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domingo, 16 de octubre de 2011

"Números redondos"

                                           



Olaf Ochotorena y Omar Ochoa viven en la calle ocho, les dicen los “pochos”, porque durante varios años se fueron al gabacho, de mojados, sufriendo, más que logrando, el sueño americano.
Los dos nacieron el ocho de agosto del ´88; son grandes amigos, varias coincidencias emparentadas con el número ocho los fueron acercando, como la pista Scalextric que compraron juntando sus ahorros, cuando tenían ocho años. A sus dieciocho, pasaban todos los domingos en la calle, jugando tocho; aunque sus familias eran católicas, ellos dos no tenían nada de mochos.
Viven en el número ocho de la calle oriente 8, de la colonia Renovación de 1985, en un viejo edificio que data de la década de los años ochentas, pero del siglo XIX; en los números interiores 80 y 88, respectivamente.
Olaf posee, de nacimiento, una prominente nariz, a Omar un certero tubazo le deshizo el tabique nasal, pero a pesar de esto no quiso nunca operarse, por lo cual además de tenerlo desviado, un bulto bastante visible adorna su cara; por eso la banda de vez en cuando les llama también, los "pinochos", cosa que les desagrada bastante y por eso se enfrascan continuamente en absurdas discusiones que invariablemente terminan en violentas amenazas, pero nada más. Por si fuera poco, se ganan el sustento como carpinteros.
Poncho el Morocho, es vecino y un buen amigo de los "pochos", nadie sabe con certeza de donde procede, aunque él presume ser argentino pues vende pochoclo y otras veces dice ser colombiano, pues en su pequeña fonda sirve sancocho.
Todos los viernes salen a dar el roll en su "vocho", modelo 1983, escuchan rolas de Polymarchs e invariablemente antes de comenzar a ingerir bebidas embriagantes, van a tirar bola al billar de la colonia, el Círculo 33; por supuesto juegan bola 8. Cuando el presupuesto lo permite, se dan su escapada a La Merced, para proporcionarle desahogo al cuerpo, con las “damas del chocho”, que es como se refieren ellos a las prostitutas.
Así transcurre la circular vida de los “pinochos”, con escasas alteraciones, entre música disco, cubas y chelas, chamba, mujeres y harto cotorreo con su amigo Alfonso.

Ema



Con pasos pausados recorro los pasillos del vetusto sanatorio, hace años que dejé de ejercer, pues ya mis ojos se han cansado, pero aún disfruto mucho venir por aquí y dar un poco de consuelo a mis pacientes.
Durante más de ocho décadas he visto tantas cosas, nací en 1926 en Salvatierra, Guanajuato, en plena guerra Cristera;  a mi padre no lo conocí ya que murió fusilado al grito de ¡Viva Cristo Rey!  Así que fui criado sólo por mi madre quien, como pudo, me envió al colegio del estado a  estudiar medicina.
Ahí conocí a Ema con quien tuve dos hijos y una hija.  La familia se multiplicó y ahora tengo también seis nietos y cuatro bisnietos.
Sé que cuando termine mi ronda esta noche, me esperaran en casa y habrá pastel para celebrar mi cumpleaños.  Mis hijos pondrán algo de música antigua como ellos llaman a mis viejos discos que el año pasado me regalaron en un mp3.
Mi hija querrá sacarme a bailar y yo habré de hacerme de rogar, al menos un rato para que disfrute aún más su victoria como cuando niña se salía con la suya.
Mis nietos con cara de aburridos irán de canal en canal por la vieja tele de bulbos, que aún conservo en la sala y que no he querido cambiar, quizá porque nunca estuve mucho tiempo en casa, algo que aun de vez en cuando me reprocho.
Sus hijos saltaran, correrán rompiendo todo al igual que alguna vez lo hicieron sus padres. Y cuando todo acabe y se marchen a sus casas me quedare solo. Solo con mis recuerdos y fotografías de mis ochenta y cinco años a cuestas.
De mis diez años ya sin ti.

sábado, 15 de octubre de 2011

Otros Ochenta




CULPA 1982

http://www.youtube.com/watch?v=0osip2uZpos

- Mira cabrón, sigues quejándote de que el Santo Clos no te trae tu He Man y al Juanito que lleva seis navidades con el mismo palo con cabeza de caballo, no dice nada… bueno, canta sobre eso pero no se queja, nomás lo canta.

