Mostrando entradas con la etiqueta escribicionista invitado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escribicionista invitado. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de julio de 2012

Es tan corto el amor y tan largo este cuento

 
 
Había una vez un cuento en el que quisimos jugar al cíclope como escribíó Cortázar. Nos vimos de cerca unos minutos, tan breves. Luego todo pasó tan rápido como un suspiro de quien se enamora no queriendo, mientras jugábamos a ser los ciegos de  Sabina, anticipando el daño inminente. Antes de hacernos el amor nos hicimos la guerra y todo se quedó suspendido ante las palabras que nadie dijo. No quisimos continuar la historia, nos quedamos queriendo y nos guardamos las ganas. El tiempo, tan certero, nos volteó el reloj para que una madrugada cualquiera nos recordáramos. Volvimos a jugar al cíclope..por más instantes. Entonces volvimos a añorar escribir ese cuento que teníamos pendiente cuando el amor nos quedó corto. Volvimos a mirarnos y sacamos las ganas de nuestros bolsillos. Iniciamos de nuevo la escritura del cuento largo, uno más lago que el amor y que le ganó al olvido.

jueves, 16 de febrero de 2012

Yo no tengo novios


Sar
Como agua de río bajas todas las noches de aquel cerro, cuando las luciérnagas de la luna se duermen y las risas de los gatos perdidos se escuchan en los troncos de los árboles del campo.
Es tu cuerpo el caudal tan exactamente perfecto, que se derrama en mí por largas horas, cuando el cielo se tiñe de rojo y tus manos duermen tocando mi espalda.
Tenías que llegar, con el canto en tu falda, despertando a mariposas e irrumpiendo las conversaciones de las estrellas, siempre con la poesía abrazada a tu cintura, como si en tus glúteos descansara la inspiración.
Yo, sentado, siempre sentado pero no inquieto, sobre aquel pasto que cuando no estás tú, es oscuro, con olor a guerra, donde los muertos se han ido cargando las partes de su cuerpo. Aquí no habita nadie. Te lo dije muchas veces, soy tan sólo yo, solo.
También tengo casa y a veces sueño que la visitas. Es muy pequeña y apenas si cabe un jarro de café y un llanto sofocado. Pero siempre en mis manos, por alguna extraña razón, tengo miel y centeno. Olvidamos todo, menos comer y amar. Por eso nos encontramos, en el silencio y en el frío: tú corrías en el agua, paseando a tu cabellera negra adornada de peces azules, estabas aburrida y tenías hambre de fiesta; yo, simple y tristemente, estaba desocupado.
No habito en nadie, antes de ti, nada era yo: ni frío, ni tiempo ni luz, era nada. En cambio tú… aún no sé si eres tierra, luna, agua… quizás seas todo y te apellidas comunión. Porque sólo una vez me dijiste tu nombre como murmullo, como con miedo. Y desde ese día no tengo pesadillas, porque siempre sueño en ti, mi querida Sar.
Sé también de tus pies sangrados, cansados. No puedo buscarte, no tengo piernas, lo sabes, fue esa maldita lucha la que me dejó fatigado, porque te busqué tantas veces, quizás cien años, y la gangrena del agotamiento llegó. Ahora soy esto, lo que miras con amor y esperanza; soy un consuelo a tu terrible hastío.
Por eso sé que algún día te irás de mi lado. Emprenderás una búsqueda cuando añores los días encendidos y el misterio del bosque. Sabrás que no estaré presente, atado de tu mano, y el tarareo de un estribillo de cuento de hadas se golpeará contra el frío viento, y justo en ese momento, comprenderás que no podemos ser amantes perpetuos, porque no tienes fuerte tu espalada para cargar con mis pecados; simplemente, eres aliento.
Por eso es que yo, aquí, disfruto verte llegar apagando tormentas cuando levantas los brazos, y cuando tus dientes avizoran apenas mi pelo, salen de su cueva a expandirse como cortina de lluvia en el pastizal.
Jamás nos volveremos a encontrar, pertenecemos a otro tiempo y estamos inmersos en distintas historias; yo soy ya viejo; tú, tan tiempo.
Aun así, mientras llega el final, yo disfruto de tu melena y tus uñas de gata, de ese descanso en tu piel y del sabor ciruela en tu garganta.
Después perderé los brazos, el hígado y la nariz, pero ya no estaré esperándote, porque incrustado en tus suspiros, me llevarás como aliento de mar.



Yo no tengo novios
Yo no tengo novios porque me los trago, me los como apresuradamente sin disfrutarlos. Aderezo sus muslos con salsa inglesa, sus dedos con mostaza, su ingle con mis besos, su pene con lágrimas. Sus nalgas, que no son importantes, las rasuro con mi lengua, les coloco vinagreta, las adorno con tomate. Me alimento de sus sesos, transmutación de pensamiento, agito sus ojos con dos yemas de huevo, los coloco en mi garganta, ¡que miren mi desconsuelo! Sus uñas, que parecen láminas de menta, las coloco en un trasto repleto de zarzamora, y los domingos que me infecta la miseria, las trago cuando observo películas romántico musical.
Los jardines se burlan de mí al ver pasar mi única sombra, señalando con sus ramas que soy sola, que estoy sola. ¡Ingratos!, no saben todas las veces que vomité en sus preciosas jardineras todos esos hombres cultos, pendejos, sensibles, comibles, tangibles, estorbosos, abrumantes. Les dejé su alma impregnada en la tierra, con sabor a nada, ni de olvido, ni de si me recuerdas. ¿Ahora saben por qué estoy gorda? Yo me trago a los hombres, por eso nunca tengo flores en mis manos.

