lunes, 30 de julio de 2012
Es tan corto el amor y tan largo este cuento
jueves, 16 de febrero de 2012
Yo no tengo novios
martes, 24 de enero de 2012
Porque pronto amanece
Hoy no es día,
aunque en cualquier momento suceda,
y los pies me lleven sin permiso sobre arena
enterrando pasos sobre pasos.
Hoy no es la palabra entre mis labios,
ni los colibrís que te rodean, quizá las letras,
o las pupilas quietas, más no el ocaso,
porque hoy es odio entre cenizas,
fuego en sangre algunos años,
sin embargo aun no es de día.
Mientras mis manos no se aten
y los sueños sigan sueltos
por fuera, volando,
será imposible decir, callar o morir.
***
Día aún, suerte aún
fuego aún
(aún te extraño)
lunes, 26 de diciembre de 2011
Dos cuentos
-Muchas gracias señor lobo.
- No hay de que, Caperucita. Quise hacerte este favor y decirte que no seas tan descuidada pues en el bosque hay animales muy peligrosos y algún día..., pero, siendo sincero, lo que buscaba, era mirarte y gozar de tu hermosura.
Caperucita, al fin y al cabo mujer, fue intuitiva y adivinó que el lobo estaba por sus carnes. Complacida, bajó la cabeza y dijo sonrojada:
-¡Que cosas dice señor lobo! Está haciendo que me ponga colorada.
La conversación fue adquiriendo confianza. El lobo se relamía y no quitaba la vista de Caperucita. En un momento, que estimó que estaba distraída, se abalanzó sobre ella, la tomó por la cintura y dijo con pasión:
-Caperucita, me estás volviendo loco. Si me dejas, te como a besos.
-¡Por Dios señor lobo! ¡Qué vergüenza! Se va a dar cuenta de sus pretensiones mi abuelita- Y acercando la boca a la oreja del lobo musitó-: Mañana en el bosque, cuando estemos solos, le dejaré que me coma a besos.
Era una tarde maravillosa. Caperucita invitó al lobo a merendar, llevó a su abuelita hasta la mesa y dispuso el pan y las perdices confitadas. Y fueron felices y comieron perdices...
el lobo lloraba, pues no había sido el quien había escogido ser feroz.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Cola de perro

«I asked a painter why the roads are color black,
he said, Steve, it's because people leave and no highway can bring them back»."Le pregunté a un pintor porque los caminos son negros,
El dijo, Steve, es porque la gente se marcha y no hay carretera que pueda traerles de vuelta".
Random Rules, en el álbum American Water,1998, de la banda Silver Jews.
El místico desierto de Zacatecas proyectándose a toda velocidad por las ventanillas laterales del automóvil. Es el ocaso. Ya el Sol se desangra detrás de imponentes cerros que alguna vez hubieran estado cubiertos de agua salada. Y como no iba a serlo, un gran misterio, si antes de ser desierto fue mar y sólo en la relatividad del tiempo se le podría cuasi significar de manera acertada. Mientras lo atravieso a toda velocidad montado en la arrogancia característica de nuestros días tecnológicos, me pregunto si no será que ya he pasado por este lugar tan familiar, alguna vez. El valle frente a mí está partido en dos por una elongada cicatriz negra que luego serpentea, allá, a lo lejos, en las faldas de aquellos cerros que imagino oscilantes debajo del cielo purpura. Es el anochecer el que me persigue, ya lo había dicho Alexander Supertramp, que el camino siempre apunta al oeste. Bajo la ventanilla para escuchar el grandioso silencio y apago el estéreo. Jose Gonzalez así, sin acentos, tendrá que esperar tu arpegio a que pase este silencio. No tengo intención alguna de llegar a ningún sitio, en realidad no quisiera que la carretera terminase jamás, me estoy comiendo el horizonte. Aquí es el hogar, o fue, allá atrás, ahora lo será el de más adelante. Cae tras de mí la noche estrellada, y hay ganado muerto a la orilla de la carretera, alimento para coyotes, que salen despavoridos ante el ruido del vehículo. Hermoso animal escurridizo, el coyote. Venerado por las culturas indígenas del norte del país, símbolo de misticismo, deidad y brujería.
