domingo, 25 de septiembre de 2011
Ultimatum
sábado, 24 de septiembre de 2011
Disidentes

Ha sido en un instante, la idea pasó por su cabeza tocando desde el pensamiento, a todo su ser. Interrumpió su frenético paso por las calles del centro. Se quedó ahí parado con la mirada perdida en un razonamiento que parecía cada vez más lejano, pero que le seguía calando profundamente. Después, siguió su camino de forma pausada. Se fijó para travesar las calles y en su frente se dibujaba ese fruncimiento de la piel que muestra reflexiones fuertes. El resto de su día continuó con una comezón que no se puede localizar para rascarse. Se sentó en la mesa a comer, tomó la cuchara pero no podía evitar hacer todo esto de una forma increíblemente lenta, como si los utensilios tuvieran que darle permiso para actuar como utensilios. No terminó su comida, se levantó y fue a la ventana, se apoyó en el marco y buscó recibir un poco de aire fresco. Fue inútil, lo que antes lo reconfortaba, ahora estaba pasando como si nada, sin sentido, no tenía sentido.
En su mirada, el brillo estaba apagado, ya ni siquiera adormecido, su boca ya no dibujaba una sonrisa y su voz había perdido acento y sonaba hueca y grave. Entonces decidió no hablar, para no desencantarse de la que fuera una voz que reía y siempre tenía un comentario, el que fuera, para cada sensación que le embargara. Ahora el cortante silencio era su respuesta y la torva mirada hacía de guadaña. No es que él hubiera decidido de la nada ser así, pero hubo un instante en que la idea pasó por su cabeza tocando desde el pensamiento, a todo su ser. Así que sin mucho pensarlo volvió al lugar donde ese día ahora lejano, la idea se cruzó en su cabeza, pues quería comprenderla, ya que desde el primer instante fue como un eco lejano que le pasaba revisión a escondidas, sin permitir ser aprehendido. Caminó por ahí, pasó una y dos veces, hasta ser tres y luego cuatro. Fastidiado por no tener siquiera la sensación de ese momento, tomó asiento en una banca y miró a la gente pasar. No es que antes la gente le provocara mucho gusto, pero ahora, justo ahora, la gente parecía tan fría y apagada como él. No dejaba de mirar sus rostros, con miradas perdidas y gestos adustos. Mirar esto le estaba provocando una sensación de rechazo, se levantó y apenas pudo recargarse en una pared cercana. La gente se veía ahora molesta, una pareja discutía y un hombre caminaba por delante de la que parecía su esposa. Dos chicas paradas esperando el autobús, cruzadas de brazos, evidentemente molestas, ignorándose. Él comenzó a sentir náuseas, pero aún más fuerte, fue un nudo en su garganta, se dio cuenta que no estaba solo, que toda esa gente estaba como él, pero guardando distancia. Todos ellos estaban tan muertos como él se sentía, se sentían tan solos como él, estaban tan enojados como él, quizás hasta más y por supuesto, se sentían tan tristes como él. Se dio cuenta de que ese era el pensamiento fugaz y anónimo que le había cruzado la mente hace tiempo y cuya semilla estaba paseando en su estómago desde entonces, rascando su interior, acomodándose y haciendo lugar a todo ese remolino de pensamientos negativos que lo acosaban. Se volvió a sentar en la banca y cerró los ojos, juntó sus manos como si fuera a orar y en ese momento agradeció el rechazo, agradeció que su corazón hubiera sido roto, entendió la futilidad de todos sus intentos por ser feliz, alzó el rostro y pudo ver y sentir el error, el sinsentido, la pobreza e inutilidad de todo intento de cambiar las cosas.
Esa noche durmió, como en años no había podido dormir.
Se miraba en el espejo
Se miraba en el espejo con atención, observaba cómo su rostro se iba transformando poco a poco. Nunca le gustó cómo se veía con un ojo maquillado y el otro no; para saberse siempre bonita, pintaba los dos al mismo tiempo. Luego un poco de guinda en los labios y rosa en las mejillas. Lo hacía para él aún cuando ella sabía que él, no lo apreciaba. Trataba de hacerlo lo menos evidente posible, para evitar discusiones. Había pasado ya mucho tiempo desde la última vez que realmente se sintió feliz, completa, a su lado.
viernes, 23 de septiembre de 2011
"Nunca en paz"
Disidente

Cansada de gastar en regalos de bodas, Natalia ha decidido resolver ese fastidioso problema. Una fortuna gastada en el cenicero para Alberto y Luisa, hubiera preferido unos lindos zapatos antes de pagar ese juego de cubiertos de plata para Héctor y Claudia. Años de esmero en entregar lo que cada pareja de amigos pedía esperando que llegara su turno, y nada, su media naranja no llega y ella con la lista eterna de cada cosa deseada. Por fortuna hoy le han llegado las invitaciones y con emoción que le transtorna el corazón las rotula meticulosamente sobre la mesa, leyendo en voz alta una y otra vez:
“Yo Natalia, tengo el gusto de participarles mi propia promesa de amor, la cual se llevará a cabo el día 14 de noviembre del presente año. Mi mesa de regalos en los siguientes almacenes…”
jueves, 22 de septiembre de 2011
El más grande de todos los tiempos
Disidente

Cuando Rafael abrió la puerta, ya todos estaban ahí. Entró con sigilo e intentando resistir el torrente de miradas tomó asiento.