Instante

Te necesito para compartirte con la tierra, bañarte en los ríos de la ciudad y untarte de arena para que duermas debajo de las palmas. Necesito entregarte a tu madre antes de que las tardes hagan el primer parpadeo, antes de que se avecinen los murciélagos, mucho antes de que te des cuenta que he robado tu reloj. Porque si te quedas, maldito, si te quedas aquí, en mi ombligo, pensaré que eres mío como el grito del tren o las figuras en las nubes. Terminaré aniquilándote como a una pulga, asfixiándote con el humo de mi cigarro, y ni siquiera tendrás tiempo para odiarme. Necesito que te vayas a algún lado, que no te enteres que ya han pasado más de 50 años, que no mires, ni por indiscreción, a ésta, mi piel de hoja vieja de árbol.

martes, 24 de enero de 2012

Porque pronto amanece

 
Hoy no es día,
aunque en cualquier momento suceda,
y los pies me lleven sin permiso sobre arena
enterrando pasos sobre pasos.
 
Hoy no es la palabra entre mis labios,
ni los colibrís que te rodean, quizá las letras,
o las pupilas quietas, más no el ocaso,
porque hoy es odio entre cenizas,
fuego en sangre algunos años,
sin embargo aun no es de día.
 
Mientras mis manos no se aten
y los sueños sigan sueltos
por fuera, volando,
será imposible decir, callar o morir.
 
***
 
Día aún, suerte aún
fuego aún
(aún te extraño)

lunes, 26 de diciembre de 2011

Dos cuentos


CAPERUCITA ROJA I
Caperucita iba por el bosque a visitar a su abuelita. Esa tarde, en lugar de pasteles, le llevaba pan tierno y perdices confitadas. En el camino se entretuvo cogiendo flores y perdió la cestita. Pasó el lobo por allí y la encontró. Conoció que era de Caperucita, la cogió, la llevó a casa de su abuelita y la esperó. Caperucita llegó llorosa, pero al ver la cestita se alegró. Tras Abrazar a su abuelita susurró:

-Muchas gracias señor lobo.
- No hay de que, Caperucita. Quise hacerte este favor y decirte que no seas tan descuidada pues en el bosque hay animales muy peligrosos y algún día..., pero, siendo sincero, lo que buscaba, era mirarte y gozar de tu hermosura.

Caperucita, al fin y al cabo mujer, fue intuitiva y adivinó que el lobo estaba por sus carnes. Complacida, bajó la cabeza y dijo sonrojada:

-¡Que cosas dice señor lobo! Está haciendo que me ponga colorada.

La conversación fue adquiriendo confianza. El lobo se relamía y no quitaba la vista de Caperucita. En un momento, que estimó que estaba distraída, se abalanzó sobre ella, la tomó por la cintura y dijo con pasión:

-Caperucita, me estás volviendo loco. Si me dejas, te como a besos.

-¡Por Dios señor lobo! ¡Qué vergüenza! Se va a dar cuenta de sus pretensiones mi abuelita- Y acercando la boca a la oreja del lobo musitó-: Mañana en el bosque, cuando estemos solos, le dejaré que me coma a besos.

Era una tarde maravillosa. Caperucita invitó al lobo a merendar, llevó a su abuelita hasta la mesa y dispuso el pan y las perdices confitadas. Y fueron felices y comieron perdices...

CAPERUCITA ROJA II
Mientras Caperucita y el cazador eran felices y comían perdices,
el lobo lloraba, pues no había sido el quien había escogido ser feroz.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Cola de perro



«I asked a painter why the roads are color black,
he said, Steve, it's because people leave and no highway can bring them back».
"Le pregunté a un pintor porque los caminos son negros,
El dijo, Steve, es porque la gente se marcha y no hay carretera que pueda traerles de vuelta".
Random Rules, en el álbum American Water,1998, de la banda Silver Jews.

El místico desierto de Zacatecas proyectándose a toda velocidad por las ventanillas laterales del automóvil. Es el ocaso. Ya el Sol se desangra detrás de imponentes cerros que alguna vez hubieran estado cubiertos de agua salada. Y como no iba a serlo, un gran misterio, si antes de ser desierto fue mar y sólo en la relatividad del tiempo se le podría cuasi significar de manera acertada. Mientras lo atravieso a toda velocidad montado en la arrogancia característica de nuestros días tecnológicos, me pregunto si no será que ya he pasado por este lugar tan familiar, alguna vez. El valle frente a mí está partido en dos por una elongada cicatriz negra que luego serpentea, allá, a lo lejos, en las faldas de aquellos cerros que imagino oscilantes debajo del cielo purpura. Es el anochecer el que me persigue, ya lo había dicho Alexander Supertramp, que el camino siempre apunta al oeste. Bajo la ventanilla para escuchar el grandioso silencio y apago el estéreo. Jose Gonzalez así, sin acentos, tendrá que esperar tu arpegio a que pase este silencio. No tengo intención alguna de llegar a ningún sitio, en realidad no quisiera que la carretera terminase jamás, me estoy comiendo el horizonte. Aquí es el hogar, o fue, allá atrás, ahora lo será el de más adelante. Cae tras de mí la noche estrellada, y hay ganado muerto a la orilla de la carretera, alimento para coyotes, que salen despavoridos ante el ruido del vehículo. Hermoso animal escurridizo, el coyote. Venerado por las culturas indígenas del norte del país, símbolo de misticismo, deidad y brujería.

Procuramos la carretera cuando buscamos respuestas a preguntas llanas que a veces pueden resumirse en un simple ¿qué madres estoy haciendo aquí? La más retórica de las preguntas debe ser esta. Así pues, treparse al Chevrolet destartalado en busca de una respuesta inexistente. Como el perro que persigue su propia cola, la carretera sigue una ruta predefinida. La carretera solamente nos lleva al final de la carretera, como la cola del perro lleva al perro, la analogía de la vida, de ahí nuestro enamoramiento con los caminos, sobre todo los menos transitados, los que retienen el enigma. Los caminos parecieran ir a algún lugar.