Procuramos la carretera cuando buscamos respuestas a preguntas llanas que a veces pueden resumirse en un simple ¿qué madres estoy haciendo aquí? La más retórica de las preguntas debe ser esta. Así pues, treparse al Chevrolet destartalado en busca de una respuesta inexistente. Como el perro que persigue su propia cola, la carretera sigue una ruta predefinida. La carretera solamente nos lleva al final de la carretera, como la cola del perro lleva al perro, la analogía de la vida, de ahí nuestro enamoramiento con los caminos, sobre todo los menos transitados, los que retienen el enigma. Los caminos parecieran ir a algún lugar.
El joven ingenuo se hace al camino con sus pocas pertenencias en la mochila o la cajuela, que para el caso de lo que aquí quiero explicar es lo mismo, y pienso en el verso de Serrat, que leí por vez primera tallado en una madera corroída por la humedad, estacada a la orilla del sendero que llega hasta la cima del Chirripo, en Costa Rica, mientras recuperaba el aliento, «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Había escuchado esa frase cientos de veces pero siempre fuera de contexto, en reuniones familiares que terminaban en desmadrugadas eternas de boleros y esas cosas. Frase tan soberbia como humilde, que me entra por fin en la cabeza de sopetón y me hace casi mojarme los pantalones de la emoción, o era el cansancio, o el frío de la montaña más alta de Centroamérica, en aquel día de Febrero del 2007. Aquel fue un viaje que duro alrededor de dos años en los que buscaba respuestas en el camino, precisamente, aquellas respuestas a las cuestiones de la existencia y del significado de la vida que no podemos aprender de algún maestro, ni leer en el wikipedia. Solamente hace falta dar el primer paso sobre el negro asfalto, o el verde sendero, avanzar el primer kilometro y significa adentrarse en los confines del universo, en el insondable camino sin retorno de la vida. Por mi parte he pasado mucho tiempo en las carreteras, ya sea a pie, en coche, en bicicleta, en autobús, y en bateas de redilas, de día o de noche, bajo el primaveral sol de Abril o la niebla de la Sierra Madre Oriental, a través del tibio aire del Caribe o el gélido invierno canadiense. “Y el que tiene facha de trotamundos, ese, ¿cómo se llama?” solía preguntar el maestro del curso de español de la universidad, cuando no llegaba a tiempo, de manera premonitoria y completamente a mis espaldas. La realidad es que ni siquiera llegué a ser uno de a de veras, de los de hueso colorado que se aferran a las orillas de las carreteras para llamarles hogar, y que tienden sus harapos al costado de sus Royal Enfields, y utilizan el calor del motor 500c.c. a manera de calefacción para la habitación con cielo raso estrellado. Locos, empedernidos todos ellos, libres como el viento. De las personas verdaderamente libres que he conocido, son trotamundos que se han hecho a la carretera sin amarraduras, sin dejar nada atrás que pueda frenarlos. Luego han de llegar a viejos contando historias que no se las creen ni sus nietos, y todo el mundo los tildará de locos y ellos reirán a carcajadas para sus adentros, porque sabrán que la vida es un camino sin retorno, que aunque no lleva a ninguna parte, además del final, es una perpetua transformación, y que lo único que cuenta son los momentos que logramos disfrutar, los paisajes que logramos absorber, las hermandades que llegamos a forjar, los ríos que logramos cruzar, los puentes que tuvimos que construir para cruzarlos, y hasta los que prendimos en llamas por el puro placer de verlos arder, a sabiendas de que nunca, jamás, habría vuelta atrás. Ahora la cosa es distinta, aún exploro los caminos, sólo que no tengo prisa, tal vez comprendí que no soy otra cosa que la cola del perro, y el perro, y por otra parte, es verdad, ningún camino logró hacerme regresar.
jueves, 8 de diciembre de 2011
DETALLISTA INOCUO

Sin notarlo, me encontraba ya en el interior de aquella galería de antigüedades. Siempre me ha parecido atractivo el aroma de los libros viejos, de los objetos remitidos al polvo, imagino que platico con los antiguos dueños sobre sus pertenencias valiosas y que hoy se han transformado como muchas otras cosas que pasan en la vida, en olvido. ¿Por qué todos nos convertimos en olvido? Silencio, todo retorna al silencio le dije. Al inicio me miró extrañado, con un ápice contrariado como si supiera que algo estaba por venir.
