domingo, 3 de julio de 2011
Una de esas legendarias...
CRUDA REALIDAD
Paraíso mingitorial

Yo también debería empañar ventanas y amontonarme con alguien, pero mis necedades primarias me mandaron al final de la hilera para alcanzar el baño. Pienso en agua y en faldas. En faldas bañadas en agua, -que sea agua sucia-. La vejiga se entumece y amenaza con reventar al menor movimiento. Éstas son las cosas que le pasan a las personas que no pertenecemos al gremio, al grupo, a los que sí deben estar aquí. A mi sólo me va a tocar tener un accidente de vuelta a casa o voy a vomitar aquí mismo o me voy a meter entre las bragas ladillosas de mi mala suerte.
¿Qué hacen allí adentro? ¿no les bastan los pasillos? ¿no pueden dejar un lugar para mear a gusto? ¿tienen que venir a escupir su sexualidad aquí también?
Tal ves silbar ayude a olvidar la furia contenida. Lo intento, pero intentar seguir la melodía de los gemidos en el aire no sirve. Me retuerzo en mi cómodo lugar. Alguien me mira a tres o cuatro personas de distancia. sonríe dejando ver sus dientes y su lengua amarilla. Se ríe de mi, yo también lo haría.
Enciendo un cigarrillo mientras dejo que mis pies su muevan para encontrar ese espacio vacío que se forma frente a mi cada vez que la persona que se encuentra en el fondo desaparece a través de la puerta anhelada para convertirse en una deidad. Eso sucede cuando desaparecen en el umbral que divide a los desgraciados de éste lado, de los inmortales que viven dentro de ese paraíso mingitorial.
Un momento. Un respiro. Otro golpe al pecho. Era la bestia que me acusaba. Estaba embrutecida y bramaba exigiendo alivio. Sus ojos como piedras volcánicas y el aliento a humedad. Me odiaba y yo la odiaba a ella. Dominaba su espacio y el mío. Un par de patadas al piso. Embistió. Me vi en la necesidad de correr. Ir a la calle para buscar un espacio en el que pudiera esconderme. Entre los faros tal vez, ese pequeño espacio de obscuridad que todavía le pertenece a la noche. Pero no pude moverme, ya no podía hacerlo. El cigarrillo de había terminado y yo también. La puerta ya estaba a mi alcance, ese lugar del que ya se había profetizado. Ese lugar que ya se había prometido. No pude llegar, morí antes.
La bestia viro hacía mi más rápido de lo que mis reflejos me permitían moverme. Enmudecí cuando me alcanzó. Corneó mi espalda y me levantó en el aire. Las personas se seguían abalanzando unas sobre otras, me recordaron a las ratas de Hamelín. Reían y se retorcían, chocaban sus lenguas como si su vida dependiera de eso. Yo intentaba explicarles pero no escuchaban. Mis gritos eran mudos. Mi angustia pronto se convirtió en alivio. Ahora era yo el que reía.
Cuando llegué a la puerta del baño, ya era demasiado tarde. Ya no había peligro. No hay nada peor que ese momento cuando ya es demasiado tarde. Creo que lloré.
Me voy a casa, seguro vomito en el camino.

El show debe continuar
Antes de llegar al boquerón del Padre Abad, mucho antes, se encuentra el pueblito de Ortos. Abre paréntesis.
Cierra paréntesis. Este pueblito es muy peculiar pues existe entre ellos una noción del eterno retorno. La gente no tiene años, miden sus edades de acuerdo a su productividad; tanto los niños como los viejos no tienen edad, la mayoría de edad sólo se alcanza en el momento más pleno de sus capacidades tanto físicas como intelectuales. Sus recorridos no los basan en distancias sino en esfuerzo, ya que no es lo mismo ir monte arriba que monte abajo. Entre ellos no rige ni papel moneda ni moneda, sus transacciones económicas las realizan en el marco de la reciprocidad; de esta manera, la diferencia entre lo tuyo y mío se diluye en el nuestro. Pareciere todo prestado, pero simplemente es la visión cíclica que los domina.
