-Gracias por su resumen, Profesor Tronsk. Creo que nos ha quedado más clara la magnitud del problema –Dijo Markus III, el aun joven Rey de los Polonos–. Investiguen eso de las bestias antropomorfas, manden un escuadrón hacia allá.
-Ya lo hice Señor –la potente voz de aquel hombre sonaba tranquilizadora–, en unas horas más sabremos de qué se trata.
-Gracias General Polux –dijo el joven Rey.
El tiempo se hizo eterno, mientras Markus III consultaba a los sabios y estrategas, sabía que no había más población humana en al menos 100,000 kilómetros a la redonda. Eran pequeños grupos de sobrevivientes más que ciudades realmente formadas.
-¡Demonios! –exclamó para sí mismo– la información es muy confusa y sin sentido. Comienza hablando de una cosa y se pierde en rumores y desvaríos. Ni siquiera puedo entender el hilo conductor de esta historia. Necesitamos datos reales. El agua y otros enceres escasean y mi pueblo sufre. La Peste y esas ratas acabaron con todo y, por si fuera poco, las aves nos han obligado a refugiarnos en estos fríos lugares donde no podemos siquiera sembrar. No sé qué más podemos hacer, ya ni los dioses nos escuchan. Hace tanto tiempo que dejamos de creer.
-Señor, la información está llegando. –dijo uno de los guardias interrumpiendo sus pensamientos.
-¿Qué sucede Polux?
-Véalo usted mismo –contestó sin disimular su alegría.
-¡Es la profecía! –Dijo el mayor de los ancianos, mientras recitaba una vez más la leyenda:
“…la Peste, el hambre y la guerra cabalgaran por la tierra; sin atadura alguna mermando a la raza humana, sin respetar países, o personas. Hombres y mujeres morirán por igual y la muerte segara sus pies como si fueran trigo.
El hombre regresara a las cavernas y toda su tecnología será inútil, las oraciones serán inútiles, y sólo algunos sobrevivirán para ver la llegada de los tres hermanos del sol.”
-Conozco la profecía –dijo–, la he oído mil veces. Rieguen la voz de que el augurio se está cumpliendo, que todo ser humano lo sepa y se prepare –ordenó– porque atacaremos a esos pájaros al amanecer. Hay que aprovechar este momento en que nadie dudará de la victoria.
Cuando el sol apareció por el horizonte, en cada punto de la tierra se escuchó el tambor de guerra, los últimos aviones y metrallas derribaron a las aves, los cazadores más valientes escalaron para abatir sus nidos.
Las tres bestias no eran más que pobres hombres atacados por la locura, así que Markus dio la orden de acabar con ellos sin que nadie lo supiera. Finalmente el pueblo necesitaba un milagro.
Y así, poco a poco, el hombre comenzó a repoblar el mundo.