RECHAZO 1981
http://www.youtube.com/watch?v=qqdGM1W1ot4

- Sísísísísí, ven claridad, llega ya…
- ¡Chamaco maricón! ¿Cómo cabrón estás bailando esas pinches joterías! ¡Te quito lo puto a cuerazos cabrón, no corras, ven pa´cá!

REALIDAD 1987
http://www.youtube.com/watch?v=szLSE8FTPbc
- Oye pa, está rebonita esa chava, la Mariana Garza ¿verdad?
- Ay mijo, pa qué nos hacemos pendejos, ´nunca vas a tener una mujer así.

INUTILIDAD 1989
http://www.youtube.com/watch?v=p-lZ8xUujkE

- Mira cabrón, están más chicos que tú y ya saben tocar instrumentos ¿y tú qué sabes hacer? ¡Estar toda la tarde en las maquinitas!

TRAGEDIA 1986
http://www.youtube.com/watch?v=JvYqwZXGO6A

- Báilale mijo, apréndete bien los pasos ¡ahorita que vayamos a ver a tus tíos al DF les vamos a poner esta, jajaja, ajúa!

CONOCIMIENTO 1989
http://www.youtube.com/watch?v=TbEVRVozf7M

- Oye pa está refea esa rola
- Cállate chamaco, ese güey es el futuro
- Ah… mi auela, mi auela, mi auela…

LUJURIA 1987
http://www.youtube.com/watch?v=LLEMj8q2frI

- ¡Válgame dios!
- No mijo, se dice ¡Nálgame dios! ¡Jajajaja! Nomás no le digas a tu mamá que yo te dije eso.

MÁS RECHAZO 1988
http://www.youtube.com/watch?v=Hk3LHHOlm6o

- Mira pa, cómo bailo: Moda Ibiza Locomía, Moda Ibiza Locomía
- ¿¡Hijo de tu chingada madre otra vez!? ¿¡Eres puto o qué!?

AMOR 1988
http://www.youtube.com/watch?v=gfm2zSgQ8cQ

- Así es hijo… lasss viejasss… van agarrarrrr… tuuu corazón… tuuu vida…. Tuuu dinero…. Tuuu ¡¡EERRPP!!.... tuuu dignidad… la van a hacer así un chingo de bolas yyyy luego, los van a tirar a la basura… ¡¡aprend cabróoooonnnn!!

MALO 1984
http://www.youtube.com/watch?v=gZ_kez7WVUU

- ¡Quiten ese pinche escándalo! ¡Pinches estaciones gringas! ¡Chamaco párese a ver qué hace deutilidad!

