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domingo, 7 de agosto de 2011

CATORCE SOMBRAS









En el desierto…

Por esas horrendas e infames ironías de la vida, quedó el hombre perdido en el desierto, rodeado de ese potente sol desgarrando su alma, escapando su vida a través de gotas de sudor que se evaporaba y no alcanzaba ni a escurrir, secando sus labios igual que su corazón, temiendo por su destino sin un solo lugar que le brindara protección a él y sus miedos, únicamente espejismos descarados le hacían sentirse a salvo…

Era pasado el medio día y ni los depredadores de carne se asomaban, solo el verdugo depredador de almas, ese infame e inefable calor…
Cayó desfallecido, solo en ese mar de arena y su única compañera, la que vería extinguir su alma era esa sombra que le seguía…

…fin…

NOTA: Originalmente iba a hacer una entrada de las sombras y desmadres que persiguieron a Zapatero hasta el punto de adelantar comicios por el desmadrito de España, pero pfffta, este no es El País

Y la Sombra lo siguio.


Y la sombra le seguía,
como cada mañana lamía sus pies
y él la acariciaba.
Recorrían las calles con paso lento, recibiendo el sol naciente en sus caras. La Sombra le seguía al cruzar las calles y al detenerse.
A sus casi ochenta años, José estaba solo, subsistía como podía y su carácter amable lo hacía un personaje de esos que marcan al barrio.
Los vecinos del pueblo le regalaban algunas cosas que el anciano llevaba a su cuartucho casi en ruinas. Mientras él se sentaba a preparar un café en las penumbras, la sombra se fugaba hasta el mercado cercano a hurtar un poco de alimentos, quizá con suerte el carnicero le arrojaría un hueso, que después tendría que defender de los otros perros.
Pero siempre volvía junto a José que con su mano la acariciaba, mientras le contaba historias de su juventud que ella parecía comprender.
Varios años se sucedieron y era parte del paisaje de todos los días, ver a José y su sombra deambular por la plaza, pidiendo un poco de caridad. Él perdió la vista y la sombra se convirtió en sus ojos, ahora ya no lo seguía, lo llevaba.
Hasta que un día, José no pudo levantarse más; entonces la sombra salió a buscar ayuda, atrayendo la atención del señor cura que siguiéndola encontró a un José agonizante. La sombra se hecho al pie de la cama, no se separó más de él.
El Señor cura ordenó que lo llevaran al hospicio, pero él se resistió, pues sabía que allá no aceptarían a su sombra y decidió quedarse ahí. Hasta donde diariamente algún alma piadosa le daba algo de atención.
A los tres días, en la madrugada, José llamó a la sombra. Ella se levantó y se acomodó en su regazo. -Ya – es hora sombrale dijo con su voz apagada.
La sombra sin moverse se apretó aún más contra José y este la acarició con fuerza hasta que ambos perdieron el aliento.
A la mañana siguiente ambos salieron de paseo a un gran campo que recorrieron alegremente. La sombra saltaba y corría mientras José lleno de energía le lanzaba un palo por juguete.



Mientras en el pueblo, doblaban las campanas.

han encontrado sus cuerpos.


sábado, 6 de agosto de 2011

En ti confío





Y la sombra le seguía.

