Mostrando entradas con la etiqueta Brujas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Brujas. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de septiembre de 2011

Cuentos de la abuela




“Harry Potter se ha quedado huérfano y vive en casa de sus abominables tíos y del insoportable primo Dudley. Harry se siente muy triste y solo, hasta que un buen día recibe una carta que cambiará su vida para siempre. En ella le comunican que ha sido aceptado como alumno en el colegio interno Hogwarts de magia y hechicería. A partir de ese momento, la suerte de Harry da un vuelco espectacular…
-Bah, ¡qué porquería de libro!, –dijo la abuela– ¿A esto le llaman historias de magos y brujas? Yo les contaré una verdadera historia de magos y brujas que los hará temblar de miedo. Acérquense todos. –dijo, mientras nos veía con una sonrisa malévola y tenebrosa, aunque fingida, sólo para asustarnos.
Todos los primos estábamos junto al fuego del viejo horno de leña; yo soy el mayor, en aquel entonces tendría unos nueve años. Liz, mi hermana, era la más chica, tenía siete.
La Abuela se sentó en un pequeño banco, nos repartió pan y leche, y aclaró su garganta:
-Hace muchos, pero muchos años, mas allá de la laguna, había un bosque precioso, los arboles crecían sin ruido y los animales abundaban por doquier. La poca gente que vivía en el área se limitaba a cazar para comer y talar solo para calentarse, pero un día el gallo no cantó, como el gallo no cantó el sol no despertó y la noche se hizo eterna.
Nadie sabía qué sucedía, algunos rezaron, lloraron, maldijeron. Pero sólo la señora panadera supo qué acontecía, corrió y corrió por el campo en busca de Jovita, una anciana que hacía las veces de médico y bruja en aquella lejana tierra. Pero la encontró en un gran charco de sangre. –Ellos, llegaron ellos –dijo Jovita a la panadera.
-¿Quiénes? –preguntó.
-Los brujos y las brujas de los elementos. Están aquí y han combinado sus poderes para detener al sol. Sólo hay una forma de detenerlos, háganlos pelear entre sí y….
-¿Y? –pero ya nada pudo decir, había muerto.
-¿Alguien quiere galletas –preguntó la abuela mientras interrumpía brevemente el cuento.
-Entonces, –prosiguió– la panadera bajó al pueblo y armándose de valor fue a la plaza. Ahí estaba Malaquías, el Brujo del Norte, con su túnica roja y su gran barba blanca…
-Naaá, ese era Santa Claus –dijo Joaquín haciéndonos reír a todos.
-No interrumpas, –sentenció la abuela– también estaba Agnes, la Bruja del Sur, con su traje de piel de oso Polar. 
-En el Sur no hay osos polares, abuela –afirmó Lupita. 
-Se lo regaló el santa claus, digo, el brujo del norte –dijo la abuela rompiendo en carcajadas, ya no me interrumpan, estaba también el Brujo del Este y la bruja del Oeste.
-¿Cómo se llamaban, abuela?
-Como sea… ¡que no interrumpan!… No había nadie más en la plaza y la panadera vio cómo las brujas se quitaban el cabello a tirones, mientras bailaban en un círculo de fuego; los brujos hacían invocaciones en lenguas inentendibles.
Entonces la abuela vio su reloj, casi era medio día, se levantó y salimos con ella al jardín. Haciendo una voz muy tenebrosa, pausada, continuó:
–Repitan conmigo lo que escuchó la panadera: “perros de fuego, muerdan y devoren, apaguen el sol; caballos de aire, soplen y apaguen el sol; elefantes de tierra, soplen con todo su poder y apaguen el sol; toros de agua, detengan la luna para que reine mil años la oscuridad”
Nosotros alzamos las manos como lo hizo la abuela y repetimos su conjuro. En ese momento el aire arreció, el día se nubló, las aves comenzaron a regresar a sus nidos, los perros ladraron asustados, las gallinas, dando tumbos, fueron a dormir, todo enloqueció, estábamos aterrados.
El día se estaba volviendo noche, la luna estaba volviendo a salir mientras el sol se apagaba.
-¡Regresa el sol abuela, regrésalo! –llorábamos mientras la abuela admiraba el cielo.
 Finalmente se agachó para abrazarnos y consolarnos.
-No teman mis niños –dijo con su voz dulce y amorosa de siempre– es tan sólo un eclipse.

Sueños embrujados...