El joven ingenuo se hace al camino con sus pocas pertenencias en la mochila o la cajuela, que para el caso de lo que aquí quiero explicar es lo mismo, y pienso en el verso de Serrat, que leí por vez primera tallado en una madera corroída por la humedad, estacada a la orilla del sendero que llega hasta la cima del Chirripo, en Costa Rica, mientras recuperaba el aliento, «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Había escuchado esa frase cientos de veces pero siempre fuera de contexto, en reuniones familiares que terminaban en desmadrugadas eternas de boleros y esas cosas. Frase tan soberbia como humilde, que me entra por fin en la cabeza de sopetón y me hace casi mojarme los pantalones de la emoción, o era el cansancio, o el frío de la montaña más alta de Centroamérica, en aquel día de Febrero del 2007. Aquel fue un viaje que duro alrededor de dos años en los que buscaba respuestas en el camino, precisamente, aquellas respuestas a las cuestiones de la existencia y del significado de la vida que no podemos aprender de algún maestro, ni leer en el wikipedia. Solamente hace falta dar el primer paso sobre el negro asfalto, o el verde sendero, avanzar el primer kilometro y significa adentrarse en los confines del universo, en el insondable camino sin retorno de la vida. Por mi parte he pasado mucho tiempo en las carreteras, ya sea a pie, en coche, en bicicleta, en autobús, y en bateas de redilas, de día o de noche, bajo el primaveral sol de Abril o la niebla de la Sierra Madre Oriental, a través del tibio aire del Caribe o el gélido invierno canadiense. “Y el que tiene facha de trotamundos, ese, ¿cómo se llama?” solía preguntar el maestro del curso de español de la universidad, cuando no llegaba a tiempo, de manera premonitoria y completamente a mis espaldas. La realidad es que ni siquiera llegué a ser uno de a de veras, de los de hueso colorado que se aferran a las orillas de las carreteras para llamarles hogar, y que tienden sus harapos al costado de sus Royal Enfields, y utilizan el calor del motor 500c.c. a manera de calefacción para la habitación con cielo raso estrellado. Locos, empedernidos todos ellos, libres como el viento. De las personas verdaderamente libres que he conocido, son trotamundos que se han hecho a la carretera sin amarraduras, sin dejar nada atrás que pueda frenarlos. Luego han de llegar a viejos contando historias que no se las creen ni sus nietos, y todo el mundo los tildará de locos y ellos reirán a carcajadas para sus adentros, porque sabrán que la vida es un camino sin retorno, que aunque no lleva a ninguna parte, además del final, es una perpetua transformación, y que lo único que cuenta son los momentos que logramos disfrutar, los paisajes que logramos absorber, las hermandades que llegamos a forjar, los ríos que logramos cruzar, los puentes que tuvimos que construir para cruzarlos, y hasta los que prendimos en llamas por el puro placer de verlos arder, a sabiendas de que nunca, jamás, habría vuelta atrás. Ahora la cosa es distinta, aún exploro los caminos, sólo que no tengo prisa, tal vez comprendí que no soy otra cosa que la cola del perro, y el perro, y por otra parte, es verdad, ningún camino logró hacerme regresar.

jueves, 8 de diciembre de 2011

DETALLISTA INOCUO




Sin notarlo, me encontraba ya en el interior de aquella galería de antigüedades. Siempre me ha parecido atractivo el aroma de los libros viejos, de los objetos remitidos al polvo, imagino que platico con los antiguos dueños sobre sus pertenencias valiosas y que hoy se han transformado como muchas otras cosas que pasan en la vida, en olvido. ¿Por qué todos nos convertimos en olvido? Silencio, todo retorna al silencio le dije. Al inicio me miró extrañado, con un ápice contrariado como si supiera que algo estaba por venir.

¿Qué hacer con uno mismo? pregunté ¿Cómo decirnos y con qué sentido? proseguí ¿De qué manera permanecer sin que nuestro recuerdo pierda peso y se extinga? ¿Cómo hablar y escribir sobre ella sin que se esfume en el intento? Agregué. Que lo escribas o no, que lo pienses o no es accesorio. Es irrelevante, puesto que ella lleva su parte. Basta con que hagas implosión en este espacio, en este silencio. ¿No te das cuenta? Por eso existen estas galerías, todos olvidan, todo se borra, me dijo, con esa mueca sarcástica que suele molestarme en demasía cuando intento rescatar o contarle disparates.

Le invité una taza con café, de preferencia solo, espetó, solo será pues. Pensé que una taza con café en compañía caería de maravilla para adelgazar las preocupaciones e intercambiar puntos de vista, ya que a esas horas de la tarde no lograba hilvanar algo relevante. Suspiros. Nostalgia. Pasamos por un par de sorbos a las respectivas tazas. A ver, a ver mi estimado siempre es lo mismo contigo, ya te he dicho que el común denominador actual es desechar. Todo es desechable y con respecto a las féminas está de más puntualizarlo, cuando las cosas no más no cuajan sólo nos queda partir. Pues ahí está el meollo del asunto, nos volvemos desechables como los celulares o como los avances tecnológicos que nos gritan a cada instante que ya estamos caducos y obsoletos, refunfuñé.

Lo que tú tienes es mal de amores y por lo tanto estás en proceso de cicatrización. Qué va a ser, le dije. Mira, cada detalle de su persona lo llevo tan grabado, tan lúcido en la memoria que llevaría una vida trazar cada visión, cuestión que no me desagrada. Ya sé que me vas a salir con el cuento de que ya pasaron los años y nada más no concibo olvidarla, en efecto, añadió sorbiendo el elíxir. Dime algo referente al barullo del cual hablas. Por ejemplo: extraño por las mañanas esos cinco minutitos que pedía de más para animarse a saltar de la cama, situación que prolongaba hasta una hora, mientras preparaba su desayuno (el melón con miel le gustaba mucho).