- Y luego ¿qué?
- ¿Qué de qué?
- ¿Eso es lo único que tienes y publicas mañana?
- Pues sí, nomás eso tengo güey… o sea, chale ¿no?
- Y entonces ¿qué harás?
- Ah, pues no sé, la neta
- ¿Pues no que muy chingón? ¿No que el muy muy? ¿Te pones minifalda y te crees el muy muy?
- No sé de qué hablas…
- Pues ya sabes, que te sacas algo de la manga, un tema, algo, te haces el chistoso, viene la magia y tapas tus carencias.
- No mames.
- Bueno, bueno, inventa algún tema, de ahí metes eso de la sombra y ya chingaste ¿Alguna idea?
- No, ninguna, supongo que debe ser algo que lo justifique…
- ¿Y qué tal si hablas por ejemplo de la gente que le gusta mandar saludos en los programas de radio y tv, tú sabes que eso no tiene sentido, o de los imbéciles en Facebook que informan hasta cuando van a cagar? ¿O qué tal si te burlas de los minusválidos? ¿Has explorado las posibilidades cómicas-existenciales de las fijaciones de los críticos de arte? ¿Qué tal un monólogo acerca de las inspecciones anales? O puedes burlarte de la originalidad de los demás, sabes que eso es lo que quieres... O si te pones serio puedes platicar un poco sobre las voces, la culpa, los especímenes femeninos en el congelador, la…
- ¡Basta! No sé, es algo que se habría pensado desde hace mucho tiempo
- Ay tú, muy original ¿no? Entonces ¿de qué vas a hablar?
- No sé… ayúdame… coopera con algunas ideas…
- Siempre igual ¿verdad? Siempre esperando a que yo te diga qué y cómo lo harás. Debería darte vergüenza después de todos estos años. O sea, creo que algo deberías haber aprendido, al menos alguna idea prestada o derivada de las tantas que te doy.
- Cállate y dame algo para trabajar.
- Habrase visto tipo tan peculiar, ahora me exiges y me dices que me calle. No sé cómo vas a lograr algo para tu publicación si me callo. Además, sabes que las musas hablan cuando quieren…
- Tú no eres una musa, así que remítete a darme una idea, yo la desarrollaré.
- ¡JA,JA! La vas a desarrollar, ciertamente has dicho eso, palabras entran y salen y sin embargo tu “desarrollo” es pobre. Hasta para eso necesitas de mí.
- Tengo mucho sueño, quisiera dormir un poco y sabemos que no podré si no termino esto, así que ¿Tienes la idea?
- Tengo algo mejor.
- ¿Qué es?
- Yo.

En efecto, la sombra le seguía.

viernes, 5 de agosto de 2011

"Juntos"



Y la sombra le seguía…
para todos lados, a toda hora; desde que tiene uso de razón recuerda a la sombra pegada a sus pies.

Y la sombra le seguía…
e intentaba escabullírsele, sin embargo descubrió que sólo en la obscuridad la sombra se perdía.

Y la sombra le seguía…
la cuestionó acerca de esa incesante persecución, pero la sombra no tuvo la cortesía de contestarle nada.

Y la sombra le seguía...
la sombra escupe, vomita, orina, alza cosas, abraza, anda en bicicleta, se viste también, pero siempre usa ropa a la moda sombra. En fin, la sombra tiene acciones, no emociones.

Y la sombra le seguía…
le propuso hacerse sombra de otra cosa, pero cada objeto tiene su propia sombra.

Y la sombra le seguía…
le parecía tan familiar que cambiaron de roles, entonces pensó en escapar de si mismo, sin embargo entendió la falta de autonomía que sufre una sombra.

Y la sombra le seguía…
hasta en sueños; despertó, la sombra dormía debajo de él, se levantó sin hacer ruido, dejando a la sombra sumida en sus propios sueños.


Y la sombra le seguía…
fastidiado de que le copiara en todas sus acciones, intentó golpearla, pero se hizo daño él solo.

Y la sombra le seguía…
contrató a una pareja sexual, se metieron en un callejón oscuro, por lo tanto la sombra no fue partícipe de ese coito sombrío.

Y la sombra le seguía...
a veces borracho, encima de ella caía.

Y la sombra le seguía…
una vez entró a un salón de baile, agarró pareja, su sombra bailaba con la sombra de ella, también con otras, en una fantástica orgía de sombras. Por cierto, a las sombras no les duelen los pisotones.

Y la sombra le seguía...
cuando se casó, en la noche de bodas, las sombras no hicieron caso del letrero de "No molestar", colgado en la puerta.

