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domingo, 8 de junio de 2014

Glorias




Atraviesas de nueva cuenta el puente un viernes a las cuatro de la mañana. Por la ventanilla del autobús, el río sigue su transcurrir sin mirar atrás. Tránsito permanente que nos expulsa al mundo para vivenciarlo, reírlo, padecerlo, embriagarlo, mezclarlo todo a su alrededor y si acaso, darle un sentido al peregrinaje de nuestros pasos. Y recuerdas –entonces-  aquella madrugada en la que contabas con escasos seis años y  tomó tu mano para ir por la masa para los bocoles matutinos, mientras el resto de la familia era recibida en el terruño. Siempre tan servicial y lista en la cocina para las demandas del ejército familiar. El laboratorio personal para deleite del paladar.
Conforme sigue su marcha el autobús, observas las callecitas desoladas y las ventanas de las viejas casas que te miran con extrañeza, y piensas en el alcohol que te colocó en la barbilla cuando caíste de la bici aquella tarde en la calle de Mina o aquella ocasión en la que te abrazó tan fuerte después de la corretiza que te pegó el perro del vecino por toda la manzana (el he-man, le decían). Cucharadas de miel y cobijo menguaron tus terrores.

 
Al salir de la terminal decides caminar entre recuerdos y te vas más atrás, como cuando intercambiaba monedas por un par de escuís -en la tienda del “chico”- para la palomilla de primos que jugaban en patines a lo lejos bajo el intenso calor. Días de esparcimiento y camarería infantil. A lo lejos, observas atravesar la sombra de un señor a la acera iluminada por el farol, y te preguntas ¿por qué la gente evita  la oscuridad? En la penumbra, los destellos de nuestra existencia iluminan el espacio si pones atención. Cada escenario recorrido y vivenciado tiene una función, la de recordarnos en la oscuridad que fueron ciertos. Es lo único que tenemos. El futuro es utopía por alcanzar. 
 
Llegas al parque, enciendes un cigarro y no puedes evitar con cierta sonrisa nerviosa aquella vez en la que la abuela fue con la vecina para decirle que su par de gemelos te habían espantado simulando un cuerpo con dos cabezas asomados por la barda. En fin, estás a una cuadra del lugar al que no deseas llegar, la tristeza colectiva es algo que siempre te ha incomodado. Te detienes en la tienda, observas por allí y por allá y descubres entre un arcoíris de sabores justamente ese dulcecito que probaste por vez primera hace más de veinticinco años mientras te decía guárdalo en tu bolsillo y cómelo hasta después de la merienda. Mientras mitigas el nerviosismo con el cremoso y riquísimo sabor de la gloria recién comprada, se te viene a la mente que vamos y volvemos a ninguna parte  y sabes de antemano que a partir de hoy este sabor tan singular estará en todos y en ningún lugar.

 

miércoles, 2 de mayo de 2012

Escribicionistas, primer aniversario

Escribicionistas está concebido como un taller de corte literario, en el que óptimamente 14 personas habrán de plasmar con base en la premisa de un tema distinto cada semana, su óptica, su talento, sus inquietudes y traumas, su punto de vista expresado tal cual ellos lo elijan.
Aunque la idea no tiene nada de original ya que colectivos similares existen desde hace algunos años en la llamada blogósfera, no deja de ser interesante reunir talentos que en su primera generación, tuvieron diferentes perspectivas, casi opuestas algunas de ellas.

Tuvimos por ejemplo, el talento de una mujer activa, propositiva, que gustó de traer a este blog, letras pensadas para la conciliación, para la vivencialidad del ciudadano promedio que gusta de reflexionar y enamorarse de las posibilidades de la sencillez y los sueños. Esa era Úrsula Amaranta, quien abandonó el proyecto en agosto, dejándonos con ganas de saber más de ella, Fototropismo que supo ser dedicado en sus letras imponiéndose retos constantemente para impecables resultados, La Malquerida quien gustaba de platicar historias sobre el dolor, el malestar y las buenas cosas que se pueden encontrar en los peores momentos, NTQVCA, quien nos dejó claro que grandes contenidos, grandes ideas, podían ponerse en pequeños contenedores que nos podrían hacer pensar mucho más que mil palabras, Destroyer quien pudo hacer un ejercicio no muy lejano al del joven estudiante que proyecta sus inquietudes y perspectivas en cada momento de su aportación semanal, Pherro quien siempre se interesó en proponer enfoques distintos para sus ideas, trabajar en un nivel que contribuyera al estilo del blog, OJT que en el breve tiempo que estuvo en el blog, intentó siempre poner una perspectiva distinta, algo que pudiera ser un referente alterno y llevarnos fuera del propio texto escrito. Hasta hace poco, dos del primer equipo Escribicionista se fueron. Fer quién siempre supo sorprendernos con textos sencillos pero llenos de significados y reflexiones y el Pinchesendic quien lucía un verdadero estilo propio en sus relatos.

