra de su tiempo sino que su tiempo siempre está a expensas de su hobby. Persona colecciona opiniones de otros, lo escribe todo en una pizarra mágica cuyo soporte es el cuerpo, a veces, las percibe por el olfato, en otras ocasiones son las imágenes las que le permiten obtener esas visiones, opiniones que tienen otros que son capaces de mostrarle al mundo cómo deberían ser las cosas. Cuando recolecta muchas, Persona se sienta en una banca a ver pasar el mundo, a dejar que el tiempo corra y algunas veces, se da cuenta como una gran cantidad de lo que piensan los otros, también son opiniones suyas.
Persona duerme frente a un espejo y así ha descubierto que cuando se acuesta parece un hombre solitario al que le pesa el mundo y cuyo consuelo son los sueños, pero al despertar y ver su reflejo se da cuenta que es una mujer, dulce, arrebatada y con esperanzas. Persona no es hombre ni mujer, su sexo es una acción, un performance, su masculinidad es una imposición social y su feminidad una mascarada. Ayer cuando salió temprano, la gente pensó que era un hombre, lo llamaban Claude Cahun, llevaba unas gafas grandes redondas y opacas, era un ciego autoimpuesto, un ciego que ese día se despertó con ganas de mostrar su ceguera. Hoy parece una cortesana victoriana, se ha puesto un corsé que le ajusta la cintura, reloj de arena en el que se consume el deseo, toma los labios de una amiga y algunos hombres lamentan el encuentro, mientras otros se excitan frente a ello.
Persona se fotografía todos los días con sus diferentes poses, sus vestidos, disfraces, después cuelga las fotos en una pared blanca dedicada a ello. ¿Se preguntarán quién es Persona? ¿Cuál es su identidad? Y si Persona fuese cualquiera de nosotros importa la pregunta ¿Quiénes somos?  No hay más belleza que la del maquillaje, ese invisible que juega a ser careta pero que no oculta nada, no hay velo que desvelar detrás de Persona. Él o ella, Persona, no intenta provocar ni ser espectacular, lo único que intenta es “hacer sonar”, “dejar oír” a todos esos mitos personales que la habitan. Persona tiene una identidad nómada, mudable y jamás permanente, no sabe cuál de todas o todos esos es, aunque tampoco le importa, ha entendido que su vida consiste en ser una prótesis de sí misma, máscara que entreteje una escritura que le sirve para borrar el rostro del que carece.
Persona llega muy tarde a casa, se lava la cara pero el maquillaje no se quita sólo se transforma. Ríe frente al espejo, se pone el pijama y piensa en la Persona que será mañana.    

LIBERTAD HERNANDEZ



A escondidas, soñando; la idea de huir la llena de esperanza. Se viste, sale, anda. Los ojos la siguen, la tropiezan. Es vista y lo disfruta. “Qué importa tirarse a la piscina sin agua”.
En el muro del malecón, se perfila: la distancia tiene razones que no ahogan su corazón. Separada de la tierra, zozobra en Miami. Sin identidad, la incertidumbre aumenta. Resuelve que lo suyo es usar un abanico, ser Naomi, Janet, y/o Vanessa.

Ce.

jueves, 26 de enero de 2012

El crucero


Las mañanas frías ejercían  drásticos cambios en su ánimo, algo así como puñaladas en un saco de boxeo.  Los lamentos intestinales le recordaban la respetable cena que le había invitado su vecina la noche anterior y que hoy había pasado a mejor vida por la cañería del retrete. Asomó la vista por la rendija de la pequeña ventana del baño que da a la avenida, el cielo gris y el monstruo urbano aumentaron ese sin sabor que le va perdiendo uno a los días de vez en cuando. Regresó al reflejo en el espejo, una a una colocaba las herramientas para la metamorfosis acostumbrada. Salir al mundo envuelto en otro yo es la forma más cortés de no salpicar tu inmundicia  entre extraños, tenemos que guardar algo para nosotros, si no ¿de dónde nos agarramos?, ¿quién carajos sale a la calle completamente desnudo? eran sus preocupaciones constantes, mientras el delineador surcaba el límite del ojo derecho y reflexionaba como tantas otras veces. Trasladar todo al papel sería la ocasión para descansar un poco la mente, quitarle el peso, pero desde el momento en que uno plasma en palabras su experiencia algo se pierde para siempre – meditaba- delineando en el reflejo el ojo izquierdo. Dejarse de tonteras. Mejor olvidar el desvarío con labial rojo carmesí para la mueca perfecta. Maquillar los surcos de los años escondiendo los motivos por los cuales ha llegado hasta ahí. Darle vida a un par de chapas irreverentemente pintarrajeadas para captar la atención del espectador.  Enfundarse en la vieja peluca arcoíris como premisa de un puente que se debe cruzar para encontrar eso que seguimos a tientas. Guantes blancos para no ensuciarse de la vida. Nariz enorme para acentuar el sentido del olfato que ha perdido el rastro por las cosas grandes que se resbalaron de las manos. Traje despampanante para reafirmar su falsa modestia. Medias deshiladas reflejo de su verdadera condición, roto. Zapatos  gigantes  para pisar con fuerza la cotidianidad y no dejar desapercibida su existencia. Bolsa repleta de aros, pelotitas, listones, mascadas multicolor y una que otra sorpresa para deleite del que busca consuelo transitando. Todo queda listo en cuarenta y cinco minutos que toma prestados del reloj entre bocanadas de humo y sorbos de café. A las nueve de la mañana el espejo ha parido al híbrido que lo acompaña desde hace ya varios años en aquel crucero de las calles independencia y porvenir.