Y la sombra le seguía…
al nacer su primogénito, descubrió que los niños no traen torta bajo el brazo, solamente nacen con su sombra.

Y la sombra le seguía…
resignado, comenzó a charlar con la sombra, mejor dicho a monologar, la sombra resultó ser una excelente escucha.

Y la sombra le seguía...
al paso de los años, le resulta molesto descubrir que la sombra no se encorva ni parece tan cansada como él. Además, a ciertas horas del día, le supera en estatura.

Y la sombra le seguía…
por fin entendió que nunca se desharía de su sombra, quien es algo así como un ángel de la guarda, oscuro y silencioso al extremo, inseparable, compatible con la luz natural y artificial. 
Prosiguieron su vida unidos por los pies.

Y la sombra le seguía…
dentro del ataúd, pero ya nadie se da cuenta de ello. La sombra soporta el peso del cuerpo durante la desintegración; luego la sombra también muere.

jueves, 4 de agosto de 2011

No lo digan porque se oye feo

Y la sombra le seguía do quiera que fuera. Tras las huellas de Silvina, Manuelito no deja que esta se le desaparezca. Ya sea a la cocina, al mercado, a la calle, nunca se separan. Manuelito está loco pero nadie lo dice, disfrazan la verdad con palabras que duelen más que la verdad misma.

Carga un cinturón entre las manos que mordizquea para tranquilizarse cuando los fantasmas de la locura se apoderan de su mente.
Una extraña fijación ejercen sobre él los cinturones y los senos femeninos a los que se acerca sin mediar el peligro de recibir una bofetada o un golpe de la mujer que no lo conozca. Las que lo conocen, saben que no pasa de un rozón y una caricia sin malicia pero hay que tener mucha sangre fría para dejar que Manuelito acaricie los senos prohibidos sin sentir un escalofrío de terror.

Tiene treinta y tres años pero dos de edad mental. Un retraso ocasionado por el esposo -según diagnóstico médico-estando embarazada Silvina, a quien golpeó sin piedad una y otra vez hasta que se cansó. Bañada en sangre, fue hasta donde el médico quien dijo que Manuelito estaba a punto de nacer ayudado por la golpiza propinada por el esposo desalmado. Así entre golpes y lágrimas vino al mundo un niño que nunca sabría qué  papel jugaría en el destino de su familia.

Cuando Manuelito nació, Silvina sonriendo dio gracias a dios que hubiera nacido bien sin imaginar lo que la vida le estaba guardando. El tiempo le arrancaría la sonrisa convirtiéndola en una mueca de dolor que jamás se le borraría de la cara. El niño se convertiría en la sombra de su madre.

Manuelito creció como todos los niños de su edad, con los cuidados y amor que toda madre prodiga a un bebé hasta que un mal día Silvina vio que algo no andaba bien con el niño, se dio cuenta que su hijo tenía la mirada perdida en la desnudez del techo, le dio un vuelco el corazón, pasando su mano frente a los ojos inmóviles, Manuelito no pestañeó, le habló para guiar la mirada con la voz pero no hubo respuesta. Asustada corrió al médico quien le dijo que no se sabría si era ciego hasta que tuviera más edad.

No estaba ciego, su memoria estaba perdida en los límites de la locura y no podrían curarlo. El golpe que recibió Silvina al saber la noticia, mató la mitad de las  fuerzas de madre, la otra mitad las guardó para ayudar a sobrevivir a su hijo.

