domingo, 22 de junio de 2014
Mutatio
lunes, 2 de junio de 2014
Juan de Dios
sábado, 10 de noviembre de 2012
MINGA
sábado, 27 de octubre de 2012
Como una flor ceñida
sábado, 6 de octubre de 2012
Walmart
domingo, 26 de agosto de 2012
Qué bonito es ver llover...
sábado, 21 de julio de 2012
Me dueles, te huelo
Tenía cinco años y estaba en el rancho de mi madrina, un rancho enterrado en la profundidad de Cuyutlán. Los adultos reían. El asador se había apagado y sólo carne tiesa quedaba sobre él, yo refunfuñaba para mis dentros: ni galletas, ni frutas, ni jugo, ni chingada madre. Parece que el 'chingada madre' fue lo único que externé. -Esa boquita –oí decir. Seguí el paso, en mi mundo: quería comer. Una cebolla, jugosa, reposaba sobre el pretil, la tomé y fui a lavarla a una pileta llena de gusarapos, la froté sobre mi vestido rosado y a punto estuve de encajarle mi sonrisa; pero me acordé del palo de limones y saboreé tal combinación. Luego fui por un cuchillo, en amorfos trozos eché a nadar la cebolla en un vasito de plástico medio lleno de limón, luego un puñado de sal. La comí a descaro... ñam, más ñam. Ese día enfermé de la panza, han pasado más de veinticuatro años y esa vieja rencilla no se ha sanado: te odio, cebolla.
sábado, 14 de julio de 2012
Miedo #123
domingo, 24 de junio de 2012
Hoy no, mañana sí
miércoles, 6 de junio de 2012
Hierbabuena
jueves, 17 de mayo de 2012
La mil
No podría tener menos de cien cosas: shampoo para días soleados, perfume para los días tristes, plumas café de punto fino –infaltables para hacer las ges y jotas tan bonitas–, azúcar morena, mascabada, blanca y refinada, para endulzar todos los tés del mundo, esmalte de uñas en todos los colores pantone, chicles para llenar mis bolsas, vasos de mil colores y formas.
No podría tener menos de cien sentimientos: odio, rechazo, lástima, desgano, cariño, pena, entrega... por separado o en múltiples combinaciones.
No podría tener menos de cien recuerdos: mi madre cortando zanahorias, Alejandro trazando planos, aquel día que me cagué en la guardería, las malas decisiones, también las buenas, el primer beso, el primer él, la primera vez que tomé cerveza, la primera vez que fui al D.f., la primera vez que me sentí vieja, o feliz.
No podría tener menos de cien amigos: facebook lo avala.
No podrían gustarme menos de cien alimentos: ayer tragué mi refrigerador entero y lo aderezé con todo lo que encontré en la alacena: sal de grano, de Cuyutlán; viejas cartas que guardé atrás de un frasco de café, especias, jaleas del año pasado, polvito y telarañas.
No podría vivir sin lujos innecesarios, no podría detenerme ante una tienda de "pásele, todo a tres pesos". No podría ser minimalista.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Escribicionistas, primer aniversario
Aunque la idea no tiene nada de original ya que colectivos similares existen desde hace algunos años en la llamada blogósfera, no deja de ser interesante reunir talentos que en su primera generación, tuvieron diferentes perspectivas, casi opuestas algunas de ellas.