Desde muy pequeño he tenido siempre sueños recurrentes y hay tres que involucran brujas o lo que un niño puede entender como bruja...
1. La bruja que cuelga de la luna...
En ciertas ocasiones, cuando era muy niño (entre 2 a 6 años),  me quedaba a dormir con alguno de mis papás en su cama y recuerdo perfectamente una noche con una inmensa luna llena que saturaba la habitación con su luz azulada. De la nada, se apareció una bruja sobre su escoba balanceándose como un péndulo sujetada de un lazo puesto justo en el centro de la luna. Obvio estaba soñando, pero en ocasiones me espanta lo reales que pueden parecer mis sueños. Hasta el día de hoy, cada que me duermo en el cuarto de mis papás, sigo soñando con esa peculiar escena tan ad hoc para una estampa de una noche de brujas infantil e inclusive sueño como me levanto y me asomo por la ventana para verla mecerse…
2. La bruja que vive en el patio de atrás...
Ahora mi habitación da a la calle, pero antes dormía en un que da al patio de atrás de mi casa. Siempre he sufrido de insomnio y había noches en las que soñaba que seguía despierto y me levantaba a la ventana, abría la cortina y podía ver al fondo del patio una pequeña ciudad con gente parecida a muñequitos de play mobil gobernada por una bruja con un aspecto por demás raro. Usaba un vestido de manta completamente percudido por no lavarlo, piel verde y cabello rojo. No era del todo fea, pero se podía ver que era cruel como mi maestra del kínder que me hacía entregarle bolsas enormes repletas de bolitas de papel crepé para supuestamente mejorar mi caligrafía. En mi sueño podía pasar horas viendo a esa pequeña gente que se escondía hasta que según ya todos estaban dormidos y se ponían a juntar las flores de todos los árboles y enredaderas que crecen en la mini selva del patio de mi casa. Este sueño lo sigo teniendo tal vez una o dos veces por año y todos los detalles son exactamente los mismos que hace 24 años que lo soñé o recuerdo haberlo soñado por primera vez.
3. La bruja que mata a mi familia...
El peor y más complejo de mis sueños embrujados incluye a una bruja que convierte a casi toda mi familia en estatuas, lo raro es que se que existe, pero nunca la he visto. Es un sueño largo y bastante tortuoso, aparte de ser el único de mis sueños recurrentes que evoluciona conforme crezco.
Siempre empieza estando muchos primos y tíos acomodados en la sala y el comedor de casa, de repente, escucho que llega y me escondo detrás de un sillón en el hueco de una ventana para que no me pueda ver. Cuando me asomo, ya todos están petrificados y siempre voy a casa del papá de un tío a que me ayude (el cual falleció hace un par de años), dándome la receta para poder regresarlos a la normalidad.
Laurel, sal de mar, brócoli, leche de burra, hojas de mixiote, granos de mazorca azul y agua del manantial del puente de tubos del monte son algunos de los ingredientes que puedo recordar de la dichosa receta…
En este sueño siempre hay un ambiente nublado y con luz rojiza y bien que puedo sentir lo difícil que es respirar y el frío que se siente… al final, después de mucho batallar, nunca he logrado regresar a mi familia a la normalidad, ni con la ayuda de una tía de mi madre, la cual también murió este año…
Mencioné que el sueño evoluciona y se debe a que siempre que lo sueño me puedo ver con el aspecto del momento, así como quitar o agregar a la gente que va y viene, con excepción de las dos personas que ya he mencionado que murieron…
Este sueño lo tengo por lo menos una vez al año y he de confesar que me incomoda y espanta de sobremanera y por eso es que las brujas y todo lo relacionado a ellas me da mucho miedo y más que en mi pueblo siempre ha habido leyendas de ellas y hasta dicen que hay unas que se dicen curanderas…

sábado, 3 de septiembre de 2011

Corazón perdido




Avanza, finge una sonrisa
Muestra tus blancos dientes
Estruja en tu pecho tu tesoro
Llega a casa ya por favor
Y muéstrame mi corazón.

Te lo llevaste hace un año ya
No le vi nada de malo entonces
Ahora lo tienes y revuelves
Lo cuelgas de un gancho mirando mi foto.

Será que lo guardaste
en esa cajita donde latía
tocaba a tu puerta desesperado
y tú no abrías.

No me pareció nada malo
Darte mi corazón
De haber sabido
De tu hechizo
Poco caso habría hecho a tu sonrisa
Habría corrido tan rápido para morir pronto como todos los demás
Porque todos estamos cerca de ti
Tan lejos de vivir.

María


La revelación

.- Échale una pequeña meada al vino, sin que se dé cuenta, y tu hombre nunca más te será infiel…
La frase la escuché de casualidad (aunque ya no sé si eso existe) de la mismísima boca de mi María –mi amada María-, a otra mujer en el pasillo de nuestra casa.
Oír a la amada de uno tamaña receta, produjo en mí tres certezas:
1.-  Yo nunca había engañado –y ni se me había ocurrido hacerlo- a María.
2.- Jamás volvería a tomar una copa de vino en mi propia casa.
3.- María –mi amada María-, era una perra.

La memoria

Esa larga noche me trajo ciertos recuerdos, de esos que parecen guardados en un sueño dentro de otro sueño.
María diciendo:
“Para que ese vecino deje de molestar, quema en su portón (a las tres de la madrugada) un ramito de laurel atado con unos pocos pelos de perro ovejero”. (A mi hermana).
“Si tu suegra se entromete, metiche ella, nada más cósele un calcetín de invierno (con hilo rojo) y lo guardas en el sótano de tu casa”. (A su amiga Magdalena).
“Para que te aprueben en la entrevista del trabajo, debes encender tres velas sobre la planilla de inscripción (y dejarlas consumir), durante tres días. (A su sobrina Carmen).
“Si sospechas que tu novio quiere dejarte, y siempre que tú no quieras que te deje, recoge los pelillos de de su afeitadora y los dejas secar al sol (sobre un espejo)… luego los tiras al mar. (A su primo Jonás, gay de la familia).
“¿Herpes vaginal o sarnilla?, da igual: mezcla leche de cabra (búscala, cosa tuya) con germen de nuez moscada… ¡que no te la comas, mujer! ¡te la friegas en la panocha!... ¡y cambia de hombre o lo que sea que te metas, que ahí tienes el problema!”. (A nuestra vecina Manuela).
Y así…