¿Qué hacer con uno mismo? pregunté ¿Cómo decirnos y con qué sentido? proseguí ¿De qué manera permanecer sin que nuestro recuerdo pierda peso y se extinga? ¿Cómo hablar y escribir sobre ella sin que se esfume en el intento? Agregué. Que lo escribas o no, que lo pienses o no es accesorio. Es irrelevante, puesto que ella lleva su parte. Basta con que hagas implosión en este espacio, en este silencio. ¿No te das cuenta? Por eso existen estas galerías, todos olvidan, todo se borra, me dijo, con esa mueca sarcástica que suele molestarme en demasía cuando intento rescatar o contarle disparates.
Le invité una taza con café, de preferencia solo, espetó, solo será pues. Pensé que una taza con café en compañía caería de maravilla para adelgazar las preocupaciones e intercambiar puntos de vista, ya que a esas horas de la tarde no lograba hilvanar algo relevante. Suspiros. Nostalgia. Pasamos por un par de sorbos a las respectivas tazas. A ver, a ver mi estimado siempre es lo mismo contigo, ya te he dicho que el común denominador actual es desechar. Todo es desechable y con respecto a las féminas está de más puntualizarlo, cuando las cosas no más no cuajan sólo nos queda partir. Pues ahí está el meollo del asunto, nos volvemos desechables como los celulares o como los avances tecnológicos que nos gritan a cada instante que ya estamos caducos y obsoletos, refunfuñé.
Lo que tú tienes es mal de amores y por lo tanto estás en proceso de cicatrización. Qué va a ser, le dije. Mira, cada detalle de su persona lo llevo tan grabado, tan lúcido en la memoria que llevaría una vida trazar cada visión, cuestión que no me desagrada. Ya sé que me vas a salir con el cuento de que ya pasaron los años y nada más no concibo olvidarla, en efecto, añadió sorbiendo el elíxir. Dime algo referente al barullo del cual hablas. Por ejemplo: extraño por las mañanas esos cinco minutitos que pedía de más para animarse a saltar de la cama, situación que prolongaba hasta una hora, mientras preparaba su desayuno (el melón con miel le gustaba mucho).
Me gusta recordar la forma en que los dedos de sus piecitos se contorsionaban cuando estaba a punto de mandar al demonio la cama, el dedito gordo del pie derecho se tornaba muy chistoso como diciendo al resto ya voy, ya voy. O por ejemplo la perspectiva de su perfil cuando miraba a través de la ventana del carro o cuando terminada la ducha, la niña hacia acto de presencia dejando a la mujer detrás invitándome a colocar cada una de las prendas con las que iba a enfrentar el mundo ese día, las tardes platicando de todo y nada acostados en la azotea de la casa, sus gustos musicales que ahora se han convertido en propios y así podría seguir y seguir. Vaya, vaya eres un verdadero atarantado, veo que reparas en muchas simplezas ¿no te parece?, cuestionó.
Mira, si hubiera una profesión que se llamara detallista inocuo créeme que no dudaría en ser uno, así tendría la posibilidad de armar todas las piezas que muchos o la gran mayoría pasan por alto, argumenté. Sí, pero mientras te pasas el tiempo armando tus piezas otro cabrón de seguro le está levantando las piernas, carcajeo. Ahí está el desmadre, todos quieren poseer y cuando el objeto deseado ha cumplido el cometido das vuelta a la página y sigues el camino tragando cuerpos, intercambiando fluidos “diferentes”, “nuevos”, para aminorar esa inseguridad capilar que no llegas a percibir, acoté.