Tuvimos por ejemplo, el talento de una mujer activa, propositiva, que gustó de traer a este blog, letras pensadas para la conciliación, para la vivencialidad del ciudadano promedio que gusta de reflexionar y enamorarse de las posibilidades de la sencillez y los sueños. Esa era Úrsula Amaranta, quien abandonó el proyecto en agosto, dejándonos con ganas de saber más de ella, Fototropismo que supo ser dedicado en sus letras imponiéndose retos constantemente para impecables resultados, La Malquerida quien gustaba de platicar historias sobre el dolor, el malestar y las buenas cosas que se pueden encontrar en los peores momentos, NTQVCA, quien nos dejó claro que grandes contenidos, grandes ideas, podían ponerse en pequeños contenedores que nos podrían hacer pensar mucho más que mil palabras, Destroyer quien pudo hacer un ejercicio no muy lejano al del joven estudiante que proyecta sus inquietudes y perspectivas en cada momento de su aportación semanal, Pherro quien siempre se interesó en proponer enfoques distintos para sus ideas, trabajar en un nivel que contribuyera al estilo del blog, OJT que en el breve tiempo que estuvo en el blog, intentó siempre poner una perspectiva distinta, algo que pudiera ser un referente alterno y llevarnos fuera del propio texto escrito. Hasta hace poco, dos del primer equipo Escribicionista se fueron. Fer quién siempre supo sorprendernos con textos sencillos pero llenos de significados y reflexiones y el Pinchesendic quien lucía un verdadero estilo propio en sus relatos.
No hay que olvidar que la primera generación Escribicionista también se vio nutrida recurrentemente con invitados. Uno de los más frecuentes seguidores de este blog, desde Perú, Luis Torres, ha logrado con su estilo sesudo y manejo sobrio del lenguaje, aficionarnos a sus intervenciones. ¿Por qué no ha entrado al equipo? Sólo él lo sabe. Pongamos nombres como Ferrioni, Alizzia, Jo, Crónicas Urbanas, Megah, Olague y Travis, como colaboradores de honor en este año Escribicionista y sin olvidar a dos invitados que se convirtieron en frecuentes asiduos semanales como el Dr. Whoanz que aún está en la plantilla con un estilo cerebral, dedicado a inspeccionar los rincones de nuestra conciencia y volcarlos en escritos delirantemente sobrios. Pinchi Hablador, quien, aunque hace pocas semanas emigró, también supo darle colorido a la plantilla del blog con interesantes y divertidos escritos que trascendían sus propias letras, dándole un aura de dramaturgo del humor ácido como pocos pueden verse.
Acerca del equipo original; Siracusa, que nos ha traído historias mágicas, llenas de pulsiones, evocadoras, Dark, quien ha sabido pulir un estilo chocante, agresivo y obscuro y el Capitán Tintasangre con su visión narrativa envolvente, que puede transportarnos a otras eras con gran facilidad, se tomaron sus descansos pero afortunadamente para nosotros, regresaron a darnos lo mucho que tienen. El Dr. Gonzo, con su áspero sentido del humor e historias en clave de dolor, nos ha permitido tener la perspectiva del vacío y la acidez necesaria para sobrellevarlo y Ros, el alma del proyecto, una de las más constantes Escribicionistas, nos ha regalado durante este año su estilo melancólico y colorido a la vez, con varios escritos ya clásicos en el blog.
No olvidamos a nuestros Escribicionistas más recientes y que han llegado para darle sustancia a este taller: Augustine que nos ha dado el punto de inicio a reflexiones complejas e historias de un ánimo cuestionador y descubridor. Julieta quien ha soltado versos e historias llenos de nostalgia, equivalentes a un atardecer calmo y pleno de recuerdos. Hanselópolis cuya imaginación y decanto por la ciencia ficción, ha traído historias de distintos caracteres y tonalidades.
El blog no es tan activo como antes, pero mientras podamos leer algo durante la semana, el vicio de leer, aprender y descubrir seguirá patente. Gracias Escribicionistas, vamos por un año más. ¿Quién dice yo?
miércoles, 18 de abril de 2012
Puntual

Qué es un faje y cómo se hace, faje mega caliente, agasajo, calentada, prender el boiler para meterse a bañar; fajes en la escuela, canciones para el faje, pfff, esto y más me mostró Google, para decir que es el punto medio entre hacerlo y no hacerlo, el roce con ropa. ¿O sin?
