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domingo, 12 de junio de 2011

MÁSCARAS VS CABELLERAS




La gente había respondido con un lleno hasta las lámparas a la lucha más grande y esperada de toda la historia del pancracio mexicano. Pues en México, si un deporte tiene arraigado tanto misticismo y solemnidad entre el pueblo es la lucha libre, que convierte a los luchadores en héroes y villanos.
Esa noche Niños y adultos vitoreaban y aplaudían en un éxtasis casi religioso a los cuatro semi-dioses que hoy darían la batalla de sus vidas. Las peleas anteriores habían calentado el ambiente con grandes combates. Pero nada comparable a lo que estaba por venir, la gente sabía que la lucha estelar sería inolvidable, cámaras de televisión y cine, darían fe de lo que estaba por suceder.
Cuando el “mucha crema”, anunciador oficial de la arena México, subió al centro del ring, se hizo un silencio casi sepulcral. Aclaró la garganta y acercó el micrófono lentamente a su boca, con la voz emocionada gritó.

–Lucharán… Máscaras contra Cabelleras… ¡A dos de tres caídas sin límite de tiempo!

–En esta esquina, por el bando rudo…el hombre más salvaje de México, el domador de dinosaurios: Rodolfo “El Cavernario” Galindo.
La luz en la arena se apagó y un sonar de tambores hipnóticos inundó el ambiente. Dos hombres portando antorchas iluminaban a la bestia humana, a uno de los rudos más sanguinarios y salvajes de la lucha libre mexicana: “El Cavernas” como se le conocía también, era temido y respetado.  Rápidamente subió al ring, cubierto con su piel de tigre y sus ansias de despedazar rivales, su cabellera larga y sucia era uno de los trofeos en disputa aquella noche.
Recorrió el ring como un cavernícola, aparte de rudo y salvaje, era todo un costal de mañas y malas artes.
La gente se levantó abucheando y gritando, mentando madres, “el Cavernario” satisfecho sólo los veía con desprecio.
–Y su compañero “El can de Nochiztlán” Pedro “El Perro Aguayo” –siguió presentando el “mucha crema”.
Las notas inconfundibles de “la marcha de Zacatecas” retumbaron mientras que el carismático y entregado rudo hacía su aparición por la entrada principal, con su sombrero de charro y sus botas forradas de piel de vaca, era inconfundible, descendió por las escaleras y la gente dividida lo aplaudía y lo odiaba. Había escalado a la cúspide con ofrendas de valor y sangre, bravo como ninguno, era el perro un ídolo.
La luz de la arena se apagó totalmente.
El “mucha crema”  anunciaba:
–Señoras y señores por el bando técnico… ¡El maestro de las llaves y las contrallaves! ¡BLUE DEMON!
Rápidamente bajó por la barandilla el gran luchador, imponente y fuerte se posó en la esquina del ring, la gente no cabía de emoción pues el demonio azul era una gran leyenda de todos los tiempos. Y qué decir de su gran pareja, amigo y rival que esta noche tendría al lado y que el “mucha crema” anunciaba así:
–Y para terminar el más grande… la leyenda, el súper héroe de carne y hueso, el más querido y respetado: SANTO, el enmascaradooooo de Plataaaa.
Así, entre música sacra y humo, aparecía el legendario enmascarado, con su capa plateada y su máscara inconfundible resplandecía entre tanta gente.
El público no cabía en sí. De emoción, porras, gritos y trompetas hacían retumbar el viejo edificio.
El ring se había transformado en el altar y campo de batalla de la guerra cósmica del bien y del mal, que se presentaba en un ritual místico al pueblo de México, como un rito ancestral, no sólo como un espectáculo teatral y deportivo.
El ambiente era insuperable, todos querían estar en la arena, afuera dos mil personas no habían logrado entrar. Y dentro los veinte mil fanáticos estaban poseídos de emoción.
Se escuchó el silbatazo inicial llamando a las acciones. El primero en ingresar fue el “Cavernario” que comenzó a amenazar al público, mostrando los dientes y paseando como loco. Mientras, por el otro bando Blue Demon ingresaba saltando ágilmente sobre la tercera cuerda. Se vieron con odio y respeto, pero sin miedo, avanzaron contra sí y se enlazaron en la “toma de referee” midiendo fuerzas. Demon atacó al Cavernas con un castigo al brazo, llave y contrallave se alternaban, eran apenas los primeros escarceos de la noche. La gente ya rugía.
Era turno para “EL PERRO” y “EL SANTO”, la primera batalla fue por el aplauso del respetable y por increíble que parezca el “can” parecía tener más seguidores que el “plateado”, la lucha entre ellos se volvió recia, sorda, sin técnica pero con mucho odio.
El santo tomó a Aguayo por el cabello y lo sacó del ring, corrió hacia el otro extremo para proyectarse hacia afuera y con un gran tope dejó fuera al rival.
Demon rápidamente acorraló al Cavernario y lo enredó con su llave favorita “el pulpo”. El referee levantó las manos con emoción y el público ovacionaba de pie. La primera caída la han ganado los buenos.
Dos minutos de descanso, hora de recomponer estrategias, Santo y Demon se toman algunas fotos y dan autógrafos, están confiados en su superioridad.
Los rudos, dispuestos a dar la vida, se concentran en una esquina.
Suena la ocarina, Cavernario sube al igual que el Santo, se miden, se observan. El Cavernas se lanza contra su rival, lo acorrala en el esquinero y Aguayo lo apoya, son dos contra uno. Ante la complacencia del referee, lo golpean.
Galindo toma al plateado y lo lleva al centro del ring, Demon nada puede hacer, sólo observa cuando el Cavernas, muerde la frente del plateado a través de la mítica máscara. Un hilo de sangre se asoma entre la tela, increíble, Santo está sangrando, eso enciende aún más al Cavernario que se prende de la frente con saña, Demon entra y rompe el castigo, pero es sorprendido por el Perro Aguayo, quien lo somete con un poderoso derechazo que noquea al demonio.
Sube a la tercera cuerda y salta cayendo con ambos pies en el estómago del azul. ·La dolorosísima “lanza” deja fuera al demonio. Galindo por su parte, arroja al Santo contra el poste y contra las butacas, lo trae como trapeador viejo, la gente enardecida se abalanza como un monstruo de mil cabezas. Gritos y porras. Parece un circo romano. Aguayo se une a la masacre y entre ambos rompen la máscara de plata. Santo se rinde. La segunda caída para los rudísimos…la moneda está en el aire.
Santo es llevado a la enfermería, está muy golpeado, Demon tendrá que subir solo a la tercera caída. Aguayo y Galindo afilan sus colmillos. Saben que nadie ha podido con sus rivales en una lucha de apuestas y que cada uno de ellos ha ganado más de cien máscaras y cabelleras; que esta noche ha llegado el momento del todo por el todo.
Suena el silbatazo de la caída definitiva, Demon desconcentrado y preocupado por su compañero, es pieza fácil para los rufianes.  Aguayo lo golpea a placer aplicando sus castigos más dolorosos.  Galindo ha sacado de entre sus ropas su castigo preferido: un chile jalapeño. Lo muerde y lo embarra con furia sobre los ojos del demonio azul, quien grita y llora con el ardor provocado. El referee amenaza al cavernas con descalificarlo, Galindo muerde la frente del demonio, quiere sangrarlo como ya lo hizo con el Santo, pero este aguanta.
Soporta tanto castigo como puede, la gente grita desaprobando a los rudos, ya es mucha violencia,  ambos luchadores atacan y martirizan a Demon, dejándolo casi inerte. En ese instante la gente grita y se pone de pie enloquecida al borde de la paranoia, el grito épico de tantas películas resuena: SANTO, SANTO, SANTO… por el pasillo corre un Santo con una nueva máscara y un renovado espíritu, viene a salvar a su compañero.
Como un superman se abalanza sobre ambos rudos. –Santo, santo, santo –sigue coreando el público.
Los saca del ring y levanta a un ensangrentado y débil compañero.  –Ánimo Demon ya son nuestros.
El Perro Aguayo sube hecho un vendaval y ataca al Santo por la espalda, toma a Demon y le aplica una poderosa “desnucadora”. El referee cuenta. Uno, Dos, Tres. La gente no puede creerlo, Blue Demon está fuera.
La cara de incredulidad se ve en toda la arena mientras Aguayo festeja, Santo lo saca del ring, va a lanzarse en tope pero el Cavernario lo intercepta, El enmascarado de plata venderá cara la derrota, así que se rehace. El grito de Santo, retiembla cuando logra pescar al Cavernario con su llave “de a caballo”. Galindo siente como cruje su espalda. –Soporta, soporta, aguanta –repite en su mente.
Pero no. No puede más.
–Bien Perro, sólo quedamos tú y yo –los gritos se dividen en la arena que se cae a pedazos…PERRO, PERRO…SANTO, SANTO… son los gritos que inundan el ambiente.
Santo se lanza en tope sobre Aguayo, el choque de cabezas abre de nuevo la herida del plateado, pero también la frente del Can. El odio deportivo nubla sus corazones, así como la sangre nubla sus ojos.
Santo aplica un fuerte “cangrejo”. Aguayo lo resiste y saca lo mejor de su repertorio. Ninguno da tregua, ninguno piensa en darse por vencido.
Demon al pie del encordado observa nervioso, sabe que su futuro ya no depende de él. El Cavernario grita a su compañero y anima a la porra ruda.
Santo salta y caza a Aguayo, lo tiene derribado, le aplica la “de a caballo”, su llave favorita. Este resiste a pesar del dolor.
Logra zafarse, Santo no puede creerlo, así que lo toma con un “suplex”. Aguayo está noqueado –uno..dos.. –el Can levanta los hombros en el último momento.
Santo lo levanta y lo lleva a una esquina, lo derriba, se prepara para lanzarse en “plancha”. Lo cubre. –Uno...dos –cuenta el referee. Y nuevamente Aguayo rompe el castigo.
Ambos están agotados. Santo levanta al Perro, lo prepara para aplicar su llave pero Aguayo lo jala y lo enreda. –Uno…dos…tres….
La arena se queda muda…el referee como en cámara lenta, alza las manos en señal de victoria.
Cavernario sube corriendo a abrazar a su compañero, la multitud grita emocionada, la mayoría llora sin dar crédito a lo sucedido.
Perro Aguayo levanta su  mano…entre la sangre de su rostro se esboza una sonrisa. Es la noche de su vida. Cavernario sabe que será una lucha inolvidable.
De rodillas en el centro del Ring, Blue Demon y Santo, bañados en sangre y sudor se despojan de sus míticas capuchas.
Esa noche Alejandro Muñoz y Rodolfo Guzmán regresaron a la mortalidad.