Me olvidaba, en cuanto al tema de la semana: Fiesta. Hay una en el pueblito de Ortos que ejemplifica jodidamente el eterno retorno, se llama La Itinerante. Esta sucede en cualquier momento, sólo depende de la muerte de un neonato. Los pueblerinos tienen la creencia que cuando un bebe fallece, este se convierte en ángel guardián de toda la comunidad, así que hay que celebrarlo a lo grande; después del bacanal que se meten, entierran al finadito con todo el dinero recaudado del turismo, para que les traiga prosperidad.
Colorín colorado, este cuento se ha cagado.
sábado, 2 de julio de 2011
Asfixia

Y así, la fiesta empezó, la música suena y suena, amplios catálogos revisados, nos gustan nuestras fiestas especiales, donde escuchamos por igual a David Bowie y la Sonora Santanera en la época de Sonia López. El vino se acaba y los tabacos rápido forman montañitas que vamos guardando en bolsas amarillas distintivas de nuestros suministradores de enseres fiesteros y es que eso es esto, una fiesta, imágenes y música, risas y llantos. Porque así sucede en cualquier celebración que se precie de serlo. Llega un momento en que la plática se pausa, así que nos paramos y te tomo de la mano y comienzo a moverme como si de verdad supiera bailar esos tiernos, lentos y eternos bailes de pareja. Tú sonríes y me rodeas con el brazo y la mirada en tus ojos refleja los míos y tu sonrisa es esa tan plena que no permites que olvide. Bailamos tendido y te sientas junto a mí, de nuevo a brindar por nosotros, de nuevo a mirar la noche despejada y sus estrellas, el lienzo de palabras poéticas en el que mi pecho alcoholizado y feliz, deja caer palabras que riman, palabras bellas y palabras que dicen tu nombre. Sonríes y me abrazas, me disfrutas así y no reconozco a nadie tan feliz como nosotros. Apoyas tu cabeza en mi pecho mientras tomas esas cartas que te escribí, esas cartas modernas en papelitos de colores, los pequeños trozos de servilleta donde dejé tu nombre plasmado, firmándolo como poesía que viaja en actas, identificaciones y documentos oficiales, porque todo lo que lleva tu nombre es bello y me inspira. Me platicas esas anécdotas en las que te reías tanto con mis payasadas y nos volvemos a reír y también esas anécdotas donde tú me hacías reír con tus ocurrencias y nos reímos otra vez por eso. No hay más vino pero hay felicidad y algunas cervezas muy frías, las chocamos y bebemos, porque hoy es nuestra fiesta, hoy nuestro recuerdo se remonta a esas épocas en las que nos conocimos y nos miramos por primera vez. Te descubrí poco después, porque el amor puede nacer y puede crecer. Es el momento en que las primeras lágrimas van a dar al piso, es que te veo bostezar y no es para menos. El cielo comienza a tener un pequeño resplandor, un aviso de que está por amanecer y de que la fiesta se ha extendido. ¿A quién hemos molestado? A nadie, nuestras risas han sido de gusto y felicidad, nuestro llanto de añoranza y nostalgia, nuestra música no ha sonado tan alto y aún así, ha tenido todas esas notas y timbres que sólo la música interpretada con sentimiento y ánimo puede tener. ¿A quién pudimos molestar? Somos como las aves de la mañana que te buscan despertar con la mejor de las notas, así como tú me haces despertar diciendo mi nombre, que nunca sonó tan bello hasta que lo pronunciaste la primera vez y es que no me he dado cuenta que caí a la cama rendido, vestido y con una sonrisa enorme, te abracé y tú me abrazaste y en un beso fundido nos llevaron las sombras a soñar uno con otro.