miércoles, 25 de enero de 2012

Camaleón






Un día como cualquier otro -al menos en eso se habían convertido mis días- me levanté de la cama. Esto me requirió un dantesco esfuerzo, entré en una anomía, perdí toda voluntad y significado de las cosas, de las palabras, de los rostros; cómo no perderles si no sabía ya quién era.
Trabajé durante catorce años en el llamado servicio secreto, tres años pasaron de mi graduación de la academia para mi ascenso al servicio. Uno de mis maestros durante esa gloriosa temporada notó mi asiduo esfuerzo y participación en las clases, reconoció y vislumbró mi capacidad de análisis, aunado a lo que él llamaba el “efecto camaleón”; me explicó que ese término lo acuñó en uno de los cursos recibidos por un ex agente del servicio secreto irlandés “Dícese de la capacidad de un individuo para poder mimetizarse en –y sobre- cualquier circunstancia”. Dicha concepción podría ser muy relativa, si lo tomase de un ángulo clínico podría ser la condición de un individuo despersonalizado, o en definiciones menos gratas e introspectivas: el individuo que existe a partir de las personalidades, circunstancias y rostros de otros. Sin pensarlo me adherí a la primera, mera conveniencia profesional, y sí, de existencia.
Mi primer caso ya como agente fue mi infiltración en una revuelta estudiantil, básicamente era la resolución de un puesto en la rectoría de una Universidad pública del sur. Se exponía la veracidad moral de uno de los postulados, éste encabezaba las encuestas, se le acusaba de dos hechos: franqueaba un partido político no conveniente en la “autonomía” de la Universidad, el otro detalle fue el efecto disolvente de su casi solidificado triunfo, sodomización al menos de cinco estudiantes de diversas Facultades. Mi inclusión fue como estudiante, homosexual. Muchas de mis técnicas podían juzgarse de excéntricas, mas nadie discutía los resultados de mis métodos. Este caso se resolvió en la cama del Doctor Huriarte, encañonado y esposado, así como una fractura expuesta de clavícula; tardé una semana para desprenderme de los amaneramientos y de la tonalidad de una voz aguda.
Otra tarea asignada años después fue aquella en donde tuve que seducir a una Madame Filipina, aún paradójico pareciera ella era líder de una célula de tratantes de blancas. La mujer era sumamente suspicaz, oficialmente desconfiada de todo guiño o efecto de seducción. La transformación de un proxeneta me llevó tres meses, pasé días enteros en las zonas rojas de la ciudad, mis convivencias y relaciones sociales se definieron en calles llenas de putas, traficantes y transexuales. Adquirí el argot y las manías de todos ellos. Al paso de esos tres meses la mujer se interesó en mí, en primera instancia para incluirme en su equipo de trabajo, el segundo paso lo gané al redituar ganancias favorables en su organización. Ganaba espacio y aceptación, iba perdiendo sentido de quién se supone que era, en un mes no respondí el teléfono, llamadas de mis superiores; lo justifiqué argumentando discreción del caso y denotación de fiabilidad, “será mejor que no me llamen, podemos poner en riesgo la operación, casi la tenemos…” Aceptaron mis condiciones, pasaron dos meses. En realidad iba olvidando quién era, comenzaba a respirar y a sentir en la armadura de este chulo; aquí yace una de las ganancias existenciales de mi trabajo, realizar y hacer lo que no podría hacer en mi persona. Otro infiltrado me encontró en una de las residencias de las Madame “Tienes una semana para destapar y entregar a esta puta asiática”. Así lo hice, una noche estando en la piscina con ella recordé quién era. Le dije que me esperara, que serviría algo para ambos. Regresé, ya no en traje de baño, sino en mi traje gris de solapa delgada, le disparé a la cabeza, limpié la cacha del arma y la coloqué en su mano. Una nota suicida en letra idéntica dejé en la mesita de las bebidas; de esa mujer comenzaba también a adherirme. No hubo inconveniente alguno con los guardaespaldas, fungía como jefe de armas, les había dado el día “La señora no quiere ser molestada, queda bajo mi entera protección, diviértanse”- les dije.
Fui suspendido por seis meses por incumplimiento de órdenes y el asesinato de la Madame. El psiquiatra del servicio describió en un reporte: fatiga excesiva, inadecuación para acatar cualquier tarea asignada, inestabilidad emocional permanente. En cierta medida su reporte fue benevolente. El verdadero castigo lo viviría en los días venideros. Durante esos seis meses vino una tortuosa confusión. En las mañanas pasaba horas observando mis identificaciones oficiales, me hacía preguntas inverosímiles como: “¿En realidad seré yo? ¿Pero cuándo hice esto? ¿Cómo que no nos parecemos? ¿Y si no soy yo?” El resto de los días salía a la calle sintiéndome desdibujado, me preocupaba en demasía que la gente no me notara, así que opté por salir con vestimentas más llamativas, ajá, excéntricas. Y como no sentía satisfacción, pertenencia, comencé a maquillarme, a recortarme el cabello, peinarme de distintas formas; mi casa estaba llena de pelucas, bigotes, bisuterías, nada lo lograba. Una noche en tremenda desesperación me afeité toda la cabeza, el rostro, me rasuré las cejas, las piernas y el pubis, me paré ante un espejo y allí me quedé todo el día y la noche observándome. Terminé por dispararle al espejo, no hallaba respuestas de quién era.
Han pasado los seis meses de la suspensión, no volvieron a comunicarse conmigo. No necesito de ellos, pensé. Tengo el mejor de los casos aquí mismo, aquí adentro en mi cabeza; hoy inicio esta diligencia, averiguaré de una vez por todas quién soy. ¿Por dónde comienzo? Claro, el arma.

martes, 24 de enero de 2012

Porque pronto amanece

 
Hoy no es día,
aunque en cualquier momento suceda,
y los pies me lleven sin permiso sobre arena
enterrando pasos sobre pasos.
 
