Mostrando entradas con la etiqueta Fotografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fotografía. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de octubre de 2011

"Memento mori"


Una obsesión y los objetos.
Alrededor del pensamiento.
En el vacío las formas,
los colores y la apreciación.
Me pregunto, qué hay adentro,
cuando fuera estoy y siempre,
en el interior, el ansia me lleva
a buscar salida; dividido,
sin poder partirme, quiero tomar
lo mejor. Tras varios intentos,
complacido quedo, satisfecho no.
Ayer inmediato, aquí instantáneo,
compendio de momentos.
Gestos que pueden ser de alegría,
gritos sin sonido, ímpetu contenido
en papel, pedazos de una vida.
El sentimiento interpreta la intención
y el recuerdo entra en acción.
Dentro de un pequeño cuadro,
cada cosa es una palabra,
discurso gráfico.
Alma de alquimia en pequeño taller,
de mano en mano pasa el ayer.
Un segundo es absoluto, tan fugaz
y diminuto, en su condición infinita,
revela su sobrevivencia,
desde el silencio llano;
atemporales límites,
contienen algo que es parte
de un breve siempre,
ejercicio de la luz,
perspectiva y reacción,
conjuntos en el mismo plano.

El Aprendiz de Brujo



“Capturar en un trozo de papel un momento de eternidad,  es magia”.
No como ahora, Juanito, que hasta un chimpancé puede apretar un botón y, en una de esas, hasta sacar una buena imagen.  Los jóvenes de ahora no tienen ni idea de lo que es una fotografía, ni de cómo tomarla.  Sólo se limitan a mandar tonterías desde sus teléfonos.
¡Ay Juanito, cómo han devaluado y banalizado la fotografía! Antes, capturar una imagen era un arte.
Salir al campo, o de viaje, con un rollo de película de 35 mm y 36 tomas en blanco y negro, olvidar el color para concentrarte en las sombras y las texturas, en un mundo imaginario dentro de la realidad de lo cotidiano, ver más  allá de lo que mira la gente.
Ahora ya no saben ni qué es un encuadre o un primer plano, mucho menos qué es el ASA o la velocidad de obturación o cómo usar de verdad un flash, vamos, ni siquiera pueden comprender que es en realidad una foto…
Mira Juanito, fotografía quiere decir “escribir con la luz” y al igual que un lápiz la mayoría hace garabatos bastante grotescos y sólo algunos dibujan “decentemente”, únicamente unos cuantos somos “artistas”… porque agarrar un lápiz no te hace un Picasso, ¿verdad?
Así que, tómala, siéntela, mírala. Este es mi caldero y mi varita, esta es mi cámara y será para ti mi legado. Observa, aquí es la recámara, ese pequeño cuarto oscuro donde se hace la magia, aquí es donde el magazine o rollo se esconde en la oscuridad y el silencio, aquí es donde cuando aprietas el obturador una pequeña ventana se abre un instante para domar y capturar al caballo desbocado que llamamos luz.
Aquí el rollo atrapa en sus sales de plata las imágenes, y se deja seducir por la caricia del tiempo.
Vamos Juanito, busquemos un pretexto, un paisaje, una cara, digamos algo, contemos historias a través  de la lente, caminemos por las plazas, veamos lo que estando ahí no mira nadie, busca entre las piedras, en las paredes, en las miradas. Y cuando estés seguro dispara, dispara tu cámara y detén el tiempo.  
¿Lo tienes? Vamos entonces al cuarto oscuro,  porque así como la luz es nuestra aliada, también es nuestra peor enemiga. Debemos proteger el rollo para que devele sus secretos.
Apaga la luz y enciende ese foco rojo, la luz roja más hermosa que jamás mirarás porque no invita al pecado como la de los prostíbulos de la alameda, sino porque invita al arte y a la creación. En esas charolas prepararemos los químicos, siente su aroma fétido y penetrante, con cuidado, no te vaya a caer encima.
En esa charola vierte el revelador Juanito…bien, así… hasta la marca... ahora en esa pon agua fresca y pura…eso es…en la siguiente vierte el fijador, está en aquel estante en la botella color ámbar. ¡Eso es!
Esta es la ampliadora, Juanito. Coloca aquí el negativo… sí, muy bien, enfoca y ajusta, encuadra, dale luz y sombra. Que todo sea perfecto, date tu tiempo que este, después de la luz, es lo más importante.
Ahora  apaga todo… que la oscuridad sea total. A tientas saca el papel de su encierro y colócalo en la base de la ampliadora. Con cuidado, con pasión por el detalle. Siente su borde y ajústalo en las reglas, disfruta este momento,  enciende el cronometro y,  ¡ABRACADABRA!
Vamos, date prisa, trae el papel  y sumérgelo en el revelador, mira cómo surge la imagen mientras lavas la plata del papel.  Mira cómo nace la sonrisa y el paisaje, la textura y el contraste; ahora al agua, lava toda impureza con cuidado; ya casi acabas Juanito, pásala al fijador. Déjala un rato descansar, fijarse, aferrarse a la eternidad.
¡Ves qué hermosa te quedó la foto de tu hermana! ha quedado inmortalizada para siempre, has capturado su mirada y….
–Lo sé abuelo…he hecho Magia.