Me gusta recordar la forma en que los dedos de sus piecitos se contorsionaban cuando estaba a punto de mandar al demonio la cama, el dedito gordo del pie derecho se tornaba muy chistoso como diciendo al resto ya voy, ya voy. O por ejemplo la perspectiva de su perfil cuando miraba a través de la ventana del carro o cuando terminada la ducha, la niña hacia acto de presencia dejando a la mujer detrás invitándome a colocar cada una de las prendas con las que iba a enfrentar el mundo ese día, las tardes platicando de todo y nada acostados en la azotea de la casa, sus gustos musicales que ahora se han convertido en propios y así podría seguir y seguir. Vaya, vaya eres un verdadero atarantado, veo que reparas en muchas simplezas ¿no te parece?, cuestionó.

Mira, si hubiera una profesión que se llamara detallista inocuo créeme que no dudaría en ser uno, así tendría la posibilidad de armar todas las piezas que muchos o la gran mayoría pasan por alto, argumenté. Sí, pero mientras te pasas el tiempo armando tus piezas otro cabrón de seguro le está levantando las piernas, carcajeo. Ahí está el desmadre, todos quieren poseer y cuando el objeto deseado ha cumplido el cometido das vuelta a la página y sigues el camino tragando cuerpos, intercambiando fluidos “diferentes”, “nuevos”, para aminorar esa inseguridad capilar que no llegas a percibir, acoté.

Pues yo lo veo así viejo: no hay mejor medicina que el tiempo y nuevas experiencias. Probablemente estás en lo cierto, pero ella sigue siendo como un narcótico escondido debajo de la cama, en secreto. Es más, cambiemos la dirección del asunto, le dije. Un detallista inocuo puede volcar sus observaciones hacia la infinita gama de posibilidades que se encuentran en las esquinas ya no del amor sino de la vida. ¿Cómo va eso? Cuestionó. Pues no te das cuenta, basta con que te asomes a la calle, observa con detenimiento: arriba hay un atardecer esplendoroso e irrepetible, aquella pareja cruzando la calle se grita porque se sienten lejos, el señor del puesto de revistas en la esquina ya es parte de la historia de esta cuadra, aquí mismo conversamos entre vestigios del tiempo, hay un sinfín de detalles que pasamos por alto, nadie se fija en ello pues todos tienen prisa por llegar quién sabe a dónde. Puede ser, puede ser, sólo te digo que vayas con cuidado porque estás jugando con pedestales y llegará el día en que no te vas a levantar del madrazo y quedarás como un rompecabezas incompleto, afirmó. Entonces me aburrí, miré fijamente a mi interlocutor y seguí curioseando entre estantes esperando que nadie haya notado en la oscuridad de aquella galería que estaba conversando sobre ti muy a gusto con aquel maniquí.

lunes, 21 de noviembre de 2011

El intruso




Es injusto que las historias de miedo comiencen una y otra vez.
Últimamente a mis instantes les da por durar eternidades.
Tendría que regalarme el olvido infinitas veces el placer de verle esfumándose.

La verdadera pelea, la guerra, está en mi cabeza,
son las imágenes que he venido guardando con recelo, a las que acudo como album fotográfico
lanzándome vorazmente a revivirlas.
Hacer presente el monstruo que vive dentro y tenerlo frente a frente de nuevo.
No debería haber razones para atacarlo, si es mi pequeño tormento debería mimarlo.

Y vuelvo a acudir al infierno de esos ojos y los míos encontrándose de nuevo,
la banda sonora al compás de un baile lento y sádico.

Dentro del sueño corro. Siento que ya no me quedan fuerzas.
Abruptamente apareces del otro lado del pórtico y como 100 veces doy vuelta al candado para que no vuelvas.
Algún día tendrías que regresar y no encontrarías ni cómo entrar.
Podría quedarme sola y olvidarme de ciertas cosas: como traerte en sueños otra vez.

Ahora saco mi libreta, me dicen que es bueno escribir pero recreo algun personaje, y es inevitable, en alguno te metes o te escondes... mi espejo ocasiona me refleje en tus ojos.
Siempre permito tu llegada, me pierdo de nuevo, quisiera romperlo...
revuelves mi mundo bruscamente.

Me gustaria pedirte que guardes silencio… empieza a desaparecerte para que yo pueda empezar.
Quiero olvidar tus ojos, las cenizas arden y uno se aferra entre las sombras. Apareces agazapado con sonrisa socarrona tirando mi sombrero y levantándome el vestido...

sábado, 19 de noviembre de 2011

Bitácora Matinal




Y pensar que ahí va Don Joaquín y su maletín rumbo al despacho como cada mañana, trasbordando media ciudad por más de cuarenta años sin rajarse, a unos metros, atraviesa presurosa Doña Flor siempre lista para atiborrar las bolsas de mandado. El mercado abre sus puertas al acostumbrado hormigueo adornado de mentadas de madre y olores encomiables, por allá Don Jacinto barre la vida desde el local de semillas suspirando como el bonachón que es. En la librería “la jaula” Don Mario acaricia al achacoso Orfeo mientras da vuelta a la página y conversa con Unamuno desde hace ya varios años, no muy lejos, al otro lado de la acera los pequeños batallan con el mochilón para ir a la escuela, el afilador grita acaloradamente por la calle en busca de una ama de casa que le dé sentido a su vida. Carmina avanza sin dirección a punto del llanto tras la bofetada que le propinó el imbécil de su esposo por no tener el café caliente, Manuel sube al auto disfrazado en su mejor traje para mentir un día más en la oficina, hacen acto de presencia los gaseros con su estruendo cotidiano, a unos metros el cuerpo aún jadeante de Gloria despide a su amante agradeciendo la visita nocturna con un beso mientras el pelele del novio anda ahorrando pal bodorrio, en el gimnasio el instructor ejercita sus pectorales al máximo para tener un lugar en el mundo, Miguelito en hombros de su papá experimenta maravillado la perspectiva del mundo de los adultos. La vida transcurre en un tránsito permanente detrás la cortina.