Hoy no es la palabra entre mis labios,
ni los colibrís que te rodean, quizá las letras,
o las pupilas quietas, más no el ocaso,
porque hoy es odio entre cenizas,
fuego en sangre algunos años,
sin embargo aun no es de día.
 
Mientras mis manos no se aten
y los sueños sigan sueltos
por fuera, volando,
será imposible decir, callar o morir.
 
***
 
Día aún, suerte aún
fuego aún
(aún te extraño)

lunes, 23 de enero de 2012

3am


Su mano sostenía la mitad de un cigarro. Su cuerpo reposaba sobre aquel fino sillón de piel negra y madera de caoba. Bebía un fino wiski, copa de cristal, dos hielos, sin mezcla de mal alguno. Sus ojos clavados sobre aquel par de grandes senos que se movían sugestivamente cerca de sus fosas nasales.

De su bolsillo saco un billete y lo puso en la tanga de aquella mujer, de grandes ojos negros, grandes como sus medidas. Soltó la copa para poder aferrarse a esas nalgas, que se movían al compás de Europa, el viejo éxito de Santana. El cigarro se consumió en el cenicero, así como el pudor y el sostén de la bailarina, quien ahora se contoneaba más cerca de él, tanto que sus alientos se confundían. Aflojo su corbata y tras poner una mano en su entrepierna, la música seguía tocando, ella seguía acariciandolo.

Salio de aquel lugar frecuentado por importantes empresarios, presidentes y gente de poder. Iba tambaleándose, recargándose en las paredes, con los ojos nublados y la mente aún en la muchacha. Subió al carro y tras buscar un poco en la guantera, saco un sobre lleno de polvo blanco. Tras un esfuerzo logro abrirlo, y aquella nariz que antes estaba hundida entre un par de nalgas, ahora lo estaba entre aquel sobre. Tras una fuerte inhalada encendió su deportivo y manejo a casa.

-¿Dónde estabas?
-En una junta mi vida. Me meto a bañar y nos vamos a dormir, recuerda que mañana salgo del país. Este trato con los alemanes me tiene hasta la madre.
-Ok, mi vida. ¿Quieres algo de cenar?
-No preciosa, no tengo hambre.
-Te amo.
-Yo también.




 
Con ustedes Dark Angel,
(ex) escribicionista.

domingo, 22 de enero de 2012

Haikú



Se mordía los labios y a medida que avanzaban los minutos en el reloj iban perdiendo pellejitos, le ardía ya pero no podía evitarlo. Siempre que hacía frío se le resecaban pero, por la ansiedad, no podía evitarlo. Se tronaba los dedos de tanto en tanto poniendo aún más nerviosa a la chica que tenía justo en frente. A pesar de ser mujer nunca le agradaron las mujeres, pero era de suponerse que en un concurso de poesía sería más probable tener compañeras que compañeros. Los hombres habían hecho una bolita afuera de la oficina, echaban relajo y fumaban. Ella, ahí sentadita, no tenía mucho qué hacer, ni fumaba ni echaba relajo, no tendría caso salir. Los minutos seguían pasando y ella seguía mordiendo sus labios. Concurso de poesía, ¿En qué demonios estaba pensando? Las letras no eran lo suyo, no podría tolerar un rechazo más, pero una oportunidad como aquella no podía desperdiciarse. Un espacio mensual en esa revista era todo lo que necesitaba para que al fin, después de tantos años de espera, su carrera despuntara. Se tronó los dedos una vez más y eso ocasionó que la chica de justo en frente saliera con los demás a fumarse un cigarro. Pensó que tal vez ese sería el momento ideal para aprender a fumar, pero se quedó ahí, sentada, con los ojos clavados en el reloj. El tiempo seguía pasando muerto, y ella sólo podía pensar en el libro a medio terminar que dejó en la mesa de la cocina. Al cabo de tres horas y media, al fin, la puerta se abrió. Un señor alto, canoso, con gafas de pasta negras y gruesas y la clásica chaqueta con parches en las mangas, leyó en voz alta tres nombres, desconocidos para ella, y luego miró por encima de sus gafas al grupo esperando que los tres entraran a la oficina. Ella los vió pasar mientras por dentro su mundo se derrumbaba. Una vez hubieron entrado los ganadores, el señor alto y canoso se volteó hacia ella y le dijo "Es una lástima hija, pero a tu haikú le sobró una sílaba".

HAIKU....



El perro ladra
el amo no responde
se murió anoche.
******************
¿Y qué es morirse?
sino nacer de nuevo
en otra parte.
*******************
El perro ladra
el amo no responde
renació anoche.

sábado, 21 de enero de 2012

Dr. Significado




Vivir mentiras
una lágrima brota
la luz surge hoy

Amo la música
pero rompió mi corazón
no quieres saber

En una noche
tus labios me devoran
la luna nos posee

El viento entiende
las hojas flotan lentas
todo es nada

Descansa por mí
tu pecho agitado
suspira sangre

Recuerdos remotos
surcando curvas en tí
tu piel huele a fin

Un registro
en tu cuello moreno
gime aquí

Y puedo seguir
pero ¿a quién engaño?
eres humo ya

...




Murió la noche
y se volvió silencio
en mis entrañas.


Mujer de humo,
no escribas palabras
entre mis labios.


