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lunes, 24 de octubre de 2011

Me declaro: sin sentido, pero vivo.



Un continuo golpeteo interrumpe mi sueño, me va sacando poco a poco del sopor. Repentinamente un golpe más fuerte me hace ver todo como en cámara lenta, además las cosas parecen estar entre neblina. No percibo exactamente donde estoy ni mi condición, escucho un murmullo lejano y siento algo llevándome de un lado a otro, la reacción de mis sentidos está muy retardada. Mi más cercano recuerdo tiene que ver con una fría madrugada, muchas personas esperando la llegada de un autobús y yo drogándome, con el fin de darme el valor suficiente para abordarlo y llevar a cabo un asalto.
Pero mi intención se ha frustrado, la droga me sumió en un profundo y pesado letargo, me veo reducido a un alfeñique sin gobierno de su cuerpo; mi cabeza estuvo balanceándose sin control varios minutos, rebotando contra el cristal de la ventanilla y en una brusca frenada del autobús, impactó de lleno contra la nuca del pasajero que viajaba delante de mí, dejándolo desmayado en su asiento, además mi cuerpo desmadejado fue a dar sobre la mujer sentada al lado mío, causándole un gran susto y mucha molestia, por lo que ha pedido la ayuda de los demás compañeros de viaje, los cuales, solícitos acudieron a auxiliarla, a pesar de mi torvo aspecto, pero aprovechando el deplorable estado en  el que me encuentro.
De pronto vienen a mi mente los gritos de algunas anteriores víctimas de mis delitos:
-¡Algún día las vas a pagar todas juntas, hijo de perra!
Rápidamente siento algo subir desde mis pies, da vueltas en mi estómago, me atenaza del cuello y trata de despertar mis instintos: es el miedo. Algunos hombres mayores y jóvenes me tienen sujeto por los brazos, me sacuden con violencia, veo sus bocas moverse y gestos amenazadores en sus rostros, un par de mujeres me están golpeando, pero no logran dañarme. Dentro del alboroto, en medio de la turba enardecida, yo parezco ausente, empiezo a darme cuenta del peligro, pero la alta dosis ingerida me tiene prácticamente indefenso.
Al parecer esta será mi última osadía, me dejo caer de rodillas para que la gente por fin me domine, cuando alcanzo a escuchar una furiosa exclamación:
-¡Hay que matarlo, le haríamos mucho bien a la sociedad eliminando a esta lacra!
Por unos instantes, estos desconocidos discuten tomar la justicia en sus manos, no estoy en posición ni condiciones de solicitar su bondad; anticipándome a cualquiera que sea su decisión, hago acopio de fuerzas y comienzo a forcejear para librarme de los captores, sin embargo la lentitud y debilidad de mis movimientos únicamente los animan para empezar a agredirme, al principio nada más siento como empujones, pero cada golpe va despertando mis sensaciones, trato de ponerme en pie entre puñetazos y patadas, muchas lanzadas sin precisión ni fuerza, pero la cantidad y mi pobre situación, les hace fácil la labor. El chofer del autobús se acerca a mí, armado con un bate, eso sí es algo peligroso, pienso y al grito de:
-¡Chinguen a su puta madre!,
arremeto contra las personas que se encuentran ante la puerta de salida.
Mientras todo esto ocurría, alguien debió llamar a la policía, ya se escuchan las sirenas, me queda poco tiempo; agarro fuertemente a un muchacho y proyecto su cuerpo contra la puerta, esta se vence bajo su peso y yo me lanzo desesperadamente, en la tentativa de alcanzar la calle. Jirones de mi ropa se quedan en las manos de los coléricos pasajeros, sus ansias de venganza no quedarán satisfechas, no a costa de mi vida; pero todavía no estoy a salvo, el escándalo ha llamado la atención de otros transeúntes y se aprestan a detenerme, por si fuera poco, la policía ha llegado. Por primera vez en mi larga carrera delictiva, me veo acorralado.
Sin embargo reconozco el sitio donde nos hemos detenido, es una terminal de autobuses de transporte público, el sol ya ha salido, deben ser alrededor de las siete treinta, la multitud puede jugar a favor o en contra de mi escape.
Simulo sacar algo de la parte trasera de mi pantalón y la gente retrocede, un policía me conmina a entregarme, pero eso es lo último que pasa por mi mente. Mido el terreno, conozco a la perfección cada tramo de este lugar, sus pasillos y cada una de las bardas, puedo atravesar el laberinto sin alas.
El primer obstáculo es una malla metálica, la escalo sin dificultad, los azorados policías y usuarios del transporte me ven iniciar la huida, en el momento justo la droga me da el efecto deseado: pura adrenalina; algunos peatones se animan a seguirme, gritan amenazas tratando de asustarme, pero nada me distrae de mi objetivo, nunca vuelvo la  vista atrás, esta vez no logré el botín, mas mi libertad es primero.
Escucho varias detonaciones de pistola, sin embargo los policías no cometerían la imprudencia de disparar directamente contra mí en un lugar tan concurrido, no me detengo, el miedo sólo me impulsa hacia adelante, además ya me encuentro bastante lejos de ellos, internándome en una zona de la terminal donde la muchedumbre se apretuja y con suerte por acá, nadie se habrá percatado del incidente.
Sigo corriendo, ahora sí, de reojo volteo, mis perseguidores se rezagaron entre tanta gente, autobuses, camionetas y puestos de comida, pero no puedo darme el lujo de sentirme a salvo, mi apariencia denota que estuve en problemas, me doy cuenta de tener la cara muy golpeada y mi ropa está destrozada, las personas se alejan de mi, pero murmuran, cualquiera podría avisar a la vigilancia, estropeando el plan.
Tras correr más de veinte minutos en línea recta, saltando bardas y chocando con la gente, llego al otro extremo del paradero, casi lo he logrado; veo a un hombre y a una mujer abriendo su local de ropa, cuelgan las prendas en ganchos, yo necesito vestirme para pasar desapercibido, ellos comienzan confiadamente su jornada laboral, tienen lo que necesito:
una camisa y una gorra, es todo.
El Diablo vuelve a lanzar los dados, tuerce la suerte y yo paso sin llamar la atención de los vendedores, cojo las prendas, sigo caminando, rápidamente me escondo entre dos puestos cerrados, no lo pienso mucho y me cambio de ropa, me calo bien la gorra.
Ando de nuevo por el pasillo, un autobús está saliendo de la terminal, algunas personas corren para subirse, aminora su velocidad, lo abordan, un pensamiento me asalta, corro también y subo al camión en marcha, no puedo irme con las manos vacías.
Ya adentro, inicio mi rutina:
-¡Esto es un atraco!