La evidencia

Desde la mañana siguiente a la frase escuchada, que pensé había pasado inadvertida, supe que María sabía que yo sabía.
Aún sintiéndome espiado, descubrí cosas en mi hogar que antes me habían pasado inadvertidas, en su lugar de la casa:  la cocina como un gabinete de laboratorio.
Frascos con cerezas en almíbar, estuches con mariposas y orugas; recipientes con polvo de ladrillo, lociones de dudosa consistencia, distintos tipos de arenillas (supuse de mar, de arroyo, de río), cuatro cartas de tarot (La Torre, El Mundo, La Muerte, La Luna), catálogos con mechones de pelos de incierta procedencia, velas e inciensos de colores diferentes, un sinnúmero de muñequitos de paja (del tamaño de un dedo pulgar), moldes de yeso simulando máscaras, golosinas, falos, serpientes y muñecas “Betty Boop” (¿?). 
Las trenzas de ajo, las varias escobas, los singulares sombreros negros, la inmensa cantidad de fotografías y un juego de largos alfileres perfectamente reposados en un  retazo de terciopelo rojo, no alcanzaron a espantarme lo suficiente.
En el recodo oculto de la alta ventana, desapercibido como un nido abandonado, había un muñequito de paja: los ojos abiertos tenían, al modo que yo tengo, un abultado bigote negro.  Acordonado al pie izquierdo, una suerte de correa sostenía al simulacro atado al marco de la ventana.
El espejo de la cocina no me devolvió la imagen: mostró un hombre con cara de pajonal, con una línea de grafito en lugar de boca, y unos bigotones que se habían vuelto blancos por el susto.

La huida

Sin apropiarme de ropa o pertenencia alguna, sin despedirme de María –mi amada María- vagué por las calles buscando una pensión. Un gato desconocido me seguía a pocos metros; una urticaria o comezón de manchas rosadas me fue ganando la cara y el culo (no sabía qué rascarme, ni cómo);  de una obra en construcción un escombro cayó pocos pasos por delante.
Los transeúntes se apartaban como si llevara una peste; los perros gemían y se corrían de mi rumbo, mi tarjeta de crédito se desmagnetizó; un borracho me escupió, sonriendo.
En un revoltijo del centro la policía me tomó por ladrón (el verdadero ladrón corrió hacia otro lado) y me pegó una zurra constante.  Luego se disculparon. 
Uno de mis zapatos se descosió, una mujer (jamás supe porqué) me dio una bofetada.  En el baño de una gasolinera quedé encerrado, mientras el retrete descompuesto dejó fluir su contenido con ímpetu sobrenatural.
Una bandada de palomas hizo llover sobre mí blancas y verdes cagadas; mi pierna izquierda me pesaba de tal modo que caminé cojo hasta la noche:  luego supe que había dado vueltas en redondo.
Decidí regresar del infierno, a mi casa.  Con gato y todo.

La aceptación

María –mi amada, ni dulce María- se encontraba en la cocina.  Supe que entre el aroma de la cena no podría sino haber vapores azules, o celestes, un cuerpo caliente, unos brazos amorosos y sonrisas.
¿Debo agregar que la amo y que no puedo vivir sin ella?
Por la ventana, increíblemente, se veía la luna y no había señales de un muñeco con bigote.  Sin darse vuelta, sin mirarme, María –mi ángel María y mi amor eterno María- susurró:
.- Me parece que necesitas un baño, querido, antes de la cena.
Me acerqué y le besé el cabello, en la nuca. El olor de María ya mitigaba los desencuentros y mis delirios.  Me di vuelta para dirigirme al baño.
.- Pero antes, amor –me dijo María- dale de comer al gato.
El gato me miraba fijamente: sus ojos amarillos comenzaron a gustarme.

Chocolate



Mi madre siempre fue mi mejor maestra. Ella me enseñó a no hacer ruidos en la mesa, a sentarme derecha, a hablar con propiedad. Me enseñó a no temerle a las alturas, a la oscuridad, a las arañas, a los ratones. Me dijo alguna vez todo lo que pasaba en mi cabeza, no es necesariamente falso. Me hizo aprender todas las recetas que hay que saber para tener un negocio exitoso, exquisito. Me hizo contar la cantidad exacta de granos de sal necesarios para lograr la sopa perfecta, medí los milímetros que debían medir las calabacitas del caldo de pollo, la cantidad de ramitas de canela y flores de jamaica necesarias para lograr ese aroma tan particular que sólo su ponche de frutas tenía. El ingrediente secreto de sus galletas de café, el de su arroz con leche, el del caramelo de su flan con nueces. Me enseñó que la cocina es una ciencia, tan útil y maravillosa como cualquier otra. Conocí todos los utensilios de cocina habidos y por haber, el secreto familiar de cómo pelar un ajo en dos movimientos, la hierba silvestre que ella misma descubrió comestible y cómo plantarla para que creciera bien. Mi madre me enseñó todo menos una cosa; esa fórmula de chocolate que sólo tú sabes que conozco, esa magia pura que me haría más feliz que cualquier cocina del mundo, ese líquido café con el que embrujé tu corazón. Ese, lo aprendí yo solita.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La Mujer Maravilla contra las brujas


La Mujer Maravilla nunca había lucido tan derrotada. Con tremenda colitis el traje sexy ya no es lo de antes y con el orgullo humillado dirige su avión invisible hasta su guarida. Abatida se tira en su cama y sin querer se le escapa un suspiro, ¡como extraña a los malos! Ahora su vida transcurre intentando recuperar la simpatía de los que alguna vez fueron sus seguidores, rastrea los problemas para oportuna salvar a las victimas, con ansias de guerra sueña levantar su látigo y fustigar con valentía combatiendo a los enemigos. ¿Qué pasa ahora? En la escena se encuentra con gente insulsa, estúpida y sumisa, todos con esa ridícula sonrisa, contemplando con la boca abierta a sus nuevas salvadoras, tan humanas que hasta derraman lágrimas cuando agradecen y tan ordinarias que se pintan los labios frente a los presentes. Bridget Jones y todas esas bobas con sus historias románticas, quizás no salvando a nadie del incendio, pero brindándoles la esperanza y esa ilusión que a ella siempre le falto.