Escalofrío,
irremediable verso
inoportuno.



viernes, 20 de enero de 2012




Bélgica.

Reflejo del río
Espejo hacia adentro
El agua como puente.



Ciudad

Huellas del asfalto
Invisibles
Pasos que se heredan.







jueves, 19 de enero de 2012

Desvarío noctámbulo





Neblina falaz
alternando intentos
soledad del ir.
*
Al anochecer
la violencia del sexo
juega el revés.
*
Las pesadillas
materializan la voz
en deseo febril.

*
El amanecer
disipa el letargo
en el tintero.

miércoles, 18 de enero de 2012

Tres







Gallos luchando:

en ballet de navajas,

se va la vida.



*


Bajo la tierra

una hormiga sueña:

nace un haikú.



*


De tanto pecar

animales en celo

duermen cansados.

martes, 17 de enero de 2012


Ayer estuve
pensando en un Haikú
que no escribí.

Ojos ciegos




Del polvo en mis ojos,
en la nubosidad es visible
el volcán enfrente, apagado.

Me enfada no ver, estar cerca
sentirme lejos, ser inestable.
En sosiego deseo mis pensamientos.

La nube se come el monte,
apaga las oportunidades, las ganas
de no ver más, de no inquietarme.

Miau



Nunca me gustó ese callejón, creo que por eso no me fue difícil dejarlo. Los techos son muy pequeños y las cajas que uso de refugio se mojan mucho, demasiado, aún cuando la lluvia es muy leve. Me agradaba la hija del viejo del treintaidós; todos decían que era demasiado uraña, siempre fue buena conmigo. De vez en cuando me llevaba comida, una que otra vez una cobija, tampoco podía pedir mucho, a ellos tampoco les iba tan bien. Curioso que fuera mi única amiga. Sin embargo no mentiré, siempre me ha gustado mi soledad. A mi también más de una vez me han dicho uraña, pero nunca dejé que me afectara. Seguiré caminando, buscando otro lugar para dormir, cajas secas, algo de comida. Mañana será otro día, seguro que amanece despejado. Si no encuentro algo pronto tal vez volveré al callejón de siempre, pero antes me sentaré debajo de esa banca, lameré mis patitas, ya duelen de tanto caminar.

domingo, 15 de enero de 2012

Bokor



Ahí estaba de nuevo  ese lamento, ese grito maldito que me despertaba todos los días a la  media noche. Desde que llegué al barrio no he podido tener una noche tranquila, por culpa de ese mugroso animal. Curiosamente nunca lo he visto en el día, seguramente se la pasa durmiendo en algún rincón cansado de sus marrullerías nocturnas. Feliz de no dejarme dormir.
En las noches sin embargo lo he observado en las azoteas, en los árboles, atacando todo lo que encuentra a su paso, lo he visto devorar  aves y huevos en los nidos, al canario de doña Ceci e incluso entrar al gallinero de la esquina y hacer verdaderas matanzas. Méndigo gato, si siquiera pudiera ponerte las manos encima,  pero no, no podría quitarme su asqueroso olor o los pelos  que suelta y que han despertado nuevamente mi asma.
Su dueño Don Jesús, es un anciano indolente e hipócrita que apenas y puede moverse, pero cada vez que le reclamo los destrozos de su animal, sólo alza los hombros y me dice “es un animalito incapaz de maldad alguna, usted exagera”.
Ese viejo me da miedo, su mirada profunda y fría le da un aire misterioso. Como había llegado de Haití, todos lo tachaban de brujo, en el pueblo se contaban muchas leyendas del negro Jesús, como lo llamaban, que él alimentaba con su apariencia y hosquedad.
Ese inmundo gato otra vez. Aullando a la luna como si fuese el dueño del barrio, como si fuera el ser más importante. Tomé mi vieja escopeta, apunté cuidadosamente y disparé.
Se escuchó un grito y la pesada caída del animal al piso. Corrí  rápidamente al jardín  con la seguridad de haberlo matado. Pero cuando llegué no había nada. Ni siquiera una gota de sangre que me dijera que lo había al menos herido.
Se escucharon los perros y el silbato del velador, así que corrí a mi casa a esconderme.  –No puede ser que no le haya dado, estoy seguro que le di. Lo escuché caer, la duda me atrapaba y decidí bajar de nuevo, con cautela y bajo la luna llena miraba con recelo. Un ruido detrás de los arbustos me sobresalto.
Así que empuñando mi arma me acerqué y lo vi. Ahí estaba recargado contra un árbol: jadeante y agitado, Don Jesús se lamía la herida.

sábado, 14 de enero de 2012

Ruffles y la esperanza




El auto se detiene justo en la entrada del lugar, la calle empedrada hace difícil la circulación

- ¡Bájate ya, Memo!
- Espera Marta, debo agarrar bien la jaula, Ruffles está muy asustado… ya sabes, él nunca sale de casa, apenas superó el hecho de mudarnos…
- ¡Memo, ya! Tengo que ir por las niñas, ya es la una y me trajiste hasta esta colonia lejísimos de la guardería.
- Marta, eres mi hermana y esto es difícil… agradecería un poco de apoyo, que refinaras un poco tus modales, Ruffles puede sentir eso, tu enojo, tus prisas… él mismo está pasando por algo difícil ahora mismo. Mira, ya me bajo, sólo déjame… mira, Amigos de los Animales está lejos porque estos espacios de bondad y ayuda no caben en el centro de la ciudad… ahí sólo caben bufetes jurídicos y bufetes de comida china… sólo déjame sacar…

Los automóviles cercanos enloquecen con sus bocinas pitando insistentemente. Memo que tiene medio cuerpo fuera del auto se asoma y les grita: ¡Sí ya sé, tienen prisa por llegar y yo tengo prisa por irme! ¿Nos entendemos? Sólo dejen de hacer tanto ruido.