Cuentillo mamalón de las buenas noches…

Hubo una vez en un mundo de fantasía un grupo de cuatro locos dispuestos a conquistar el mundo. No eran fuertes ni tenían liderazgo nato, eran medio pendejos y sobradamente feos, no podían robarle un dulce a un niño, no tenían una bonita sonrisa ni nada de nada que los hiciera especiales ni que agradara a la muchachada…
Se juntaban todas las tardes en el parquecito sucio de su barrio a contemplar el mundo, piropeando morras, espantando palomas, hurgando en la basura para buscar latas de aluminio y quitarles la madre esa con la que abres la lata para ponerlo en sus cinturones de piel de víbora de imitación, perdiendo el valioso tiempo buscando una pizca de inspiración…
Buscaron y buscaron, recorrieron nuevos parques, probaron todas las modas, armaron equipos deportivos, pero todos los humillaban, intentaron inventar nuevos bailes, pero nada les pegaba, pobres hombres sin ilusiones queriendo conquistar el mundo…
En las noches antes de regresar a casa, buscaban una estrella fugaz que les cumpliera su deseo, pero por tanto humo de las fábricas y las luminarias de la ciudad, no veían ni madres, se la pelaban…
Durante sus vacaciones de verano fueron a acampar, resignados a no estudiar ni el mundo conquistar, pensaron en vagar, pero no contaban con que esa noche una pequeña estrella fugaz escuchó sus súplicas y los decidió ayudar…
-Que patéticos estos cuatro- pensó la lucecita del cielo- les daré un regalo que salgan de su letargo, yo estrellita de unos segundos, estrellita que muero pronto, con gusto me sacrifico para que se les quite lo tontos-
En sueños les dio visiones de cómo mejorar para que uno de estos días el mundo pudieran conquistar… Lupe soñó un caballo al cual debía montar; Ramiro soñaba que el acordeón iba a tocar; Choche soñaba que muchos pasteles tenía que tragar, dejar un bigote ralo y temblar como gelatina pretendiendo bailar; Javier soñaba en un gran escenario lleno de luces y muchos pinches colados…
El sol de un nuevo día los hizo despertar, ansiosos hablaron todos queriendo sus sueños contar… como no se ponían de acuerdo a la chingada se decidieron mandar, salieron corriendo a cumplir con sus sueños raros los cuales no podían explicar…
Lupe caminaba raro, parecía que del caballo nunca se pudo bajar, Ramiro aprendió cómo es que la música se debe crear sin ser un gran virtuoso que al mundo pudiera encantar, Choche creció y creció parecía chancho de tanto que engordó…
Javier él solo se quiso aventurar, pero como no tenía talento se tuvo que resignar, recurrió a sus viejos camaradas que afortunadamente no lo mandaron a la chingada y por arte de magia su mente se iluminó, era el último rayito de esperanza de aquella estrellita rancia que su deseo cumplió…
Se juntaron y dijeron -que haremos con estos talentos- pensaban y repensaban pero ni una idea aterrizaban hasta que el espíritu de la estrellita bajó para regañarlos -Qué no ven que por fin tienen talentos, hagan algo no sean mensos, un grupo pueden formar y Bronco se pueden llamar-
Y así fue como este grupo de mensos al fin encontraron el hilo negro, formaron a su grupo y muy felices fueron…
Llenaron el mundo de alegría con su música que no era porquería, atascaron bailes y estadios, grabaron discos y hasta novelas...
No conquistaron el mundo, pero sí los corazones de todos aquellos hombres que gustaban de los bailongos…
Y vivieron de regalías para siempre…
Colorín colorado este cuento se ha acabado!!!