Abrir y cerrar de ojos


Desde pequeño se identificó con las imágenes, pero no las imágenes como tal, sino cuadros, momentos y lugares, le gustaba capturarlas, veía algo que le gustaba y de inmediato fijaba su mirada con los ojos lo mas abiertos posible y en seguida los cerraba apretándolos con mucha fuerza, para que así en su mente, según creía Renato, se guardaran más fielmente esa imagen.

La utilización de las imágenes capturadas por Renato, eran para su uso exclusivo, todas las noches antes de dormir, escogía mentalmente la mejor escena capturada, la seleccionaba, se enfocaba, la recreaba, con pequeñas variantes, en las que, el aparecía, el la disfrutaba, el se encontraba en ese cuadro mental que había robado en algún momento.

Internamente, el nunca creyó que esto que hacía era robar, ya que, los instantes estaban ahí, el solo los disfrutaba en la soledad de su habitación y les añadía esa variable que para su gusto les hacía falta, él. Con el paso de los años, se empezaba a dar cuenta que esto era un problema, ya que lo alejaba de la realidad, ya no participaba en escenas con personas de la vida real, se limitaba a robar escenas y por las noches a divertirse y a recrear sus propias escenas.

A una edad mas adolecente, seguía adoleciendo del mismo mal, le gustaban las capturas de momentos, se quedaba mirando el parque de su escuela, el parque de su unidad habitacional, y justo en el momento que sucedía algo, el lo capturaba. Debido a este extraño comportamiento, carecía de amigos, ya que nadie lo entendía y los que se acercaban, terminaban alejándose, ya que nunca los veía directamente; Renato, creía que desperdiciaba su mirada con solo observar a una sola persona.

A pocas personas se les da el privilegio en la vida de trabajar en aquello que siempre han soñado, a Renato le fue concedida tal dicha, ya que, entró a trabajar como ayudante de fotógrafo en un estudio. El trabajo de Renato, consistía en diversas y tediosas actividades que constaban desde preparar las mezclas venenosas de los ácidos para el revelado de las fotografías, cambiar las bombillas de los reflectores hasta el acomodar los fondos para las fotos de quinceañeras. Pero había dos actividades que siempre le gustaban realizar: Cortar y acomodar las fotografías reveladas en sus sobres, y entregarlas a sus respectivos dueños o personas que las llevaron a revelar.

El trabajo era genial, ya que, no tenía que salir para adquirir mentalmente situaciones ajenas, personas nuevas, lugares comunes o nuevos, todo un buffer gráfico para alimentar su peculiar entretenimiento.

Con el paso del tiempo, opto por contemplar las fotografías y no robarlas en su mente, sino que al verlas, crear la historia, y así no se desgastaba tanto. Veía tantas vidas como quería, las vidas de las parejas que llevaban sus fotos de bodas, sus fotos (casi pornográficas) de su luna de miel, sus fotos de sus hijos y después, por separado las fotos de cada cual con su cada amante, o al menos eso creía Renato. Con el paso de los años, había adquirido un gusto placentero por seguir personas y a inventarles una historia y hasta creerse su amigo mas íntimo.

Eventualmente el estudio fue perdiendo clientela, la era digital, anunciaban algunos, había llegado, el sabía que la fotografía nunca dejaría de ser lo que era, que solo era una racha moderna impuesta por algún país extranjero.

Ángela Estrada decían los 9 frascos con rollos para revelar, al revelar las fotos e irlas acomodando una a una en los sobres pertinentes, se dio cuenta de algo mágico, algo que nunca había sentido jamás, se sentía atraído y sentía una ansiedad de seguir absorbiendo imágenes de Ángela, con Ángela, donde Ángela. Ángela, era nueva en la ciudad y era además de una fanática a la fotografía una mujer, algo que Renato, nunca experimentó.