Marta mira a Memo con ojos llenos de furia y con un frío “ya lárgate Memo” empuja a su hermano fuera del auto. Afortunadamente Memo ya tenía bien asida la reja de Ruffles y ella parte arrancando a la par de un reventar de piedras bajo las llantas. Memo observa durante varios segundos la puerta de entrada de la pequeña casa y Ruffles maúlla largamente.

- ¿Ves? Ahí va la juez que decidió tu partida, Ruffles. Y a mí me toca ser el ejecutor. ¿El papel de la pequeña Lucía fue el de la acusadora? Puedes creerlo… la parte acusadora han sido tantas personas. Tú sabes que no quiero hacer esto, pero de aquí te adopté y espero que aquí te puedan conseguir un hogar. Ya sabes, gente que te quiera mucho y que no tenga hijas alérgicas a tu pelo y cuyas madres sean más sensibles al hecho de que a veces toses eso que… ¿son pelos? En serio ¿qué toses? Parece dip de mayones y chile seco. Yo nunca te doy de comer eso… mira, desde que Teté se fue… digo Teresa… mi terapeuta dijo que no debo decirle Teté, dice que eso me hace seguir unido a ella de alguna loca forma. Te platiqué, esta psicóloga es humanista y me dijo que hiciera esa lista de 50 cosas que no me gustan de Tetéteresa y me salieron 185. Dijo que debía reducirlas porque serían difíciles de recordar, pero la verdad es que para nada es difícil, ¡de hecho se me ocurren más!. Pero es mejor que la anterior, la de terapia cognitiva ¿recuerdas? Llegaba a casa con dolor de cabeza, porque yo creía que el problema era que ella invadía mi pensamiento y como dijo la terapeuta: al intelectualizar el desajuste, una solución va a surgir. Pero por más que quise intelectualizar el hecho de que ella se quedara con más de la mitad de mi sueldo y tomando en cuenta que nunca tuvimos hijos, ni siquiera sexo los últimos seis meses, me parece injusto. Pero el acabose fue el psicoanalista. Oh, casi me convence de que fui abusado por mi papá y que tenía fijación por las faldas de caballos de mi mamá. Eso no sirvió de mucho, me decía que Teresa era el caballo en las faldas de mi mamá… oh, me dolía mucho la cabeza y tú sólo me observabas y te acurrucabas. La vida pasa tan rica cuando eres un gato ¿no?

Ruffles observa a su amo un momento y luego alza una pata y se comienza a lamer la entrepierna. Memo se sienta en los escalones de la entrada del lugar.

- ¿Recuerdas que maullabas mucho cuando dejaste de verla? Y luego de eso te lamías constantemente así como ahorita. ¿Qué habría pensado el psicoanalista? Mira que mi mamá me lo decía: Memo, esa Tere es muy buena chica, pero de alguna forma lo vas a echar a perder. Y no tuvo razón, a que lo echó a perder fue ella con ese… el tipo con el que se fue, teníamos como 20 días de que ella se había ido. Yo le mandé unas flores y no supe más, creo que no le gustaban esas flores en específico… eran girasoles o margaritas… debí haber tomado un arreglo variado y en una de esas le atinaba a las que le gustaban… el caso es que se fue con el tipo ese del apellido chistoso… José se llama, Pepe le decían… es bueno que no recuerde el apellido porque me daba risa y no se supone que estuviera a las risas cuando lo recordaba… ay Ruffles, te voy a extrañar mucho y sé que tú probablemente también me extrañes, finalmente, eras un bebecito de tres meses cuando vine por ti a este mismo lugar, hace cinco años. Teté decía: ese pinche gato tiene nombre de idiota o ese pinche gato deja pelos en los sillones… ahh, los recuerdos. Cuando el jefe Sánchez me despidió, me dijo: Hernández, la verdad es que es usted un buen trabajador, porque siempre hace lo que se le pide, es callado, no anda haciéndose el simpático ni anda queriéndose subir a las barbas de nadie, pero eso también lo hace digno de poca confianza. Es más, lo voy a despedir y usted no me rezongará ni me va a pedir indemnización, porque lo correré por no cumplir con todos sus objetivos… mismos que usted no conocía. Carajo, qué cinismo ¿no Ruffles? Y sin embargo tenía razón, no iba yo a andar discutiendo con nadie por nada de eso… no tendría chiste, o sea… Teté, mi mamá acusándome hasta de lo que no hago, mi hermana enojada por todo y papá muerto… esos son suficientes motivos como para que no estés tan preocupado por esas cosas. Y Teté se portó bien, o sea, me despidieron y me ayudó a entrar a la fábrica… para quedarse con la mitad de mi sueldo. Ay Ruffles, ven acá pequeño, te ves tan mal en esa jaula y no es bueno tenerte encerrado. Verte así, me recuerda en cierta manera a mí… pero… bueno, no sé por qué me recuerda a mí eso… suena como a que perdí la idea. ¿Sabes Ruffles? Creo que estamos a tiempo para empezar… sí, siempre tenemos otro camino ¿y si no te dejo aquí? ¿Y si nos vamos juntos? Un hombre y su gato, juntos contra las… uh, adversidades de la vida… podría funcionar. No tenemos que regresar a casa de mi hermana ¡ni tampoco ver a mi mamá, ni a Teté, ni tampoco a la terapeuta, que francamente ya me cansó con sus cincuenta cosas de esto y cincuenta cosas de lo otro! Es más, ¡¡¡voy a recuperar a Teté… voy a demandar al jefe Sánchez, voy a comer más verdura, me voy a comprar el abshaper, voy a recuperar a Teté!!! ¡Vamos Ruffles! ¡Liberémonos!