El Jefe, que de pie frente a la ventana le daba la espalda a todos, preguntó sin siquiera voltear.
-¿Ahora s podemos comenzar?
Todos los ojos brincaron hacia Rafael, quien luchaba por poner en orden el legajo de reportes que extraía de su morral.
-Sí- respondió titubeante- perdón por el retraso, fue difícil...
-Ahórranos las aclaraciones. -cortó el Señor- ¿Qué dijeron?
Hubo un silencio de apenas segundos, pero largo como la eternidad.
-Que no – Sentenció finalmente Rafael.
El Señor suspiró larga y profundamente pero sin retirar la vista del ventanal. Nadie en la sala dijo una palabra, pero todos intercambiaban miradas entre perplejos e incrédulos. Él dió media vuelta y se inclinó apoyando sus manos en el borde de la mesa. Su expresión era desconcertantemente serena.
-¿Así nada más? ¿No?.
-La trascripción de lo que dijeron está en el reporte; si me permite, Señor, procedo a leerle...
-No, no, deja el reporte en la mesa, cuando hayamos terminado lo leeré. Quiero que nos cuentes lo que pasó.
-Bueno... en realidad la reunión duro poco, cosa de una hora y nuestra conversación se dio en tono muy afable, es decir, nadie se alteró, no hubo reclamos ni se levantó la voz en ningún momento. Ellos nos escucharon con atención, tanta, que por un momento creí que aceptarían nuestra propuesta.
-¿Y entonces?
-Pues usted lo conoce, Señor, con él no se puede saber, lo mismo es un barril de pólvora que un encanto.
-¡Él no es ningún encanto! Es un traidor y un embaucador –terció Miguel, e iba a continuar pero el jefe lo detuvo en seco con un ademán.
-¿Qué fue exactamente lo que te dijo?
Rafael se puso de pie.
-¿Quiere usted que le lea la trascripción?- Todas las pupilas huyeron hacia otro lugar con un dejo de sorna. Rafael, de los siete, quizá era el más dedicado, pero a veces pecaba de cándido.
-No, Rafael, he dicho que me dejes el reporte sobre la mesa. Lo que quiero es que me digas lo que te dijo tal y como lo recuerdes.
Hubo otro silencio incomodo, Rafael pareció titubear.
-Dijo que se retiraban porque usted ha olvidado de los objetivos científicos con los que iniciaron el proyecto y que lo esta convirtiendo en un asunto de promoción personal. Dijo que no piensan participar en una investigación cuyo único fin es transformarlo a usted en una celebridad, que prefieren deslindarse del asunto antes de verlo convertido en una cuestión de culto que nada tenga que ver con la ciencia.- Sentenció de un hilo. Aunque trató de que no se notara, no pudo evitar que una sonrisa se le dibujara en el rostro cuando observo la petrificada expresión de todos. Se apoderó de su alma un sentimiento nuevo, de congoja, por permitirle a su corazón darle cabida a la satisfacción de demostrarles que podía ser duro y cruel, que podía, aunque usando palabras de otros, ponerlos a todos a en su sitio. Sintió vergüenza de, por un brevísimo instante, estar de acuerdo con la disidencia. Agacho la cabeza y volvió a tomar asiento.
-¿Y qué más dijo?-
-Nada más. Después de ello argumentó que no teníamos ya nada de que hablar y él y toda su gente abandonaron el salón.
El Jefe tomó asiento. Su rostro, a pesar de la frialdad no reflejaba nerviosismo ni enojo. Apoyando los brazos cruzados sobre la mesa, dijo finalmente:
-El rompimiento, entonces, es definitivo y nos toca actuar. Caballeros: ¿Que proponen?
-Debemos aplastarlos. –estalló Miguel- Son apenas un puñado de nosotros y están poniendo en riesgo todo el plan, no podemos permitir que lo que tanto trabajo ha costado se malogre por las cerrazón de un ato de...
-No, Miguel, -interrumpió el señor- no vamos a enfrentarnos a ellos, tenemos que ser más inteligentes, más sutiles.
-Yo propongo que los ignoremos y sigamos adelante. - intervino Uriel- Las últimas semanas, aún con tropiezos, no hemos necesitado de su ayuda para continuar. No los necesitamos.