Aprendió a caminar cerca de los cinco años de edad. Hablar nunca ha podido, algunas veces cuando la locura lo deja, en un esfuerzo sacado de la más honda cordura pronuncia ¨Mamᨠ es cuando Silvina piensa que los milagros existen agradeciendo a dios que no se olvide de ellos.
Arrastrando los pies Manuelito anuncia su llegada, con la mirada perdida y una boca vestida con dientes chuecos que muda se queda al no saber que decir

No sabe ir al baño, hace sus necesidades sin avisar. Cuando esto sucede Silvina tiene que meterlo a bañar así sean dos o tres veces al día. La atención que necesita el niño es constante, no hay descanso nunca. Ni hablar de cuando Manuelito por instinto conoció el masaje placentero salido de un pene estéril que se prodiga cada vez que siente que la locura le da un respiro.

Siendo la sombra de su madre, Manuelito un día salió tras ella sin que esta se diera cuenta. Enferma como está, Silvina sufrió un desmayo, la gente se arremolinó a su lado sin saber si estaba ebria o se había desmayado. Manuelito pasó junto al tumulto buscando a su madre. Un vecino reconoció a Silvina y junto con otros la llevaron a su casa. Entre brumas oyó lo que había pasado. A su mente vino la cara de su hijo,  preguntando por él, nadie supo darle razón. Lo buscaron por toda la casa sin encontrarlo. Gritando y jalándose el pelo Silvina salió loca de dolor por la pérdida del hijo. No valieron los ruegos de la abuela pidiendo una poca de cordura a una madre desquiciada de dolor.

Silvina tocaba puertas, se asomaba a los zaguanes, preguntaba a la gente sin que nadie pudiera darle razón del niño extraviado. Corrió entre la gente, tropezándose y volviéndose a levantar hasta dar con él quien sentado comía una tortilla que alguien le había dado. A un lado unas monedas daban cuenta de la bondad de algunas personas que lo creyeron limosnero. Silvina descansó, había encontrado a su sombra.

Lo abrazó, le tomó la cara entre las manos, lo besaba sin parar agradeciéndole a dios haberle encontrado. Costó trabajo hacerlo levantar pero su madre en su inconsciencia al saberlo perdido se había aferrado a un cinturón que traía en la bolsa del mandil.

Manuelito se había orinado en los pantalones, el aspecto desaliñado y la cara sucia le daban un toque atemorizante, pero a Silvina lo único que le importaba era haber encontrado a su hijo, a su sombra que se le había perdido un mal día.

¨Le pido a dios que Manuelito se muera ya¨ le dijo recientemente su hermana a Silvina, ¨Si tu te mueres no sé que pasará con él¨ Terminó de decir mientras Silvina agachando la mirada no dejó que las lágrimas salieran de sus ojos. No le dijo a nadie que es lo que pide todas las noches antes que el cansancio la venza. Sabe que si ella muere nadie podrá hacerse cargo del niño, para ella sigue siéndolo aunque físicamente Manuel sea un hombre, saberlo desamparado hace que se le olvide que es pecado desear la muerte de alguien, así se lo ha dicho su madre ¨No puedes desear la muerte de nadie insensata y menos la de tu hijo¨ pero a Silvina poco le importa que sea pecado, ella es la que arrastra la sombra de la desdicha.

Sabe que Manuelito no sobreviviría sin ella que es la única que tiene la suficiente fuerza de voluntad para atenderlo. Alguna vez lo llevó a una institución para niños enfermos mentales pero no lo recibieron por no haber aprendido sus necesidades básicas, ¿Cómo se enseña a un enfermo mental a ir al baño, a comer, a sentir, a querer?
Otra vez lo dejó a las puertas de un manicomio pero al oír los gritos lastimeros saliendo de las paredes del hospital, hicieron que lo jalara de la mano para seguir la vida juntos.

Así han caminado durante treinta y tres años, uno siguiendo a la otra en un vaivén de emociones que han provocado mucho daño en el alma de Silvina que al final del día suspira pidiéndole a dios que no la desampare y la recoja junto a su hijo.