Pues yo lo veo así viejo: no hay mejor medicina que el tiempo y nuevas experiencias. Probablemente estás en lo cierto, pero ella sigue siendo como un narcótico escondido debajo de la cama, en secreto. Es más, cambiemos la dirección del asunto, le dije. Un detallista inocuo puede volcar sus observaciones hacia la infinita gama de posibilidades que se encuentran en las esquinas ya no del amor sino de la vida. ¿Cómo va eso? Cuestionó. Pues no te das cuenta, basta con que te asomes a la calle, observa con detenimiento: arriba hay un atardecer esplendoroso e irrepetible, aquella pareja cruzando la calle se grita porque se sienten lejos, el señor del puesto de revistas en la esquina ya es parte de la historia de esta cuadra, aquí mismo conversamos entre vestigios del tiempo, hay un sinfín de detalles que pasamos por alto, nadie se fija en ello pues todos tienen prisa por llegar quién sabe a dónde. Puede ser, puede ser, sólo te digo que vayas con cuidado porque estás jugando con pedestales y llegará el día en que no te vas a levantar del madrazo y quedarás como un rompecabezas incompleto, afirmó. Entonces me aburrí, miré fijamente a mi interlocutor y seguí curioseando entre estantes esperando que nadie haya notado en la oscuridad de aquella galería que estaba conversando sobre ti muy a gusto con aquel maniquí.
lunes, 21 de noviembre de 2011
El intruso

Últimamente a mis instantes les da por durar eternidades.
Tendría que regalarme el olvido infinitas veces el placer de verle esfumándose.
son las imágenes que he venido guardando con recelo, a las que acudo como album fotográfico
lanzándome vorazmente a revivirlas.
Hacer presente el monstruo que vive dentro y tenerlo frente a frente de nuevo.
No debería haber razones para atacarlo, si es mi pequeño tormento debería mimarlo.
la banda sonora al compás de un baile lento y sádico.
Abruptamente apareces del otro lado del pórtico y como 100 veces doy vuelta al candado para que no vuelvas.
Algún día tendrías que regresar y no encontrarías ni cómo entrar.
Podría quedarme sola y olvidarme de ciertas cosas: como traerte en sueños otra vez.
Siempre permito tu llegada, me pierdo de nuevo, quisiera romperlo...
revuelves mi mundo bruscamente.
Quiero olvidar tus ojos, las cenizas arden y uno se aferra entre las sombras. Apareces agazapado con sonrisa socarrona tirando mi sombrero y levantándome el vestido...
sábado, 19 de noviembre de 2011
Bitácora Matinal

Y pensar que ahí va Don Joaquín y su maletín rumbo al despacho como cada mañana, trasbordando media ciudad por más de cuarenta años sin rajarse, a unos metros, atraviesa presurosa Doña Flor siempre lista para atiborrar las bolsas de mandado. El mercado abre sus puertas al acostumbrado hormigueo adornado de mentadas de madre y olores encomiables, por allá Don Jacinto barre la vida desde el local de semillas suspirando como el bonachón que es. En la librería “la jaula” Don Mario acaricia al achacoso Orfeo mientras da vuelta a la página y conversa con Unamuno desde hace ya varios años, no muy lejos, al otro lado de la acera los pequeños batallan con el mochilón para ir a la escuela, el afilador grita acaloradamente por la calle en busca de una ama de casa que le dé sentido a su vida. Carmina avanza sin dirección a punto del llanto tras la bofetada que le propinó el imbécil de su esposo por no tener el café caliente, Manuel sube al auto disfrazado en su mejor traje para mentir un día más en la oficina, hacen acto de presencia los gaseros con su estruendo cotidiano, a unos metros el cuerpo aún jadeante de Gloria despide a su amante agradeciendo la visita nocturna con un beso mientras el pelele del novio anda ahorrando pal bodorrio, en el gimnasio el instructor ejercita sus pectorales al máximo para tener un lugar en el mundo, Miguelito en hombros de su papá experimenta maravillado la perspectiva del mundo de los adultos. La vida transcurre en un tránsito permanente detrás la cortina.