sábado, 22 de octubre de 2011

En última instancia





Tú, tú me conoces muy bien, amigo mío y no me dejarás mentir, tantas cosas han pasado, tantas que ya no me podría arrepentir. El rumbo que he seguido, tan largo y pedregoso, pero no sólo uno ha sido, recordarás que han sido muchos, multitudes, que juntan montones de errores. Por eso es que mejor cierro los ojos, porque dentro de ellos está la verdad, la verdad que no quiero contar, porque ¿de qué sirve hacerlo? ¿Qué logro con decirlo? Si no he estado en el mejor lugar, mi hermano, no ha sido la temporada para mí. Pero en este momento no me importa si alguien me ha de seguir, lo que importa es lo que te tengo que decir, puedes ver en mis ojos que en mi último tiempo, junto a ti caminé, marché y te dije lo que consideré bien y en mis palabras siempre estuvo la culpa, lo que no debes hacer y ahora que logré la paz en mí, ahora que la trabajé y que de frente miré, justo ahora mi vida ha sido derrumbada sin tener el mínimo asomo de culpa, pero con el aspecto de un delincuente. Ay, amigo mío, tu gesto es como el mío cuando incrédulo me subí al estrado, tan nefasto y sombrío, tan espaciado como los compases del vals que sonaba en el fondo y que estoy seguro nadie notó, que dentro de eso, yo tenía todo que perder y si había algo que ganar, las acusaciones me hicieron ver que daba igual. En este momento ya no importa más lo que tenga que decir allá afuera, amigo mío, abraza estas palabras porque te servirán, tal vez es algo que no entiendas, pero su sentido tendrán, justo en el momento en que la tarde soleada sople aire fresco, ese en el que nunca me sentí cómodo, pero que ahora es nostalgia deseada, algo que es más real. Al lugar que voy se siente todo tan verdadero que ahora me apacigua, es el futuro de nada, de estar flotando, sostenido en el aire, justo como una hada, justo como la luciérnaga atraída por el olor de la campana, justo como el amanecer. Pero no te preocupes, yo ya estoy bien, ahora tú eres quién padece la incertidumbre y yo te digo, antes era feo sentirlo, hoy es hermoso, porque sé que de las faltas que tuve, me perdoné y de las faltas que me imputan ahora, no fallé. Mi porvenir está asegurado, voy a un lugar mañana, desconocido, con una desconocida y a un pasado mañana por conocer. Por eso estoy tranquilo, por eso mi actitud es mejor, porque ante ti ahora, que sorbes tus lágrimas por mí, puedo decir, que inocente me declaro, en verdad, sin ninguna culpa.