Ya es tarde, me duele la cabeza, mi garganta está cerrada, mi boca sabe amarga y apenas puedo caminar derecho. Ya amaneció, ya es medio día y hoy como todos los días, no estás… hasta la próxima fiesta.
viernes, 1 de julio de 2011
La fiesta no termina
jueves, 30 de junio de 2011
El tiempo de las cerezas*
miércoles, 29 de junio de 2011
Mirando adentro
Sin asunto
Se hizo tarde
Esa fiesta no se olvida
Cuando terminé segundo de secundaria, obtuve la calificación mínima para lograr pasar el curso —empecé a conocer chicas y la calle, así que descuidé mucho la escuela—, lo que provocó el enojo de mis padres y durante todo el verano, me dejaron de dar dinero, me ponían a lavar la ropa y los trastes y me obligaron a ayudarle a mi papá de vez en cuando en el taller, pues era mecánico. Ya me había resignado a que serían unas vacaciones que pasarían sin pena ni gloria y que entraría a tercero sin nada nuevo que contar, pero no fue así.
El fin de semana antes de volver a clases, como a las dos de la tarde, cuando el sol está en su mero punto, llegó mi hermano que volvía de pasar las vacaciones en la casa de mi abuela. Venía lleno de sudor y con la cara cansada, pero cuando me vio en el taller desponchando una llanta, se le dibujó una gran sonrisa y me dijo, '¡Felicidades carnal!, ya me dijeron que te volviste un desmadre, te haz ganado acompañarme a la peda de Chino así que lárgate a bañar, que no quiero que vayas todo mugroso'. Fue tanta mi emoción que no pude ocultarla, tiré al suelo la llanta haciendo bastante ruido, lo cual irritó a mi padre y solo alcanzó a pronunciar entre dientes tremendas maldiciones, pero no me reprendió, aunque me dedicó una mirada de esas con las que uno puede adivinar lo que están pensando los demás, en mi caso, fue una mirada que me decía 'pendejo'.
Esa tarde llegamos a la casa de Chino, iba muy nervioso, no sabía lo que me esperaba. Cuando estábamos enfrente de la puerta, salía el sonido amortiguado de la música. Mi hermano tocó la puerta y Chino la abrió —cabrón ya te estábamos esperando—, dijo en lo que le daba una calada al cigarro —¿y este cabroncillo quién es?, náh no importa hay un chingo de raza que ni conozco, pásenle— yo me quedé parado un rato en la puerta viendo a toda la gente que había en la casa, unos estaban tirados en el suelo jugando a la botella, otros viendo un partido de fútbol en la sala (no sabía como lo hacían, la música estaba muy fuerte), en la cocina había unas chicas riendo, y otros tantos grupos dispersos por toda la casa, pero en todos había en común el humo en el aire y botellas en el piso, o al menos eso me pareció.
¡Niñera!— se escuchó un grito desde otro rincón de la casa, eran los amigos de mi hermano que le estaban hablando entre carcajadas y señas —ya ves porque no te traigo, estás bien morro— dijo mi hermano mientras avanzaba al grupo. Llegó a donde estaban y les comentó con una sonrisa, —este es mi carnalito y es un pendejazo en la escuela, pasó muy apenas...— y en eso sentí una mano en el hombro de un sujeto que tenía los ojos rojos y la mirada desencajada, como si no supiera donde se encontraba — bienvenido al grupo carnalito— dijo mientras me echaba el humo en la cara. Todos los demás rieron bastante, aunque a mi no me pareció nada gracioso. Inmediatamente otro sujeto me pasó una cerveza bien fría — chupale pichón— me dijo, todos los demás me veían esperando mi reacción, tomé la botella y de un trago bebí casi la mitad y todos se me quedaron viendo con una cara de asombro. Creía que el sabor de la cerveza era amargo y horrendo, ya la había probado antes, pero no fría, a veces tomaba la que dejaba mi papá, pero cuando lo hacía ya habían pasado horas desde que el se quedaba dormido y abandonaba las botellas, el sabor que tenían era horrible y hasta me causaba náuseas, pero tomar de esa botella fría, fue una sensación comparable con un chapuzon en la alberca en un día muy caluroso, y más porque iba acompañado de una especie de aprobación por los amigos de mi hermano. —Vieeeeentos, este cabroncillo pinta para pedote— dijo mi hermano—, se me hace que aguanta más que tú—, y señaló al tipo que me había echado la bocanada de humo en la cara. Todos rieron.