No hay que olvidar que la primera generación Escribicionista también se vio nutrida recurrentemente con invitados. Uno de los más frecuentes seguidores de este blog, desde Perú, Luis Torres, ha logrado con su estilo sesudo y manejo sobrio del lenguaje, aficionarnos a sus intervenciones. ¿Por qué no ha entrado al equipo? Sólo él lo sabe. Pongamos nombres como Ferrioni, Alizzia, Jo, Crónicas Urbanas, Megah, Olague y Travis, como colaboradores de honor en este año Escribicionista y sin olvidar a dos invitados que se convirtieron en frecuentes asiduos semanales como el Dr. Whoanz que aún está en la plantilla con un estilo cerebral, dedicado a inspeccionar los rincones de nuestra conciencia y volcarlos en escritos delirantemente sobrios. Pinchi Hablador, quien, aunque hace pocas semanas emigró, también supo darle colorido a la plantilla del blog con interesantes y divertidos escritos que trascendían sus propias letras, dándole un aura de dramaturgo del humor ácido como pocos pueden verse.

Acerca del equipo original; Siracusa, que nos ha traído historias mágicas, llenas de pulsiones, evocadoras, Dark, quien ha sabido pulir un estilo chocante, agresivo y obscuro y el Capitán Tintasangre con su visión narrativa envolvente, que puede transportarnos a otras eras con gran facilidad, se tomaron sus descansos pero afortunadamente para nosotros, regresaron a darnos lo mucho que tienen. El Dr. Gonzo, con su áspero sentido del humor e historias en clave de dolor, nos ha permitido tener la perspectiva del vacío y la acidez necesaria para sobrellevarlo y Ros, el alma del proyecto, una de las más constantes Escribicionistas, nos ha regalado durante este año su estilo melancólico y colorido a la vez, con varios escritos ya clásicos en el blog.

No olvidamos a nuestros Escribicionistas más recientes y que han llegado para darle sustancia a este taller: Augustine que nos ha dado el punto de inicio a reflexiones complejas e historias de un ánimo cuestionador y descubridor. Julieta quien ha soltado versos e historias llenos de nostalgia, equivalentes a un atardecer calmo y pleno de recuerdos. Hanselópolis cuya imaginación y decanto por la ciencia ficción, ha traído historias de distintos caracteres y tonalidades.

El blog no es tan activo como antes, pero mientras podamos leer algo durante la semana, el vicio de leer, aprender y descubrir seguirá patente. Gracias Escribicionistas, vamos por un año más. ¿Quién dice yo?

viernes, 9 de marzo de 2012

Fisgón



A ritmo de Russian Red, tabacos y una cerveza las tardes saben más apacibles. Tranquilidad lejos del marmoteo que es la sociedad es necesaria para reivindicarse al menos con uno mismo los fines de semana. Mientras intento escribir un cuento para mi colección personal que publicarán en unos años – según yo-, algo entra por debajo de la puerta y se instala de lleno en la sala, llevándome lejos del orden al que estoy acostumbrado cuando intento escribir. Enciendo un cigarro, abro la ventana, subo el volumen a the memory is cruel y regreso a mi cometido acompañado de la sutil sencillez en la voz de Lourdes Hernández. Pero no, el departamento está siendo violado por ese intruso invisible que pesa como fardo y termina por difuminar la poca concentración que conservaba tras el desenfado de un eructo cervecero.

Me levanto, fumo y camino hasta la recámara. Camino y fumo buscando aquello que me inquieta. Nada. Retomo el valor, hago acopio de los sentidos para ubicar a mi adversario, declararle la guerra. Regreso al refrigerador, extraigo la segunda cerveza. Destapo, bebo y me escucho decir ¡qué situación tan desesperante esto de no hallar responsables! ¿Existirá un maleficio detrás de todo esto? ¿Será que las musas se solidifican de maneras impensables? Me recuesto en el sofá, me dejo atrapar por la nebulosa para rastrear lo que ya denomino una aflicción temporal. Pasando por otro sorbo, la memoria rebobina a eso de las cinco de la tarde cuando subía por las escaleras hacia este mi cubil e hice un descubrimiento no intencionado. Una vez ubicada la razón de mi desquicio, una punzada desempolva los cuerpos cavernosos, pérate cabrón –me digo sonriendo-. Ahí estaban ese par de artículos altamente comestibles y bellos en toda su estructura, jugueteando al unísono por encima del respaldo en un mueble rojo que se dejaba ver tras la puerta entreabierta del departamento 308, atrayendo por completo mi atención.

Recuperada la cordura y mi ceguera aparente, llego a la conclusión siguiente: mi fascinación hacia los pies femeninos la llevo en la mochila desde hace años. La curiosidad por aquello que se encuentra vedado a nuestros ojos, escondido del mundo, como un tesoro que pocos logran apreciar; ha sido un trayecto por las más tórridas alegrías y las más infames desdichas por caminos sinuosos – como suele suceder en la vida- entre borracheras y periplos delirantes. ¿A dónde se fueron esos pasos que en pretérito me han buscado? ¿Quién será la dueña de ese parcito sublime ubicado en el tercer piso?