Enredado en la seguridad de las sábanas piensa en su país como decadencia, en su ciudad como una postal ajena, en Las Vegas como una puta carísima, en Acapulco como un manantial putrefacto para la chilangada, en Krakovia como una reverenda extraña, en los Alpes como el silencio reparador. Piensa en las ganas que tiene de bajarle los calzones a su cuñada y no estar junto a la hermana que sigue roncando a su lado, en el bar de la esquina donde reafirma sus inseguridades por las tardes, en la carta que nunca mandó y sigue guardada en el cajón de asuntos sin resolver. Piensa en las playas que quiere conocer, en los lugares que no ha visitado, en la comida que no ha probado, en las múltiples posibilidades que andan sueltas por ahí esperando ser descubiertas, en poner cara de idiota y sonreír a todo el que se atraviese y decir que es feliz, en sus lamentables propósitos que continúan vestidos de eso, de propósitos mientras se cuenta éste cuento que escribe ensimismado. Piensa en su reflejo ante el espejo, en la futilidad de los intentos, en que todo esto le pasa por pendejo y miedoso, en que ayer cumplió treinta y ocho años y las canas se burlan de su aspecto. El nudo en su garganta ya es corbata que lo acompaña todos los días. Dicen en la cantina que el aire se sale del cuerpo días antes de morir.
Y así cada mañana cuando por fin nuestro personaje se decide a saltar de la cama, la mirada se pierde tras la ventana de su habitación invitándole al arrojo, a las ganas, a ensayar la vida sustituyéndose.
lunes, 24 de octubre de 2011
VERANO EN LIMA

Luis se despertó aquel día con dolor de cabeza. Hace calor, demasiado calor. El sol entra por la única ventana del departamento sucio en que vive. Se siente mareado. Decide ir a cagar. Sabe que le costará trabajo hacerlo porque el dolor de cabeza es fuerte y el esfínter no se relaja cuando hay dolor. No le importa, de todas maneras lo intenta. Nada. Mierda, debe encontrar una solución contra el dolor de cabeza. Por eso se viste con lo primero que encuentra, sin importarle la combinación de colores, lo que quiere es sentirse mejor y huir del maldito calor que le agobia los pensamientos. Sale a la calle. Odia el verano porque incita a la gente a salir en grupo, a creer unidos que el mundo es bello y que la vida funciona según el plan divino.
Luis prefiere el invierno y los días lluviosos. En el invierno todos son grises y opacos, si, todos muestran su verdadero y asqueroso yo, el que les duele y jode en las entrañas. Todos esos imbéciles que lo miran como si estuvieran en una mejor posición sufren en invierno porque no pueden engañar a nadie, ni siquiera a sí mismos. Lo único que les queda es la navidad, la puta navidad con sus esferas mariconas de colores y el estúpido Santa Claus riéndose como un idiota.
En la calle descubre que el dolor se ha ido. Luis tiene hambre. Compra un pollo Broster, completo, envuelto en papel. Se dirige al parque, se sienta en un banco, saca el pollo del papel, arranca una pierna, la desgarra con los dientes, se mancha de grasa el cachete derecho, unas señoritas asquerosamente decentes lo ven y fruncen el ceño, Luis las ignora y sigue comiendo, un policía pasa y observa la escena, no le gusta ver al tipo vestido de colores extraños comiendo como un animal, se detiene, le dice a Luis que no puede comer en el parque, Luis deja de comer, el policía se va, Luis saca el pollo de nuevo, arranca la otra pierna, la muerde como un león, el policía regresa, esta vez con el garrote en la mano, sin avisar le pega a Luis el primer golpe, luego el segundo, el tercero y una docena más, el ruido hueco de los golpes se mezcla con el aire húmedo y caliente, nadie se inmuta, ya era tiempo, dice alguna viejita piadosa, las señoritas asquerosamente decentes sonríen con disimulo, alguien saca una foto con el celular, como recuerdo de verano, en una pileta corre el agua, los niños juegan, las palomas buscan semillas, los turistas creen que esa ciudad es maravillosa, los enamorados se meten mano bajo la sombra, el sol brilla en lo alto, los imbéciles caminan de un lado a otro, convencidos de que el mundo gira con la fuerza de sus pasos, el policía le pega a Luis dos garrotazos más y lo deja en paz porque le duele el brazo y el sudor le mancha la camisa condecorada. La función terminó. Todos se van. Luis se queda sentado en el banco. Bueno, podría haber sido peor. Sabe que el policía está de buen humor por ser verano y no se lo llevó a la comisaria. El pollo sigue ahí, envuelto en papel, tirado en el suelo. Luis tiene hambre, más hambre que antes. Lo recoge, saca el pollo otra vez, arranca un pedazo de pechuga y comienza a comer. La gente lo mira de nuevo. Luis sabe que el destino se ensaña con él en verano, cuando el sol está en lo alto y los pajarillos cantan. A lo lejos se acumulan las nubes negras. Pronto va a llover.