viernes, 14 de octubre de 2011






Llegué tarde a la llamada de los ochentas. También a mi propio nacimiento como el ahora que llega tarde a la cita del después. No fui ni blanca ni morena era morada, sí, morada, aunque les cueste trabajo creerlo y traje bajo el brazo de mi madre un terremoto tres meses y seis días después. “Se cayeron los aguacates del arbolote” contaba mi abuela recordando ese día mientras mi madre se agregaba  al relato expresando el “miedo abismal” de que mi incubadora se sacudiese y no prestase el servicio que mis pulmones no hacían. Aparecí a la mitad de los ochentas y los habité mucho más de lo que advertí: una época sobrepasa los años que le tiene asignado el tiempo y no hay memoria colectiva de ella, sólo huellas que conforman nuestra vida personal. Me apellido igual que mi madre y con ello, igual que los hermanos y hermanas de ella. Sin esos hermanos postizos que mi madre me dio a través de la carencia del padre, los ochentas no hubieran llegado a mí. Con su parecido a Olga Breeskin y Gina Montes, mi madre nos soportaba y criaba a todos aparentando en esa belleza de vedette el cansancio por sacar adelante a una familia que no parió. Sólo con el tiempo entendí que no merecía mis reclamos por los vestidos apastelados ni por las hombreras con las que me vestía. Mi casa fue un popurrí de los ochentas. Adi estaba enamorada de Emmanuel e intentaba imitar con maestría, cuando me peinaba, el fleco que se hacían las Flans; le gustaban los chocoroles fríos y mecerse en la hamaca del patio de atrás mientras cantaba Corre, corre por el boulevard… Con la “Güera” mi relación fue estrecha, compartimos sudores todos los domingos por la mañana cuando veíamos las luchas en la sala, intentábamos imitar la quebradora y al final alguien salía lastimada, yo era una enana y su fuerza bruta por su pasión a Máscara Sagrada y al Perro Aguayo le hacía olvidar que era solo una niña. Rafa y Fer eran los dos hombres de la casa, melómanos, sobretodo Rafa que coleccionaba acetatos y grababa en la videocasetera BETA, después en la VHS, los videos de la MTV. Cuando les tocaba la limpieza de la casa se iban a la tiendita de la esquina por gansitos, duvalines y churrumaís, ponían música a todo volumen y aprovechábamos para bailar e imitar algunos de nuestros videos favoritos: Domino Dancing, un poquito de Faith y para terminar mi actuación estelar, la Isla Bonita. Me decían “la cache” y les gustaba cargarme, darme vueltas, alucinaban con que me gustase su música, con mis disfraces. Ellos ya no se acordaran de aquellos días. Fernando era capaz de meterse un gansito entero a la boca, yo siempre reía cuando lo veía, mientras mi madre le decía “tú no comes, tragas”. Rafa aún no sabe que gracias a él me convertí en fan de todo el imaginario musical ochentero, su música fue mi música de la adolescencia, la de mi despertar a la calentura, la que me alejó de todos porque nadie conocía a los grupos que me gustaban. Recuerdo en la secundaria mi pasión por Duran Duran y la desilusión porque que ya no vivías en la casa, no había quién me prestase los discos, mucho menos amigos con quiénes compartir la afición. No quiero decir que él fue mi amigo, seguramente fue más mi hermano pero también un amor platónico de los ochentas con sus pantalones agujerados a lo George Michael. Todos fuimos partiendo, menos mi madre que también me enseño sus propios ochentas cuando los fines de semana cocinaba papas fritas con pescado y me hacía cantarle los éxitos de María Conchita Alonso. Cómo le agradezco sus amaneceres a las 7 de la mañana del domingo para acompañarme a ver Chabelo, ella dormía con su cabeza en mis piernas mientras yo cantaba el Garabato Colorado. Yo también le acompañaba todas las noches, cuando terminaba sus labores, a ver su novela de las 9, La casa al final de la calle, recuerdo que intentaba taparme los ojos en las escenas más feas, como decía, pero al final terminé gestando un miedo a las muñecas clásicas que me acompañó casi durante toda mi vida.
Son los ochentas y tengo nostalgia de una familia que sólo existió en mi memoria.

jueves, 13 de octubre de 2011

De esas tardes





¿Por qué no has llegado? fue el último pensamiento que recuerdo antes de caer vencido por el sueño al regreso de la primaria. Los pensamientos suelen tornarse tan poderosos mientras uno duerme, acortan distancias, rompen ausencias, imagino que son desprendimientos del alma que busca. Se han convertido en mi activismo mientras vuelves a la esquina de mis vicios. Me gusta pensar así. Me gustas. Te gusto. Me gustas irremediablemente. Me gusta siempre.

Abrí los ojos a eso de las cinco y media de la tarde pues la cortina de la habitación se movía vertiginosamente, como si quisiera cachetearme, entablar un diálogo vespertino, qué se yo. Escalofríos. Recostado, aún adormilado entraba un vientecito muy fino a través de la ventana, señalando un punto en la calle pero no lo entendía, no lo ubicaba. Avanzaron los minutos mientras contemplaba la danza de la cortina al ritmo de Laureano/ángel/del/rock/Brizuela que tocaba la radio. Chamaco te habla Nelson alcancé a escuchar por el pasillo que daba a la puerta principal. Uno a uno me puse los panam azules, el short café, la playera gris ocean pacific of course y salté a la reta de los jueves. Pelotazo salver en la jeta de Martín volvía locos de risa al graderío donde Dafneojosverdesdequinceaños me observaba a la distancia provocando excesos en mis movimientos varoniles en la contienda. Barridas, rodillas desechas en el pavimento, punteadita, cepíllala, sácale la uña loco, parado-parado, te caen, te caen, ¡pinches chamacos váyanse a jugar a otro lado ya ni la chingan! espetaba doña Julia que regresaba atiborrada de bolsas del mandado.