Me reconforta saber que no soy el único aficionado a estos manjarcitos mujeriles, pues ahora recuerdo que Tarantino es un empedernido de estos asuntos, me consuela. Digo esto, porque ahora que corrí a la mesa escribo con nuevos bríos sobre mis aparentes desviaciones. Tal vez mi próximo ensayo sea a partir del gusto hacia los secretos que van de aquí para allá envueltos en el calzado femenil.

Regreso a mi cerveza y al cuento que trataba de perfeccionar minutos antes para mi premiado futuro libro. Ni madres, ya soy presa del embeleso que provocaron pisos abajo y regresan las preguntas ¿el rostro de la vecina empatará con ese par de terroncitos que observé por andar de fisgón? ¿le olerán las patas? Las respuestas vienen solas: coincido con mi yo interno en que un par de pies lindos hablan por sí solos acerca de una mujer. Una chica caminando descalza es un deleite sumamente apetitoso para espectadores minuciosos como un servidor, la belleza exterior debe ser completa en toda su composición. Si la parte inferior no es de mi agrado por inducción desacredita algún interés extra de mi parte, así me he ahorrado la cansada tarea de acercarme a experimentar contactos innecesarios y desparramar la cartera sin mesura. Pero de ser al revés ha provocado enamorarme de las mujeres incorrectas. Es un paralelismo interesantísimo o ¿será que el hombre es bruto por antonomasia? – lo digo, por aquellos relinchidos que me han sorprendido de madrugadas siguiendo rastros indefinibles-.

Ahora que la noche aparece, le doy el turno a The organ para proseguir con lo que no tenía planeado para esta tarde y que gracias a la misteriosa vecina, me tiene por acá pensando en ese asistente óptico que suelen ser las sandalias; aventurándome a adivinar partiendo de la observación si una mujer puede ser reservada, risueña, inteligente, bruta, complaciente, autoritaria, interesada o en el peor de los casos una reverenda putona con solo mirar la base con que recorre el mundo. Los supuestos como los pies suelen ser engañosos. Algunos por más atractivos que parezcan adolecen de un defectito: apestan como muchas ideas.

Me empino la última cerveza. Pienso en la próxima estrategia: esperar a que llegue la quincena, armarme de valor y tocar la puerta del 308 e invitar a salir a la vecinita o de perdis en una de esas coincidamos mientras subo-bajo la escalera y ella abre la puerta para desenmascarar el enigma que ha surgido a partir de mis fisgoneos. A las buenas cosas se llega por accidente o por equivocación.

jueves, 23 de febrero de 2012

De bisteces y actitud noventera



Gomas de migajón previa inserción debajo de la trusa para dejarlas con rajas de canela en los pupitres de las chicas chic del momento, idas de pinta para terminar en el billar fumando como chacuaco, eructos por los pasillos que se escuchaban hasta las montañas, cortes de cabello estilo hongo,  mochilas volando del tercer piso para caer en algún distraído llevándolos al desmayo, sudaderas y suéteres amarrados a la cintura, playeras de nirvana, guns, iron maiden, slayer, megadeth a todo lo que daba para denotar tu disidencia debajo de la chazarilla, espejos en los zapatos para observar el paraíso femenino que empezaba a punzar en los febriles pensamientos, bolitas descomunales para aleccionar a los rajados, fajes a escondidas en el camión destartalado. En el baño: quiero picha, mámate este becerro, puto el que lo lea, a Miguelito del 2 “A” no se le para, te amo Sofía aunque andes con Rodrigo y un sinfín de leyendas acompañaban la estancia mientras tirabas tu agua de piña. Todo estaba a pedir de boca, tan sólo bastaba tomarse el riesgo y saltar al grupo atípico de tu preferencia ante la cara estupefacta de los nerd. Cómplice de cientos de historias, la mirada vigilante del cofre de Perote albergaba el recinto cada mañana. La secundaria tenía ese toque especial, el abandono de la niñez había quedado en la banqueta. Un mundo de posibilidades se abría ante tus ojos.
Por aquellos años iba a paso lento con mis compinches de andanzas. Con los bolsillos del pants atiborrados de cuernitos de manjar, huevos kínder y demás confitería que ofertaba la cafetería, de la cual,  extraíamos en forma hábil y despreocupada como auténticos ladronzuelos nos dirigíamos a la covacha de Don Coleo (un viejecillo cercano a los setenta años encargado de la limpieza). Era a todo dar el ruco, entre jergas, cubetas y periódicos nos contaba historias jocosas sentado en la vieja silla de madera, a veces escuchábamos la radio polvorienta cuando no entrábamos a clases mientras nos refería historias de generaciones ya extintas para nosotros.

-          ¡Qué ondón chamacos!

-          Nada, aquí ya sabe mi buen Coleo pasando a visitar.

-          Mis natas, de seguro se la andan jalando pinches calientes.

-          No la muele Don, nosotros por la derecha.

-          Qué ¿a poco no se la jalan?  o me van a salir que son puñales.

-          Clarín, cheque las manos bien callosas inche ruco.

-          Qué va ser pinches chamacos huevones.