Enredado en la seguridad de las sábanas piensa en su país como decadencia, en su ciudad como una postal ajena, en Las Vegas como una puta carísima, en Acapulco como un manantial putrefacto para la chilangada, en Krakovia como una reverenda extraña, en los Alpes como el silencio reparador. Piensa en las ganas que tiene de bajarle los calzones a su cuñada y no estar junto a la hermana que sigue roncando a su lado, en el bar de la esquina donde reafirma sus inseguridades por las tardes, en la carta que nunca mandó y sigue guardada en el cajón de asuntos sin resolver. Piensa en las playas que quiere conocer, en los lugares que no ha visitado, en la comida que no ha probado, en las múltiples posibilidades que andan sueltas por ahí esperando ser descubiertas, en poner cara de idiota y sonreír a todo el que se atraviese y decir que es feliz, en sus lamentables propósitos que continúan vestidos de eso, de propósitos mientras se cuenta éste cuento que escribe ensimismado. Piensa en su reflejo ante el espejo, en la futilidad de los intentos, en que todo esto le pasa por pendejo y miedoso, en que ayer cumplió treinta y ocho años y las canas se burlan de su aspecto. El nudo en su garganta ya es corbata que lo acompaña todos los días. Dicen en la cantina que el aire se sale del cuerpo días antes de morir.
Y así cada mañana cuando por fin nuestro personaje se decide a saltar de la cama, la mirada se pierde tras la ventana de su habitación invitándole al arrojo, a las ganas, a ensayar la vida sustituyéndose.

lunes, 24 de octubre de 2011

VERANO EN LIMA


Luis se despertó aquel día con dolor de cabeza. Hace calor, demasiado calor. El sol entra por la única ventana del departamento sucio en que vive. Se siente mareado. Decide ir a cagar. Sabe que le costará trabajo hacerlo porque el dolor de cabeza es fuerte y el esfínter no se relaja cuando hay dolor. No le importa, de todas maneras lo intenta. Nada. Mierda, debe encontrar una solución contra el dolor de cabeza. Por eso se viste con lo primero que encuentra, sin importarle la combinación de colores, lo que quiere es sentirse mejor y huir del maldito calor que le agobia los pensamientos. Sale a la calle. Odia el verano porque incita a la gente a salir en grupo, a creer unidos que el mundo es bello y que la vida funciona según el plan divino.
Luis prefiere el invierno y los días lluviosos. En el invierno todos son grises y opacos, si, todos muestran su verdadero y asqueroso yo, el que les duele y jode en las entrañas. Todos esos imbéciles que lo miran como si estuvieran en una mejor posición sufren en invierno porque no pueden engañar a nadie, ni siquiera a sí mismos. Lo único que les queda es la navidad, la puta navidad con sus esferas mariconas de colores y el estúpido Santa Claus riéndose como un idiota.

En la calle descubre que el dolor se ha ido. Luis tiene hambre. Compra un pollo Broster, completo, envuelto en papel. Se dirige al parque, se sienta en un banco, saca el pollo del papel, arranca una pierna, la desgarra con los dientes, se mancha de grasa el cachete derecho, unas señoritas asquerosamente decentes lo ven y fruncen el ceño, Luis las ignora y sigue comiendo, un policía pasa y observa la escena, no le gusta ver al tipo vestido de colores extraños comiendo como un animal, se detiene, le dice a Luis que no puede comer en el parque, Luis deja de comer, el policía se va, Luis saca el pollo de nuevo, arranca la otra pierna, la muerde como un león, el policía regresa, esta vez con el garrote en la mano, sin avisar le pega a Luis el primer golpe, luego el segundo, el tercero y una docena más, el ruido hueco de los golpes se mezcla con el aire húmedo y caliente, nadie se inmuta, ya era tiempo, dice alguna viejita piadosa, las señoritas asquerosamente decentes sonríen con disimulo, alguien saca una foto con el celular, como recuerdo de verano, en una pileta corre el agua, los niños juegan, las palomas buscan semillas, los turistas creen que esa ciudad es maravillosa, los enamorados se meten mano bajo la sombra, el sol brilla en lo alto, los imbéciles caminan de un lado a otro, convencidos de que el mundo gira con la fuerza de sus pasos, el policía le pega a Luis dos garrotazos más y lo deja en paz porque le duele el brazo y el sudor le mancha la camisa condecorada. La función terminó. Todos se van. Luis se queda sentado en el banco. Bueno, podría haber sido peor. Sabe que el policía está de buen humor por ser verano y no se lo llevó a la comisaria. El pollo sigue ahí, envuelto en papel, tirado en el suelo. Luis tiene hambre, más hambre que antes. Lo recoge, saca el pollo otra vez, arranca un pedazo de pechuga y comienza a comer. La gente lo mira de nuevo. Luis sabe que el destino se ensaña con él en verano, cuando el sol está en lo alto y los pajarillos cantan. A lo lejos se acumulan las nubes negras. Pronto va a llover.

