Y la sombra le seguía do quiera que fuera. Tras las huellas de Silvina, Manuelito no deja que esta se le desaparezca. Ya sea a la cocina, al mercado, a la calle, nunca se separan. Manuelito está loco pero nadie lo dice, disfrazan la verdad con palabras que duelen más que la verdad misma.
Carga un cinturón entre las manos que mordizquea para tranquilizarse cuando los fantasmas de la locura se apoderan de su mente.
Una extraña fijación ejercen sobre él los cinturones y los senos femeninos a los que se acerca sin mediar el peligro de recibir una bofetada o un golpe de la mujer que no lo conozca. Las que lo conocen, saben que no pasa de un rozón y una caricia sin malicia pero hay que tener mucha sangre fría para dejar que Manuelito acaricie los senos prohibidos sin sentir un escalofrío de terror.
Tiene treinta y tres años pero dos de edad mental. Un retraso ocasionado por el esposo -según diagnóstico médico-estando embarazada Silvina, a quien golpeó sin piedad una y otra vez hasta que se cansó. Bañada en sangre, fue hasta donde el médico quien dijo que Manuelito estaba a punto de nacer ayudado por la golpiza propinada por el esposo desalmado. Así entre golpes y lágrimas vino al mundo un niño que nunca sabría qué papel jugaría en el destino de su familia.
Cuando Manuelito nació, Silvina sonriendo dio gracias a dios que hubiera nacido bien sin imaginar lo que la vida le estaba guardando. El tiempo le arrancaría la sonrisa convirtiéndola en una mueca de dolor que jamás se le borraría de la cara. El niño se convertiría en la sombra de su madre.
Manuelito creció como todos los niños de su edad, con los cuidados y amor que toda madre prodiga a un bebé hasta que un mal día Silvina vio que algo no andaba bien con el niño, se dio cuenta que su hijo tenía la mirada perdida en la desnudez del techo, le dio un vuelco el corazón, pasando su mano frente a los ojos inmóviles, Manuelito no pestañeó, le habló para guiar la mirada con la voz pero no hubo respuesta. Asustada corrió al médico quien le dijo que no se sabría si era ciego hasta que tuviera más edad.
No estaba ciego, su memoria estaba perdida en los límites de la locura y no podrían curarlo. El golpe que recibió Silvina al saber la noticia, mató la mitad de las fuerzas de madre, la otra mitad las guardó para ayudar a sobrevivir a su hijo.
Aprendió a caminar cerca de los cinco años de edad. Hablar nunca ha podido, algunas veces cuando la locura lo deja, en un esfuerzo sacado de la más honda cordura pronuncia ¨Mamᨠes cuando Silvina piensa que los milagros existen agradeciendo a dios que no se olvide de ellos.
Arrastrando los pies Manuelito anuncia su llegada, con la mirada perdida y una boca vestida con dientes chuecos que muda se queda al no saber que decir
No sabe ir al baño, hace sus necesidades sin avisar. Cuando esto sucede Silvina tiene que meterlo a bañar así sean dos o tres veces al día. La atención que necesita el niño es constante, no hay descanso nunca. Ni hablar de cuando Manuelito por instinto conoció el masaje placentero salido de un pene estéril que se prodiga cada vez que siente que la locura le da un respiro.
Siendo la sombra de su madre, Manuelito un día salió tras ella sin que esta se diera cuenta. Enferma como está, Silvina sufrió un desmayo, la gente se arremolinó a su lado sin saber si estaba ebria o se había desmayado. Manuelito pasó junto al tumulto buscando a su madre. Un vecino reconoció a Silvina y junto con otros la llevaron a su casa. Entre brumas oyó lo que había pasado. A su mente vino la cara de su hijo, preguntando por él, nadie supo darle razón. Lo buscaron por toda la casa sin encontrarlo. Gritando y jalándose el pelo Silvina salió loca de dolor por la pérdida del hijo. No valieron los ruegos de la abuela pidiendo una poca de cordura a una madre desquiciada de dolor.
Silvina tocaba puertas, se asomaba a los zaguanes, preguntaba a la gente sin que nadie pudiera darle razón del niño extraviado. Corrió entre la gente, tropezándose y volviéndose a levantar hasta dar con él quien sentado comía una tortilla que alguien le había dado. A un lado unas monedas daban cuenta de la bondad de algunas personas que lo creyeron limosnero. Silvina descansó, había encontrado a su sombra.
Lo abrazó, le tomó la cara entre las manos, lo besaba sin parar agradeciéndole a dios haberle encontrado. Costó trabajo hacerlo levantar pero su madre en su inconsciencia al saberlo perdido se había aferrado a un cinturón que traía en la bolsa del mandil.
Manuelito se había orinado en los pantalones, el aspecto desaliñado y la cara sucia le daban un toque atemorizante, pero a Silvina lo único que le importaba era haber encontrado a su hijo, a su sombra que se le había perdido un mal día.
¨Le pido a dios que Manuelito se muera ya¨ le dijo recientemente su hermana a Silvina, ¨Si tu te mueres no sé que pasará con él¨ Terminó de decir mientras Silvina agachando la mirada no dejó que las lágrimas salieran de sus ojos. No le dijo a nadie que es lo que pide todas las noches antes que el cansancio la venza. Sabe que si ella muere nadie podrá hacerse cargo del niño, para ella sigue siéndolo aunque físicamente Manuel sea un hombre, saberlo desamparado hace que se le olvide que es pecado desear la muerte de alguien, así se lo ha dicho su madre ¨No puedes desear la muerte de nadie insensata y menos la de tu hijo¨ pero a Silvina poco le importa que sea pecado, ella es la que arrastra la sombra de la desdicha.
Sabe que Manuelito no sobreviviría sin ella que es la única que tiene la suficiente fuerza de voluntad para atenderlo. Alguna vez lo llevó a una institución para niños enfermos mentales pero no lo recibieron por no haber aprendido sus necesidades básicas, ¿Cómo se enseña a un enfermo mental a ir al baño, a comer, a sentir, a querer?
Otra vez lo dejó a las puertas de un manicomio pero al oír los gritos lastimeros saliendo de las paredes del hospital, hicieron que lo jalara de la mano para seguir la vida juntos.
Así han caminado durante treinta y tres años, uno siguiendo a la otra en un vaivén de emociones que han provocado mucho daño en el alma de Silvina que al final del día suspira pidiéndole a dios que no la desampare y la recoja junto a su hijo.
Con el dolor grabado en el alma, Silvina toma de la mano a Manuelito perdiéndose entre las sombras que les da la inconsciencia del sueño, el único que los hace evadirse de la cruel realidad.