Acto seguido, Memo suelta la puertecilla de la jaula y Ruffles sale corriendo entre los autos, saltando ágilmente por la calle empedrada ganándose un par de estridentes bocinazos, pero tan jovial y animado como su amo. Ruffles miró hacia éste, como invitándolo a seguirlo con un maullido entrecortado. Memo no tuvo tanta buena suerte. Ni siquiera tuvo chance de bajar de la banqueta, uno de los autos que esquivó a Ruffles se subió y tumbó al frágil y animado Memo por la espalda, prácticamente aplastándolo. Ruffles brincoteó en el mismo ánimo, cuesta arriba entre las empedradas calles de esa lejana colonia de la periferia.

DE GARRAS Y OTRAS ANDANZAS


Entre la basura y las calles escuché por primera vez sus pasos atentos, rondando con el sigilo que amerita jamás ser vistos por la gente que viene y va, indiferente ante aquel sobrenatural espectáculo.

Detrás de las paredes nunca faltan las peleas, el llanto lastimero, la comida encontrada en lugares impensables, el olor intenso y oxidado.

A primera vista deambulan con su andar apresurado sin conciencia de estar perdidos en esta vida, o en la segunda, la tercera, la séptima…qué más da. Siempre es la misma historia entre callejones, con la mirada intensa y el cuerpo sobre el frío, siempre bajo mi ventana tenuemente identificados por la luz nocturna...creo que soy la bestia intrusa en este cuadro felino. 

viernes, 13 de enero de 2012

Ce


Por la mañana no le basta con ser un hombre cualquiera.  Le interesa ser todo luz, agregar a las mismas cosas la sensualidad del deseo. Azoteas, calles, edificios, los rincones del día aguardan la sombra de su piel oscura; su mirada de sol que los hiere con la duda de si volverá.
Esos mismos espacios en el otro lado del día envejecen con un temor, qué es esa presencia sutil que los provoca. En la balanza de las sombras, el crepúsculo descubre que la noche desdibuja a un hombre. Ojos migrantes, puntas de estrella como garras le igualan a un gato.

Ce.

miércoles, 11 de enero de 2012

La gata



Sucia, ruin, loca, extravagante, todo eso es para sus vecinos Carmen, quien vive al fondo de la vieja vecindad, un sitio, que antes de convertirse en galerón de nauseabundos cuartuchos, y nidos de escoria, fue el aclientado prostíbulo “Gato negro”, frecuentado mayormente por ferrocarrileros y viajeros de paso.
De ahí, pero también de su felina mirada, es como “La gata”, le llaman en el barrio.
Famosa vedette venida a menos, que tuvo el tino –recién inaugurada la estación de trenes–, de invertir en dicha propiedad. De joyas, costosos obsequios y demás bienes, nada queda. Se fueron como lo hicieron los trotamundos que recorrieron su piel.
Cuelga en lo alto de su habitación, un antiguo póster que la anuncia como el show estelar de un desaparecido cabaret. La imagen, enmarcada con orgullo, muestra a una seductora Carmen ataviada en terciopelo negro.
Ante su mirada y enloquecida apariencia los años no han hecho mella: cada mañana repasa sus ajados párpados con viejos pinceles y colorea con rancio carmín sus labios. Permanece intacta su vanidad.
Los hijos que nunca llegaron los sustituyó con gatos callejeros, se multiplicaron desbocadamente, y de aquellas mascotas que ocuparon el prostíbulo, resultó una horda de felinos salvajes que nunca nadie aventuró a adivinar cantidad.
Gatos de todos colores y tamaños que invaden tejados, cuchitriles, que habitan entre cachivaches, hediendo el lugar a vinagre y amoniaco. Decenas de ellos, acumulándose entre los vecinos, luchando por un pedazo de pan, siempre con hambre, subsistiendo en el desánimo de este tiempo que nada sabe a los años en que Carmen brilló.
Su cuerpo marchito, es un reflejo del abandono en que ahora se encuentra la estación de trenes, refugio de vagos y adictos, que tocan su puerta en busca de cocaína rebajada, son pocos los que pueden pagar una de mejor calidad, pero saben que Carmen, post-coito, extenderá una línea de cocaína pura. A veces, por unos pesos más, rentan los cuartos disponibles y se quedan ahí por días. El resto de los inquilinos –pordioseros, trovadores sin rumbo, prostitutas avejentadas– pagan la mesada sin replicar, nadie se mete con ellos, ellos hacen lo mismo.
Por eso no les resulta extraño que “La gata” no ha salido en días a gritar incoherencias o a recibir adictos que sólo con su cuerpo pueden pagar.
Brota de su vivienda, un fétido aroma que se mezcla con los orines del exterior, por la rendija de una ventana, entran y salen gatos, día y noche, engordan, ya no tienen hambre.
Los inquilinos, en complicidad e ignorándose, están felices, hace días que ningún gato les roba un trozo de pan.