Con el dolor grabado en el alma, Silvina toma de la mano a Manuelito perdiéndose entre las sombras que les da la inconsciencia del sueño, el único que los hace evadirse de la cruel realidad.















miércoles, 3 de agosto de 2011

Paracetamol



Y la sombra le seguía desde que salió de casa de doña Refugio, le siguió por todo el sendero. Lupe no hacía más que rezar, ya estaba acostumbrada a escuchar pasos, zumbidos, aleteos y sombras tras de ella, finalmente ese era su trabajo: alejar a los malos espíritus; pero aún así le daba miedo.

Como curandera del pueblo era llamada a deshoras de la noche para dar alguna refriega de alcohol con hierbas, inyectar o ir a rezar a casa de algún infortunado. La gente confiaba en ella, en sus manos y palabras, no en las inyecciones o mejoralitos que solía darles, sino en las sobadas con alcohol, en sus oraciones. Y es que según cuentan, el chamuco seguido visitaba a los pueblerinos, sobre todo en aquellas casas donde habitaban muchachas vírgenes. Tal como sucedió aquella noche en que a la hija de doña Refugio la había poseído un demonio.

La joven sudaba, deliraba, ponía los ojos en blanco, era presa de una fuerte fiebre, fue así como sus padres mandaron traer a Lupe. Esta enseguida la inyectó, le puso unos pañuelitos húmedos y comenzó a rezar un rosario a un lado de la débil muchacha, que casi enseguida se tranquilizó y pudo dormir.

Acto seguido, Lupe tomó su maletín, guardó los frasquitos con alcohol, el agua bendita, gasas e inyecciones, y una biblia.

-Cada cuatro horas denle una toma –les aconsejó, extendiéndoles una tira de pastillas.

-¿Están benditas? –preguntaban los padres.

-Claro, sino no la curarían –respondía muy segura la sanadora.

Luego se abrigaba con su rebozo, cogía el maletín y se marchaba.

Regresaba por la terracería solitaria, ruidos extraños surgían a su alrededor. El frío se colaba entre su falda, el miedo se apoderaba de ella. Los demonios se han enojado conmigo –pensaba–, entonces se persignaba y no hacía otra cosa que rezar por el largo camino.

La lámpara / Solo mi sombra


Doy tres pasos, camino lentamente, algo asustado… me siguen, volteo la cabeza lentamente esperando no encontrar nada, dejo de contar mis pasos, me freno y giro junto con mi cabeza todo el cuerpo, el callejón es oscuro y sombrío, sólo una lámpara a lo lejos alumbra, muy tenuemente pinta de claridad el piso que con el aguacero de hace un rato causa un ligero brillo, como de espejo, reflejando los rayos de luz que apenas alcanzan a no cegarlo a uno, con la oscuridad abrumante de esta noche nublada me estremezco al ver a alguien tras la luz de la lámpara acercándose a mí, con mi mano intento tapar el reflejo de la luz en mis ojos e intento identificar quien es, quien me sigue, quien es quien cuenta mis pasos, quien sigue mi camino. Me doy cuenta que también ha frenado, distante está, como tomando su distancia, eso me aterroriza, la angustia me a cubierto por completo, aún mas que esta gabardina y sobre esta, este tremendo frió que me congela hasta la sangre, de pronto escucho una risa, desconcertado doy tres pasos atrás sin dar la espalda ante tan extraña visión, por más que trato de aminorar el reflejo que cubre y protege a esta presencia, es en vano, es como un manto que lo protege, lo protege de mí, ¿De mí? … Estoy tan atemorizado que ya no sé qué es lo que digo.

Esa risa murmurada de pronto se convierte en carcajadas que llenan todo silencio, todo pensamiento… algo ataca mi memoria, y me dan unas ganas inmensas de correr hacia esa risa, hacia esa carcajada, que a momentos se escucha como llanto, y corro hacia el final del corredor, el miedo no abandona, pero la necesidad de correr hacia este "llanto a risas" es mas fuerte, tropiezo y caigo. El agua del piso disparejo salpica mi rostro, me reincorporo, la risa a menguado y tras últimos tres pasos a trote llego a la lámpara y aterrorizado me doy cuenta que el callejón termina con esta y un muro denso la sostiene…


***

Solo mi sombra

A veces presiento que mi alma está en sombras y que como piedras este tedio trasnochado va aumentado peso a mi existencia, mi propia sombra triste e insomne me acosa, y las uvas entonces me saben amargas y el vino extasiadamente dulce.