sábado, 11 de junio de 2011

Don´t let me down




Laura siempre estás al pendiente de todos, no importa si estamos jodidos o sordos, Laura no está, Laura se fue, más corriente no se puede ser…

- ¡¡¡AAAAARGGGHH!! ¡¡¡HOLAAAAARGGG A TODOOOOOSSS!!! Este es un programa familiar, estamos en famiiiliaaa coooonnnn!!!! Bueno, quiero hacerles un anuncio, que diga ¿anuncioooo? ¡Más bien aviso AAAAYYY! Lo que pasa es que dicen, se rumora y se cantaletea que ya llegaron al departamento de programación personas que saben leer y que terminaron la primaria con todas las de ley… y eso no me perturbaría tanto porque yo soy abogada y ya saben que para serlo pues AAAYYYY se necesita mucho estudio, mínimo el primero de secundaria, pero es que en Perú así lo llevamos salteado, ¡AAAYY ustedes qué saben! El caso es que tenemos horario estelaaaar y ahorita está la emocionante final de la Copa del Mundo entre las súper potencias Méxicoooooo, que va contra la otra súper potenciaaaaa Perúuuuu, entonces ahorita ni quien quiera ver el programa, todos se fueron al Ángel y qué se yooooo, pero tenemos personal suplente y como director de cámaras está Danny The Tourette´s Guy aaayyyy qué lindo, no se fue a ver el futbol como todos los otros machistas ¿Verdad Danny?

Danny voltea de un lado a otro y resopla - ¿Hay futbol? ¡MIERDA! ¡MIERDA! ¡SANTA JODIDA PENDEJA! –

- ¡AAAYY JAJAJAJAJAARGH eres bien gracioso Danny!, pero bueno, aprovechemos el tiempo que hoy les traigo pues tampoco es que sea tan polémico pero tiene que ver con ¡BRUJERÍAAAAA y con SANTERÍAAAAA! Él es un músico que se ha esforzado durante muchos años por hacerse de un lugar y éxito y fama y esas cosas tan duuuulces que nos gustan, ¡gaaaa! Pero sucede que se murió por un balazo y ha sido revivido con la promesa de fama y éxito lánguido ¡y está aquí para contarnos su historia, denle un aplauso a John Lennoooon!

¡SOY FELIZ, SOY FELIZ, SOY FELIZ!

- ¡Gaaa, esa canción no, esa nooo, la riegas Dannyyyy! –

- ¡AH MIERDA, LO SIENTO, PERRA! –

Un tipo delgado de anteojos y cabello lacio caído a los lados, en sus cuarenta entra tímidamente al escenario, saluda a Laura y toma asiento.

- ¡Buuuueno, bueeeeno, bueeeeeno, bueeeeeeaaagghh!! ¡A ver John cuéntanos tu historia!

- Pues Laura, he sido estafado, he sido engañado por un par de tipos de mala, malísima calaña te lo puedo decir yo, vengo a exponer mi caso porque dicen que en la televisión mexicana se hace justicia expedita y sin intransigencias.

- ¿Intransin quéeee? Pero vamos John, ¿tú no estabas muerto?

- Pues sí Laura pero aquí tienes que me revivieron sin mi permiso y me dijeron que yo la iba a hacer en esta época que lo que más está pegando es una Lady Bala o Gala y yo podría estar en onda de nuevo, que no importaba el año y la cuestión de pues, ya sabes, que no pertenezco y que Yoko ya está para el ancianato. Yo estaba desolado, 31 años desde la última vez que cerré mis ojos, sentí un vacío enorme, tristeza, oh, el terror de un mundo que me dejó lo peor de sí y me recibe con lo mismo… Laura, yo…. Quisiera estar muerto…- al momento en que Lennon dice esto, limpia una lágrima de su ojo y una música pianística de archivo comienza a sonar.

- ¡Aaaaaaaaaaaaaayyy bueno yaaaaaaaa Joooohnnnn! Entendemos que estás pasando por un mal momento con todo eso de tu resurrección, pero ahí andabas diciendo que tú y tus amigos eran mejores que Jesucristo, ¿verdad que eso dijistes? ¿Aaaaahhh?

- Yo dije que éramos más populares que Jesucristo Laura, es muy diferente pero la prensa sensacionalista de la época tergiversó lo que dije, la polémica vino de eso, yo creo que el periodismo de ahora será distinto, digo … yo…

- ¡Aaaaaayy pues yo digo que dios te castigóoo! ¿verdaaaad? Pero bueno, sabemos que estás sufriendo y todo eso, así que citamos a ese malvado hechicero que te resucitó ¡¡y vamos a averiguar cómo fue todo esooooo!!

Entre abucheos e insultos de Danny, sale un rubio de unos cuarenta años en gabardina que se detiene al ver al público, saca un cigarrillo y luego de ponérselo en la boca, mueve la cabeza negativamente con una mueca burlona mientras avanza al escenario.

- Usted es John Constantine, hechicero, mago y brujoooo ¿No le da vergüenzaaaa?

- No veo por qué deba darme vergüenza, tipita. El paisano aquel tiene todo para triunfar, si le tiene miedo al éxito, no es problema mío.

- ¡Aaaayyyy pero es que te pasas! ¡¿Para qué lo resucitas!?

- Bueno, llegó este tipo gringo y me dijo que tenía una gran oferta para mí, necesitaba que le ayudara, sí, reviviríamos a un muerto y yo dije ¿Qué ya no hay nada sagrado? Pero yo engañé al diablo y a algunos demonios, así que ¿qué me importa? Reviviríamos a Lennon y el tipo compondría mucha mierda sobre el amor y la vida y la muerte que ya la conoció y vendería mucho y podría llevar muchas ganancias, dinero ¿entiendes? El tipo sería feliz, podría conseguirse algo mucho mejor que la amarilla esa y yo tendría buen dinero por resucitarlo y Hunter podría entrevistarlo y hacerse de mucha lana por eso… era el plan perfecto ¿sabes horrenda? Pero aquí tienes que un mal día este tipejo se puso existencial y a llorar porque sintió horrible tener conciencia y sentir la sangre correr por sus venas y su corazón latir y despertar y luego que no le gustaron ni el ipad ni la internet y que todavía existe la reina y una y mil mierdas le cayeron mal, se vomitó y se puso insoportable, se desmayó varias veces y si despertaba era para llorar y gritar y vomitar otra vez. Ahora entiendo por qué prefería estar en la cama todo el día, se estresa con la vida real ¿entiendes? Al tipo le dolía la vida. ¿Sabes? Ahora que lo pienso podría demandarlo, yo podría hacerlo, el tipo se supone que es un poeta, uno de esos tipos que tienen inspiración, yo tuve inspiración cuando estuve en Membrana Mucosa, pero eran otros tiempos, el tarado este no quiere escribir una rima, no quiere tocar ni una puta nota, le compré una Fender customizada, de los puentes que usa Satriani, pero no quiere nada, es un pesado.