Breve anatomía anímica felina





Curiosidad, erogeneidad y orgulloLe llamó llorando, no eran más de las ocho de la noche, la gata no acostumbraba a salirse del departamento. Desde pequeña ella la había acostumbrado a vivir en las dos recámaras (la segunda que ella ocasionalmente rentaba o prestaba), la sala-comedor-cocina (todo en un espacio de 2x3), el baño y el balcón en donde estaba ubicada su caja de arena. Muchas veces él pensó que ella definió una personalidad de un infante en la gata (él disfrutó y cooperó en ello); extinguió en su totalidad el instinto del felino, al menos eso creía la pareja.
-La gata no está, ya la busqué y no está. Se perdió, mi niña se perdió – dijo ella entre sollozos, apenas él entraba al departamento.
-¿Estás segura? ¿Ya buscaste bien…? –Él quería creer que la gata estaba por allí, escondida, quería también parar el llorar de ella, el deshinchar sus ojos que los lagrimares inflamaron a un punto crítico. Se puso a buscar de inmediato en el mini-espacio.
Así le abrazó durante tres días, puesto que la gata no aparecía. Algunos postes de luz de la cuadra se llenaron con la copias de una fotografía de la gata “Se busca, se recompensará a quien dé informes” decían los diez juegos de copias. Desconsolados entre las ocho de la noche regresaron al departamento. Él iba por más pañuelos para secar las lagrimas ya no sólo de ella, sino de igual forma las de él -lo hacía a escondidas- sentía que de hacerlo en su presencia le robaría el último aliento de esperanza de que la gata regresase. Le dolía, le molían ambas cosas, el sufrimiento de ella y la ausencia de su gata.
-… ¿Escuchaste? –Dijo ella, parando en seco su llanto y comunicando con sus manos que todo callará, algo escuchó y tenía que ver con la gata.
-Sí, parecen unos gatos apareándose… ¿Tú crees qué pueda ser ella? –Dubitativo pero en una entonación gustosa respondió él para luego preguntar.
Los sonidos venían de la ventana del cuarto que en ese momento no estaba ni rentado ni prestado, saltaron ambos de las sillas del comedor en donde minutos antes se encontraban lamentándose. Él se asomó primero, viendo entre el marco de la ventaba una silueta gatuna correr. Es demasiada grande para ser su gata. No quiso decirle nada ella, no le desanimaría, no le rompería más el corazón.
-¿Qué viste? ¿Es ella? –Sin lágrimas y en una combinación entre expectativa y desmoralización precipitada le preguntó.
-No. No es ella corazón –Fue firme, lo consideró en segundos y no era capaz de dar falsas expectativas. Tenían que empezar considerar la resignación, la pérdida.
El cuarto se irradió de una tristeza casi tangible, los ojos de ambos comenzaban a entrar en ese temblor que antecede a un largo llanto cuando de pronto… ella escuchó el maullar irreconocible de su gata, ese maullido entre melancólico y erótico, sí, una combinación así de extraña hacía que esta gata fuese más que particular.
-Amor, los maullidos, vienen del taller de aquí junto ¡Allí está, escúchala! ¡La encontramos, la encontramos! ¡Ve por ella! – Conmocionada en alegría al instante del reconocimiento –único- del maullido de su gata envió a él a la búsqueda. El lugar, el taller mecánico.
Entre los muchos inconvenientes del rescate se encontraba el acceso, el taller estaba cerrado, además de que existía la no tan remota posibilidad de que algún perro cuidara el taller por las noches. Esto no impidió que él se saltara el portón mientras que ella desde abajo lo animaba “tú puedes corazón, hazlo por ella, hazlo por mí, por nosotros”. Saltó al interior, las maullidos se escuchaban más cercanos, no olvidaba la gran posibilidad de la presencia de un perro vigilante; afortunadamente no fue así. La gata estaba debajo de un Dart 89, cubierta de aceite y al parecer sumamente asustada, dado que cuando él le llamó cariñosamente por su nombre al mismo tiempo que ponía sus manos sobre su pelaje la gata corrió debajo de un Topaz. Ella gritaba afuera del taller si todo iba bien allá dentro. Él de las tres veces que le gritó le escuchó sólo una vez, respondiendo “ya casi, ya casi”. Hubiese preferido que se callara, lo ponía muy nervioso.
Al paso de una hora y de manera increíble llevando a la gata en el brazo izquierdo escaló de nueva cuenta el portón, al entregarla la gata a ella, la primera respondió en un zarpazo en la mano de él, herida no profunda pero si dolorosa, y trágica en consecuencia.
El zarpazo y la sonrisa de ella del otro lado del portón son razón total para dejarles a ambas. Él perdió el equilibrio, no sin antes entregarle la gata. La caída fue fatal, cayó su frontal directo en el cemento, el cuerpo sin vida quedó adentro del taller.
Ella ahora mira desde la misma ventana en dirección al taller, acariciando el lomo de un pequeño gato hijo de aquella gata casi perdida; ella recuerda con orgullo a sus dos vidas, desafortunadamente las bolsas de sus ojos siguieron hinchadas.