-          Y qué, ¿ya se han tronado una chicuela? O na’más naranjas.
La mirada cruzada de la palomilla dejó entrever que lo más cercano al contacto mujeril que habíamos experimentado era nuestra preciada colección de penthouse, playboy y private que buena compañía hacían por las tardes.

-          Pues les voy a dar un consejo mientras se deciden a ser hombres.

-          Pues dele chinga.

-          No pierdan detalle: cuando no esté nadie en su casa agarran un bistec del refri y lo ponen a freír, que les quede a medias entre crudo y frito.

-          Simón y luego.

-          Lo dejan un ratito ahí, le ponen un poquito de aceite pa’que resbale y se la jalan de lo lindo.

-          No chingue inche ruco loco, qué mamadas son esas.

-          Ohhh chinga me cae, van a saber lo que amar a dios en tierra ajena.

-          Eso sí, cuando se vengan lo hacen en el bistec, lo terminan de freír y se lo papean. Van a ver que se van a poner bien mamados.

-          No tiene madre inche viejo.

-          Ahí nos vemos, se lo lava puta ruco ardiente.

¡Ohhh me cae que es neta!, pero bueno ya lléguenle escuincles, luego les cuento la del afilador culeros pa’que se pongan perrones. El estruendo de su carcajada se alcanzó a escuchar cuando dábamos la vuelta por el pasillo que daba a la cancha.

jueves, 16 de febrero de 2012

Amanecer



En el horizonte de un nuevo día nace
la oportunidad con tono a bienaventuranza,
de caminos llanos en la estepa del recuerdo
afloras en erupción delicada.
Tersura tímida fragmentando el pensamiento
de llevarme tus secretos en los dedos.
La mirada empuja el objetivo,
como la pluma las palabras.
Por los pliegues de la sábana
una máxima florece entre tejidos.

viernes, 10 de febrero de 2012

Crónica de una sonrisa



Pasadas las seis de la tarde me retiré a paso lento del crucero en las calles de independencia y porvenir. El día no había sido del todo bueno, sólo arrojó cerca de cien pesos a mis bolsillos. Con la mirada a ras del escritorio hurgo en mis pensamientos, algo bueno tengo que sacar de la jornada. Resulta que cuando algo no sale del todo satisfactorio me cuento historias que transcribo llegando al departamento que me dejaron los abuelos. Y decir me cuento historias es por mi afición a la escritura; como aquella que elaboré hace un par de semanas en la que narraba cómo iniciaba un día cualquiera en mi vida. Basta con decirse que uno es escritor para serlo, no es necesario andar en esas tertulias literatosas entre presentaciones de libros, vinos, cuchicheos, envidias, persecuciones azarosas por las becas y nimiedades que desconozco en su totalidad y de las que puedo prescindir con notoria facilidad. Comento esto querido lector porque desde que dio inicio esto que lees observo con detenimiento el rumbo que me dicta la bic negra y el desenlace que arrojó más abajito esto que me cuento. Aquí en mi pequeño mundo el tiempo es cabalmente mío, no sé si escribo o me veo pensando que escribo o tal vez escribiendo lo que escribo es que me cuento la vida tatuándola desde otra pluma que no soy yo escribiendo. En fin, son payasadasmaníasmías que he ido acumulando con el paso de los años, como cuando escribo que fui por una taza con café para seguir como hasta ahora sentado aquí buscando la forma de engalanar mis penas y el final de esta trama.
Y me narro las vicisitudes del día para cerciorarme que estuve ahí: ¿qué habrá sido de aquel viejecillo que transitaba a paso de caracol por la avenida a eso de las once de la mañana? Entre las propinas ya no supe si entró a la panadería o dobló la esquina para entrar en la farmacia por un poco más de vida y qué me digo del joven que competía conmigo a modo de payaso para agradar a la chica con la que iba caminando – es curioso cómo olvidamos lo que somos al poner cara de imberbes, aniquilando nuestra valía por el simple hecho de agradar-. Las mujeres tienen un efecto narcótico en los hombres, siempre es así. Ahora recuerdo que el vaivén de mi mano dice que me encantaría hacer un cuento sobre la mirada que me regalan los niños tras el medallón de los vehículos cuando efectuó mis trucos, es algo sumamente interesante ver lo que sus ojitos comunican entre el smog, ¿a dónde se va todo ello? ¿Será que todos esos instantes van a posarse a los intentos de pineras que descansan en los maceteros a cada lado de la calle? No lo sé, pero imagino que la naturaleza citadina simula a través de ella personajes silbantes con el apoyo del viento, el cual nos regala la posibilidad en susurros de recuperar de la vida aquello que olvidamos.
Regresando al asunto para no desviarme, me cuento que al abrir la puerta del departamento encontré un sobre amarillo, levanté el mismo con cierto grado de asombro y precaución; algo así como cuando la luz ámbar del semáforo advierte que algo está por ocurrir -hacer alto total o proseguir la ruta, nunca sabremos lo que nos deparan las intersecciones del destino-. Podrán estar de acuerdo conmigo en que pude pasar por alto el dichoso sobre y seguir caminando hasta la sala para dejar mis cosas, pero por allá reclaman que lo tomé en luz ámbar para brincar a lo que escribo mientras desmaquillo mi rostro en el baño. Silencio, me gusta el silencio cuando desvisto al personaje para guardarlo de nueva cuenta en el espejo, por lo menos me queda eso de cierto. Pasando al cuarto, me pongo la bata y las tripas reclaman un café que en pretérito tomaba mientras sigo aquí escribiendo.  De sobra está decir que no me gusta alterar el rumbo de las cosas, pero estamos de acuerdo que si juegas al escribiente puedes moldear maliciosamente aquello que ocultas tras bambalinas y darle otra posible apertura para beneplácito de los sentidos. A estas horas de la noche el texto me pregunta ¿dónde quedó el sobre? a lo cual  redacto en tiempo real que estoy por abrirlo mientras le doy otro sorbo al café. Por allá  la bic ensimismada sigue en su enjundiosa labor, me voy a hurtadillas para dejarla trabajar. Salgo al balcón a contemplar el hormiguero nocturno que es la ciudad. Café y bocanadas de humo colocan una sonrisa en mi rostro, pues el relato que ahora releo dice que estoy parado en el balcón sonriendo por el contenido de aquel sobrecito amarillo.