- Aaaaaaayyyyaaaaayyy a ver, a ver, eres un descarado, descarado pero ¿y qué pasa con el tal Hunter? ¿Es su idea originalmente? ¡¡Aaaayyy pues que pase el desgraciadoooooooooo!!

De entre las cortinas se asoma un tipo chaparro con lentes oscuros, un sombrero de pescador, una camisa de motivos hawaianos y bermudas, entre sus brazos sostiene una pequeña máquina de fax antigua. Observa hacia los panelistas mientras masculla si es el recurso legal correcto mientras se pone su filtro con un cigarrillo en la punta.

Lleno de manierismos camina hacia donde están Constantine y Laura mientras Lennon se toca la frente, compungido.

- ¡Aaaayyy pero a ver qué desvergonzado tú aquí, te atreves a venir desgraciadooo! – berrea Laura.

- ¡Aléjate bestia! – grita sorpresivamente Thompson mientras manotea - ¿En dónde se supone que estoy? ¡¡Ese tipo es un estafador, dice que es Lennon pero no es, quiero a mi asesor legal!! ¿Aún existe la horca? ¿Aún?

- Cálmate viejo, les acabo de decir que es Lennon, ¡ja, ja, ja, qué idiota saliste!

- Huh, está bien por mí, huh, o sea, le diste carne y sangre, su divina voz ¿y el tipo no puede hacer una canción? Parece que no está consciente que si va a tirar unos mojones, al grabar los pedos le pueden dar un disco de plata o lo que mierda den cuando vendes muchos discos. El punto aquí es que ese burgués nos defraudó…

Lennon se para llorando, molesto y sentencia gritando enardecido: ¡Ustedes dos me hartaron ya, no compondré música para ustedes, no cantaré nunca más, no quiero ver a Yoko, no quiero ver lo horrendamente parecidos a mí que son mis hijos! ¡En realidad me gustaba la música de Donovan! ¡Estoy cansado de que jueguen conmigo, no soy un burgués, me costó mucho trabajo conseguir mi primera guitarra, recrear la inspiración para crear bellas y sentidas melodías, yo soy la Morsa, yo propuse la paz y me dieron la guerra! ¡Yo soy quien merecía el crédito! ¡Sólo necesitaba amor! ¡Me decepcionaron! ¡El amor no es real! ¡Todo fue una fantasía, un viaje trágico y desidioso por los recovecos de las exigencias externas! ¡Todo fue una mentira y me han regresado a vivirla de nueva cuenta! ¡NOOOOO, nunca más! ¡No soporto esto!

¡BAAAM!

El estallido de una pistola, el cuerpo de Lennon cae en el piso, ahora todo es caos, la gente que no había entendido ni madre de todo grita y sale corriendo asustada, a empujones, Danny grita todo su repertorio coprolálico mientras trata de ajustar su collarín ortopédico, Laura grita enloquecida el titular de los diarios de mañana, la exclusiva de su programa, todos se arrepentirán de haber estado en casa viendo el 0 – 0 de la Copa del Mundo que terminó en penales, a muerte súbita, si alguien ganó al final a nadie le importa: Lennon se suicidó, Lennon había resucitado y se voló la tapa de los sesos con una pistola que traía escondida entre sus ropas. El amante de la paz definitivo traía un arma oculta. Minutos después de que el caos comienza a tranquilizarse, detrás de los sillones donde minutos antes habían estado sentados, están acurrucados Hunter y John. Constantine oprime el botón de stop de su vieja grabadora Broksonic mientras le pega el último jalón a su cigarrillo. Hunter acomoda su sombrero y le cuestiona: ¿lo tienes, lo tienes?, ¡maldición, dime que sí!
Constantine guarda la grabadora en su gabardina y con su sonrisa más amplia y ojos serenos confirma a Thompson: Así es amigo, ahora busquemos a ese Puff Daddy y produzcamos la última rola de John Lennon.

viernes, 10 de junio de 2011

Carta a Tony Stark



Tony querido, sí al menos no nos hubiéramos drogado ese día, si no hubieras mentido diciendo que eras Thor, antes de aventarnos por el precipicio aquel sin tu traje, no estaríamos ahora intentando entrar al "Club de lisiados con estilo" del pesado de Daredevil; esto mientras logro mover nuevamente las piernas. Adjunto requisitos, besos.

Beatrix Kiddo

“Un cuento de corrido”

-¡Por favor no vayas a ese baile!

Como conjuro contra un mal augurio se escuchó ese ruego en tres distintas casas, muy distantes una de otra, en tiempo y lugar, pero unidas por similar trágico desenlace.
Palabras llevadas por el viento a oídos sordos, oídos de jóvenes ávidos de “darle vuelo a la hilacha”.
Porque perderse un baile es imperdonable para las y los jóvenes, pues cada uno tiene su especial encanto: se reúnen los verdaderos amigos, hay oportunidad de encontrar al amor de su vida, se da rienda suelta a la alegría, acompañándose de buena música y mucha de esa “agüita que ataranta”.

Se llevará a cabo un gran fandango en “El Edén”, un rancho legendario, propiedad de Doña Catrina, se espera a mucha gente, pero los invitados principales son dos mancebos y una joven dama, los cuales han sido condenados a repetir su última desobediencia por toda la eternidad, total, no tienen otros asuntos que atender.
Como a las dos de la tarde, horario terrenal, inicia el jolgorio, el lugar se encuentra ya repleto de convidados, desde personalidades muy distinguidas hasta individuos de la peor ralea, pero no importa, en esta representación infinita de la vida, todos somos iguales.

La primera en llegar, de los tres invitados especiales, fue Rosita Alvírez, preciosa como siempre, con sus botines de seda bordados de raso que hacen más gracioso su paso y le dan agilidad para zapatear; Rosita es rebelde y se presenta ataviada con un provocativo atuendo, muy liberal para la época…, para la época en que murió. Enfundada en un corto vestido de cuero de ternera muy ampón de la parte baja y demasiado breve del escote, que permite admirar mucha piel cuando Rosita gira y gira al ritmo de las polkas. ¡No´más de verla se me andaba yendo el alma al cielo y eso no le hubiera gustado nada a Don Diablo! En fin, ella se dedica, como siempre, a despreciar a todos los caballeros y lumpen que osan acercársele.