Luis sonríe.
jueves, 13 de octubre de 2011
De esas tardes

Abrí los ojos a eso de las cinco y media de la tarde pues la cortina de la habitación se movía vertiginosamente, como si quisiera cachetearme, entablar un diálogo vespertino, qué se yo. Escalofríos. Recostado, aún adormilado entraba un vientecito muy fino a través de la ventana, señalando un punto en la calle pero no lo entendía, no lo ubicaba. Avanzaron los minutos mientras contemplaba la danza de la cortina al ritmo de Laureano/ángel/del/rock/Brizuela que tocaba la radio. Chamaco te habla Nelson alcancé a escuchar por el pasillo que daba a la puerta principal. Uno a uno me puse los panam azules, el short café, la playera gris ocean pacific of course y salté a la reta de los jueves. Pelotazo salver en la jeta de Martín volvía locos de risa al graderío donde Dafneojosverdesdequinceaños me observaba a la distancia provocando excesos en mis movimientos varoniles en la contienda. Barridas, rodillas desechas en el pavimento, punteadita, cepíllala, sácale la uña loco, parado-parado, te caen, te caen, ¡pinches chamacos váyanse a jugar a otro lado ya ni la chingan! espetaba doña Julia que regresaba atiborrada de bolsas del mandado.
Pero no, mi pregunta en pretérito punzaba cada vez más en el pecho, ni la bella Dafne, ni la cáscara, ni las flans, ni el tío Gamboin, ni los calabozos y dragones, ni la ignorancia de corre GC corre dejaban de lado mi terrible aflicción. Ya había pasado casi una semana de nuestro último encuentro a escondidas de mis jefes. ¡Oh! extraño tanto la dulce sensación, encuerarte de a poco, llevarme cada uno de tus recovecos a la boca, humedad, descubrir mis preferencias a partir de ti. El pitido de la combi amarilla abrió paso por media calle-cancha, se detuvo en el lugar acostumbrado, hacías acto de presencia nuevamente. De hoy no pasa -me dije- mientras las retinas se posaban allá en la esquina de nuestros encuentros. Salí disparado a casa, me bañé en chinga. Entre aromas a nalgas sudadas, ardores de rodilla, caprice y jabón escudo me dieron las siete.
Vueltas y vueltas en la habitación, ya iban a dar las ocho de la noche para emprender la caminata conocida y consumar mis fechorías como todos los jueves. Asomé la vista a la sala, mi jefa estupefacta con mi padre no cabían de asombro a lo que Jacobo denominaba la catástrofe más devastadora en la historia del país. No, no me importaba pues eso ocurría en un mundo paralelo y lejano a mis deseos, en otra galaxia. Luces multicolor llenaron mis deseos cuando mi jefecita dijo: agarra la bolsa y vámonos. Ahí iba yo pues entre aturdido, corazón en mano y el objetivo en la mirada al borde del precipicio. La bolsa se iba llenado de jamón, bolillos recién saliditos, titán de grosella, cajetilla de raleigh que Don Rube iba depositando al calor de las noticias imperantes del día. Qué desgracia le decía a doña Violeta. A veces, sólo a veces despierta algo en el amanecer que también despierta el impulso de atraparlo. Allí estabas formadito en una hilerita de ensueño, chingue su madre ahora o nunca. Un mal paso en reversible me hizo caer esparciendo el paquetito de sugus que me había llevado a la bolsa. ¡Pinche chamaco! ¡mira no más lo que me faltaba! ¡qué vergüenza! disculpe usted Don Rube ya ve cómo son estos escuincles, ahorita vas a ver cabrón cuando lleguemos a la casa, vas a ver. En fin, los trayectos hacia el pasado suelen ir acompañados de un jalón de patillas hasta el lugar común de las añoranzas perdidas…
jueves, 22 de septiembre de 2011
Disidente

Cuando Rafael abrió la puerta, ya todos estaban ahí. Entró con sigilo e intentando resistir el torrente de miradas tomó asiento.