¿Qué será de los poetas en la noche?  ¿Se cobijaran con metáforas y soñaran con musas haciendo telarañas de versos mientras hacen el amor? Yo ya no se qué hacer con el amor… A veces me trepa la garganta, lentamente me baja por las manos y me salen palabras románticas para enamorados tristes, para lunas quebrantadas entre humo de esperanzas y esperanzas mismas que sonríen ante el licor.
 
Yo no quiero mi sombra ahora, atando firmemente mis pasos, yo no quiero ser poeta que atenuadamente y sin motivo ande hurgando el corazón.

Yo quiero soñar y andar volando, yo quiero ser lo que soy a veces… esas letras apresuradas y sin motivo que muchas veces piden por ti y por los míos, sin pedir cien años de soledad a cambio de un minuto intenso, de un abrazo fuerte o una lagrima que me haga sentir fuerte sin perder un poco la razón.

Es que yo soy extraño y mi sombra no me calza al pie de estas letras, siempre anda divagando y soñando ser profeta de escrituras ya cantadas, yo no quiero este corazón ni estas palabras que me habitan en esta noche aluzada sin ti, sin mí… sin motivo de pasos, ni besos que resuciten.

A veces, quisiera que esa sombra se muriera… a veces quiero ser yo, solo yo, sin lastres y sin letras, yo simple animal sin letras, sin corazón, sin sombra, sin lágrimas…

Quiero que sepas que a veces, sólo a veces, tú eres quien me habita, quien sin gritarlo, sin abrazos y sin cartas de añoranza, es quien me recorre...y solo soy yo entonces en ti, recordándonos, gritándonos en deshoras como nuestros.

Hoy quiero cantarte esa canción que sólo tú sabes y orarte, encomendarme a ti como el moribundo, porque tú, dentro de mi razón, eres lo único cierto, el palpitar, el andar de mis pasos como el callar de mi lengua…

Quiero decirte que hoy mi sombra no la encuentro, que partió desde ayer a lo lejos, que mi ánimo se desquebraja lenta y dolorosamente,  que mis alas se despluman... solo aquí sin volar, sin partir

…por ti. 


Encuentro


Y la sombra le seguía. Ya casi había logrado bajar por la azotea, estaba a unos cuantos centímetros del suelo. 

Sentí su presencia cerca, cada vez más cerca de mi. Se podría decir que era como esa sensación que se tiene cuando alguien te sopla en la nuca. No pude tomar mi maleta del pánico, pero logré agarrar mi cartera y mi reloj. Saben, siempre tuve problemas con el tiempo, una rara obsesión por el tiempo, no tanto porque pasara, sino porque los demás lo desperdiciaran. Por esa razón comencé a sentirme desesperado cuando ellos no aparecían, tenía la idea de que estaban desperdiciando su tiempo; ya ansiaba su llegada. Tardaron más de lo que pensaba, pero finalmente llegaron. 

No hicieron ningún ruido a su arribo, sin embargo, me doy cuenta de que no me previne como debí hacerlo, pero aún y con mis descuidos logré escapar.

Supe de su llegada cuando vi su sombra por debajo de la puerta, sigo sin entender como atravesaron la casa en silencio. Me hizo muy bien dejar de dormir por la noche, de no ser así, me hubieran pescado de inmediato. 