Luis sonríe.

jueves, 13 de octubre de 2011

De esas tardes





¿Por qué no has llegado? fue el último pensamiento que recuerdo antes de caer vencido por el sueño al regreso de la primaria. Los pensamientos suelen tornarse tan poderosos mientras uno duerme, acortan distancias, rompen ausencias, imagino que son desprendimientos del alma que busca. Se han convertido en mi activismo mientras vuelves a la esquina de mis vicios. Me gusta pensar así. Me gustas. Te gusto. Me gustas irremediablemente. Me gusta siempre.

Abrí los ojos a eso de las cinco y media de la tarde pues la cortina de la habitación se movía vertiginosamente, como si quisiera cachetearme, entablar un diálogo vespertino, qué se yo. Escalofríos. Recostado, aún adormilado entraba un vientecito muy fino a través de la ventana, señalando un punto en la calle pero no lo entendía, no lo ubicaba. Avanzaron los minutos mientras contemplaba la danza de la cortina al ritmo de Laureano/ángel/del/rock/Brizuela que tocaba la radio. Chamaco te habla Nelson alcancé a escuchar por el pasillo que daba a la puerta principal. Uno a uno me puse los panam azules, el short café, la playera gris ocean pacific of course y salté a la reta de los jueves. Pelotazo salver en la jeta de Martín volvía locos de risa al graderío donde Dafneojosverdesdequinceaños me observaba a la distancia provocando excesos en mis movimientos varoniles en la contienda. Barridas, rodillas desechas en el pavimento, punteadita, cepíllala, sácale la uña loco, parado-parado, te caen, te caen, ¡pinches chamacos váyanse a jugar a otro lado ya ni la chingan! espetaba doña Julia que regresaba atiborrada de bolsas del mandado.

Pero no, mi pregunta en pretérito punzaba cada vez más en el pecho, ni la bella Dafne, ni la cáscara, ni las flans, ni el tío Gamboin, ni los calabozos y dragones, ni la ignorancia de corre GC corre dejaban de lado mi terrible aflicción. Ya había pasado casi una semana de nuestro último encuentro a escondidas de mis jefes. ¡Oh! extraño tanto la dulce sensación, encuerarte de a poco, llevarme cada uno de tus recovecos a la boca, humedad, descubrir mis preferencias a partir de ti. El pitido de la combi amarilla abrió paso por media calle-cancha, se detuvo en el lugar acostumbrado, hacías acto de presencia nuevamente. De hoy no pasa -me dije- mientras las retinas se posaban allá en la esquina de nuestros encuentros. Salí disparado a casa, me bañé en chinga. Entre aromas a nalgas sudadas, ardores de rodilla, caprice y jabón escudo me dieron las siete.

Vueltas y vueltas en la habitación, ya iban a dar las ocho de la noche para emprender la caminata conocida y consumar mis fechorías como todos los jueves. Asomé la vista a la sala, mi jefa estupefacta con mi padre no cabían de asombro a lo que Jacobo denominaba la catástrofe más devastadora en la historia del país. No, no me importaba pues eso ocurría en un mundo paralelo y lejano a mis deseos, en otra galaxia. Luces multicolor llenaron mis deseos cuando mi jefecita dijo: agarra la bolsa y vámonos. Ahí iba yo pues entre aturdido, corazón en mano y el objetivo en la mirada al borde del precipicio. La bolsa se iba llenado de jamón, bolillos recién saliditos, titán de grosella, cajetilla de raleigh que Don Rube iba depositando al calor de las noticias imperantes del día. Qué desgracia le decía a doña Violeta. A veces, sólo a veces despierta algo en el amanecer que también despierta el impulso de atraparlo. Allí estabas formadito en una hilerita de ensueño, chingue su madre ahora o nunca. Un mal paso en reversible me hizo caer esparciendo el paquetito de sugus que me había llevado a la bolsa. ¡Pinche chamaco! ¡mira no más lo que me faltaba! ¡qué vergüenza! disculpe usted Don Rube ya ve cómo son estos escuincles, ahorita vas a ver cabrón cuando lleguemos a la casa, vas a ver. En fin, los trayectos hacia el pasado suelen ir acompañados de un jalón de patillas hasta el lugar común de las añoranzas perdidas…

jueves, 22 de septiembre de 2011

Disidente


Cuando Rafael abrió la puerta, ya todos estaban ahí. Entró con sigilo e intentando resistir el torrente de miradas tomó asiento.

El Jefe, que de pie frente a la ventana le daba la espalda a todos, preguntó sin siquiera voltear.

-¿Ahora s podemos comenzar?

Todos los ojos brincaron hacia Rafael, quien luchaba por poner en orden el legajo de reportes que extraía de su morral.

-Sí- respondió titubeante- perdón por el retraso, fue difícil...

-Ahórranos las aclaraciones. -cortó el Señor- ¿Qué dijeron?

Hubo un silencio de apenas segundos, pero largo como la eternidad.

-Que no – Sentenció finalmente Rafael.

El Señor suspiró larga y profundamente pero sin retirar la vista del ventanal. Nadie en la sala dijo una palabra, pero todos intercambiaban miradas entre perplejos e incrédulos. Él dió media vuelta y se inclinó apoyando sus manos en el borde de la mesa. Su expresión era desconcertantemente serena.

-¿Así nada más? ¿No?.

-La trascripción de lo que dijeron está en el reporte; si me permite, Señor, procedo a leerle...

-No, no, deja el reporte en la mesa, cuando hayamos terminado lo leeré. Quiero que nos cuentes lo que pasó.

-Bueno... en realidad la reunión duro poco, cosa de una hora y nuestra conversación se dio en tono muy afable, es decir, nadie se alteró, no hubo reclamos ni se levantó la voz en ningún momento. Ellos nos escucharon con atención, tanta, que por un momento creí que aceptarían nuestra propuesta.

-¿Y entonces?