53 semanas pasaron, Renato, seguía, cada 2 semanas, las fotografías que Ángela llevaba a revelar, las fotos con sus amigos en alguna fiesta, las fotos de su escuela, las fotos de su graduación, las fotos con su antiguo y su actual novio, y cualquier otra cantidad de fotografías personales, que cada dos semanas se adueñaba Renato momentáneamente. Renato no conocía el amor, pero si lo hubiera conocido, esta fijación seria claramente un buen ejemplo de un enamoramiento.

Ángela era curiosa y gustaba de ver la sudoración y el comportamiento torpe de Renato cada que ella llegaba al estudio, y Renato, obviamente disfrutaba que Ángela llegara al estudio, no para verla, porque nunca pudo sostenerle la mirada, sino porque sabía que llevaría 1, 2 o si tenía suerte, 3 rollos de 48 exposiciones para revelar.

Esa semana fue la excepción, Ángela llevó 1 solo rollo de 12 exposiciones. En el cuarto de revelado, Renato, ya como encargado de revelar las fotos, vio que solo había 3 fotografía. Al sumergir el papel fotográfico impactado con los fotones de aquellas antiguas maquinas en el ácido, poco a poco se revelaban unas escenas algo familiares para Renato, Colgó las fotografías y al irse poco a poco secando, se iban desvelando las escenas. La cara de Renato, se desencajo por completo, bajo el destellante resplandor de la luz roja del cuarto de revelado, la escena no le parecía familiar, era su escena, Ángela lo había retratado 3 veces mientras andaba por la tienda sin que él se diera cuenta. Renato se sintió, observado, sucio, violado por un alguien que no le había permitido verlo, tembló y cayó al suelo bajo un ataque súbito de pánico y vergüenza, mientras caía solo aquellas 3 imagenes pasaron por su mente.

Sirenas, vecinos, muchas fotografías llenaron el lugar a la semana siguiente. Los forenses no pudieron determinar la causa real de la muerte, solo tomaron fotografías de la escena y vieron detenidamente como había 3 fotografías del individuo colgadas en ese cuarto carmesí.

-Que desagradable!!! Con un ojo abierto, ha muerto con un ojo abierto, parece que nos está espiando- Dijo la joven reportera que recien habia tomado la fotografía del difunto Renato.

sábado, 1 de octubre de 2011

Cuando fuimos perfectos



I´m not surprised at all, and really, why should i be?
See nothing wrong
so sick and tired of all these pictures of me
completely wrong, totally wrong


Elliott Smith, Pictures of Me


Hay algo de nada en tu sonrisa que impide que pase el tiempo, tus ojos tienen ese brillo de luna en el fondo del pozo, de esperanza en cada respiro, de paz en cada latido, de una oración constante, sin descanso. Tus manos rodeándome parecen aferrarse al momento, buscan sostenerse a lo que parece un sueño, pero también muestran el enorme alivio de estar uno al lado de otro. Hay desnudez en mi breve sonrisa, mis ojos nadan en el espacio como dos estrellas vagabundas, recargadas de negro vacío, mi cabeza inclinada a la tuya, en un deseo de contacto que no se termine, tu perfume llega de nuevo y se viene un terremoto de recuerdos, mis manos abrazándote, sosteniéndote, no quiero que te caigas, no quiero que nos caigamos.

Ese es el momento en que fuimos perfectos. Nuestra voluntad y testamento.

- ¿Por qué tantas fotos?
- Porque eres hermosa, quiero mirarte siempre que pueda (sé que te perderé)
- Mmm, a ver, ya, tómala pues
- Te podría tomar una cada día (multiplico los recuerdos, es todo)
- Bueno, ¿nos tomamos una juntos?
- Claro, tendremos muchas, tantas, para nuestro álbum (sólo eso tendré de ti para no olvidarte)
- Sonríe amor.