Por fin estoy en la calle, a lo lejos escucho el rumor de los pocos automóviles que circulan, a pesar de que cuento con mi reloj, no sé que hora es, solo siento la brisa de la noche, posiblemente sea de madrugada. Logré escapar por lo pronto, ¡¿pero ahora qué hago?!... Debo tranquilizarme. 

Siento su presencia aún más cerca, miré nervioso primero atrás de mi, después a mi derecha y luego a mi izquierda, eché a correr. Sé que tengo algo de ventaja sobre ellos, creo que no me pueden dar alcance si mantengo este ritmo, aún así sé que me siguen, siento que me siguen y sé que no podré librarme tan fácil... ¡¿Qué harán cuando me tomen?! No quiero pensar en eso.

Tengo aproximadamente veinte minutos corriendo, estoy contando y cada que llego hasta sesenta, reviso hacía atrás y hacía los lados para estar seguro que sigo con la ventaja. Mi condición ya no me da para más, necesito un lugar seguro, lejos de ellos. 
No pasa mucho tiempo antes de ver un lugar donde puedo estar a salvo, es un viejo edificio lleno de grafitis y basura. Estoy seguro que ahí me podré esconder un momento, al menos para descansar, solo que para lograr llegar a ese lugar, tengo que darle toda la vuelta a la manzana o atravesar por un pequeño callejón. Elijo el callejón, si lo cruzo no hay duda que llegaré más rápido al edificio. Más rápido a mi seguridad momentanea.

Estoy frente al callejón, debo cruzarlo para estar a salvo y reponerme, sin embargo siento un escalofrío al verlo tan oscuro. Echo a correr. Entré en la oscuridad sin pensar mucho en ella pues me pone los pelos de punta, pero siento que entre más lejos avanzo dentro del callejón, más lejos está el edificio. Me siento muy agitado de repente. Siento que me falta el aire. Siento su sombra cerca.

En ese momento me di cuenta que debí pensar más en qué haría una vez que lograra estar fuera de casa en lugar de preparar tanto mi escape. ¡Debí tomar mi maleta del pánico!...


martes, 2 de agosto de 2011

Sin nombre














        Y la sombra le seguía:
Eslabón que lo anclaba a sus circunstancias.
Tomar, robar,  arrebatar.
Sentada en la fuente lavé el líquido que escurría.

     Ardía, dolía el cuerpo.
Mi brújula se estrelló en el piso con mis labios,
mi mapa se rompió cuando me abrió las piernas. Me dejó un hondo suspiro de podridas entrañas.
Rasgó mi seda con sus lijas malditas.
      Las estacas,
aves volantes apresadas con el cinturón falto de estrellas.

                           Sentada en la fuente lavé mis uñas,
jirones de membranas que apestaban a morbidez.
Concebí lentamente un sabor amargo que cayó sobre mis pies descalzos.
Tomado parte de mi pecho, rosal donde manaban coágulos gritando ausencia.

                      Y la sombra le seguía:
al dar la vuelta en la esquina.
Ladrón, bandido, truhán: conjurado estabas.
Sentada en la fuente trataba de limpiar mi espacio vacío ¿Con qué lo cubriré?
Un pedazo de nube, un poco de tierra, una lombriz.
Temblor pasmado en mudos ojos que lavados confundían la sal, la dulzura, mi agua y mi testigo.

                       Y la sombra le seguía:
como un reloj de arena.
Atrapado, acorralado: sentenciaba el viento.
Sentada en la fuente, vi un hilo de dientes marcados, caracoles arrastrándose en mi cuello.

                     Visiones: nacidas de la sombra.
Sentada en la fuente: agua quieta.
Frío, te seguirá donde te escondas.
Dolor, gritos en tu estómago.
Expulsión blanca de pecados.
Yo silencio.
Yo sombra sentada en la fuente.

lunes, 1 de agosto de 2011

La sombra de tu pesar


Y la sombra le seguía desde el día en que su padre murió, ella tenía 12 años. Su último aliento fue para decirle que la amaba, que era su princesa. Lo último que él escuchó fue a su hija diciendo que ella iba a estar bien. Pero no fue cierto.