Malditas brujas.

"Canto de Brujas"


¿Huyes de las brujas?/
¡Cobarde granuja!

Siluetas de brujas/la noche dibuja/
tu alma se estruja/y temes que surjan.

Te largas aprisa/débil delincuente/
 sus tétricas risas/torturan tu mente.

Lenguaje procaz/resulta incapaz/
de traerte paz/bribón contumaz.

Tu pobre conciencia/se vuelve demencia/
terrible experiencia/vives en la ausencia.

Instinto animal/podría salvarte/
o miedo cerval/habrá de llevarte/
a caer al final/sin perdonarte/
en trampa fatal.

Sus garras alargan/en vilo te cargan/
las malditas brujas/te clavan agujas/
tus ojos escarban/moribunda larva.

Sal de tu agujero/animal rastrero/
cada paso en falso/te lleva al cadalso/
hervirás entero/en voraz caldero.

Buscas tu expiación/infeliz penitente/
no alcanzas perdón/castigo inminente.

Su odio es tu dueño/miedoso truhán/
estás en su puño/te sacrificarán/
atroz martirio/lacera tu alma/
logras cierta calma/rondando el delirio.

¿Huir de las brujas?/
¡Nunca/
cobarde granuja!

jueves, 1 de septiembre de 2011

Fuegos fatuos


Joaquina tenía la clara convicción que si ponía las tijeras abiertas en forma de cruz encima de la puerta de entrada de la casa,  su hijo estaría a salvo de cualquier bruja advenediza que quisiera chuparle la mollera al recién nacido.
Las luces que aparecían y desaparecían todas las noches desde su ventana no se acercarían para hacerle daño a Quique, el pequeñito al que acababa de alimentar con su savia convertida en leche materna.

Las noches alumbradas por la luna solitaria le daban un extraño misticismo al Cerro de las Cruces. En lo alto aparecían brujas en aquelarre bailando y haciendo ritos, buscando sangre joven que habrían de chupar de los recién nacidos. Eran fuegos fatuos coronando las noches de viernes.

Parada en la ventana, Joaquina cuidaba que no fuera a entrar alguna bruja por los resquicios de las ventanas o debajo de las puertas, así sería hasta que bautizaran al niño, el pecado mortal que lo marcaba sería borrado con el bautizmo y las brujas no podían acercarse nunca más a él.

Desmenuzaba las horas de la noche en penumbras, rodeada de sombras que bailaban al rededor del cuarto y que en extraño sortilegio hacían que se le erizaran los vellos y un escalofrío le recorriera la espina dorsal, y sin embargo esas sombras la hacían sentirse protegida. Al menos no estaba sola al amparo del desamparo.

Las malas horas llegan en el momento menos esperado, cuando los cantos de las cigarras arrullan los sueños cansados y las rosas dormidas sueñan con rocíos encantados cayendo sobre sus pétalos.
Con la vista perdida en la oscuridad, Joaquina nunca se dio cuenta que su hijo se movía inquieto, un leve gemido la hizo voltear, con pasos rápidos alcanzó al niño revisando que estuviera bien, acarició las rosadas mejillas, dibujo el contorno de su boca, rodeo delicadamente las orejitas. Pero nunca se dio cuenta de la gotita de sangre que había en la coronilla del bebé quien exhalando un largo suspiro dejó de soñar.

El grito infrahumano que salió de las entrañas de una madre coincidió con la desaparición de las luces en el cerro, Joaquina nunca lo sabría, había caído muerta al lado del hijo que inerte yacía a su lado.













miércoles, 31 de agosto de 2011

Sopa Clutterbuck


Los vecinos se aglomeran en torno a la choza del fondo, seguramente Rose cocinó galletas de canela: tibias y olorosas inundan las narices. La canela es hacedora de amigos, ella lo sabe, toda especia tiene un propósito, el cardamomo, por ejemplo, alivia el dolor de recordar.
Nuestra abuela nos enseñó de extractos y brebajes, la sabiduría de las runas, las bondades de raíces y el manejo de calderos. Pero ella se avergonzó de todo eso, así que, desde pequeñas, tomamos caminos diferentes.

Deberían verle cuando corta vegetales: cubos de zanahoria con ridícula precisión, trozos simétricos de calabacín. Rose es una cocinera exacta... tan aburrida, tan engreída dentro de su bobo delantal.
Entre cocina y brujería no hay diferencia, ella igual es maléfica, lo traemos en la sangre, sólo usamos distintas maneras de conquistar, yo robo miradas, labios; ella seduce estómagos.
He visto los rostros de placer de quien prueba sus panecillos o degusta su famosa sopa Clutterbuck, luego la he visto sonreir orgullosa, mirándome sobre el hombro, desdeñando mis pócimas, ¡unturas putrefactas!, les ha llamado.
Su cocina es un templo rebozante de tomates, patatas, granos; no hay en el pueblo quien no recurra a ella para preguntarle de condimentos o tiempos de cocción. Rose prefirió tener amigos que continuar con el legado de la abuela. En sus repisas deberían habitar venenos, huesos, mandrágoras: es una traidora. Era.
Respiro tranquila, en el comal se retuerce como vientre con cólico, una muñeca; frente a mí desfilan más vecinos, corren con cubos de agua. En el retrato de la abuela se dibuja una sonrisa, ya puede descansar.
En adelante, les acompañaré aquí, siempre quise visitarlos.