Pasó algún tiempo y yo solo me reía de lo que decían los demás, se llevaban bien a pesar de estar algo borrachos la mayoría, yo no me atrevía a decir nada, solo reía. En cuanto terminaba una cerveza, me pasaban otra más, ya comenzaba a sentirme mareado. De repente me dieron unas grandes ganas de orinar, y no sabía donde estaba el baño, sentía mucha vergüenza preguntarlo. ¡Qué van a pensar de mí! ¡que soy un mocoso mión!— era lo que pensaba mientras me aguantaba las ganas y veía a los demás reír. No pude aguantar más, estaba a punto de preguntar donde estaba el baño cuando de repente mi hermano así sin más dijo,— voy a tirar el agua, ahí vuelvo — ¡ya te entró la de miar! —dijo alguien y todos rieron. Seguí a mi hermano con la mirada para ver donde estaba el baño, y una vez que vi que subió las escaleras, me sentí mejor.
Pasaron quince minutos y mi hermano no volvía, yo ya no aguantaba más, así que decidí separarme del grupo de borrachos e ir a buscar el baño, cuando subí las escaleras, vi una larga fila, me di cuenta de inmediato que todos esperaban entrar al baño, a unos se les notaba más urgencia en el rostro que a otros. Bajé un tanto desesperado pensando en que si hubiera ido desde el primer momento en que me dieron ganas, tal vez ahora estaría a tres lugares para entrar a regar las margaritas. Fue cuando de repente, vi el cuarto con la puerta entre abierta, ya no aguantaba más las ganas de orinar y me metí en el. Adentro, había una pareja demostrándose su amor, pero no me importó, agarré un envase vacío de cerveza y empecé a orinar hasta que estuve a punto de llenarlo, me dio algo de miedo, pensé que si lo llenaba iba a tener problemas, pero no fue así, le doy gracias a quien quiera que haya inventado el caguamon. Acabé de orinar, y sentí gran alivió, la pareja que estaba prensada en un abrazo, ni me hizo caso, pero cuando iba a salir, la chica solo me dijo—, cierra bien la puerta, no queremos que nos molesten... lárgarte, niño. Salí de la habitación lo más rápido que pude, pero antes le puse el pasador desde afuera para que nadie más los molestara.
Llevaba el envase de caguamon en la mano lleno de mis orines, y en eso un tipo grande me lo arrebató —dame eso morrillo— dijo. Pensé que iba a pasar lo que en todas las películas pasa, que le iba a dar un trago y le iba a saber bien, sin enterarse de lo que en realidad tomaba, pero no fue así, al momento que la agarró, la dejó a un lado y me dijo —¡no mames! es un pinche caldo, ten otra — y me pasó una cerveza en lata que estaba heladísima. Debo decir que me decepcioné un poco, pero no quiero pensar en lo que hubiera pasado si le hubiera dado un trago a la botella y se hubiera dado cuenta, creo que me hubiera colgado del calzón en el tendedero. Preferí no pensar en eso.
Empecé a deambular por la casa esquivando borrachos y parejas, la música era muy buena y parecía que todo el mundo estaba feliz, cuando de pronto la vi, se encontraba como a cinco metros de mi, estaba bailando, llevaba pantalón de mezclilla, chamarra negra, converse rositas; se veía hermosa. Jamás pensé en encontrar algo tan hermoso en medio de ese ambiente de borrachos. Se fijó que la estaba mirando y me dedicó una sonrisa, no estoy seguro de cual era mi expresión, pero le devolví la sonrisa y entonces, se me acercó.