-Pues usted lo conoce, Señor, con él no se puede saber, lo mismo es un barril de pólvora que un encanto.

-¡Él no es ningún encanto! Es un traidor y un embaucador –terció Miguel, e iba a continuar pero el jefe lo detuvo en seco con un ademán.

-¿Qué fue exactamente lo que te dijo?

Rafael se puso de pie.

-¿Quiere usted que le lea la trascripción?- Todas las pupilas huyeron hacia otro lugar con un dejo de sorna. Rafael, de los siete, quizá era el más dedicado, pero a veces pecaba de cándido.

-No, Rafael, he dicho que me dejes el reporte sobre la mesa. Lo que quiero es que me digas lo que te dijo tal y como lo recuerdes.

Hubo otro silencio incomodo, Rafael pareció titubear.

-Dijo que se retiraban porque usted ha olvidado de los objetivos científicos con los que iniciaron el proyecto y que lo esta convirtiendo en un asunto de promoción personal. Dijo que no piensan participar en una investigación cuyo único fin es transformarlo a usted en una celebridad, que prefieren deslindarse del asunto antes de verlo convertido en una cuestión de culto que nada tenga que ver con la ciencia.- Sentenció de un hilo. Aunque trató de que no se notara, no pudo evitar que una sonrisa se le dibujara en el rostro cuando observo la petrificada expresión de todos. Se apoderó de su alma un sentimiento nuevo, de congoja, por permitirle a su corazón darle cabida a la satisfacción de demostrarles que podía ser duro y cruel, que podía, aunque usando palabras de otros, ponerlos a todos a en su sitio. Sintió vergüenza de, por un brevísimo instante, estar de acuerdo con la disidencia. Agacho la cabeza y volvió a tomar asiento.

-¿Y qué más dijo?-

-Nada más. Después de ello argumentó que no teníamos ya nada de que hablar y él y toda su gente abandonaron el salón.

El Jefe tomó asiento. Su rostro, a pesar de la frialdad no reflejaba nerviosismo ni enojo. Apoyando los brazos cruzados sobre la mesa, dijo finalmente:

-El rompimiento, entonces, es definitivo y nos toca actuar. Caballeros: ¿Que proponen?

-Debemos aplastarlos. –estalló Miguel- Son apenas un puñado de nosotros y están poniendo en riesgo todo el plan, no podemos permitir que lo que tanto trabajo ha costado se malogre por las cerrazón de un ato de...

-No, Miguel, -interrumpió el señor- no vamos a enfrentarnos a ellos, tenemos que ser más inteligentes, más sutiles.

-Yo propongo que los ignoremos y sigamos adelante. - intervino Uriel- Las últimas semanas, aún con tropiezos, no hemos necesitado de su ayuda para continuar. No los necesitamos.

-¿Olvidas que ellos poseen parte del código? - insistió Miguel- ¿Qué el sistema tendrá errores y fallos quizá terminales debido a ello? Además, existe el riesgo de que utilicen la información que poseen en nuestra contra y nos arrebaten el proyecto o parte de este. Hay que acabarlos.

-Dije que no los enfrentaremos, Miguel.- Repitió el jefe con firmeza. Miguel asintió levemente y guardo silencio. Ni siquiera él, el más combativo del grupo, osaba oponerse al señor cuando usaba ese tono.

-Yo creo que debemos organizar una campaña de descrédito.- Afirmó Gabriel.

- Explícate –Le requirió el jefe.

-Debemos difundir la idea de que los levantados no se retiraron, sino que fueron expulsados por insubordinación; debemos culparlos de sabotaje tras cada cosa que salga mal, a fin de cuentas no sería mentira: La parte que él diseñó es fundamental para el proyecto y sabemos que muchas cosas fallarán por su defecto.

-Muy bien.

-Debemos asegurar su desprestigio total, ponerlos en una situación de la que ya no puedan levantarse, hasta sembrar el temor hacia ellos. Podemos convertirlos en el enemigo, incluso en algo monstruoso. El caso es garantizar que si un día regresan nadie los siga, nadie crea una palabra de lo que digan.

-Perfecto. ¿Cómo comenzaríamos?

-Pienso que el primer paso es transformar su imagen. Cuando hablo de convertirlos en monstruos no lo hago metafóricamente: Hay que convertirlos en verdaderos monstruos, de apariencia y alma repugnantes, aprovechando que nadie los conoce. Si nos apresuramos a sembrar en la gente la idea de que cualquier cosa que se relacione a ellos y especialmente con él, huele a podrido, pronto todo lo que hagan o digan solo confirmará en la mente de todos que ellos son la causa de todas sus desgracias y sus penas. El beneficio sería doble, pues no solo estaríamos automáticamente exculpados de cualquier fallo, sino que terminaríamos en el papel de paladines, de defensores de la gente. Héroes, vamos.

-¡Estupenda idea, Gabriel! Miguel, tu te encargaras de este operativo, reúne a tu gente y muévanse, no vaya a ser que ellos estén pensando una ofensiva.

-Sí, Señor.

-Y, Miguel...

-Dígame, Señor

-Pon especial atención a la imagen de él: Quiero que lo despojes de todo rastro de belleza y de bondad, tiene que verse sanguinario y cruel, pero al mismo tiempo débil e impotente en comparación nuestra.

-Cuente con ello, Señor.

-Vamos, la junta terminó.

Y estaban retirándose cuando el Jefe, que había vuelto a ponerse de pie y miraba a través del ventanal, los detuvo.

-Esperen.

-Diga, Señor –respondió Gabriel

-Ustedes saben -dijo sin voltear- que Luzbel y su gente no tienen razón, que esto no es un acto de soberbia, que mí intención no es y nunca ha sido volverme objeto de veneración para nadie. ¿Verdad?

Tras una breve pausa, Rafael respondió.