jueves, 2 de febrero de 2012

De shoppinghauer


Tras ayudarle a recoger sus cosas después del encontronazo que nos dio cita entre el pasillo de blancos y verduras, charlábamos a paso lento hacia  las cajas. ¿Para qué es el artefacto? Para llevar a cabo un experimento señor. ¿Cómo dice que se llaman? Bi-no-cu-la-res. ¡Ahh vaya artificio de nombre! parece  un instrumento muy sofisticado ¿para qué sirve? No se crea don, simplemente acerca más la visión de las cosas. Entonces mucho cuidado ya que esas cosas resultan ser un arma de doble filo, si viera lo que me ha costado acercarme a la verdad de lo que nos rodea, la gente me tilda de loco pues soy filósofo, ya se imaginará. Pero bueno dígame ¿sobre qué trata el experimento? La mera verdad es para observar a mi nueva vecina desde mi cuarto. ¿Y luego? Verá: resulta que ya tiene un par de meses que le ando rondando camino a casa cuando sale de la vinatería. Me gusta mucho el canto de su cuello, acostumbra traer el cabello recogido y tengo curiosidad por saber cómo ve el mundo desde esa perspectiva. Quiero sorprenderla con un poema pues dicen que es artista y que mejor que escribirle con la mirada para no estorbarle. Sabe joven, esto me recuerda que en cada esquina aún deambulan infinidad de Werthers. ¿Werthers? Si, esos personajes fatalistas que adolecen todo a escondidas.  Sonreí con disimulo, no tenía la más remota idea de lo que hablaba mientras intercambiaba los billetes con la cajera. No deje de mantenerme al tanto de los resultados y recuerde que la contemplación de una obra de arte debe ser un acto desinteresado, no se confunda muchacho. Me entregó su tarjeta de presentación y se marchó. Gracias Don Arturo le dije.

jueves, 26 de enero de 2012

El crucero


Las mañanas frías ejercían  drásticos cambios en su ánimo, algo así como puñaladas en un saco de boxeo.  Los lamentos intestinales le recordaban la respetable cena que le había invitado su vecina la noche anterior y que hoy había pasado a mejor vida por la cañería del retrete. Asomó la vista por la rendija de la pequeña ventana del baño que da a la avenida, el cielo gris y el monstruo urbano aumentaron ese sin sabor que le va perdiendo uno a los días de vez en cuando. Regresó al reflejo en el espejo, una a una colocaba las herramientas para la metamorfosis acostumbrada. Salir al mundo envuelto en otro yo es la forma más cortés de no salpicar tu inmundicia  entre extraños, tenemos que guardar algo para nosotros, si no ¿de dónde nos agarramos?, ¿quién carajos sale a la calle completamente desnudo? eran sus preocupaciones constantes, mientras el delineador surcaba el límite del ojo derecho y reflexionaba como tantas otras veces. Trasladar todo al papel sería la ocasión para descansar un poco la mente, quitarle el peso, pero desde el momento en que uno plasma en palabras su experiencia algo se pierde para siempre – meditaba- delineando en el reflejo el ojo izquierdo. Dejarse de tonteras. Mejor olvidar el desvarío con labial rojo carmesí para la mueca perfecta. Maquillar los surcos de los años escondiendo los motivos por los cuales ha llegado hasta ahí. Darle vida a un par de chapas irreverentemente pintarrajeadas para captar la atención del espectador.  Enfundarse en la vieja peluca arcoíris como premisa de un puente que se debe cruzar para encontrar eso que seguimos a tientas. Guantes blancos para no ensuciarse de la vida. Nariz enorme para acentuar el sentido del olfato que ha perdido el rastro por las cosas grandes que se resbalaron de las manos. Traje despampanante para reafirmar su falsa modestia. Medias deshiladas reflejo de su verdadera condición, roto. Zapatos  gigantes  para pisar con fuerza la cotidianidad y no dejar desapercibida su existencia. Bolsa repleta de aros, pelotitas, listones, mascadas multicolor y una que otra sorpresa para deleite del que busca consuelo transitando. Todo queda listo en cuarenta y cinco minutos que toma prestados del reloj entre bocanadas de humo y sorbos de café. A las nueve de la mañana el espejo ha parido al híbrido que lo acompaña desde hace ya varios años en aquel crucero de las calles independencia y porvenir.

jueves, 19 de enero de 2012

Desvarío noctámbulo





Neblina falaz
alternando intentos
soledad del ir.
*
Al anochecer
la violencia del sexo
juega el revés.
*
Las pesadillas
materializan la voz
en deseo febril.