Qué onda, vamos a bailar —me dijo en lo que pegaba sus caderas a las mías, fue una bonita sensación. Ella no parecía mayor que los demás, así que me dio más confianza. Ocho rolas después, terminó la música bailable y empezaron a poner a Janis Joplin, ella no soportaba esa música. Grita como puerca —dijo— vamos a otro lugar donde no escuche sus berridos, además ya van a empezar de marihuanos. Me tomó del brazo y salimos al patio trasero.
Ya estando en el patio, se acercó a mi oído y dijo —me caes bien, pero no te hagas esperanzas de que vamos a coger— esa afirmación me sacó de onda, yo no pretendía nada más que verla bailar, fue ella la que me invitó a contonearme y después al patio. Yo solo le sonreí y le comenté que no pretendía eso (no por el momento), que mejor me dijera cual era su nombre. A ella también le tomó por sorpresa lo que le dije, y dudó un instante, después, me echó los brazos al cuello y me dio un beso. ¡Mi primer beso de una borracha!, tenía el aliento dulzón, pero no me importó, al principio pasó por mi cabeza que era como besar a una botella, pero luego me di cuenta de que tal vez mi aliento era peor, así que ni para qué comentar algo.
Duramos al menos veinte minutos abrazandonos y besándonos antes de que empezara la verdadera fiesta, de repente paró la música y se empezaron a escuchar gritos y ruidos de envases quebrándose, me aparté de ella un instante y cuando se dio cuenta de lo que pasaba, me apartó de un fuerte empujón —¡no me chingues, la policía!—, y en un instante, desapareció de mi vista. Mi hermano salió corriendo al patio buscándome, me vio y me jaló de la playera, —¡pelate wey! si nos cargan nos chingamos los dos con mis papás— y nos fuimos hasta la barda. Yo estaba asustado, pero no más que mi hermano. Yo no soy muy alto y la barda si lo era, no sé cómo es que logré saltarla sin tantos problemas, cuando estaba del otro lado, vi a mi hermano que ya me adelantaba como diez metros y yo empecé a correr tras de él, pero le perdí la vista. Sentí que se me bajaba lo poco mareado que estuve.
Al dar la vuelta en la esquina, un policía me detuvo, —porqué tan agitado—, dijo mientras me tapaba el paso— no me digas que andabas de cabrón— nnno, no, no yo estoy asustado por lo que está pasando, nunca había visto tantos policías— dije mientras agachaba la mirada—, está bien, vete a tu casa a jugar con los carritos, te ves muy mocoso para juntarte con estos marihuanos. En ese instante, vi que tenían a Chino detenido en una patrulla, el volteo a verme y me sonrío. Me asusté aun más, pero después me dio risa su cara.
Qué tranza carnalito— fue lo primero que me dijo mi hermano cuando llegué a la casa, el ya estaba ahí, el desgraciado me dejó morir— estuvo buena la fiesta ¿no?—, me preguntó —estuvo con madres— le respndí—. Se acercó a mi y me tomó por los hombros como si le estuviera hablando a un niño chiquito o a su novia —escúchame bien cabróncete—, me dijo en un tomo muy serio—, prométeme que vas a olvidar todo lo que pasó y no le vas a decir a nadie—, dudé un poco antes de contestar y me estrujó en busca de mi respuesta —¡promete que te vas a olvidar de todo! —sí, sí, está bien, yo no diré nada. —Eso es chingón, estás creciendo —me dijo y acabó por darme una palmada en el cachete.
Por supuesto que no cumpli mi promesa, nunca voy a olvidar esa fiesta. El lunes que volví a la escuela, ya tenía muchas cosas que contar.
martes, 28 de junio de 2011
FindERavE
lunes, 27 de junio de 2011
Todo empezó en la víspera del 30 de abril, conocido en México como Día del Niño, pero en otras partes del mundo como la Noche de Walpurgis. La noche de Brujas.