Les quiere, Dorothy Clutterbuck.

Papitas


El juicio estaba por concluir, sin embargo la hoguera ya estaba preparada. Todos esperaban el fallo de culpable. El jurado que estaba conformado por familiares, amigos y conocidos, seguía deliberando. ¿La acusación? Esa nueva forma de hacer papas, nadie se podía explicar porqué le quedaban tan sabrosas, no cocidas, sino fritas.
Ella no se cansó de explicar que fue un accidente, que por causa de su torpeza, había tirado al caldero con aceite las papas que ya estaban cortadas. 
¡Es una bruja! alegó su vecina, la que había vivido al lado de su choza desde toda la vida la he visto hablando con las gallinas y con los cerdos, !con mis propios ojos! Además, ¿cómo se explica que tenga un mejor sazón que yo?, siendo que mi madre es la mejor cocinera del pueblo, estoy segura que me robó los dones que mi madre me había heredado.
¡Eso no es verdad! dijo la acusada, ¡su madre no era la mejor cocinera del pueblo! 
Todos guardaron silencio por un momento, todos estaban a la expectativa ¡bruja! se escuchó otro grito acusador, y al unisono, se escuchó el clamor de la muchedumbre: ¡bruja! ¡bruja! ¡bruja!... El pastor del pueblo, que fungía como el juez,  pidió a todos serenarse y explicó con voz lenta y un tanto arrogante, que necesitaba más pruebas para condenarla, el buen sabor de las papas que había frito por error  no era suficiente.
Es una hechicera, me consta dijo su prima serenamente tiene embrujado a su esposo, no podría ser de otra manera ¿o cómo se explica que tengan ya tanto tiempo juntos y se les siga viendo muy contentos, como recién casados? Lo tiene hechizado... Además, tiene el pelo más sedoso que yo.
Tan solo son unas papas que se frieron por accidente dijo la 'bruja' un accidente que le pudo pasar a cualquiera de ustedes. Entonces, ¿insiste en que fue un accidente? preguntó el juez-pastor una vez másnecesitamos una prueba más para poder dar un veredicto, estas son meras suposiciones.
¿Cómo se confiesa ante Dios? —,dijo nuevamente el pastor-juez es la oportunidad para absolver su alma, para no condenarla a una eternidad de sufrimiento. 
No tuvo oportunidad de responder, pues se alzó un grito algo histérico desde el fondo de la muchedumbre ¡Ella es más vieja que yo y aún así se ve más joven! decía la voz de una mujer desconocida para la acusada ¡¿qué más prueba necesitan?! ¡Es una bruja! ¡Bruja! se escuchó otra voz ¡bruja! clamó una voz más ¡bruja! ¡bruja! ¡bruja!—. Todos coreaban sincronizadamente esa palabra. 
El juez-pastor no tuvo más opción que declararla culpable, sino, el sería el linchado.

Por fin llegaron a la hoguera, la mayoría del pueblo estaba allí, señoras con sus niños y enfermos con sus malestares, se suspendieron los trabajos de los hombres y los quehaceres de las mujeres para asistir al evento. Ella estaba atada de pies y manos y el verdugo esperaba impaciente el momento para arrojar la antorcha para que todo ardiera. 
Esta es su última oportunidad para confesar insistió el pastor-juez si confiesa ahora le puedo ahorrar el sufrimiento, le puedo brindar una muerte rápida y limpiar su nombre para que las futuras generaciones no la recuerden como una discípula de satán, o puede seguir sin hablar, y esperar las cosas horribles que están por suceder. Ella no respondió, solo lo miró pensativa.
De pronto el cielo que había estado despejado la mayor parte del día, se llenó de nubes grises, de esas que anuncian tormenta. Un fuerte viento llegó, un viento extraño, parecía que bajaba del cielo en lugar de ascender, como siempre pasaba en ese lugar. Se comenzaron a ver relámpagos en el cielo gris, relámpagos azules. La gente que estaba presente sujetaba su ropa y se apretujaba, como para calmarse, todos se comenzaron a sentir nerviosos.
Un relámpago bajó desde el cielo en forma de serpiente eléctrica y cayó en la copa del árbol más cercano incendiándolo. Las llamas llamaron la atención del gentío y así como lograron sincronía con los gritos unos momentos antes, la lograron nuevamente para voltear al mismo tiempo hacia el árbol.
¡La bruja lo hizo! gritó la vecina que no sabía cocinar mientras la señalaba ¡pronto! prendan fuego, ¡que arda! ¡quémenla! La acusada solo agachó la cabeza como en resignación, y toda la muchedumbre comenzó a gritar, pero quedaron mudos casi inmediatamente. La bruja había comenzado a reír, después dio un largo grito y todos se dieron cuenta de que ya no estaba atada. Por un momento pareció que su pelo castaño se volvía rojo, pero era una especie de reflejo del fuego en el árbol. El verdugo se apresuró a arrojar la antorcha a la hoguera, pero al momento de arrojarlo, se apagó el fuego—,¡sí!, ¡soy una bruja! dijo la ahora confesa, mientras parecía que levitaba ¿era lo que querían escuchar, estúpidos? Todos quedaron mudos —,cocino mejor que tú señaló a la vecina porque tu eres una incompetente. Tenía una buena relación con mi esposo porque nos preocupábamos el uno por el otro dijo mientras volteaba a ver a su prima. Aparento menos edad que tú, porque no tengo tantos vicios como tu los tienes sentenció a la desconocida. ¡Estúpidos! Las papas fritas fueron un simple accidente, pero su maldita ignorancia y envidia no los dejan ver más allá de su nariz. No era necesario llegar a tanto. Pero no se va a quedar así, ¡los maldigo a todos! ¡Los maldigo! ¡Los condeno! Acabó de pronunciar las palabras y una nueva serpiente bajó del cielo justo sobre su cabeza, y con ella, desapareció al instante.
Mientras todo pasaba, un niño comía las papas fritas que había cocinado la bruja. La maldición había comenzado.