*
El amanecer
disipa el letargo
en el tintero.

jueves, 5 de enero de 2012

Hueva


El frío trae bajo el sombrero infinidad de estornudos,  arrumacos que habitan la memoria, estados anímicos, lecturas, reencuentros, labios resecos, besos, borracheras, edredones, hijos no deseados, chocolates, enemistades y de vez en cuando buenas patadas a la piñata de la melancolía. A estas horas de la tarde me arden los ojos, tomo un respiro después de reír con José Agustín y discutir un poco con Ciorán, del cual, ahora me defiendo un poco mejor –según yo-. Hueva otra vez. Veo las noticias, nada bueno para variar. Doy una revisada a los periódicos y sitios de interés virtual. Empiezo a sentir que el hambre de estar informado a toda hora me desanima. Bostezo con hueva, pinche combinación. Abro el refrigerador, queso de cabra, galletas saladas y una taza con café regresan mis pendientes. Hago las llamadas pertinentes, se asoman los cambios esperados.

Clasifico los dibujos elaborados el año anterior: por días, meses, sueños y ocio. A los que por descuido les falta el calce se los invento. Husmeo en el closet. Me pido permiso para observarte en las fotos que aún conservo. Te examino. Me desagrada, pues ya no conozco a aquellos dos en el papel, sin embargo, regreso siempre regreso a ver en qué punto se fue todo al carajo. Frío y doblemente hueva. Me pongo a pensar en tatuajes para rayar mi cuerpo a falta de ideas para éste post. Miro por la ventana, la calle me dice algo. Quizá la medicina sea salir a dar una vuelta, despejarse o disfrutar del trayecto urbano. Nel, mucho pinche frío y la verdad qué hueva.

Regresando a las féminas pienso en que las mujeres hermosas están muy pero muy mal educadas, me refiero que a lo largo y ancho de su vida han tenido una infinidad de empalagosos acostumbrándolas a ser lo que definitivamente son. Creo que ahí estriba el error de muchos –me incluyo-. Ahora vivo con una mujer imaginaria con la cual nunca me casaré (no cometeremos el error de llevar un abogadito al terruño). Hueva. Prendo un cigarro como despropósito del nuevo año e imagino a todos aquellos que hacen mandas consigo mismos para lograr esto y aquello en el transcurrir. Lo cierto en todo ello es que el único cometido que se cumple cabalmente es el de curar la fuerte resaca una vez terminado el jolgorio y eso sí qué hueva.

Ahora que la tarde cae, la temperatura aniquila toda posibilidad de moverme por la ciudad. El frío nos pone a tono con ciertos ritmos, me relajo con la exquisita voz de Nico. Me rasco la panza y fumo. Se me antoja un esquite. Voy al baño a firmar mi sentencia, mientras lo hago nuevas rutas se me ocurren para el relato. Escribo, escribo sin ningún fin. La campanita suena por la calle (el elotero anda cerca). Entre las sirenas a lo lejos y mi esquite en mano pienso en qué mal lo pasa mucha gente. El frío también lleva consigo desgracias. Yo aquí sentado, tragando y huevoneando. El frío, frío está. Existe una infinita gama de aperturas para convivir con nuestro gélido amigo. Se me ocurren varias ideas entre ellas las mujeres desde luego. En fin, hay muchas maneras de ejercer la filantropía. Ojalá y el día pronto termine porque de no ser así, qué hueva seguir escribiendo.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Días de bonanza