Misticismo y divinidad (BAST)
“… cuando le temes al peligro muerde”
es lo último que leyó Fernanda para después quedarse dormida con el suplemento cultural de La Jornada en su pecho, al menos estaba en su cama. Al ir profundizando en los sueños el lugar dónde te quedes dormida (o) es lo de menos. Esa noche Fernanda tuvo un extraño sueño (decir en ocasiones esto lo hace parecer un pleonasmo, los sueños son extraños y punto). Describe Fernanda en su sueño que en su mano izquierda sólo existían cuatro dedos y que sus yemas eran ocupadas por unas gomas suaves y rosadas, una de las gomas salpicadas por pecas cafés. Su nueva mano le permitía sentir las cosas de manera distinta, es como si por primera vez tocará todo nos dice, debe ser fabuloso le decía un voz de un hombre en el sueño que hasta ese momento no tenía una forma ni un lugar de origen. Fernanda por tanto soñó que tocaba el agua por primera vez, y hubo una primera vez también para sentir el calor, otra más para sentir el pasto verde, indescriptible nos dijo. La voz no dejó de acompañarle, es extraño (esto es realmente extraño) saber que una voz te acompaña sin escucharle, y Fernanda se decía:
-no hablo de esas cosas pesadas de la voz interior.
Fernanda y su nueva mano quisieron sentir por primera vez la corteza de un árbol, la sensación como las anteriores fue indescriptible, sólo que en esta ocasión unas uñas curvas, cuatro, salieron por debajo de sus gomitas, sintió la terrible y excitante necesidad de rasgar la corteza.
-Imagino que debe ser fantástico, ajá, la sensación que te provoca hacer eso -dijo la voz
Fernanda continuó afilando sus uñas en el árbol ignorando la voz. La voz repitió la misma frase
-Imagino que debe ser fantástico, ajá, la sensación que te provoca hacer eso -dijo la vozFernanda en este momento dejo de ignorar la voz, le escuchaba más cerca. Sus nuevas garras no dejaban de escarbar la corteza, la corteza al ser desgastada iba moldeando un orificio, en el cual comenzó a escuchar sonidos como si alguien estuviese atragantándose; del orificio se moldeaban unas encías de las cuales brotaban unos dientes, dientes que mordieron ferozmente la mano de Fernanda. Despertó.
Estaba en un hospital con la mano izquierda vendada, colgada a lado de la cama. Respiraba aceleradamente, su respiración se iba reacomodando a su ritmo cardiaco, el mal sueño había terminado. Unas punzadas vinieron a la mano, y de nuevo esa sensación de una voz que no escuchas, la punzada se convirtió en un apretón, en un jalón, en desgarre. Logró mover su cuerpo, necesitaba saber que mordía su mano, algo debajo de la cama. Un hombre sin edad, sin voz, apretaba con sus dientes grandes y fuertes la mano izquierda de Fernanda. No podía hacer nada.
-No podía hacer nada –le dijo el hombre sin dejar de morderle la mano (otro dato extraño).
Entre lágrimas y desesperación Fernanda decidió voltear a otro lado, el otro lado en ese instante fue la ventana, y atrás de la ventana la luna roja y de su luz un gato pardo. El dolor se esfumó, de hecho pareció nunca haber estado allí, una sensación de frescura, humedad, algo que curaba las heridas.
Entre parpadeos lentos, Fernanda observa lo que parecía una nube blanca muy cerca de su mano; al estar ya casi despierta nota a su gata de angora (a la cual no deja subir a su cama) quien lame delicadamente su mano izquierda. Fernanda la jala hacía ella para luego abrazarla y besarla.

When I went down, my girlfriends house.
And I sat down, lord, on her front step.
And she said a, come in now Jimi.
My husband just now left, just now left.
Ohh yeah, ohh yeah, ohh yeah, ohh yeah.

Catfish Blues, Jimi Hendrix

martes, 10 de enero de 2012

LOLcat

El gato era negro, como Plutón, y también era tuerto, y de vez en cuando, inquietaba a algunas personas.

Había sido famoso en un vídeo en Internet; había tenido millones de visitas registradas en Youtube y un cierto número de parodias en su haber: le decían LOLcat. Sus dueños tuvieron la suerte de grabarlo un día que estaba frente al espejo y se peleaba con su reflejo; les pareció muy gracioso, y en verdad lo era. Primero lo compartieron con sus conocidos por celular, después en Facebook, y por último se decidieron a subir el vídeo a Youtube por recomendación de sus amigos, fue un acierto hacerles caso, pues si no lo subían ellos, pronto alguien más lo haría. El vídeo se convirtió en viral en poco tiempo, los comentarios divertidos y de gente que decía, no puedo dejar de verlo XDDDD, abundaban; y el Adsense prometió hacer ricos a los afortunados dueños. Y así lo hizo, comenzaron a ganar una suma considerable de dinero y "fama" a expensas del simpático gato. Pero al poco tiempo eso cambió, el vídeo de un borracho llamó más la atención que el de LOLcat, y luego una señora obesa que se resbalaba desmontó al borracho, el vídeo del gato y el espejo fue pasando de moda, y los comentarios de gente enojada que decía, qué hueva dan éstas cosas, sustituyeron a los otros. Los dueños no se quisieron quedar atrás e intentaron volver a posicionar un vídeo del gato, querían sacarle más provecho. Lo disfrazaron de perrito, lo metieron adentro de una taza grande de café, lo pusieron a perseguir a un ratón de hule, a jugar con un patito de plástico, a reventar burbujas, entre otras cosas más que, de haber sido espontáneas, seguramente serían simpáticas; pero nada funcionó. Un día en que decidieron probar una algo nuevo, las cosas se les salieron de control; intentaron hacer saltar a LOLcat por una reja y que cayera a una especie de trampolín, les pareció que podría ser divertido, pero no resultó; el gato se quedó atorado en la reja e intentó liberarse de ella, comenzó a dar vueltas sobre sí mismo y cuando uno de los dueños intentó ayudarlo, el gato, con sus garras que aún eran afiladas, le arañó la mejilla. El dueño, comprensiblemente enojado, agarró al gato por la cola y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la reja; el gato chilló cuando se estampó, y fue así como perdió un ojo. El gato, que no era demasiado tonto, intuyendo que no volvería a ser bienvenido en esa casa, se fue y nunca regresó.

Una tarde mientras uno de los dueños de LOLcat estaba revisando su cámara, se dio cuenta de que el bebé de la familia se reía solo. Decidió grabarlo.