Ella le mintió para que se fuera tranquilo, en realidad desde ese momento sabía que no tendría una vida llena de luz y color como hasta ese momento la había tenido.

La sombra de la muerte de su padre la siguió por siempre, le cubrió la cara con un halo de tristeza cuando se graduó, se le pegó a los pies cuando se casó y la hizo caminar pesado.

Un día, se le subió mientras dormía, tenía 50 años, la cubrió por completo, la iluminó de negro y la absorbió.

Su último suspiro fue para intentar esbozar una risita, la sombra, le siguió.

Diario de un Manicomio. Capitulo Perdido, Segunda Parte.


Y la sombra le seguía.

-    ¿Adónde vas? –le pregunto.
-    Donde no puedan encontrarme.
-    ¿Por qué?
-    Porque me persiguen.
-    ¿Por qué te persiguen? –insistió la sombra.
-    Porque dicen que hice algo malo.
-    ¿Qué hiciste?

***

13 de noviembre.

Querido diario.

Hace tiempo que no te cuento mis aventuras. Perdóname, no es mi culpa, todo es por culpa de los que llaman “doctores”. Se creen muy listos, lograron encerrarme en un cuarto muy feo, donde no hay luz y el suelo es muy frío. Pero no contaban con que yo soy más lista y tengo a mis amigos, quienes siempre me dicen que hacer. Así que, cuando me sacaron a bañar, empuje muy fuerte al uno de los que me encerraron y eche a correr. ¡Ja! Soy muy rápida. Me metí a la cocina y me escondí junto con los costales de azúcar. ¡Azúcar! ¿Puedes imaginarte? Costales llenos de azúcar ¡solo para mí! Me quede muy quietecita, para que nadie pudiera oírme. Ya cuando se hizo noche, salí muy despacito, de puntitas, sin hacer ruido. Llene mis bolsas con tres grandes puños de azúcar y salí de ese lugar. Hubieras visto, querido diario, todo lo que tuve que hacer para que no me vieran. Me escondía en cada rincón, me hacía chiquita en las sombras, me tapaba la boca al respirar. Ya cuando estaba a punto de salir, uno de los “doctores” me vio. Pero me le aventé y lo arroje por las escaleras. ¡Se veía tan gracioso al caer! ¡Y me dio tanta risa al escuchar su cuello quebrarse! Creo que mataría por volver a oír ese sonido. De ahí me fui a mi cuarto, para poder sacarte a ti y a mi osito de peluche.

Después me hice flaquita y pase por entre las rejas de la verja. Corrí y corrí hasta que mis piernitas me tiraron del cansancio. Y es aquí, al pie de este gran árbol, donde por fin puedo escribirte lo que paso.

***

-   No sé. Solo sé que no quiero estar encerrada otra vez.
-   Pues entonces, ven. Conozco un lugar donde jamás podrán alcanzarte. Donde podrás jugar para siempre con todos tus amigos.
-   ¿De verdad? ¿Para siempre?
-   Sí, solo debes darme el listón de tu vestido. Anda, ayúdame a pasarlo por esta rama. Deja que su suavidad abrace tu cuello. Déjate caer. ¿Conoces el juego de la confianza? Ese que te dejas caer de espaldas, mientras otra persona detrás de ti, espera para atraparte. Déjate caer, que aquí, yo espero por ti.

***

El cuerpo de una joven sin edad proyectaba una sombra apenas distinguible. Sus ojos miraban hacia el infinito, como si de estar esperando se tratara. Y de su mano sobresalía un papel, donde estaba escrito con fuerza y lágrimas: 

“No estoy loca.”

Y su sombra le seguía, bailando con ella ese dulce vaivén durante toda la eternidad.





Con ustedes Dark Angel,
Escribicionista.