martes, 30 de agosto de 2011

Entre olivos y estrellas





Una voz al fondo de la habitación pronunciaba proféticamente:
-Nací y crecí en un campo lleno de árboles y animales. Corría libre por las veredas, la muralla me protegía de todo mal y nada temía porque tenía a mi Señor-
Fue lo último que dijo antes de guardar silencio. Observaba a todos e identificaba en ellos a animales de carroña esperando a que la presa expirara para poder abalanzarse sobre ella. Una mano anónima golpeaba el rostro que se agachaba en señal de sumisión.
-¿No tienes más que decir a tu favor?- preguntó el Inquisidor. La gente murmuraba y señalaba hacia esa pequeña mujer que ningún mal les había hecho.
 -No señor- respondió en voz baja.

El auto de fe había empezado muy temprano, incluso antes de que amaneciera, ahora, se podía adivinar un día encantador con el sol casi en todo lo alto. Todos empezaron a salir. La acusada, cerró sus ojos e imagino la hierba bajo sus pies, la frescura de la tierra y la suavidad del lodo cuando llovía. La sensación fue tan real que el miedo desapareció. Alguien la jaló del brazo y arrebato de sus ensueños. Otro más, señaló la sonrisa de la bruja e interpreto que el demonio la estaba aconsejando para matarlos a todos.
-¡Llévenla a purificar!- fue la orden del inquisidor mayor, -¡así llegará sin mancha a ser juzgada por Dios!-.
-Qué mal hago en soñar y evocar los recuerdos de mi infancia, de mi vida? ¿Por qué debo callar la voz que me lleva a imaginar, a querer saber y conocer?- se atrevió a preguntar antes de ser silenciada nuevamente.

Insensata, rebelde, amante de la noche y sus misterios, sensible a la presencia de aquellos que ya no están, adelantada a tu tiempo, hija de Lilith y pecadora por naturaleza, criatura maldita por tus antepasados, hechicera, ladrona de almas, poseedora de secretos, milenaria sabiduría escondida entre la corteza del árbol y ante los ojos del hombre, tu delito y la razón de estar ahí.

¿En qué momento había iniciado?, era  todo tan extraño, que los tres días que llevaba encerrada le parecían una eternidad. -¡Necesito una respuesta! ¿Quién me explica por qué los hombres que dicen amar a Dios son capaces de ir a mi casa, destruir todo lo que era mío y encerrarme? ¿Quién les explica que soy una mujer que ha vivido del campo y que ha heredado de su madre y abuela el conocimiento sobre las hierbas? ¿Quién les dice a los del pueblo que soy una bruja y que me quiero llevar a sus hijos? ¿Quién les puede pedir clemencia y piedad por mí? ¿Quién puede adelantar el tiempo para llegar al momento final sin sufrir la tortura de la purificación? ¿Quién…?- se preguntaba una y mil veces.

Se encogía en algún sucio rincón, su corazón –estimulado por una nueva angustia- latía tan fuerte que parecía a punto de rasgar su pecho. Había visto los instrumentos de tortura de camino a su juicio, pero no se había hecho consiente de ellos hasta que regreso a la celda. Temores la asaltaron al recordar las historias que contaban las personas sobre lo que pasaba antes de la quema en la hoguera. Se debatía entre aceptar su no culpabilidad con tal de librar el cuerpo o el resistir callada y estoica hasta que las fuerzas la abandonaran. ¿Qué hacer, seguir el instinto o la convicción? Los pasos se acercaban. El resplandor de la tenue luz la deslumbró.
-Vámonos-. Una voz suplicante y dolorida la condujo escalera abajo. -Es mejor que aceptes tu culpa y serán buenos contigo- le susurraba el guardia.

Su largo vestido cubría un cuerpo delgado y desnutrido. Iba descalza y sus pies estaban fríos. Su cabello negro contenido en una larga trenza, parecía ahora un nido de aves acomodado al azar. Sus ojos cafés estaban llenos de melancolía. Sus finos labios no dirían jamás que era adoradora de algo que lastimaba o que se escondía entre las sombras. Ni aceptaría que había sido seducida por el príncipe de la oscuridad en forma de gato, pues los odiaba un poco más que a los censores.

El guardia estaba consternado, no sabía que camino elegir, se debatía entre ayudar a la mujer con la que había crecido y la profundidad de la herida causada por la creencia. Durante el camino se mezclaban en su memoria miles de recuerdos. Malena había sido su mejor amiga, hasta que se sorprendió mirándola con amor. Le tomó la mano estremeciéndose, -por favor, acepta el delito y podrás vivir; pídeles piedad en nombre de Dios y podremos irnos-. –Eso nunca- respondió Malena con la voz quebrada.