¡Ay gordo! ¡qué hermosa vista! no sé por dónde empezar, todo esto es una delicia. ¿Te gustaría ir a la terraza a tomar el sol? ¿pasar al buffet de los cinco restaurants que tiene el hotel? dicen que está buenísimo y puedes comer todo lo que se te antoje durante todo el día, ¡ya sé! mejor vamos a dar un paseo en el yate, me comentaron que también va incluido en el paquete. No, no, no, no  mejor vamos a que nos den una masajito en el spa para relajarnos y olvidarse de todo. Te juro gordito que estoy tan feliz, tantas cosas qué hacer; bueno si no te animas al paseo en altamar pues ponte el traje de baño y vámonos a zambullir un rato a la alberca, ¿ya viste? mucho extranjerito mi vidita, sirve de que practicamos el inglés que ya hasta se me anda olvidando después del último viaje a las barras y las estrellas ¿te acuerdas? ¡qué maravilla! la vamos a pasar de rechupete.  ¿Tampoco quieres ir a la alberca? bueno, pues ve a dar la vuelta por la bahía a ver qué encuentras; tómate unos tragos, despéjate amorcito que bien merecido te lo tienes, tanto trabajo te ha costado darme éste estilo de vida, consentirme, cuidarme y apapacharme. En lo que te desenpolvas me voy a la boutique del hotel para comprarme un atuendito bien mono para sorprenderte por la noche después de ir a bailar, te voy a tratar a cuerpo de rey cielito, ya sabes que nosotras las mujeres nos gusta hacerla de enfermeras innatas pa’consentir a nuestros hombres de verdad.  Sabes corazón, cada día me convenzo más de que el estar contigo es la mejor decisión que he tomado en mi vida, ¡esto es vida caray! y lo que nos falta gordito hermosochuloprecioso. Anda vete a dar la vuelta que yo ando retecontenta y aquí me las arreglo.

¡Oye Matilde! Se te están quemando los pinches frijoles y el chamaco está llore y llore todo cagado en la andadera. Deja de ver las pinches promociones de ricachones en esas revistuchas, na’más te apendejan mujer. Tas viendo que apenas tenemos pa’tragar y andas baboseando en otros mundos, ya ni la chingas de veras.

jueves, 22 de diciembre de 2011

LA VIEJA HACIENDA



Como todos los días a eso de las cuatro de la tarde los niños curiosos se arremolinaban a escuchar las anécdotas que Don Matías versaba a las puertas de la iglesia del pueblo.  Esa tarde el viejo daba inicio con una historia ya olvidada por las nuevas generaciones, pero no para los que estuvieron presentes por aquellos años decía. Jeremías fue el último director de aquella escuela que en los años cincuenta dio vida al ajetreo entre clase y clase, ya saben, las corretizas por el patio central, las peleas por la disputa de una manzana o cosas de chamacos; era el maestro de música y cada tarde en aquel salón junto al enorme fresno se daban cita uno a uno los  escuincles con su instrumento para así dar rienda suelta a las notas que el bien portado caballero enseñaba en su clase –les comentaba Don Matías-. Jeremías era callado, respetuoso, muy extraño  en ocasiones pues su introspección parecía que lo llevaba a otros mundos, muy reservado en las actividades que efectuaba cerrada la escuela, pues vivía en la parte superior de la misma en un cuarto dividido en dos habitaciones con lo esencial para su cuidado personal.

Fueron años de dicha en el pueblo chamacos; Jeremías era un culto muchacho cercano a los treinta años que había llegado de la ciudad. Dominaba diversos ámbitos  como la filosofía, el latín, las matemáticas, las ciencias naturales y diversas actividades de recreación artística como la danza, la pintura, la escultura y la música. Con el transcurrir de los años aquel maestro se convirtió en el director del colegio  debido a la entrega y dedicación con que profesaba cada una de las asignaturas y la estima que los habitantes le habían otorgado con el paso de las lunas y los soles. Pasaron los meses hasta que empezaron a suscitarse extraños acontecimientos. Cuentan que una tarde uno de los estudiantes se dirigió a la parte posterior de la escuela en busca de la pelota que había volado la barda. Dividida en tres secciones de traspatios se podía divisar no muy lejos un desdibujado sendero que daba a un bosquecito el cual –decían los leñadores- se tragaba a los que por azares del destino se internaban en sus entrañas, no volvían a ver la luz. Nadie sabía qué había más allá de aquellas pineras. Las autoridades y los habitantes buscaron durante semanas pero no se supo más de aquel intrépido estudiante, remitiendo el suceso a innumerables anécdotas de cantina y de domingos de iglesia.

En el transcurso de ese mismo año nuevas desapariciones tuvieron cita en torno a la escuela, el saldo arrojó: cinco alumnos más – tres niñas y dos niños- de los cuales -dato curioso-  todos y cada uno formaban parte de la banda musical del colegio.  Recuerdo como si fuera ayer cuando alcancé a divisar por la ventana a los dos últimos internándose en el bosque al final de la jornada mientras barría un salón de clases, les grité que no se acercaran pero  hicieron caso omiso de mi advertencia, (nunca olvidaré la mirada perdida de aquellos dos estudiantes, como si hubieran sido encantados) jamás se volvió a saber de ellos.

Múltiples rumores recorrían las calles del pueblo, se decía que las desapariciones apuntaban al maestro de música a pesar de que no había indicios de un comportamiento extraño o algo que lo delatara. Las autoridades investigaron, movieron una a una las piezas del juego, buscaron debajo de cada piedra, en los alrededores pero las pistas nunca llegaron. Jeremías empezó a envejecer y los maestros a desertar del recinto. Un viernes cuando pardeaba la tarde mientras trapeaba los baños, alcancé a escuchar sollozos  en el salón de música, avance por el pasillo para escuchar más de cerca, al asomarme por la ventana quedé sorprendido a lo que mis ojos estaban presenciando: en círculo alrededor del maestro de música se encontraban seis bancas, cada una con instrumentos musicales y con el uniforme de alumnos que denotaban tres niñas y tres niños respectivamente. Jeremías tocaba el piano al centro derramando innumerables lágrimas empapando su rostro. Entrada la noche salí despavorido a la plaza del pueblo para comentar lo que había visto, los habitantes encendieron antorchas, tomaron machetes, hachas, cuchillos y se dirigieron en consignas hacia la escuela, tumbaron puertas y ventanas para ubicar al director, hurgaron por allí y por allá, nunca lo hallaron.  La escuela se cerró y con los años unos terratenientes la demolieron y edificaron la vieja hacienda que sigue en pie hasta el día de hoy.