El Jefe, que de pie frente a la ventana le daba la espalda a todos, preguntó sin siquiera voltear.
-¿Ahora s podemos comenzar?
Todos los ojos brincaron hacia Rafael, quien luchaba por poner en orden el legajo de reportes que extraía de su morral.
-Sí- respondió titubeante- perdón por el retraso, fue difícil...
-Ahórranos las aclaraciones. -cortó el Señor- ¿Qué dijeron?
Hubo un silencio de apenas segundos, pero largo como la eternidad.
-Que no – Sentenció finalmente Rafael.
El Señor suspiró larga y profundamente pero sin retirar la vista del ventanal. Nadie en la sala dijo una palabra, pero todos intercambiaban miradas entre perplejos e incrédulos. Él dió media vuelta y se inclinó apoyando sus manos en el borde de la mesa. Su expresión era desconcertantemente serena.
-¿Así nada más? ¿No?.
-La trascripción de lo que dijeron está en el reporte; si me permite, Señor, procedo a leerle...
-No, no, deja el reporte en la mesa, cuando hayamos terminado lo leeré. Quiero que nos cuentes lo que pasó.
-Bueno... en realidad la reunión duro poco, cosa de una hora y nuestra conversación se dio en tono muy afable, es decir, nadie se alteró, no hubo reclamos ni se levantó la voz en ningún momento. Ellos nos escucharon con atención, tanta, que por un momento creí que aceptarían nuestra propuesta.
-¿Y entonces?
-Pues usted lo conoce, Señor, con él no se puede saber, lo mismo es un barril de pólvora que un encanto.
-¡Él no es ningún encanto! Es un traidor y un embaucador –terció Miguel, e iba a continuar pero el jefe lo detuvo en seco con un ademán.
-¿Qué fue exactamente lo que te dijo?
Rafael se puso de pie.
-¿Quiere usted que le lea la trascripción?- Todas las pupilas huyeron hacia otro lugar con un dejo de sorna. Rafael, de los siete, quizá era el más dedicado, pero a veces pecaba de cándido.
-No, Rafael, he dicho que me dejes el reporte sobre la mesa. Lo que quiero es que me digas lo que te dijo tal y como lo recuerdes.
Hubo otro silencio incomodo, Rafael pareció titubear.
-Dijo que se retiraban porque usted ha olvidado de los objetivos científicos con los que iniciaron el proyecto y que lo esta convirtiendo en un asunto de promoción personal. Dijo que no piensan participar en una investigación cuyo único fin es transformarlo a usted en una celebridad, que prefieren deslindarse del asunto antes de verlo convertido en una cuestión de culto que nada tenga que ver con la ciencia.- Sentenció de un hilo. Aunque trató de que no se notara, no pudo evitar que una sonrisa se le dibujara en el rostro cuando observo la petrificada expresión de todos. Se apoderó de su alma un sentimiento nuevo, de congoja, por permitirle a su corazón darle cabida a la satisfacción de demostrarles que podía ser duro y cruel, que podía, aunque usando palabras de otros, ponerlos a todos a en su sitio. Sintió vergüenza de, por un brevísimo instante, estar de acuerdo con la disidencia. Agacho la cabeza y volvió a tomar asiento.
-¿Y qué más dijo?-
-Nada más. Después de ello argumentó que no teníamos ya nada de que hablar y él y toda su gente abandonaron el salón.