Mi novia, quien pertenecía a una sociedad ocultista, me invito a una de sus celebraciones. Escéptico acepte su propuesta ya que me imaginaba un aquelarre medieval, con fogatas, orgías, danzas y viento. Cual seria mi sorpresa al descubrir que el "aquelarre" se llevaría acabo en uno de los departamentos mas altos de la ciudad, con vista al parque central y amueblado al estilo minimista. Lo único que desentonaba con ese pasaje moderno era un cuadro que presentaba a un niño, con la sonrisa mas expresiva jamas vista, con los ojos grandes y claros y una actitud angelical. El retrato estaba gastado de las puntas, polvoriento y muy viejo. Le calcule mas de 50 años.
Al entrar a la espaciosa sala nos encontramos rodeados de 5 velas negras dispuestas en forma de estrella que, según me explicaron después, representaban los 4 elementos terrestres y el elemento espiritual. Todo se me hacia un poco raro y al parecer a las 6 personas que estaba allí también. No era común que alguien ajeno a su circulo se involucrara. Mi novia se acerco a la que parecía la bruja mayor y le dijo nempe videlicet sui ritus*. La mujer pareció entender y me pidió que me sentara en una mesa cerca del cuadro.
El ritual comenzo.
Las mujeres comenzaron una extraña contorsión en la que sus manos se juntaban y se movían en círculos. Dos de ellas se acercaron lentamente hacia mi mientras se quitaban lentamente sus blusas. Me recostaron en la mesa, lentamente me desabrocharon la camisa y ataron mis manos. La música seguía y las demás danzaban freneticamente. La luz de las velas parpadeaba mientras la bruja mayor sacaba un puñal de su bolsa. El frió metal toco mi carne. La sangre brotaba mientras mis ojos se detenían en el cuadro. No era el mismo. Algo había cambiado. Su sonrisa antes delicada e infantil se tornaba mas morbosa y sus ojos negros como la furia de una tempestad parecían observarme. Lentamente vi como cambiaba su rostro. El cabello crecía y las facciones se endurecían. Trate de voltear pero no pude. Sus ojos estaban en conexión con los mios. Mi sangre había sido derramada en una copa. Las mujeres bebían de ella, para después poder entregarse al placer de la carne en una orgía. Las 7 mujeres comenzaron a tocarme, a morderme, a besarme. Una de ellas poso su mano sobre mi miembro y comenzo a estimularlo. La erección fue lenta. Mientras una de ellas me ofrecía sexo oral otra exigía lo mismo. Cada una de ellas se fue turnando para disfrutar de mis regalos. Después cada una de ellas se poso sobre mi y comenzo a mover su cuerpo contra el mio. Así paso la noche, larga, fría y enigmática.
Al día siguiente desperté en mi apartamento. Los recuerdos llegaron a mi mente, como la briza marina empapa el rostro. Y aunque las memorias sobre el sexo estaban allí, el cuadro cubría todo. Es como si me hubiera transformado en el y el en mi. No me lo podía sacar de la cabeza, ni cuando llegue al trabajo o cuando mi jefe me llamo para los pendientes del día. Pareciera que lo único que veía era ese cuadro. Maldita el día en que acepte ir.
Salí del trabajo corriendo para encontrarme con mi chica. Casi rompí la puerta de cristal del local del que era recepcionista y le dije que quería hablar con ella. Respondió que faltaban 10 minutos para que saliera. Desesperado me senté en la banca y encendí un cigarrillo. Tenia meses sin fumar pero la situación era estresante. Al salir casi le grite que qué me estaba pasando. Raro, ella estaba riendo.
Aun no puedo explicar como olvide la noche que platique con ella. Solo se que a media noche me encontraba desnudo en su cama mientras ella estaba muerta en mis brazos. Lo único que se con certeza es que algo esta creciendo dentro de mi. Algo que nunca había sentido. Algo que despierta al psicópata que todos tenemos dentro.
Jenifer Candy

La invitación era un frasquito alargado con semillas y liquido transparente y aceitoso en el interior además de un papel albanene impreso donde después de una poesía de agradecimiento, indicaba la dirección de “la misa de acción de gracias” y la posterior “recepción” de los XV años de Jenifer Candy.