Don Pedro la dejó en el umbral de aquel sitio que le producía escalofríos. Muchas veces le habían pedido que se quedara a presenciar cómo se purificaban a los herejes, blasfemos o endemoniados. Que podría aprender el oficio y así ascender dentro de la jerarquía eclesiástica, y lo más importante, el Señor le agradecería en el cielo el servicio prestado en la tierra.
Grande era su devoción, sin embargo, nunca se atrevería a formular la pregunta que le martillaba el pensamiento. Se culpaba por atreverse a imaginar un creador lleno de odio y con sed de sangre, -parece un pagano-, se decía. Otras veces, se escondía entre los arcos ojivales de la catedral para que Él no lo viera. Caminaba silencioso por el pasillo para recibir la comunión para no llamar su atención y que no cayeran sobre su familia la vergüenza de tener un hijo que dudaba de la magnificencia divina.

Malena acarició la mano de Pedro mientras desataba sus manos, una mirada que el comprendió como “no temas por mí” le dejo una sensación amarga en la boca, proveniente del estómago y que se ahogaba en su garganta, su bigote cubría la mueca de dolor que el apretaba porque amenazaba con desbordarse. Tuvo que desviar la mirada porque de lo contrario la podría tomar en sus brazos y salir corriendo con ella hasta que las fuerzas o las espadas se los impidieran. Entendió lo que Abraham sintió cuando Dios le pidió como ofrenda a su único hijo. La tristeza de entregar lo que amaba le infectaba la fe, dándole efímeramente el valor para enfrentarse a la Institución a la que servía fiel y devotamente desde que dejó de ser un niño.

Un grito proveniente del fondo de la habitación apresurándolo se interpuso entre la idea de que era el Diablo quien le susurraba esos pensamientos para desviarlo del camino o aquella de ángel que le pedía que la salvara. Otra voz, todo había comenzado. Pedro se había quedado entre las sombras apretando el cilicio de su pierna y horas después, mientras Malena era encerrada en la Doncella de Hierro la escuchó decir: “Escupo las apariencias. Maldigo los tabúes. Vomito sobre la herencia del ser sumiso y callado. Me rebelo ante tus conceptos. Abro mi alma como animal hambriento y rabioso. Mejor escápate de mí fuego, no me detendré ante tu inútil figura de poder. Mi escudo son los senos que no amamantaran a tu descendencia porque te doy vergüenza. Mi razón es la causa del despeñadero que hoy termino de construir. No me asustan los fantasmas que ahora me encontrarán cerca de su aliento. No temo al vacío, porque es menor, al que siento ante tu altar. ¡Me resisto! Ve encendiendo la hoguera. Sola me entrego, abriendo los brazos me dejo caer, después, no llores por mí porque habré alcanzado mi felicidad frente a tus ojos; anhelada y prohibida bajo el manto de las apariencias que aún escupo desde mi libre caída. Don Pedro, no temas, mi alma ya está lejos vagando entre olivos y estrellas…” La cobardía, lo hizo sentirse asqueado, rápidamente salió con la mirada puesta en el crucifijo que colgaba de su pecho y la voz de Malena jugando con el eco de su mente.

Santo Oficio



"Y serás la primera de brujas conocidas;
Y serás ante todo mi embajadora en el mundo;
Y enseñarás el arte de envenenar,
De envenenar a los que son señores poderosos de todo;
Si, tu harás que mueran en sus palacios;
Y atarás el alma del opresor (con el poder);
Y cuando halles un campesino que es rico,
Entonces enseñarás a la bruja, tu alumna, cómo
arruinar todas sus cosechas con tempestades horribles,
Con relámpagos y con truenos,
Y con granizo y viento...
Y cuando un sacerdote le cause mal y la hiera
por sus creencias, le retornará el daño
por duplicado, y lo hará en mi nombre……..
Diana, la Reina de todas las brujas
Y cuando los sacerdotes o la nobleza
os digan que debéis poner vuestra fe
En el Padre, en el Hijo, y en María, entonces contestareis:
"Vuestro Dios, el Padre, y Maria son
Tres diablos..."
"Para mi no es el verdadero Dios ni Padre;
Ya que he venido para exterminar el mal,
A todo hombre malvado y a su obra destruiré.."
"El que es pobre sufre con el hambre penetrante,
Y el trabajo duro en la miseria, y a menudo también
por el encarcelamiento indebido; aún así
su alma será recompensada por sus sufrimientos,
Y será feliz en el otro mundo,
¡El Mal es el destino de todos quien os hace el mal!"

Extracto de Aradia: el Evangelio de las Brujas, Charles G. Leland, 1890.




Botones de ceniza, que se pegan al cuerpo en

Redes de misterio y mentiras.

Urnas llenas de sangre derramada salvajemente de

Justos perseguidos por católicos y gente sin moral y conciencia, que

Aferradas a una verdad escupida por un dios "amoroso"

Se contaban por miles en fogatas donde ellas agonizaban.






Con ustedes Dark Angel,
Escribicionista.