El Jefe tomó asiento. Su rostro, a pesar de la frialdad no reflejaba nerviosismo ni enojo. Apoyando los brazos cruzados sobre la mesa, dijo finalmente:
-El rompimiento, entonces, es definitivo y nos toca actuar. Caballeros: ¿Que proponen?
-Debemos aplastarlos. –estalló Miguel- Son apenas un puñado de nosotros y están poniendo en riesgo todo el plan, no podemos permitir que lo que tanto trabajo ha costado se malogre por las cerrazón de un ato de...
-No, Miguel, -interrumpió el señor- no vamos a enfrentarnos a ellos, tenemos que ser más inteligentes, más sutiles.
-Yo propongo que los ignoremos y sigamos adelante. - intervino Uriel- Las últimas semanas, aún con tropiezos, no hemos necesitado de su ayuda para continuar. No los necesitamos.
-¿Olvidas que ellos poseen parte del código? - insistió Miguel- ¿Qué el sistema tendrá errores y fallos quizá terminales debido a ello? Además, existe el riesgo de que utilicen la información que poseen en nuestra contra y nos arrebaten el proyecto o parte de este. Hay que acabarlos.
-Dije que no los enfrentaremos, Miguel.- Repitió el jefe con firmeza. Miguel asintió levemente y guardo silencio. Ni siquiera él, el más combativo del grupo, osaba oponerse al señor cuando usaba ese tono.
-Yo creo que debemos organizar una campaña de descrédito.- Afirmó Gabriel.
- Explícate –Le requirió el jefe.
-Debemos difundir la idea de que los levantados no se retiraron, sino que fueron expulsados por insubordinación; debemos culparlos de sabotaje tras cada cosa que salga mal, a fin de cuentas no sería mentira: La parte que él diseñó es fundamental para el proyecto y sabemos que muchas cosas fallarán por su defecto.
-Muy bien.
-Debemos asegurar su desprestigio total, ponerlos en una situación de la que ya no puedan levantarse, hasta sembrar el temor hacia ellos. Podemos convertirlos en el enemigo, incluso en algo monstruoso. El caso es garantizar que si un día regresan nadie los siga, nadie crea una palabra de lo que digan.
-Perfecto. ¿Cómo comenzaríamos?
-Pienso que el primer paso es transformar su imagen. Cuando hablo de convertirlos en monstruos no lo hago metafóricamente: Hay que convertirlos en verdaderos monstruos, de apariencia y alma repugnantes, aprovechando que nadie los conoce. Si nos apresuramos a sembrar en la gente la idea de que cualquier cosa que se relacione a ellos y especialmente con él, huele a podrido, pronto todo lo que hagan o digan solo confirmará en la mente de todos que ellos son la causa de todas sus desgracias y sus penas. El beneficio sería doble, pues no solo estaríamos automáticamente exculpados de cualquier fallo, sino que terminaríamos en el papel de paladines, de defensores de la gente. Héroes, vamos.
-¡Estupenda idea, Gabriel! Miguel, tu te encargaras de este operativo, reúne a tu gente y muévanse, no vaya a ser que ellos estén pensando una ofensiva.
-Sí, Señor.
-Y, Miguel...
-Dígame, Señor
-Pon especial atención a la imagen de él: Quiero que lo despojes de todo rastro de belleza y de bondad, tiene que verse sanguinario y cruel, pero al mismo tiempo débil e impotente en comparación nuestra.
-Cuente con ello, Señor.
-Vamos, la junta terminó.
Y estaban retirándose cuando el Jefe, que había vuelto a ponerse de pie y miraba a través del ventanal, los detuvo.
-Esperen.
-Diga, Señor –respondió Gabriel
-Ustedes saben -dijo sin voltear- que Luzbel y su gente no tienen razón, que esto no es un acto de soberbia, que mí intención no es y nunca ha sido volverme objeto de veneración para nadie. ¿Verdad?
Tras una breve pausa, Rafael respondió.
-Lo sabemos, Señor, descuide.
Y Él, con una seña, los autorizó a retirarse.