Llegué a la misa a la hora en punto, ya había algunos familiares esperando a la quinceañera y su familia, había un olor exagerado a perfume, pude ver que la mayoría de las mujeres iba sobradamente maquilladas, mucho escote y mini falda, vestidos demasiado pegados a cuerpos no muy estéticos y brillantina en el cuerpo, demasiado gel y spray en el cabello al igual que los hombres que además del tradicional traje, algunos habían optado por camisas con el logotipo Versace bordado en distintas partes, cinturones con hebillas grandes y zapatos blancos.
Jenifer Candy llegó, venía en una limusina blanca con moños en naranja y morado adornando el auto, bajaron los chambelanes que lucían un intento de smokin con fajilla naranja, corbatín morado y pañuelo bicolor, todos con acné, demasiado flacos y desgarbados y mucho gel para resaltar sus cortes y sus cabellos parados. Jenifer Candy hizo su aparición triunfal, envuelta en su vestido naranja y morado con adornos y aplicaciones en plata, blanco y dorado.
La parte de arriba quedaba muy ceñida a su cuerpo, los listones de la espalda se veían forzados y hacían saltar la lonja. En la cabeza traía una corona, y su peinado también traía brillantina además, igual que las invitadas, de demasiado gel y spray, le colgaban de cada lado y hasta sus mejillas, dos rizos que contrastaban con el cabello tan lacio y tirante de su chongo.
La misa transcurrió como tantas misas, yo tomaba fotos aquí y allá, detalles de las uñas de las invitadas que ahora con esta moda de acrílico, vuelven todo un espectáculo las manos de las mujeres.
Saliendo de la iglesia nos dirigimos a la fiesta, mi duda sobre el poco espacio de la casa para hacer una pachanga de tal magnitud quedó resuelta cuando descubrí que las mesas, las lonas, la tarima para el grupo y que todo el evento estaba sobre la calle a pesar de las mentadas de madre de automovilistas y peatones.
En mi mesa había gente desconocida, en el centro un gran arreglo que combinaba flores, globos, figuras de foami, estrellas, papel y con unicel su nombre, las servilletas de las tortillas, los saleros, los servilleteros y las fundas de los refrescos y botellas traían algún adorno en color del vestido y alusivo a la fiesta, algunos eran feos y otros particularmente horribles y de mal gusto, chácharas que en caso de llevármelas terminaría tirando a pesar de mi remordimiento por la cantidad de dinero que habrán gastado.
La comida consistió en arroz, carnitas, barbacoa y pollo con mole. A decir verdad, delicioso y lo mejor de la fiesta. Transcurrió en medio de un mariachi que tocó las mismas y deprimentes canciones de siempre.
Pasando un tiempo considerable, el conjunto musical comenzó a tocar, saludos para la quinceañera y cómo se la están pasando, comenzaron a tocar la huaracha sabrosona y baila como Juana la cubana, poca gente bailando y así transcurrió mientras mas y mas gente seguía llegando y ocupando las más de 25 mesas regadas por la calle, hasta que llegó la hora del vals.
Ya era noche, el sonido del conjunto y de la música ambiental retumbaba horriblemente, ya no se podía platicar y en medio de el mar de gente el cantante del conjunto daba instrucciones para que todos sentados esperáramos la salida de Jenifer Candy.
De Beethoven (si, lo juro) a Ray Conniff, pasando por Yanni e incluso Pink Floyd, Jenifer Candy bailó su vals junto a sus seis chambelanes arrítmicos y apáticos, mientras ella con la mirada perdida y una sonrisa boba, disfrutaba sus minutos de princesa exagerando sus movimientos y fingiendo delicadeza con las manos para terminar con los brazos extendidos alzada por los chambelanes que tenían la cara roja por el esfuerzo de cargarla, mientras los invitados aventaban pétalos de rosa que previamente nos habían repartido.