Pero no, mi pregunta en pretérito punzaba cada vez más en el pecho, ni la bella Dafne, ni la cáscara, ni las flans, ni el tío Gamboin, ni los calabozos y dragones, ni la ignorancia de corre GC corre dejaban de lado mi terrible aflicción. Ya había pasado casi una semana de nuestro último encuentro a escondidas de mis jefes. ¡Oh! extraño tanto la dulce sensación, encuerarte de a poco, llevarme cada uno de tus recovecos a la boca, humedad, descubrir mis preferencias a partir de ti. El pitido de la combi amarilla abrió paso por media calle-cancha, se detuvo en el lugar acostumbrado, hacías acto de presencia nuevamente. De hoy no pasa -me dije- mientras las retinas se posaban allá en la esquina de nuestros encuentros. Salí disparado a casa, me bañé en chinga. Entre aromas a nalgas sudadas, ardores de rodilla, caprice y jabón escudo me dieron las siete.

Vueltas y vueltas en la habitación, ya iban a dar las ocho de la noche para emprender la caminata conocida y consumar mis fechorías como todos los jueves. Asomé la vista a la sala, mi jefa estupefacta con mi padre no cabían de asombro a lo que Jacobo denominaba la catástrofe más devastadora en la historia del país. No, no me importaba pues eso ocurría en un mundo paralelo y lejano a mis deseos, en otra galaxia. Luces multicolor llenaron mis deseos cuando mi jefecita dijo: agarra la bolsa y vámonos. Ahí iba yo pues entre aturdido, corazón en mano y el objetivo en la mirada al borde del precipicio. La bolsa se iba llenado de jamón, bolillos recién saliditos, titán de grosella, cajetilla de raleigh que Don Rube iba depositando al calor de las noticias imperantes del día. Qué desgracia le decía a doña Violeta. A veces, sólo a veces despierta algo en el amanecer que también despierta el impulso de atraparlo. Allí estabas formadito en una hilerita de ensueño, chingue su madre ahora o nunca. Un mal paso en reversible me hizo caer esparciendo el paquetito de sugus que me había llevado a la bolsa. ¡Pinche chamaco! ¡mira no más lo que me faltaba! ¡qué vergüenza! disculpe usted Don Rube ya ve cómo son estos escuincles, ahorita vas a ver cabrón cuando lleguemos a la casa, vas a ver. En fin, los trayectos hacia el pasado suelen ir acompañados de un jalón de patillas hasta el lugar común de las añoranzas perdidas…

De como San Juditas me salvó de las palizas de mi esposo y se convirtió en mi santo favorito haciéndome parte de sus milagros

¿Me pregunta como es que empecé a despedirme de los santos?

Comencé a despedirme de ellos desde que me arrancaron de mis raíces allá por el ´68. Mis padres me mandaron estudiar lejos y sin nada a que asirme me acerqué a los santos que eran lo único conocido que me unía a la familia.
Me despedía de la virgen del Perpetuo Socorro en las noches cuando los recuerdos hacían estragos en mi tierno corazón, subiéndome a la almohada para alcanzar sus cachetes, de puntitas le agarraba la mejilla acariciando de paso la cara de su niño. Cuando me cansaba de llorar, la virgen me cubría con su manto de estrellas y nada me daba miedo, ni la soledad de un cuarto que no era mio.

Le pedía que cuidara a mi familia, que pasaran rápido los días para que el  fin de semana regresaran para poder abrazar a mis hermanos aunque ellos ya no me quisieran porque regresaba muy altanera, así como nueva rica. Vestida con botas y vestido chemise era la envidia de mis hermanas.

La virgencita en ocasiones me hacía caso porque los días pasaban volando, pero otras, eran tan pesados como los zapatos ortopédicos que usaba para enderezar los pasos que siempre han caminado por donde no debí.

En las noches me persignaba frente a la virgen de Guadalupe que se encontraba en lo alto de la escalera, a ella no podía alcanzarle, le pedía perdón ser tan chiquita, imaginaba que se enojaba porque no la acariciaba o sentía que el ángel que la sostiene haría que rodara escalones abajo por no poder despedirme de ellos.
Otras veces, entraba a la recámara de la srita. Toña, ella tenía una virgen que no supe como se llamaba pero a ella no le pedía nada. Su cara era tan triste que más bien necesitaba ayuda y no andar ayudando a niñas maniáticas, nada más le decía adiós casi sin asomarme.

En la recámara de la Sra Estela, había una virgen negrita que tampoco supe su nombre, a ella un día le pedí, cuando veía un partido de fútbol que le ganara México a Brasil pero no me hizo caso, yo creo porque era morena como ellos. Esa virgen le ganó a la de Guadalupe porque México tuvo un estrepitoso fracaso, ha de haber estado haciendo cosas más importantes.