viernes, 21 de octubre de 2011

Será



Será que deba crecer más para encontrarte, que hasta que sea grande tenga que ir a otra ciudad a conocerte, buscarte entre el alboroto de las gente y cuando te vea entre el tumulto de las masas sacar un letrero con tu nombre, con tacones altos y una capa para que nos veamos frente a frente. Serás ese raro y de humor simple que he soñado y nos reiremos haciendo caras tontas en esa maquina de fotografías. Llevaré mi recopilación de historias escritas en una libreta, cada una elegida entre las más raras, te las leeré con un café mientras intento apagar mi risa histérica, no sea que te asustes y te vayas. Seremos dos personajes muy locos y al final lo que queramos será solo encontrar un lugar hermoso y nos perdamos.

¿Suena lindo? Excepto por el hecho, oh querido, que el universo me ha declarado su empeño en hacer mi vida extraña y bueno, ¿que hago yo en esta tierra estando tú en otra galaxia?

La declaración



-¿Ha hecho ya la declaración?
-No señorita, ya le dije que no tengo nada que declarar
-¿Cómo no va tener nada que declarar? Eso es imposible. A ver, ¿la de hacienda ya la tiene hecha?
-No, mire… ¿Mariana?, ese es su nombre ¿no?- decía el hombre mientras leía el gafete de la chica que lo atendía- Yo he venido porque un señor tocó mi puerta ayer y me dijo que tenía que presentarme en esta oficina con el carácter de “deudor sospechoso”. Supuse que esto pasaría algún día pero no pensé que sería tan pronto.
-Señor, no le entiendo y la cola es inmensa, así que vámonos aclarando. Dígame por favor su número de identidad.
-No lo sé.
-¿Cómo no lo va a saber? Pufff, bueno ¿Cuál es su nombre? para que lo busque en el sistema.
-¿Mi nombre?
-Sí, su nombre. Señor, por favor, no podemos estar aquí toda la mañana.
-Perdone señorita es que yo estoy tan confundido como usted. Quiere que le diga ¿cómo me llamaba mi madre? O ¿la forma en la que me nombraban en la universidad? O ¿quizá la firma con la que escribo?
-Mire, lo que me interesa es el nombre con el que se identifica ante la Ley.
-Es que no sé cómo me identifico ante la Ley porque hasta ahora no me habían mandado a llamar. No sé quién soy para ella ni mucho menos si me nombra. Yo creo que me ha llamado para rendir cuentas, seré sólo el individuo 1347965, no considero necesario que subestime su sabiduría creyendo que no sabe quién soy. La ley siempre nos mantiene en su regazo.
-Muy bien, individuo no sé qué número me ha dicho, no tengo tiempo para sus alucinaciones así que le pido que se retire de la fila. En todo caso, aquí le entrego una hoja de declaración. Como debería saber en la parte superior tiene que rellenar la hoja con sus datos y en el espacio en blanco lo que tenga que declarar: salario, posesiones, cotización de la jubilación, seguro social, etc… Que tenga buena tarde, ahora le pido me permita atender a la siguiente persona.
Con su gabardina marrón agujereada de tanto humo, el hombre se retiró de la fila, cabizbajo, sujetando la hoja con el puño cerrado. Salió de la oficina y caminó con paso
cansado hacía un parque  que se encontraba cerca. De pronto el miedo interrumpió su camino como un encuentro fortuito que lo hizo buscar una banca donde sentarse. En el espacio en blanco empezó a escribir sin pausas, sin puntos, sin ley:
“he detenido el paso porque me he asustado con la sombra de otro individuo no soy más que un pobre miedoso que se asusta de las sombras de otros como de la mía propia seguramente me asusta la idea de mi carencia y el pensamiento de que un día vendrán a cobrarme lo que he tomado prestado sin saberlo porque uno vive siempre en un no-saber no tengo nada que declarar porque en general no hay algo que tenga si es que la posesión significa algo permanente qué identidad por declarar si la única evidencia segura de mi existencia ha sido ser sin más existir simplemente y el nombre nunca llegaba a ser suficiente para denotar cualquier identidad nada permanece y ha llegado el día donde puedo tocar con la punta del dedo índice el límite de la ley el día de la única declaración posible día del juicio final en donde uno declara que ha tomado prestada una vida que nunca ha sido suya deudor de un tiempo que no estará en ninguna parte en ninguna memoria la única declaración posible para los cuerpos nuestra propia muerte esto es lo único que puedo declarar voy a morir y vivo la muerte cada día cuando sobreviene la noche atardecer que esconde la oscuridad como el ocaso de la vida guarda la muerte”
El otoño ha entrado hoy y el último rayo de sol iluminó en una banca la única declaración posible.