lunes, 29 de agosto de 2011

La Vieja Nina



Es la casa más peculiar en el caminito de piedras que te lleva a la pila de donde toma el agua la gente, rodeada entre hierbas y plantas. La casa era de pura piedra maciza, viejísima me imagino, de techo alto, de teja; dos puertas, por lo regular en el día siempre abiertas. Una ventana grande desde donde se puede ver el piso de cemento empastado en un color verde ya muy gastado. La silla tejida y los costales de maíz, frijol, junto la única recamara: su cama y la cobija de lana. No hay imágenes religiosas, la habitante aquí cree en otras cosas. Aunque en la cocina donde está la abuela Nina hay un calendario con la imagen de la virgen; la leña, la estufa y el combustible ardiendo, una ventana y una puerta son por donde sale el humo, negrísimas las paredes. La mesa y una silla, un plato (el único), la abuela pocas veces tiene visita. La abuela Nina siempre trae ese vestido sucio, no le he visto con otro qué yo recuerde. Se le ensucia de tierra cuando sale a cortar el epazote. Nina tiene muchas plantas, las hierbas y los árboles son su jardín.
La vieja Nina como le decía el pueblo se peina el pelo negro, brilloso, no tiene canas; su cara es muy arrugada, sus facciones son arrugas, sabes que es una cara cuando habla (poco lo hace) o parpadea. Una edad difícil de calcular. Nina visita el pueblo sólo para ir al molino, a su regreso se le ve pasar llevando en cada mano dos cubetas llenas de masa negra. Nadie le ayuda, los pies negros y partidos siempre parecieron ser resistentes.- Es fuerte la vieja Nina- Decía Otilio en compañía de los trabajadores al verla pasar llevando sus dos cubetas pesadas. Otilio era el jefe de los peones de unas parcelas, las más grandes del pueblo; desde niño trabajó la tierra. Nina le daba tacos de manteca y sal cuando Otilio iba a la pila por agua. No le hablaba, nomas le estiraba la mano ofreciéndole el taco. Otilio parece haberlo olvidado, la ve mientras le da el sorbo al aguardiente. Son las seis de la tarde, le propone a los compañeros ir de cacería el domingo en la mañana. –Tengo ganas de comer una bestia del campo, que sepa a hierba y tierra, de carne fresquecita- les dijo Otilio a los trabajadores que asentaban mientras el aguardiente se acababa. Susana, la vecina de la abuela Nina, no la volvió a ver jamás después de ese domingo, lo único que recordaba era la figura de Nina adentrándose al campo muy de mañana.
El domingo Otilio se encontró con los muchachos, en las primeras horas del día subieron el cerro; si bien su propósito era ir de cacería Otilio no les decía específicamente qué cazarían. –Un tlacuache, me dijo mi compadre Rubén que por esta zona se ha visto uno muy grande, de pelaje negro, brilloso. Dice que él lo vio- Sin que se lo preguntasen les mencionó Otilio a los hombres quienes iban cargados de escopetas y trampas; no olvidando una garrafa al tope de aguardiente y un recaudo para el guisado. -¿A qué saben esos animales? No los he comido- decía uno de los peones, otro más comentó que debían saber asquerosos -esos animales son ratas grandes-. Sabrosa, la carne dicen es muy sabrosa, al decir esto Otilio logró callarlos. No importaba que estuvieran de cacería, seguía siendo su patrón y el grupo obedecía. No tardaron mucho para encontrar la presa. El más joven de ellos sintió el golpe de unas ramas en su pierna, gritó que algo pasó junto a él, “un tlacuache”, todos lograron ver al animal mientras éste corría entre las yerbas, el pelo negro le brillaba, la luz del día lo hizo más visible, fácil de atrapar. Nadie disparó, se dispersaron, solo Otilio le siguió, el resto le cerraría el paso. El animal asustado venía de regreso sin darse cuenta a topar en los pies de Otilio. No le disparó, desfundó el machete y se lo metió en el pescuezo, el animal se retorció en sus pies hasta morir. En efecto se trataba de un animal ominoso parecido a una enorme rata, Otilio sacó el machete del pescuezo y ordenó a dos hombres levantasen el cuerpo; buscaron un lugar para cocinarlo y celebrar. Otra cosa no dicha por Otilio es que aparte de comerlo deseaba mucho la piel de ese animal, su casa estaba repleta de pelajes, cueros de animales cazados. Comenzó a desollarlo, mientras unos hacían la fogata, otros cortaban los chiles, tomates y cebollas; el joven servía el aguardiente. La mano de Otilio cubierta de sangre se agitaba pidiendo su trago. El animal sólo en músculo fue cortado primero de la extremidades, en el corte de las patas traseras Otilio se dio cuenta que se trataba de una hembra. Metió el cuchillo en la panza, en un corte sacó todas las tripas, la menudencia y las echó atrás de unos arbustos. Le degolló para luego meter los pedazos de carne en dos cazuelas, el animal no cupo en una. –Puss ya así hirviendo y el olorcito del recaudo puede saber bueno- Dijo Félix, hombre de confianza. Apenas cinco tortillas se habían calentado cuando comenzaron hacerse tacos, en las mascadas y tragadas se notaba un gran placer, efectivamente era muy sabroso, nadie asociaba el sabor de esas carne con algo que antes hubieran degustado. Otilio comía el tercer taco, contemplaba la piel del animal, brillante.
La piel del tlacuache se volvió parte de la colección de Otilio, lucía bien. Lo peor de esos días, exactamente un día después de la cacería fue la terrible infección en el estomago de Otilo y el resto del grupo, se la pasaron seis días con fuertes dolores en el vientre, diarrea y un vomito incontrolable. Indigestión les dijo el médico del dispensario. El que parece no haber sanado fue Otilio, a los pocos días empezó a tener altas fiebres, en los delirios le decía a su mujer que la piel del tlacuache era el cabello de la Vieja Nina, que la había visto parada allí junto a las otras pieles.
En realidad Nina no es mi abuela, soy hijo de Otilio, del difunto Otilio. Conocí a la vieja Nina de niño, en los acarreos de agua, allí estaba ella con los tacos de asiento de manteca y sal; repetidas veces le pregunté su nombre, jamás respondió, le empecé a decir abuela. Mis padres me prohibieron hablarle, mi papá tenía aversión a Nina. Es una bruja, es nahuala decía. Me asusté y no volví a aceptarle taco alguno, dejé de hablarle. Mi papá no volvió a ser el mismo después de aquella cacería. No dejó de ver y hablar de Nina hasta el día en que murió.