Y así mis queridos niños, desde aquel día se dice que en las noches de intenso frío; si uno pone atención a los misterios que andan sueltos por las callejuelas, desde lo profundo del bosque se alcanza a escuchar entre el murmullo del viento las notas de un piano tristemente ejecutadas acompasadas de constantes lamentos infantiles que jamás volverían a ver la luz del día.

jueves, 15 de diciembre de 2011

NOWHERE MAN




La carretera se nos presenta como una posibilidad de renuncia a los lugares comunes, búsqueda constante de la otredad o fuente de exploración connatural en el ser humano. Ni de aquí ni de allá, los desplazamientos geográficos nos conducen a una extensión más de nuestros sentidos, cúmulo de secretos y posibles aperturas. Inquebrantables al paso de las estaciones las rutas de asfalto –algunas- se mantienen estoicas al calor del mediodía y solitarias por las noches; basta poner atención en las piedras y pastizales a sus orillas, cómplices del tiempo que nos arroja una hermandad profunda lejos del desfile de jaulas que es el tránsito vehicular.  El automovilista va y viene dejando atrás ya el silencio que en lontananza permanecía inerte en los espacios blancos de la vida, somos una errata en cada trecho recorrido, anotaba en mi libretilla de apuntes.

Poco a poco los respaldos iniciaron su metamorfosis en forma de pasajeros mientras observaba el mar a través de la ventana al termino de la jornada (odiaría si esta vista algún día amputara mis adentros, pensaba). Avanzaron unos cuantos por el pasillo ignorando el asiento vacío a mi derecha -mejor, prefiero viajar solo y a mis anchas-. Entre el bostezo, el oleaje y la distracción, una bolsa se colocó a mi costado mientras una señorita tomaba lugar como compañera de viaje. Esbozó un ¡hola! al que respondí de igual forma. Proseguí con la vista allá donde el golpeteo de las olas contra las rocas enmarca otra dimensión de las cosas, menudas interpretaciones podemos encontrar a cada instante. Existen ciertos detalles en los caminos inexplorados que  nos hacen el día cuando menos lo esperamos.

Llovía. El autobús proseguía su marcha, la vista marina quedó atrás acercando señalizaciones y automóviles. ¿Qué escuchas? preguntó mi mancuerna; no tuve más remedio que decir Travis pues estaba sonando. Ese grupo toca lindo, así es, le dije. La miré por un instante, la noté atractiva. No soy muy bueno para eso de los encuentros noveleros en los que se conoce una pareja por casualidad dando inicio a una historia mielera y mamadas estilo “before sunrise”, para eso, basta con vivir la vida, sentir los puñetazos que la cabrona te propina en los cojones de vez en cuando y te dejan babeando en cualquier esquina, así que continué en mi burbuja dejando a Morfeo hacer de las suyas. A la mitad del camino me despertaron los topes-vibradores de la caseta de cobro, entre lo adormilado y el rubber soul sentí entumecido el brazo; cuál fue mi sorpresa al ver que mi partner de ruta iba plácidamente dormida recargada sobre mi hombro. Los nervios hicieron acto de presencia, pero soy sincero, no llegaron a tal grado que deseara mover aquel bultito que se encontraba quién sabe dónde – Baby you can drive my car and maybe I’ll love you-. La observé de reojo,  múltiples imágenes asaltaron mi mente, sólo diré que en verdad me gustó aquel rostro y el olor riquísimo que emanaba.

Me hice a la tarea de disfrutar ese calorcito ajeno acompañado de la música  y el panorama– I’m looking through you and you’re nowhere, qué bien se sentía caray-. La proximidad sin intimidad es el más infame de los infiernos, nos deja viendo por la ventana de una cena a la cual no estamos invitados. ¿De dónde vienes y hacia dónde vas? Dedos acusadores señalando en diversas direcciones acotando que la carretera también es eso: misterio,  peligro, silencio y memoria pues lo constatan aquel par de cruces incrustadas en aquella curva ciega a lo lejos. Ni de aquí ni de allá, ambivalencia del recorrido. No sé en qué momento de mis aparentes elucubraciones Morfeo asestó un derechazo por segunda ocasión enviándome de nueva cuenta a la lona. Un enfrenón despabiló mi sueño, la guapetonaolorbonitonarizrespingada ya no estaba. La carretera había pasado a mejor vida, la lluvia continuaba, el cuarteto tocaba el abbey road y mi suéter regocijaba en su aroma.