jueves, 20 de octubre de 2011

Me declaro cobarde

Me declaro cobarde porque le temo a los hombres cuando alzan la voz.

Nunca he podido superar el miedo a la voz masculina. Cuando la ira domina a los hombres y estoy cerca de ellos, quisiera desaparecer, pienso que en cualquier momento toda su furia caerá sobre mi.

Su sonido grueso me intimida. 

El tono tan fuerte cuando están enojados me hace temblar. Me da miedo saber que en cualquier momento pueden usar su fuerza para hacerme callar.
Cicatrices tengo de golpes contusos que hicieron eco en mi cuerpo.

Nací en una casa donde el hombre mandaba con voz autoritaria. Aprendí a callar para que los golpes no cayeran sobre mi pero también aprendí a ser más fuerte porque si los golpes me dominaban yo podría hacer uso de otras formas para que eso no pasara.

Usé las enfermedades como escudo para que no me lastimaran.

Aprendí a obedecer a mis hermanos por el hecho de ser hombres. A la par aprendí a no dejarme. A pelear si fuera necesario para defender mis puntos de vista que como mujer no valían aunque fuera enfermándome. Haciéndome daño con medicamentos que circulan por mi sangre desde que tengo uso de razón. Aprendí que si los hombres gritaban podía hacer que me saliera sangre de la nariz y ya no me golpearan.

Le tengo miedo a los hombres enojados. Me declaro cobarde por tenerles miedo y no saber erguirme ante ellos como mujer y como tal que me respeten.
Me declaro culpable de que mis ojos se asustan al escuchar el primer grito.

Me declaro cobarde porque soy tan débil que con alzar la voz me dominan.

Ahora ya saben a qué le tengo miedo.
















miércoles, 19 de octubre de 2011

Plan B




Señor juez, me declaro inocente, juro que al cortar mis manos, se escapó la imaginación.