viernes, 30 de septiembre de 2011





I’ll be your mirror

El metro estaba atestado, Réene había subido en la primera estación y por fortuna tuvo la oportunidad de sentarse hasta llegar a su destino. Venía de recoger unas fotos. Su madre solía tener grandes libros clasificatorios de fotografías, las guardaba por edades o por años de captura e incluso llego a hacer un álbum dedicado a aquellas fotos en las que usaba su vestido azul turquesa con flores rojas; su madre era una mujer que con los años no sufrió muchos cambios de figura así que se podía encontrar una foto de cuando tenía 25 y otra de 50 con esa entrañable prenda.
Réene estaba sentada en un espacio para dos personas y su acompañante desconocido no tuvo reparo en echar un vistazo a las fotos que ella observaba con fijeza y, de reojo, una miradilla inocente a su escote. Cuando se dio cuenta del mirón en turno, se quedo un rato pensando en lo que el hombre imaginaba, y no con su escote, sino lo que percibía en las fotos. Era ella de niña, sostenía un plumero, tenia gafas oscuras y señalaba hacía el fotógrafo. Pensó sin dudarlo que un hombre como aquel sentiría ternura e imaginaría todo lo que condensaba esa foto, la cantidad de recuerdos a los que aludía y sobre todo, el tiempo que velaba, una época comprendida en papel fotográfico. Pero ¿Qué era todo eso? ¿De dónde carajo salía toda esa luminosidad que reflectaba los momentos pasados? Y además ¿Dónde estaba el tiempo? Ahí no había nada, nada de nada. Pensó entonces que la gente sobrevalora, tiene en alta estima a las fotografías, o como decía Sabines, se tiene exhaltada a la luna. Porque la fotografía como la luna no son más que espejos. Decidió cambiar de foto y allí estaba ella, otra vez, sentada frente a su piano rosa en el largo comedor de la casa de los abuelos. Movió la cabeza negando algo, esa no era ella, no podía serlo, esa niñez no podía ser la suya. Y no podía serlo porque la niña parecía feliz y Rénee no recuerda haberlo sido a esa edad. Esa era otra y alguien, con la maldad de que un día se encontrasen la de la foto y ella, apretó el obturador para que una de las dos perdiese el rostro (o quizá las dos y ahora ninguna de ellas existía). Y es que la escritura y la fotografía, pensó, para la única finalidad que han sido destinadas es para perder la identidad, uno no se fotografía y no fotografía a los demás para guardar su recuerdo sino para perderlo, se intenta hacer lo imposible al fotografiar, capturar el instante, asir lo inasible y con ello aspirar a poseernos o a poseer lo fotografiado, sin más rodeos, a matarlo. 
El hombre a su lado le dio un codazo por equivocación que la sacó de aquél estado absorto en el que se encontraba. Se dio cuenta de la frivolidad de sus pensamientos, de haber perdido el paraguas con el que veía el firmamento y sin el que ahora sólo podía vislumbrar el profundo azul del cielo.
I’ll be your mirror. Reflect what you are, in case you don’t know… reproducía su ipod, mientras sus manos pasaban al ritmo de Velvet Underground las fotografías que quedaban por ver. Es como si de alguna manera le estuviesen hablando y le repitiesen con la voz de Nico que serían su espejo en el cual se reflejaría por si ella no lo sabía. Entonces detuvo la música, sus manos dejaron de cambiar las fotos y se indignó frente a su propia interpretación. No son las fotos las que serán mi espejo, se dijo a sí misma, soy yo en lo que ellas se reflejan. Ellas no son nada sin mí, la única propiedad que poseen es tanatológica. No hay ni mi pasado ni presente y mucho menos ningún futuro, ninguna proyección en ellas, sólo hay la ausencia radical de tiempo, mi mortalidad foto-grafiada. La inscripción, el grafo, el trazo, la evidencia de que no soy nada. “Toda fotografía es esta catástrofe”.
Hemos llegado, dijo, guardo sus fotos y salió del metro. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

El cantante


El dedo índice y el medio empezaron a explorar el que había sido hasta hace poco el monte virgen a sus manos, Palpando el vello rizado, abrió una brecha entre ellos hasta encontrar lo que buscaba, el punto donde podría morir en un instante de frenesí violento.
Separando las piernas, dejó que los dedos entraran a ese túnel húmedo y oscuro visitado casi todos los días desde que él se hizo presente en su vida. Separó la rosada tela introduciendo poco a poco lo que podía hacerla llegar al límite de la locura. Delicadamente tocó cada parte de su interior reconociendo cada tela, cada olor, cada sabor, imaginando la cara del amante al verla como estaba. Desnuda, con las piernas separadas era la imagen viva del deseo.

Fijó los ojos en los de él que la veían lejanos, detuvo un momento la arremetida para llenarse la boca de los labios delgados en los que le gustaría explorar sus más recónditos deseos, saboreando la dicha en esos breves momentos de gloria.
Le gustaba perderse en sus ojos cafés e imaginar los besos que saldrían de la boca del amante que todas las noches llegaba para hacerla perder instantes de vida por el momentáneo placer que le daban esos dedos mágicos, haciéndola llegar al clímax en los momentos en que sentía morir.