-¿Olvidas que ellos poseen parte del código? - insistió Miguel- ¿Qué el sistema tendrá errores y fallos quizá terminales debido a ello? Además, existe el riesgo de que utilicen la información que poseen en nuestra contra y nos arrebaten el proyecto o parte de este. Hay que acabarlos.
-Dije que no los enfrentaremos, Miguel.- Repitió el jefe con firmeza. Miguel asintió levemente y guardo silencio. Ni siquiera él, el más combativo del grupo, osaba oponerse al señor cuando usaba ese tono.
-Yo creo que debemos organizar una campaña de descrédito.- Afirmó Gabriel.
- Explícate –Le requirió el jefe.
-Debemos difundir la idea de que los levantados no se retiraron, sino que fueron expulsados por insubordinación; debemos culparlos de sabotaje tras cada cosa que salga mal, a fin de cuentas no sería mentira: La parte que él diseñó es fundamental para el proyecto y sabemos que muchas cosas fallarán por su defecto.
-Muy bien.
-Debemos asegurar su desprestigio total, ponerlos en una situación de la que ya no puedan levantarse, hasta sembrar el temor hacia ellos. Podemos convertirlos en el enemigo, incluso en algo monstruoso. El caso es garantizar que si un día regresan nadie los siga, nadie crea una palabra de lo que digan.
-Perfecto. ¿Cómo comenzaríamos?
-Pienso que el primer paso es transformar su imagen. Cuando hablo de convertirlos en monstruos no lo hago metafóricamente: Hay que convertirlos en verdaderos monstruos, de apariencia y alma repugnantes, aprovechando que nadie los conoce. Si nos apresuramos a sembrar en la gente la idea de que cualquier cosa que se relacione a ellos y especialmente con él, huele a podrido, pronto todo lo que hagan o digan solo confirmará en la mente de todos que ellos son la causa de todas sus desgracias y sus penas. El beneficio sería doble, pues no solo estaríamos automáticamente exculpados de cualquier fallo, sino que terminaríamos en el papel de paladines, de defensores de la gente. Héroes, vamos.
-¡Estupenda idea, Gabriel! Miguel, tu te encargaras de este operativo, reúne a tu gente y muévanse, no vaya a ser que ellos estén pensando una ofensiva.
-Sí, Señor.
-Y, Miguel...
-Dígame, Señor
-Pon especial atención a la imagen de él: Quiero que lo despojes de todo rastro de belleza y de bondad, tiene que verse sanguinario y cruel, pero al mismo tiempo débil e impotente en comparación nuestra.
-Cuente con ello, Señor.
-Vamos, la junta terminó.
Y estaban retirándose cuando el Jefe, que había vuelto a ponerse de pie y miraba a través del ventanal, los detuvo.
-Esperen.
-Diga, Señor –respondió Gabriel
-Ustedes saben -dijo sin voltear- que Luzbel y su gente no tienen razón, que esto no es un acto de soberbia, que mí intención no es y nunca ha sido volverme objeto de veneración para nadie. ¿Verdad?
Tras una breve pausa, Rafael respondió.
-Lo sabemos, Señor, descuide.
Y Él, con una seña, los autorizó a retirarse.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Afuera, hoy
Allium cepa

Este texto apesta, literalmente y en sentido figurado, y si le rascas un poquito, también. Frota el punto naranja de la esquina inferior izquierda (¿verdad que se parece a un catálogo avon?) y entenderás de qué hablo.
La historia la recuerdo más o menos así:
-Cómela, ¡es milagrosa! previene gripas, fortalece la memoria, anda, además le da buen sabor al caldo –decía mi madre.
Y yo, la veía delante de mí, con su rabo alegre: crocante, picosa, venosa. En cubos o rebanadas la comía. A su olor pronto me acostumbré, y vaya que aprendí a saborear lo jugoso de sus capas. La llevaba en el lonche de la escuela, o la pedía con gusto al taquero de la esquina. Disfrutaba verla retorcerse en el aceite, observar los rostros ansiosos de los comensales
En cada bocado me creí más inteligente, llegué incluso a agradecer a su carne blanquecina uno que otro diez. ¡Sí que era milagrosa! Más ferviente fui de ella que del niñito dios o del ratón que me dejó dinero a cambio de un diente.
Aún no entiendo mi desamor hacia ella, pero un día dejé de necesitarla, supongo que me pasó como me ha sucedido al escuchar una canción tantas veces hasta terminar aborreciéndola; fue así, de repente, como decirle adiós a una época, a un amigo. O puede que haya sido más complicado, un beso no dado, un rechazo hacia mi aliento, pero si eso llegó a pasar, entonces mi memoria se encargó de protegerme (gracias).
Hoy, lo más que me acerco a ella es cuando voy a la papelería y pido papel cebolla, me gusta su textura, lo translúcido y delgado de sus fibras. Me recuerda esas telitas que brotaban entre sus aros cuando mamá la cortaba, y yo, a un lado del pretil con mis ojos chillones, la saboreaba.