Entre libros


Comencé a leer a la edad de cuatro años. Era la gracia y orgullo de mis abuelos que con paciencia –y un tren de juguete cargado de letras– me enseñaron a hilar palabras.
Leía de corridito porque no sabía de ortografía, ni de comas o puntos, pero mi imaginación despertaba a cada línea.
A partir de ahí, todas las semanas había en mi cama un nuevo libro, aunque en versiones infantiles y con ilustraciones, me fui acercando poco a poco a los clásicos: a los hermanos Grimm, a Julio Verne.
Viajé al fondo del mar, a los cielos, conocí personajes mitológicos, a la hidra; así que cuando me llevaron a ver las películas de Disney mi mayor sorpresa era que no se parecían a los cuentos que tenía en mi librero.
Cuando entré a la primaria, mi tío, director de un colegio, me regaló una enciclopedia y tiempo después me permitió entrar a la biblioteca de la escuela. Tenía toda la colección “Time Life”, comencé a memorizar los nombres científicos de plantas y animales; a ver la magia del texto científico, a leer los mapas a través de la historia.
En la secundaria fui obligado a leer, en clase de lectura y redacción, mientras mis compañeros leían sólo las sinopsis del libro, yo descubrí libros que nunca antes había visto o temas que nunca me atrajeron, vaya que resultaron interesantes.
Entre libros crecí y cuando llegó el día de elegir carrera opté por el diseño gráfico,  conocí entonces las letras, los libros desde adentro; anduve en sus entrañas y entresijos, en sus textos, supe de formación y encuadernación, de las familias tipográficas, las partes de una letra, los colores, las formas. Aprendí a leerles una y otra vez para crear la ilustración adecuada. Estos, gráfica y literalmente se convirtieron en una gran pasión.
Ahora, muchos años después, me he puesto a escribir, a experimentar con las letras, el ritmo y la descripción de lo que pasa por mi mente, a hacer borradores más o menos interesantes, escritos que me encantan o me decepcionan… pero que luego antes de irme a trabajar, comienzo a pulir, a limpiar mis excesos de ies, mis faltas de acentos, a cambiar palabras buscando  sinónimos, referencias, claves. O como en este caso, escribiendo de primera mano sin pensar en métricas ni formas, sólo dejando que mi dedo (el único que sé usar para escribir en el teclado) se conecte con mi cerebro aun adormilado.
Publicando mis sueños y fantasías sin más pretensión que aprender y compartir. Pasar a leerles es un placer, de vez en vez me voy a escritos anteriores, puedo ver la evolución de nuestras ideas, reconocer estilos, personas que como yo aman las letras, cada quien a su modo. Y aunque mi trabajo no me deja tiempo para participar como quisiera, es para mí un honor estar aquí:
Hoy me declaro escribicionista.

martes, 18 de octubre de 2011

Metamorfosis declarada



 

Huracán      ¡detente!
¿Mejor sigues?
Silencio.
Extraño silencio en medio del caos.
Las olas de gente nos mueven.
Un pez se desliza por tu costado y cae en el mar de la multitud.
Lo recupero y me lo llevo hacia aguas más tranquilas.
El pez me habla. ¡Lo entiendo!, metamorfosis...
Magia que hechiza el estanque.
Corremos por el agua, brincamos sobre las piedras,
Nos deslizamos el uno sobre el otro.
El pez se convierte en hombre, yo en ondina.
Fuera del agua, eres un narciso, aspiro tu aroma,
Robas mi esencia.
Todos huyen.
Y yo con ellos.

Me declaro consciente



Lo más original no fue ese primer pecado, ni de Dios la ira reticente ni la bondad de la serpiente, sino aquello que conversaron al comienzo del idilio para entrar en el exilio, perdida la inocencia se taparon con la vergüenza, tembloroso Adán dijo, no es el fin es el principio, amor, es el inicio, y Eva, con cierta indiferencia le contesta, después de todo, lo original fue tomar conciencia, y así para obrar bien o mal según la creencia, nació el libre albedrío y con el tanta amargura, ¡ay de ese mal de la elección! ya nadie se lo procura.

lunes, 17 de octubre de 2011

¿Culpable?


Gritos en mis manos. Bosques de mi mente. Se levanta la navaja durante nueve días. Y solo queda esperar a que mi madre me grite, me perdone, me sienta, me odie.

Todo puede cambiar.

Niebla en mis pasos. Mujeres, niñas, ancianas. Mis ojos buscan la tranquilidad de acero cortando, abriendo, brotando. Viendo la transformación, admirando el carmín, sin pensar, callando. Soñando.

... 5 minutos de viaje. Cielo azul, plantas, prostitutas. Una paloma cayendo en círculos, para encontrar la muerte azotándose contra el piso, brotando plumas, sangre y semen. Mi mano en el bolsillo es culpable de eso.

Risas de la mosca parada sobre las miles de caras de mi cuarto. Cada una tiene su historia, puestas sobre hilos efímeros de un pasado que no puedo recordar. ¡Maldito seas cabrón!

Corto mi cara, deformando lo que se refleja en el espejo. Y me arrincono, tapando mi nuca con ambas manos, esperando un bombardeo. Y lloro, porque hay alguien en mi cama, alguien que aun palpita...





Con ustedes Dark Angel,
Escribicionista.