Entonces lo supo, los dedos convertidos en un objeto duro comenzaron a moverse rápidamente, introducidos entre sus piernas le estaban haciendo llegar al paraíso. Doblegada a las caricias imaginarias, recorría los senos con avidez perdiendo el poco sentido que le quedaba entre esas dos montañas erigidas en monumentos para su boca.

Los gemidos se convirtieron en gritos animales rompiendo la oscuridad del cuarto. Su cuerpo se puso rígido, dejando de latir el corazón se paralizó por breves segundos, en un instante se le escapaba la vida en momentos saboreados hasta el delirio. Asomada una perla entre sus pestañas, la vida le regalaba un instante de gloria pasajera.

Quedando exhausta, su mano descansaba sobre el vientre que percibía aún el fuerte latido del corazón, tornando poco a poco lenta la respiración, relajado el cuerpo, abrió los ojos para deleitarse con la fotografía sobre el buró. La imagen de su cantante favorito la acompañaba desde que supo que vivía solo para él.
El otoño había llegado y las noches tibias y solitarias estaban haciendo mella en su ánimo, para consolarse buscaba el placer imaginario que sólo Él le podía dar, su cantante favorito.





















Sonriendo



Solo, y entre tus manos una copa, labios agrietados sangrando palabras derrotadas, plegaria perdida desde hace mucho tiempo, antes que el sol nos diera la espalda propagando ardor en los costados y las ansias se nos escurrieran al ras del suelo, solo yo y tus labios, mientras la saliva circula amarga y el licor permanece coagulado. Entre tus manos el corazón siempre apostando, entre mis manos nuestro sueño moribundo, sin pretextos ni reclamos, que en común acuerdo decidimos guardar en lo más profundo del silencio. Sonríes y desde lo más oscuro de tus ojos crezco, me oculto para morir despacio, me aferro, a mantenerte sonriendo…

Solo, y en la esquina un cuadro de nosotros hablando entre sonrisas de un tiempo discontinuo, entre vaivenes cautivantes, murmurando algo que se pierde, y me voy quedando solo en algo que se desvanece, entre memorias de papel y recuerdos de humo ya olvidados.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Sepia

Luego de observar la consagración entre la tía Eduviges y aquel viejo retrato, ubicado sobre la desvencijada cómoda de su estancia, y el cómo profesa rituales en torno a él, tal como acariciar con sus dedos marchitos tratando de adivinar las formas que sus ojos ya no ven, o el notar, de repente, cuando de su rostro desaparece su infinita tristeza transformándola en una mujer joven, viva, viviendo a través de él. En el mismo sitio y cada día, Eduviges se inventa un nombre que ya no le acompaña. En su corazón la misma mirada, en esa esquina de su habitación no cabe el olvido, el pasado se reúne en el polvo, entre sus dedos, y ella, imagina que lo tiene ahí, tan sepia, tan suyo: asida al recuerdo. Luego de observar todo ello, es que me decidí a imprimir tu rostro, no sea que el tiempo me coma, y un día, atormentada por la artritis, no pueda ni encender el computador.

martes, 27 de septiembre de 2011

Recortes

La fotografía que se tomó para enviarsela. La semana que se la envió. La cafetería donde se conocieron. El parque donde pasearon. El primer reclamo. El primer beso. La obra de teatro que fueron a ver. Los días perfectos. La cena donde conocío a los suegros. La fotografía que se tomó con los suegros. La primera pelea. El primer golpe. El ojo morado. La primera vez que hicieron el amor. Los rasguños. Las reglas. Las prohibiciones. Las vacaciones en la playa. Las discusiones con los amigos. La nariz quebrada del amigo. El segundo reclamo. El primer ramo de rosas. Las primera vez que se disculpó sinceramente. La reconciliacón total. La primera vez que la obligó a tener sexo. El primer aniversario. La brutal segunda pelea. La primera visita al hospital. La separación definitiva. Las horas de angustia. Los días largos. Las semanas de desesperación. Las llamadas en la madrugada. El correo saturado. Los muros pintados con mensajes de amor. Los suegros asustados. El primer abogado. La primer restricción. La primer mudanza. El primer encuentro. El segundo ramo de rosas. La segunda vez que se disculpó sinceramente. El segundo encuentro. El tercer ramo de rosas. La tercera vez que se disculpó sinceramente. El tercer reclamo. Los suegros con miedo. La visita borracho. La segunda mudanza. El segundo abogado. La orden de arresto. Los meses de desesperación. La búsqueda. El tercer encuentro. El cuarto reclamo. El disparo. Los suegros angustiados. El cuerpo ensangrentado en el suelo. La huída. El periódico con la fotografía que se tomó con los suegros con el pie de página Se Buscan. En los obituarios la fotografía que se había tomado para enviarsela. 