Sus hermanas pasaron a darle su último juguete, a coronarla y brindar con ella mientras su padre, evidentemente hasta la madre de borracho, declamaba un discurso inentendible e indescifrable que de cualquier modo no importaba pues ya nadie hacia caso. Yo, que hice un esfuerzo por entender sus palabras, me reí bastante al alcanzar a entender el final triunfante de sus palabras: “Hija, te presento en sociedá , sociedá, te presento a mi hija, haz de ella lo que quieras”. Con esto dio paso al baile con los padrinos que duró aproximadamente 30 minutos pues había que incluir como padrino al representante de cada familia que había ayudado con algo para la fiesta, incluso pasaron mujeres para el caso de que no hubiera un representante hombre, así fue como me enteré que hubo padrinos de las cosas mas absurdas como saleros, corona, limusina, y de arroz y carnitas. (¿Qué fue entonces lo que pagaron los papás?)
Jenifer Candy terminó su presentación con un cambio de vestuario para bailar reguetón, qué mejor muestra de que ha dejado de ser una niña, que bailar sugestivamente el perreo enfrente de toda la familia y ante los aplausos emocionados de sus padres. De los seis chambelanes cuatro bailaban torpemente, pero los otros dos hacían gala de sus habilidades y continuaban el perreo alegremente ante los aullidos y chiflidos de emoción de la familia.
Como si no hubiera sido ya bastante denigrante, al terminar la canción la familia pidió que bailaran otra a lo cual todos accedieron y apagando las luces para alumbrar sólo con estrambóticos y reflectores de color, dieron inicio al baile que se prolongó hasta la madrugada.
Yo me retiré temprano excusando otro compromiso, ya no me esperé a la partida del pastel pues ya no existía tal, y todo porque la madrina de pastel había elegido un modelo que tenía que armarse en el lugar definitivo donde lo partirían, así que la dueña de la pastelería llegó a entregarlo y lo acomodo en una mesa: varios pisos de todos tamaños, redondo y cuadrado, y cada piso adornado con fruta fresca encima. Total que para cuando habían decidido partirlo, eligieron otra mesa y había que trasladar todo el pastelote hacia el otro lado del salón, tal cosa no resultó, todo se cayó al suelo, la fruta quedó regada por el concreto, la madrina y la mamá quedaron embarradas de pastel y decidieron ya no llevar a cabo el ritual de la partida.
Así que me fui a mi casa sin pastel pero si con itacate que la señora insistió en regalarme ( y al que yo no opuse resistencia) de carnitas y arroz, mis oídos ya no aguantaban el volumen tan alto de la música, ya no podía platicar con mi acompañante, y lo que tocaban no era de mi agrado.
Nos costó salir de entre el tumulto de gente, grupos de señores ya muy tomados que apenas podían sostenerse solos y los otros grupos de niñas pubertas que corrían presurosas de un lado al otro de la fiesta con un aire de misterio y como si tuvieran asuntos importantes que atender, mientras los grupos de niños hacían intento por fumar y tomaban cerveza con notable esfuerzo por fingir que el sabor les era agradable, pero ya visiblemente hasta la madre.
Yo no supe nada mas de la fiesta hasta un mes después que me encontré a quien amablemente me había invitado, y en medio del saludo, por amabilidad, pregunté como se encontraba Jenifer Candy y si había estado contenta con su fiesta, a lo que la señora, en voz baja, contestó, que no sabía nada de ella porque ya en la madrugada, sus papás la habían encontrado fornicando con uno de los chambelanes (palabra usada por la señora) en la cocina de su casa, y habían optado por correrla en ese mismo momento sin derecho a que se llevara sus regalos, “oiga, todo el gasto que sus papás hicieron en la fiesta para que ésta niñas les pague con esto, qué barbaridad”.
Sólo dije “si, que barbaridad” y me fui, haciendo un recuento de la cantidad de veces que he ido a fiestas así y que invariablemente terminan de manera similar.