Todo transcurría normalmente cuando hace su arribo a la fiesta Simón Blanco, acompañado de sus ladinos compadres, quienes lo convencieron de venir con el pretexto de demostrarle a la concurrencia que él no es ningún cobarde. Simón tiene inteligencia, pero más orgullo, no en balde fue uno de los principales artífices en la toma de San Tejeringo el Bajo y otras batallas memorables, por lo que el gobierno le guarda cierto respeto, aunque preferiría eliminarlo. El asunto con Simón era poner en entredicho su valor, para que inmediatamente se le cuadrara a cualquiera, so pena de recibir un plomazo de su revólver calibre 30; así se las gastaba Blanco, por eso se urdía una traición contra su honorable persona, por parte de gentes en las que él tenía plena confianza.
¡Así las cosas, raza!

Otro que fue traído al baile incitado por un motivo muy personal, es Lucio Vázquez. Animado por la idea de coincidir con la dueña de su corazón en el festejo, pero ignorante de la intriga fraguada entre sus presuntos amigos para darle muerte, porque uno de ellos pretende a la misma doncella. Lucio está muy emocionado por encontrarse con su novia. En cuanto entran a la reunión, los hipócritas le ofrecen insistentemente un trago de licor, mismo que rechaza, pues cuando llegaron a su casa para proponerle venir al convite, estaba a punto de comenzar a cenar y él sabe que no es bueno ingerir bebidas embriagantes con el estómago vacío, además prefiere mantenerse sobrio, para pasar un buen rato con su amada. ¡Abusadillo desde chiquillo!

Ya todo estaba listo para cumplir con la repetición de los hechos, cuando irrumpe en el sitio Valente Quintero, totalmente ebrio, armando un escándalo ¡éramos muchos y parió la abuela! A pesar de los ruegos de su chata consentida, Quintero se dirige a los músicos para exigirles, no pedirles, que toquen “El toro”; los pone en un predicamento, pues la música ha sido pagada por el Mayor, quien la liquidó con plata, además también anda muy borracho y no va a tolerar un agravio de esa magnitud frente a la concurrencia. Para hacer más grande el desafío, Valente presume que pagará con oro. ¡Faltaba más!
El Mayor le reclama su actitud, recordándole el debido respeto a su grado. Valente contesta de manera insolente que él también es subteniente.
Se dan la mano como hombres de honor y se retiran de la bola, luego se escuchan las detonaciones de una .32 empuñada por el teniente y una .45, sostenida por Valente. Cae primero Quintero, es infalible la puntería del Mayor; ya en el piso, Valente, antes de fallecer, logra hacer blanco en el pecho del Mayor, dejándolo agonizante.

Y ese fue el principio del fin en el baile:
Hipólito, uno de los muchos despreciados, cansado de los desaires de Rosita, lleno de rabia se abre la chamarra y desenfunda su pistola, asestándole tres tiros a la muchacha; ¿pa´qué gastas balas Hipólito?, si no´más uno era de muerte.

Simón es sorprendido por el más querido de sus compadres, quien le dispara a quemarropa; al darse cuenta de que no traía su “cuete”, pide desesperado el arma a su amigo Andrés, pero muy malherido no logra resistir y cae abatido por un certero balazo. Le ahorraron el trabajo al gobierno, que no encontraba la manera de deshacerse de un personaje tan respetado como fue Simón Blanco.

Lucio Vázquez, rechaza por enésima ocasión una copa, causando el enojo de su rival de amores, quien cobardemente lo reta a pelear, a sabiendas del garlito previamente preparado contra la vida de Vázquez; salen del rancho y cuando Lucio se dispone a enfrentarse al provocador, no ve una mano que por la espalda le propina tres puñaladas traicioneras; todo por arrebatarle el amor de una mujer.

En el suelo yacen los cuerpos de tres jóvenes y una dama, asiduos a los bailes, pero en este, les toco danzar con la más fea, por no hacer caso de una sencilla, pero vehemente súplica: ¡No vayas al baile! Esas fueron las últimas palabras que escucharon en labios de sus angustiadas progenitoras.

Cuatro destinos fatales, provenientes de un barrio de Saltillo, del municipio de Tres Palos, de la Sierra Mojada y del Pueblo de Santiago; cuatro historias, reunidas en este cuento, por un viejo borracho, amante de los corridos.

jueves, 9 de junio de 2011

Así sin más... los agachados.

El silencio es total en el centro histórico, las luces de palacio alumbran el escaso movimiento que hay a esas horas de la madrugada, en el asta bandera donde todas las mañanas se hace la ceremonia de izamiento de la insignia nacional, cuatro personajes tan diferentes entre si intercambian opiniones sobre el curso que ha tomado el país.

-Yo creo- dice Hidalgo-, que la paz por la que luchamos duró mucho tiempo pero la gente pensó que con eso era suficiente y se acomodó a esperar el sol todas las mañanas dando por sentado que la paz era  duradera, saliéndose las cosas de control, perdiendo el rumbo sin saber como ni cuando.

-El gobierno sin embargo- dice Pancho Villa- no ha cumplido el cometido por el cual fue elegido, la corrupción, narcotráfico y la mala educación están acabando con este país por el que tanto se luchó, por el que murió tanta gente, dudo mucho que hoy se sintieran orgullosos los que pelearon en ese entonces, de ver lo que pasa en esta tierra llena de gente trabajadora pero tan escasa de oportunidades.

-Nadie hace nada- dijo Zapata-, están esperando que alguien con suficientes huevos se levante en armas para hacer otra revolución y volver a empezar, pero ya no hay líderes, los pocos que hay los compran unos cuantos billetes, la dignidad tiene signo de pesos, todos tenemos un precio sólo hay que saber llegar a él-¿o tu qué opinas?- preguntó Zapata a Morelos.

-¿Yo?, yo no opino nada- sentenció José María, a este país se lo está llevando la chingada y todos están cruzados de brazos, envenenan a la juventud, matan su infancia, violan su fe, discriminan a las mujeres, hay pobreza por doquier y nadie hace nada, todos aquellos que tienen ideales mueren acallados por las balas de la censura y encerrados en la más oscura prisión de los desaparecidos. Cabezas, manos y pies rondan por todos los rincones del país en busca del cuerpo al que alguna vez pertenecieron, mantas, carteles, cruces, dolor es la noticia diaria. Este país está sostenido por hilos tan delgados que están a punto de reventar.

El país está jodido señores, la gente vive con miedo, con los brazos atados por el dolor, empeñados en buscar algo con que aliviar su pobreza, el desempleo y la baja educación están enterrando a este país en el terreno fértil de la corrupción ante el beneplácito de todos. 
La gente vive... camina... deambula con prisas y mirada ausente, con los brazos abajo, derrotados... agachados, así como está el país... agachado.

Las balas que antes silbaban por la liberación hoy silban para matar a inocentes, la tierra que daba maíz y frijoles hoy da droga que hace ricos a los maleantes, políticos y poderosos valiéndoles madre a quien se lleven entre las patas, el pueblo está jodido pero mientras haya circo que los entretenga esto seguirá compañeros, esto es desalentador.

-Creo- terció Zapata- que aunque no se vea ni se oiga cada vez hay más voces que se alzan a la lucha, el pueblo ya no está siendo fácil de dormir, el pueblo se está despertando.