Crónica de cómo mi silueta llegó al piso.










Sentí tu presencia antes de verte.

Iba en el camión al trabajo. Con un libro en las manos, tratando de hacer el viaje más corto, sin embargo a la mitad del trayecto te vi de perfil sobre mi hombro. Querías leer lo que mis ojos atentos seguían. Al voltear, te hacías el distraído. Llegando a la curva solo íbamos el chofer, tú y yo. Te sentía tranquilo, paciente, esperando a que te mirara de nuevo. Por momentos me olvidaba de ti, las letras del minotauro y la sirena tenían la culpa. Estabas azul con un ligero resplandor de sol tras de ti. Eso tal vez me impedía ver tu rostro. Estaba sentada delante de ti, te daba la oportunidad de observarme, de sonreír con mi sonrisa y de fruncir el cejo cuando algo no entendía.
Llegamos al final del camino. Guardé todo en la bolsa anaranjada de terciopelo. Había perdido tan solo unos segundos antes de que te bajaras. Me apresuré esperando ver tu silueta caminar rumbo al hospital o la universidad. La carretera estaba solitaria. Ni una huella, ni un rastro de polvo levantado por tus pies.

Al salir del trabajo abordé el mismo autobús -¿coincidencia?-.
Las cosas de la rutina me hicieron olvidar que te había sentido cerca de mi oído, detrás de mi espalda, rozando suave mi hombro. Me senté atrás dejando un lugar por si decidías mostrarte de nuevo.
Nada. Una y tres paradas más. Nada.
De la bolsa surgió el libro. Perdí el tiempo y realidad del camión, atestado de obreros, secretarias, albañiles, maestras y amas de casa. El aroma a sudor de las tres de la tarde llenaba mi nariz. Una mirada insistía. Otra vez sobre mi cara, de nuevo sobre mis manos, buscando mis ojos. No te presentí, no pude verte. Se me antojó un churro, lleno de azúcar y grasa, de esa, que se queda en los labios, que ayuda a pasar más fácil las páginas del libro. Por eso, no te vi.  Ni si quiera cuando te empuje para bajar.

Las calles estaban solitarias.
La gente no caminaba por las aceras. El taller del mecánico, -eterno enamorado- estaba cerrado. A lo lejos un grupo de gente. Hombres bebiendo cerveza, con unas bolsitas amarillas –nunca me ha gustado ese color-. Siempre había caminado por ahí. Nunca me había dado miedo. Cuando intenté desandar el camino ya era tarde. Debí dar la vuelta en la esquina, pero los pies no me obedecieron. Un perro negro se emparejo a mi lado. Me miraba como esperando que lo entendiera, si la naturaleza me hubiera dotado se esa habilidad no me hubieran arrebatado la bolsa, ni mi nariz hubiera sangrado. Solo escuchaba el ladrido del perro. El calor de la tarde me había dejado el olor del sol en la blusa que se teñía de mi vida.

Parpadeaba lento -como con sueño-, el cuerpo se había quedado quieto boca abajo. El rostro hacia la derecha viendo la carretera, el perro lamía mi mano, me hizo pensar en el diente de león que había crecido, manchado con rojo, oloroso a resistol. Imaginé un mayate amarrado con un hilo para darle vueltas, disfrutar su sonido y después dejarlo escapar. -¿Un mayate?- No me pude mover. Unas flores amarillas fueron aplastadas.
Te vi de nuevo. Borroso. Alejado. Cerré los ojos, ya no era posible ver más. -¿Por qué no me ayudaste?-. Cuando los abrí ahí estabas, de pie. Con la bolsa en tus manos, hojeando la sirena. Tus ojos ¡por fin los vería! Algo me decías, susurrabas -¿Qué? No te entiendo- pero un flash, lucecitas que no resecaban mi pupila dilatada. Otra vez: un resplandor te difumino entre las cuatro de la tarde, mi bolsa anaranjada y el sonido de una patrulla.