Los domingos me llevaban a la iglesia de San Cayetano a escuchar misa. En esa iglesia hay tantos santos que era imposible tener a un favorito. Lo que hacía era ver sus rostros, el que se viera más sereno era al que le pediría un milagro, nunca encontré uno, todos estaban apesadumbrados de oír tantas dolores humanos, tantas quejas y peticiones que mejor los dejaba en paz acariciándoles los pies. No les daba beso porque no me gusta besar a los santos, prefiero poner un beso en la puntita de mis dedos, dejárselos en su carita de ángel y sin que nadie me viera limpiaba mis dedos con el vestido de alguien.

La iglesia de San Cayetano con su cúpula rosada tiene escondidas entre sus paredes, peticiones de milagros infantiles, tan tiernos como inverosímiles. Recuerdo que un día le pedí a San Martín de Porres que me devolviera unos besos que mi madre me dio una noche que se despidió regresando poco después con un hermano nuevo,  pero no me ayudo, pinche San Martín.

¿Cuál fue mi momento crítico con San Judas?

La manía de tocar santos siguió normal, cada santo de mi casa era acariciado todas las noches, sin que me faltara uno para que no se enojaran, hasta que llegó el temblor del ´85. En ese año la ciudad se cayó atrapando entre sus ruinas la vida de mucha gente conocida.
Dos meses después del sismo nació mi hijo Joao Roberto, le puse así porque me dio la gana. Fue cuando regresó la manía de tocar a los santos con más fuerza. Acariciaba a la virgen que mi suegra nos regaló, le pedía que cuidara al hijo que acababa de nacer. Nunca olvidaba despedirme del angelito que la sostiene por si las moscas, no se fuera a enojar.

Después comencé a ser más maniática. Besaba a San Judas Tadeo que siempre me ayudaba, hasta encontrar las cosas que mi marido todo el tiempo perdía. No es por nada pero encontré con la ayuda de San Juditas,   los lentes, los pañuelos, los cheques, hasta los zapatos de futbol que nunca recordaba donde habían quedado, o los encontraba o los golpes lloverían en mi frágil cuerpo. Lo que nunca me ayudó a encontrar el santo fue mi anillo de bodas y es que meterse a buscar en el drenaje es muy difícil ahí si ni San Judas pudo entrar. Tampoco pude encontrar la cartera con el dinero que mi esposo guardaba bajo el colchón, él dice que se lo robaron pero yo digo que se lo gastó con la Blanca, la enfermera del colegio Patrulla que estudiaba donde él.

Cada 28 de mes le prendía una veladora a San Judas Tadeo, abogado de las causas perdidas, o cuando necesitaba un milagrito, eso si pedía cosas que no fueran tan difíciles, tampoco era que metiera en aprietos a mi santo favorito y se hartara de mi.

¿Cómo fue que se hizo mi favorito?

Pues mire, fue un día que mi marido me pateó el vientre porque le contesté, no lo que él quería. Murmuré mis razones, él no las escuchó y su mano dura se estrelló en mi cara. Mi labio empezó a sangrar, asustada me tapé la cara al ver que venía un segundo golpe y un tercero. Muchos más.
Cerré los ojos y se me reveló San Juditas, le pedí que me ayudara, que hiciera que el hombre dejara de golpearme. Lo hizo pero porque él se cansó de darme golpes y patadas en el vientre.
Mi esposo me vio tirada en el agua que caía de la llave abierta, se asustó ayudando a levantarme pero no lo dejé, me daba miedo el contacto sobre mi piel llena de verdugones que se iban poniendo verdes y después morados.

Pedía a San Juditas Tadeo que se lo llevara lejos mientras me levantaba del piso. Él se fue, los golpes me dolían mucho en el alma pero no lo maldije. Le pedí al santo que le devolviera esa dulzura que tenía antaño y que ya no me golpeara.
Cuando pude tenerme en pie, fui al altar prendiéndole una veladora. Mis lágrimas eran tantas que formé un charco en mis pies haciendo que me empezaran a salir raíces. Quedé convertida en estatua por obra y gracia de las lágrimas mezcladas con el barro de mi dolor.
Al regresar mi esposo lo único que podía mover eran las canicas de mis ojos cafés, no pude decirle que San Judas me había quitado de sufrir, me había convertido en santa, en la santa del milagro de San Judas que es como me conocen en el edificio donde mi esposo cobra por dejarme ver como meneo los ojos asustada de no poder moverme.