Los cuatro se miraron dejando escapar un suspiro largo de desaliento, emprendiendo el camino a las sombras donde viven las glorias pasadas, pensando en que sería si ellos estuvieran vivos, pensando en los vientos de libertad que empiezan a soplar en este país jodido por la apatía y el desinterés de todos.











miércoles, 8 de junio de 2011

La otra mitad



Una tarde de verano en un consultorio el reconocido doctor Carl Gustav Jung tenía una visita inesperada, este paciente a diferencia de los demás era muy especial y  recurrentemente asistido por el Doctor.

-Como es habitual debemos de presentarnos mi nombre es…
-Herman Hesse –el paciente interrumpió
-¿Perdón?
-Herman Hesse, doctor, mi nombre es Herman Hesse

El doctor postrado en una silla frente a su escritorio se disponía a sacar su libretilla de apuntes mientras el paciente sin esperar siquiera alguna petición u orden comenzó a hablar.

-Quisiera partir como el sol en el ocaso… quisiera partir con una tarde como esta. -dijo Herman mientras por un pequeño espacio un rayo de luz entraba desde el exterior iluminando de su cuerpo sólo el rostro parcialmente, dado que la gran cortina del consultorio cubría casi por completo la ventana del mismo.

-Despedirme como el sol en un ocaso…-suspiraba recostado en el diván.
-Vamos Herman ya lo hemos hablado.
-¿Qué hemos hablado?
-Sueños –el doctor le respondió- sueños extraños sobre ti, vamos relájate contaremos lentamente hasta diez.

El doctor se incorporó de su asiento sacando de su bolsillo un cristal circular atado con un hilo, el cual siempre en la sesión daba resultado.

-Mira con atención este péndulo, fija tu mirada hacia el cristal, contemos de más a menos, nueve, ocho, siete… –El doctor no contaba más de cinco cuando notó a su paciente entrando en un tipo de trance.

-Cuéntame tú sueño más reciente.- y sin titubear, Herman comenzó a narrar.

-Era pasado el mediodía, habíamos merendado María y yo, supongo qué la tarde ya llevaba algunas horas recorridas porque desde el jardín se podían advertir tonos amarillentos y naranjas, se podría decir que el ocaso se acercaba, eso era lo que mi corazón lleno de angustia me decía, lleno de angustia no se por qué.

Dirigía mis pasos a la alcoba, y notaba que se endurecían al tratar de subir a la segunda planta de la casa, miraba mis pies y podía ver como los escalones lucían enmohecidos, con las tablas apunto de ceder, corría entonces, eso intentaba sin poder correr tan rápido como yo quería, trataba de subir lo más aprisa posible al cuarto.

Voces…se escuchaban voces, una platica intima, una risa sometida, un temblor me recorría todo el cuerpo y sin abrir pegaba el oído a la puerta, procurando no hacer ningún tipo de ruido que pudiera dar aviso a mi presencia, podía escuchar una platica muy baja, yo sabia que hablaban de mi,  reconocía la voz de María mi mujer, al poner más atención identificaba a María hablar con un hombre ¡Hablaba y reía con un hombre en mi habitación!

La ira me cegaba y esa extraña angustia en mi pecho aumentaba cada vez más al sospechar lo peor, dirigí mis pasos hacia el baño, tomaba la navaja de afeitar, regresaba procurando no hacer ruido, abría sin más la puerta y veía un par de siluetas en la oscuridad en un frenesí de lujuria, de movimientos obscenos.

María lanzaba gritos en la oscuridad, en esa sucia oscuridad de infamia, y perversión, de mis ojos caían un par de lágrimas, no se si de tristeza o de rabia, un torrente de emociones como torbellino en mi nacía, sin pensarlo tomé al hombre  por la espalda arrojándolo fuera de cama, en un forcejeo rápido y descontrolado logro cortar su brazo, la navaja se escapa de mis manos, tomo firmemente su cuello y en una satisfacción insana lo estrangulo, una risa escapa de mi boca, una enferma risa aunque yo no piense en reír…

¡Y ya no puedo respirar!... ¡No puedo ya respirar!

-Calma, calma, tranquilo –Herman comenzaba a sacudirse abruptamente en el diván-, calma, no pasa nada –decía el doctor mientras sujetaba a Herman por los hombros evitando una caída inminente por tan bruscos movimientos, parecía que al dar aquella última descripción sobre su sueño, Herman experimentaba un tipo de shock.

-¡No puedo respirar, no puedo!...¡Se qué voy a morir! –En pánico clavaba su mirada en el doctor mientras se retorcía con las manos en su cuello como aquel asmático que a falta de oxígeno no puede respirar.
-No morirás…no morirás –fue lo ultimo que escuchó Herman de la boca del doctor antes de perder el conocimiento, parecía como si su asfixia mental haya traspasado a nuestro mundo atacando realmente su cuello. Y por fin desfalleciendo.

La puerta del consultorio se abría de manera abrupta y una mujer entraba sin aviso, ni anuncio.

-¡Qué esta pasando Carl!
-Lo de siempre María, lo de siempre…-respondió el doctor mientras acomodaba el nudo en su corbata, y posteriormente acercando sus anteojos a la nariz con el dedo índice.
-¿Otro ataque?
- Así es María, otro ataque…
-Y ¿Qué haremos Carl?
-Nada…solo esperar

Transcurrieron un par de horas, el doctor y María seguían en el consultorio esperando a que algo pasara, un silencio sepulcral invadía el aire, sólo haciendo ruido la manecilla de reloj que insistentemente marcaba segundo tras segundo el pesado y angustiante pasar del tiempo.

-Doctor, ¿Se encuentra usted ahí? -una sombra desde el diván se reincorporaba lentamente.
-¡Si, claro, aquí estoy! –sorprendido el doctor lo miró paulatinamente enderezarse, como si nada hubiera pasado.
-¿Sabe algo de María…sabe si ella está bien?
-¡Aquí estoy! –María suelta en llanto respondió y trato de correr hacia sus brazos siendo frenada de manera abrupta por el doctor que sorpresivamente sujetaba firmemente su muñeca.
-¿Recuerdas tu nombre? –el doctor preguntó, aún sujetando la mano de María que desde haber escuchado aquella voz proferir su nombre no paraba de llorar.
-¡Claro qué sí, doctor! Yo soy Demian, Max Demian doctor.
-Demian, ¡Maldición! ¿No has aprendido nada, ni siquiera a controlarte un poco?
-No se preocupe doctor ese Herman creo que esta vez sí desapareció para siempre.
-Eso mismo dijiste la última vez…
-He descubierto, doctor, el gusto a la muerte, a su amargo sabor –dijo el paciente de manera un tanto risueña ya en pie y frente al diván recorría abruptamente la cortina del consultorio dejando ver un cielo negro y estrellado.
- Porque la muerte es miedo ante una aterradora renovación, una renovación incontrolable.

El paciente se paraba tomando su chaqueta que había dejado en el perchero, María hecha un mar de lágrimas por fin corría hacia los brazos de su esposo, el cual sin darse cuenta sangraba de una herida proveniente de su brazo al parecer hecha recientemente.