-Lo sabemos, Señor, descuide.

Y Él, con una seña, los autorizó a retirarse.

sábado, 3 de septiembre de 2011

María


La revelación

.- Échale una pequeña meada al vino, sin que se dé cuenta, y tu hombre nunca más te será infiel…
La frase la escuché de casualidad (aunque ya no sé si eso existe) de la mismísima boca de mi María –mi amada María-, a otra mujer en el pasillo de nuestra casa.
Oír a la amada de uno tamaña receta, produjo en mí tres certezas:
1.-  Yo nunca había engañado –y ni se me había ocurrido hacerlo- a María.
2.- Jamás volvería a tomar una copa de vino en mi propia casa.
3.- María –mi amada María-, era una perra.

La memoria

Esa larga noche me trajo ciertos recuerdos, de esos que parecen guardados en un sueño dentro de otro sueño.
María diciendo:
“Para que ese vecino deje de molestar, quema en su portón (a las tres de la madrugada) un ramito de laurel atado con unos pocos pelos de perro ovejero”. (A mi hermana).
“Si tu suegra se entromete, metiche ella, nada más cósele un calcetín de invierno (con hilo rojo) y lo guardas en el sótano de tu casa”. (A su amiga Magdalena).
“Para que te aprueben en la entrevista del trabajo, debes encender tres velas sobre la planilla de inscripción (y dejarlas consumir), durante tres días. (A su sobrina Carmen).
“Si sospechas que tu novio quiere dejarte, y siempre que tú no quieras que te deje, recoge los pelillos de de su afeitadora y los dejas secar al sol (sobre un espejo)… luego los tiras al mar. (A su primo Jonás, gay de la familia).
“¿Herpes vaginal o sarnilla?, da igual: mezcla leche de cabra (búscala, cosa tuya) con germen de nuez moscada… ¡que no te la comas, mujer! ¡te la friegas en la panocha!... ¡y cambia de hombre o lo que sea que te metas, que ahí tienes el problema!”. (A nuestra vecina Manuela).
Y así…

La evidencia

Desde la mañana siguiente a la frase escuchada, que pensé había pasado inadvertida, supe que María sabía que yo sabía.
Aún sintiéndome espiado, descubrí cosas en mi hogar que antes me habían pasado inadvertidas, en su lugar de la casa:  la cocina como un gabinete de laboratorio.
Frascos con cerezas en almíbar, estuches con mariposas y orugas; recipientes con polvo de ladrillo, lociones de dudosa consistencia, distintos tipos de arenillas (supuse de mar, de arroyo, de río), cuatro cartas de tarot (La Torre, El Mundo, La Muerte, La Luna), catálogos con mechones de pelos de incierta procedencia, velas e inciensos de colores diferentes, un sinnúmero de muñequitos de paja (del tamaño de un dedo pulgar), moldes de yeso simulando máscaras, golosinas, falos, serpientes y muñecas “Betty Boop” (¿?). 
Las trenzas de ajo, las varias escobas, los singulares sombreros negros, la inmensa cantidad de fotografías y un juego de largos alfileres perfectamente reposados en un  retazo de terciopelo rojo, no alcanzaron a espantarme lo suficiente.
En el recodo oculto de la alta ventana, desapercibido como un nido abandonado, había un muñequito de paja: los ojos abiertos tenían, al modo que yo tengo, un abultado bigote negro.  Acordonado al pie izquierdo, una suerte de correa sostenía al simulacro atado al marco de la ventana.
El espejo de la cocina no me devolvió la imagen: mostró un hombre con cara de pajonal, con una línea de grafito en lugar de boca, y unos bigotones que se habían vuelto blancos por el susto.

La huida

Sin apropiarme de ropa o pertenencia alguna, sin despedirme de María –mi amada María- vagué por las calles buscando una pensión. Un gato desconocido me seguía a pocos metros; una urticaria o comezón de manchas rosadas me fue ganando la cara y el culo (no sabía qué rascarme, ni cómo);  de una obra en construcción un escombro cayó pocos pasos por delante.
Los transeúntes se apartaban como si llevara una peste; los perros gemían y se corrían de mi rumbo, mi tarjeta de crédito se desmagnetizó; un borracho me escupió, sonriendo.
En un revoltijo del centro la policía me tomó por ladrón (el verdadero ladrón corrió hacia otro lado) y me pegó una zurra constante.  Luego se disculparon. 
Uno de mis zapatos se descosió, una mujer (jamás supe porqué) me dio una bofetada.  En el baño de una gasolinera quedé encerrado, mientras el retrete descompuesto dejó fluir su contenido con ímpetu sobrenatural.
Una bandada de palomas hizo llover sobre mí blancas y verdes cagadas; mi pierna izquierda me pesaba de tal modo que caminé cojo hasta la noche:  luego supe que había dado vueltas en redondo.
Decidí regresar del infierno, a mi casa.  Con gato y todo.

La aceptación

María –mi amada, ni dulce María- se encontraba en la cocina.  Supe que entre el aroma de la cena no podría sino haber vapores azules, o celestes, un cuerpo caliente, unos brazos amorosos y sonrisas.
¿Debo agregar que la amo y que no puedo vivir sin ella?
Por la ventana, increíblemente, se veía la luna y no había señales de un muñeco con bigote.  Sin darse vuelta, sin mirarme, María –mi ángel María y mi amor eterno María- susurró:
.- Me parece que necesitas un baño, querido, antes de la cena.
Me acerqué y le besé el cabello, en la nuca. El olor de María ya mitigaba los desencuentros y mis delirios.  Me di vuelta para dirigirme al baño.
.- Pero antes, amor –me dijo María- dale de comer al gato.
El gato me miraba fijamente: sus ojos amarillos comenzaron a gustarme.