Me llaman la Virgen del cuarto piso.

Algunas veces saco lágrimas pero es porque me canso de estar en la misma posición, es lo malo de ser santo uno no puede moverse si se cansa. Cuando lloro, los ríos de gente son tantos que prefiero tragarme las lágrimas  para que me dejen descansar un poquito.

La manía de tocar santos se me quitó desde entonces, ya no los toco, me convertí en uno de ellos. Me cansa escuchar tantas quejas y lamentos. Me molesta que me toquen con sus manos sucias pero qué puedo hacer, pasé a formar parte de las filas de santos milagrosos, los que de vez en cuando nos ponemos cera en los oídos para descansar un ratito de tanto clamor.
Los fieles me prenden decenas de veladoras que me dan calor pero es el precio que hay que pagar por ser adorada, ahora lo entiendo.

Y ya es todo lo que le voy a contestar, el que sigue porque usté ya me aburrió con su perorata.


*Esta entrevista se realizó un día en que la santa del edificio no tenía tanto trabajo allá por el ´88 antes de que  fuera pintado de gris y la santa emigrara a una colonia de más caché.














miércoles, 12 de octubre de 2011







Alejandro,


La cosa estaba así: el alcoholismo de papá, las depresiones de mamá, las locuras de Alberto, tus horas, tan largas, fuera de casa. Entonces, era entendible que una niña de ocho años prefiriera entrar a tu habitación que ver el televisor a lado de nuestra familia o salir a jugar con las vecinitas, tan crueles, por cierto, que a veces sentenciaban algo así como ‘tu padre es un borracho’. De ahí mi obstinada idea de no embriagarme en la vida, de parar al segundo trago, o tercero, de siempre marcharme para ir a dormir.

No me justifico, pero preferí por mucho tu cuarto: un templo donde las discusiones de papá y mamá no dolían, tanto.

No tocaba nada, lo juro, sólo observaba la pulcritud de tu restirador, el acomodo de cassettes que apilabas sobre tu armario. Me gustaba ordenarlos, creo que ahí nacieron mis obsesiones: Def Leppard, Depeche Mode, Duran Duran… siempre alfabéticas. Ahí pasé muchas noches mientras tú trabajabas fuera de casa porque en la facultad te habían dejado maqueta en equipo o desarrollar el cálculo de un paraboloide hiperbólico. Entiendo que no quisieras llegar a casa, ya sabes, siempre tan lo mismo en el 330 de la Gutiérrez Nájera. Alberto ni cuenta se daba, o tal vez por eso tenía tantas novias, también quería llegar tarde, o no llegar.

Para mí fue difícil escapar, era una niña atrapada en una casa ruidosa, triste. Tú cuarto era diferente, en ese tiempo no podía definir su olor, ahora sé que olía a los 80’s.

Algunas noches, he de confesarte que te odié, maldije tu carrera ¿cómo era posible que no estuvieras?, ¿por qué los gritos de mamá no paraban? Tú, el hijo mayor, te hacías escuchar: ¡Qué no ven que Rosita está durmiendo! –decías. Y entonces se callaban.

Desde luego que mis ojos se volcaron en ti. Nada, ni nadie, hicieron que les admirara lo que a ti. Los días más felices fueron cuando estabas de vacaciones, o cuando, aún en clases, me permitiste verte trabajar. Quédate callada, no me desconcentres –señalabas.
Yo me sentaba en un banco a lado tuyo para ver surgir la magia de un par de escuadras y un estilógrafo; en la habitación, casi siempre, sonaba Maldita Vecindad o Soda Stéreo. Tú, en silencio, proyectabas líneas, formas. Nos decíamos tanto estando callados, que desde entonces me quedé un poco sin palabras. Afuera, lo mismo: discusiones, platos rotos. Pero eso ya no importaba, yo me estaba enamorando de la arquitectura.


Una navidad, después de la clásica pelea familiar, me abrazaste y preguntaste que cómo se podía vivir así. Mis ojos de ocho años no pudieron contestarte y lloraron.

Hoy, a más de veinte años de distancia, tampoco tengo la respuesta, pero sé que agradezco tus silencios, la música, y la influencia que ejerciste sobre mí. Por un hermano como tú, me juego a repetir la historia.