-Estas sangrando mi amor ¿Te encuentras bien?
-Mejor que nunca, María… Mucho mejor.


Bolívar # 29



En un camión que se anuncia como Df-Querétaro, viaja Juan José.
Frente a él, un paisaje desfila rápidamente: un caserío que le dice adiós, el cielo azul y una laguna que viene y va como delgado sueño, dos cumbres, una nevada, otra de fuego. Se aleja de Ciudad Guzmán.
Piensa en todos sus empleos: aprendiz de encuadernador, peón de campo, cobrador, panadero… Y como si fueran bolitas de papel, los arroja por la ventanilla.
Ahora, sólo un pensamiento le ocupa: ser escritor.
Unos ronquidos retumban en su tímpano, provienen de la vaca echada junto a él. Los gordos muslos y la alechada tez de su compañera de asiento, alborotan sus tripas emitiendo feroz gruñido. La vaca se sobresalta. Él se le recarga en el lomo y ambos se entregan al arrullo del camión.
-Duérmete, bistecito, duérmete –susurra–, faltan varias horas para llegar.
Lo despierta un zangoloteo, las luces se han prendido, el camión llega a la central del norte.
Ve que la gran mujer alechada se aleja, apenas balbucea un adiós. Recoge lentamente su equipaje. Es el último en bajar.
En la fila de los taxis, hay una golondrina con saco de pana y bufanda.
-Parece poeta –piensa– seguro la veré en el congreso.
Un chillido lo sorprende: -¿A dónde, joven?
Él titubea un poco: -Al centro histórico –y saca un papelito–, a la calle Bolívar.
La rata del mostrador le extiende un boleto, Juan José paga con un billete de a cien.
La migala que conduce el taxi, maneja diestramente entre los coches, zigzaguea como cangrejo. Ríe, se acicala con sus peludas extremidades. El joven escritor parece un ratón ante los ojos hambrientos que lo miran por el retrovisor.
-Hemos llegado… Bolívar veintinueve –dice la migala.
El hotel es un enorme termitero de fachada gris. En recepción un pingüino lo recibe. Aletea. Ahí junto, está la golondrina poeta. Se saludan.
-Soy de Chiapas –dice– me llamo Rosario Castellanos.
-Juan José, mucho gusto, de Jalisco –sonríe tímidamente.
A sus veinticinco años aún no logra dominarse con las mujeres, ellas y la literatura son su amor, pero le teme a las dos.
El amable pingüino le informa que su compañero de cuarto hace horas ha llegado.
-Firme la entrada, joven –y el recepcionista nuevamente aletea.
El joven escritor entra a la habitación. Lee en la etiqueta del equipaje de su compañero, el nombre. Todo silencio, su cuerpo está tendido. Muerto, frío, está lo más iguana posible: es Jaime Sabines.
Se acerca sigilosamente a su cuerpo inerte, pero por más cautelosos sus pasos, Jaime despierta.
Ambos se saludan. La iguana escribe poesía, dice venir de Comitán. Salta, gira, retuerce la cola, se sienta al borde de la cama, y cruza la pierna, ofrece un cigarrillo.
-No, gracias –Juan José observa su suéter de cuello de tortuga– quizá más tarde. …¡Vaya moda la de los poetas! –piensa.
-Y tú qué escribes –pregunta emocionado Sabines.
-Cuentos –y la emoción se le va.
La primera ponencia inicia a las doce del día, los dos jóvenes bajan a desayunar. Encuentran un comedor apañuscado de novelistas, poetas y cuentistas; no es difícil ubicarlos.
Los novelistas poseen rostro intelectual, son los de ropa más formal, gruesos lentes de pasta y sacos oscuros. A los poetas un ambiente bohemio les rodea, hay música en sus mesas, saltan metáforas entre los platos. Los cuentistas son los más desaliñados: jeans, tenis, playeras estampadas.
-Siempre he querido rociar a los poetas con agua bendita para ver si desaparecen –exclama Juan José al ver que son los más.
-¿Eh? –pregunta Sabines, quien afortunadamente no entiende el chiste.
Una algarabía comienza a brotar, un chimpancé baila grotescamente en la mesa del rincón, hace reír a un grupo de chicas. El mono alegra el comedor. Anuncia que terminando la sesión de trabajo habrá borrachera en el quinto piso. Los aullidos, graznidos y mugidos afloran de inmediato.
Después del alboroto, la golondrina poeta, la iguana, y él, toman un taxi.
Jaime, con sus manos frías, flacas, verdes, le paga al chofer. -No es nada –pero Rosario insiste extendiéndole un billete– de verdad, nada –y él se acomoda el saco al bajar del taxi.
En el centro cultural los recibe una zorra de ojos grises. Tiene enormes senos y un culo de tentación. Mientras apunta sus nombres, les da instrucciones para llegar a las aulas y son separados por género.
Los poetas, muchos, entran a una sala que huele a marihuana. Sabines, como lento, amargo animal, enrosca su cola en el brazo de Castellanos y ella se lo lleva volando.
Un zopilote regordete dice a los novelistas que vayan tras de sí, ellos le siguen vueltos una fila de trajes oscuros que como manada de cuervos revolotean, graznan.
Alrededor de quince cuentistas esperan junto a Juan José en la mesa del café, se atiborran de galletas.
-¡Los cuentistas siempre con hambre! –entra el asesor de espalda encorvada– esa es buena señal –dice. 
Inicia la sesión. El maestro, un buitre viejo, es un observador minucioso que encuentra en los textos la redundancia de palabras, muletillas y repeticiones, como si se tratase de carroña. Entre picotazos y presentaciones el día se va lento. A media sesión tocan la puerta, es el chimpancé bailador, dice que se ha perdido. El buitre, con mirada calculadora, lo deja pasar:
-Cómo te llamas, muchacho, tu rostro me es familiar.
-Andrés Henestrosa, vengo por tercera vez –se sienta atrás de Juan José.
-Entonces, ¿cómo es que te has perdido? –el viejo maestro afila el pico.
-Siempre tengo la suerte de perderme en alguna fiesta –y todos los animales ríen.
El buitre, malhumorado, continúa la sesión. Todos tienen cara de interés, menos Juan José que garabatea en una libreta lo mucho que extraña Ciudad Guzmán.
Piensa en el humano negro que se salió del corral, por el que dio sus primeros pasos, le entran inmensas ganas de correr, el recuerdo de aquella bestia lo persigue y tiembla como un troglodita perseguido por un monstruo mitológico.
Desea regresar a casa, esconder sus cuentos, olvidarlos. Está a punto de impulsarse de su asiento, pero llega la hora del intermedio. Respira.
El chimpancé y él hacen migas. Salen a tomar un café y platican al pie del balcón.
-Soy de Oaxaca –le dice el primate– escribo historias de sicarios.
Charlan de proyectos y libros. El chango matón –como comienza a llamarle Juan José– dice que resignado a no recibir la beca nuevamente, viajará a Francia, a estudiar teatro. Lo invita.
Su conversación termina en planes para la noche.
-¿Entonces sólo hielo y refrescos?
-Sí, ya tengo varias botellas –contesta el chimpancé.
A los poetas también les han dado un receso, Jaime y Rosario se unen a la plática. El primate los invita al quinto piso.
El resto de la sesión pasa más lenta. Todos desean llegar a dicha borrachera.
Una vez en el termitero, los pasos van hacia la habitación del mono matón, es físicamente imposible penetrar, medio congreso ha llegado. Juan José entra con una bolsa extra grande de hielos y algunos refrescos, junto a él, está Jaime que carga un paquete de cervezas.
Rosario llega más tarde en compañía de otra golondrina, ambas visten coloridas bufandas. Sabines se escabulle entre la multitud, se arrastra con su piel y su lengua, llega a ellas.
En vano, Juan José intenta seguirlo. Choca con el chango matón y este le pregunta por los hielos. El lugar es una mezcla de gorjeos, ronroneos, rugidos. En un rincón, un grupo de novelistas hablan de recursos literarios. Los escribicionistas, en un extremo de la habitación, hablan de su blog. Un par de poetas intentan componer una oda al alcohol. La zorra de los ojos grises besa a un apasionado lobo. Desde una laptop suenan The animals. Alguien grita que le bajen a la música. Un gorila uniformado dice que los demás huéspedes se han quejado, los reprende molesto, se va. El chango matón comienza a bailar, tropieza con un cuervo y derrama la cuba sobre su saco, este lo picotea, Andrés se enciende y clava sus colmillos en el cuello de su oponente, el novelista aletea fuertemente, dan volteretas por la habitación, un círculo de excitados animales se forma en torno a ellos. Los perros aúllan. Entre monos y cuervos se hacen de palabras. Por fin logran separarlos. Juan José saca al mono sicario de la habitación y terminan en un bar de la zona rosa.
-¿Ya conocías al novelista, pelearon como si tuvieran viejos rencores?
-Sí –ríe Andrés– me cae mal, también es de Oaxaca, nos conocimos en un encuentro hace cinco años. Su tío es secretario de cultura. Lleva tres años consecutivos con la beca. Desde cuando tenía ganas de morderlo –y da una calada a su cigarrillo.
-¿Consecutivos? Que yo sepa eso no es posible –responde Juan José, y hunde la mirada en su cerveza. Piensa en sus cuentos, en las pocas posibilidades de ganar, brotan sus temores.
-Así es esto, amigo, por eso ya tengo un pie en Francia. Allá un viejo conocido me ofrece trabajo.
-Dichoso tú, yo en cambio, presiento que regresaré a mi pueblo para no salir de ahí.
El primate lo mira pensativo. -Si te animas, te presto lo del pasaje, estando allá, lo de menos es encontrar trabajo. –a pesar de las pocas horas siente gran empatía por él.
Un entusiasmo recorre a Juan José. Un sí quiere escapar de su boca pero en cambio sólo mira su reloj que marca las cuatro de la mañana, y únicamente atina a decir que ya es hora de regresar.
Ambos ebrios vuelven al hotel, apenas tienen un par de horas para descansar.
Ya en su habitación, Juan José queda petrificado en el umbral de la puerta, un par de bultos se mueven en las sombras. Gimen, se retuercen. Jaime siente su llegada, prende una lámpara. La golondrina, medio escondida entre las sábanas, asoma el pico, una de sus alas. Al ver que es la amiga de Rosario, el joven cuentista respira, se tira en el colchón de al lado.
Se entrega a sueños que lo conducen a los ojos de Castellanos. Ignora a los amantes. La poeta golondrina no es muy bonita pero algo hay en ella que lo atrapa, que le hace querer reflejar su vacío en el balcón de su mirada.
Suena la alarma, el poeta iguana se estira con toda su verde apariencia, la golondrina ha volado.
Los jóvenes se alistan presurosos, entran derrapando a su segunda sesión, pasa el día, luego otro: sesiones y graznidos, revisión de textos, competencia… todo igual.
Llega el turno de Juan José, es el último día del evento. Las dudas lo atacan, se deshace como la bolsa de hielos que compró días atrás.
El viejo buitre lo llama, chasquea el pico. El cuentista sube los dos peldaños que lo separarán del resto de las butacas. Todos clavan la mirada en el juego de fotocopias que antes ha repartido. Sus palabras brotan desquiciadas, alguien pide que vaya más lento. Termina la lectura.
El asesor subraya, revisa; algunos bostezan. Surgen opiniones. El chimpancé le brinda una señal de apoyo.
-Mi presentación ha sido un asco –piensa Juan José.
-Bien –interrumpen sus pensamientos– he anotado unas cuantas correcciones, sólida tu estructura –comenta el buitre–. Tomen un descanso… excepto tú, Arreola –y con el ala le señala que vaya a su escritorio.
-Dime, hace cuánto escribes –cuestiona el instructor.
-Desde los diez años, mi pueblo es aburrido, siempre he preferido escribir.
-Es contundente tu estilo y la vitalidad de tu lenguaje ¿dónde has hecho tus estudios?
-En realidad, soy autodidacto, a los doce años comencé a trabajar –responde un tanto nervioso– Dígame, cree que tengo posibilidades de –y el buitre obstaculiza su pregunta con un aleteo.
-¿De conseguir la beca? Quizá. Pero si sólo vienes por eso, estás perdido. No te estreses en obtener lo que por sí solo llegará.
El muchacho asiente y junto con el asesor, sale del aula.
Afuera Rosario le espera, -¿Cómo te fue? –salta emocionada.
-Creo que fui el peor.
-No seas modesto, confío en que serás uno de los becados, nadie más que tú desea salir en esa lista.
-Ese es el problema, ya no sé –de repente, la poeta gira su cabeza y clava la mirada en un gorrión desconocido, esta trina de felicidad.
-Lo siento –dice– llegaron por mí –Juan José siente un agudo dolor en el estómago–, pero prometo ser la primera en felicitarte cuando publiquen los resultados –y con un gran abrazo se despide de él.
Quince días después, una fuerte palmada en la espalda lo sorprende.
-¡Cabrón! No contestaste mis últimos mensajes, pensé que no llegarías, pero aquí tengo tu boleto –Andrés Henestrosa y Juan José se dan un abrazo como aquellos amigos que hace dos semanas no se ven.
-Te dije que no faltaría, sólo que estos últimos días se me han ido en despedidas.
-Hoy publicaron la lista –dice el chimpancé.
-Prefiero no saber –contesta Arreola– ya he tomado una decisión.
El chango matón alza los hombros, cambia de tema.
Los dos jóvenes pasan al mostrador de la aerolínea. Les revisan el pasaporte. Un celular suena.
-¿La última despedida? –pregunta Andrés.
-No, se activó mi alarma –miente, mientras en la pantalla aparece ella– ¿Vamos por un café?
Y en busca de una comédie francaise, los dos monos se alejan.