Me aventuro a pensar que no sólo de roces se trata, sino de sentir lo rico en el cuerpo, el goce, una probadita. De ser así, mi primer faje fue con la comida. Con muchas. Mi madre me daba ‘picaditas’ cuando la veía cocinar. Sentada en el pretil, no tardaban los cubitos de zanahoria, las galletas con no sé qué o las cucharadas de sopa, para juzgar qué tan bueno estaba el guiso del día. Yo relamía mis bigotes, por eso me gustaba estar ahí, también por adelantada, por chismosa, por anunciar a mis hermanos qué tan bien sabía esto o aquello.
Cuando llegaba la hora de comer, entonces decidía si primero quería la sopa, o le entraba de lleno al platillo fuerte, en casa había libertad de elegir. Me gustaba, me gusta saber lo que llevo a mi boca, y si sé cómo se hace, lo disfruto más; quizá por eso llego temprano a todas partes, para echarme la probadita, para poder quedarme, para poder escapar.
miércoles, 11 de abril de 2012
El tiempo de las sonrisas
miércoles, 21 de marzo de 2012
"El Infierno"
Son sus únicos hijos. Caín es tonto, pero no tanto como Abel, que raya en la idiotez; ambos emergieron de un vientre de cuarenta años. Su madre murió al parirlos.
Abel apenas si terminó la primaria, y aunque Caín quemó varios refrigeradores, pudo titularse como técnico electricista, oficio que desechó por ayudar en el negocio de Adán Piña, su padre: las barras de hielo.
En el barrio los tildan de idiotas, son el hazme reír de chicos y grandes. Los ‘piñones’, como les apodan, son blanco de burlas. Caín, el gemelo mayor, aprendió a defenderse a punta de botellazos, sacó el carácter de la finada madre, que dicen, era una cabrona. Por eso nadie se mete con Caín, prefieren reírse a sus espaldas.
Abel, en cambio, huye despavorido cuando, jóvenes de la mitad de su edad, le rocían polvos picapica, lo llevan con engaños hacia un panal, o cuando le dicen, que el mundo se va acabar.
-Eres un maricón –refunfuña Caín, cada que lo ve entrar con el rostro desencajado– te he dicho que les pongas unos putazos.
Pero Abel agacha la mirada y le da por llorar. En días así, Caín se sale a dar la vuelta, a veces en la camioneta, a veces a pie.
En uno de esos días, regresó a casa con un extraño paquete, -¿Qué es? –preguntó Adán, -Nada –apenas musita Caín. -¿Qué es? –preguntó en la recámara Abel, -un juguete –responde, y Caín se echa a dormir. –Ábrelo –insistió Abel, -apaga la luz –indica Caín.
Abel se duerme con la duda en la garganta. En la sala, Adán bebe la última cerveza, apaga la televisión y reza un padre nuestro, pide por el eterno descanso de Eva, la cabrona.
Suena la alarma, Abel es despertado por la curiosidad y husmea en el paquete: ¡una muñeca! –piensa en voz alta. -Deja mis cosas –lo asalta Caín.
¡Eres un marica, eres un marica! –canturrea Abel, quien se dirige al regazo de su padre a buscar refugio. Un zapato vuela sobre su oreja.
-Dejen de estar chingando y vayan a cargar la camioneta –protesta Adán.
Ambos obedecen. Caín conduce la vieja camioneta, todos los días, a la cinco de la mañana, Abel se encarga de subir y bajar el producto, y aunque las artríticas manos del padre, apenas si pueden sostener un puñado de monedas, él se encarga de las cuentas; no confía en el escaso talento de sus hijos.
Después de la jornada, regresan a casa, a refugiarse en el abandono de los rincones, donde pueden guarecer su cansancio.
Luego de hacer cuentas, Adán deposita en un añoso frasco de café, ubicado en una repisa, una manada de monedas. Junto al frasco, se encuentra la fotografía de la finada esposa, junto a ella, un ramo de flores y la imagen de Jesús Misericordioso.
Suspira. -Ya casi reúno lo de su cripta –le dice a Abel, mientras este lo mira desde el umbral de la estancia–, anda, cámbiale el agua a estas flores.
-¿Dónde está tu hermano?, dile que vaya a comprar las tortillas.
Caín se encuentra en su dormitorio, una respiración agitada se escucha desde la puerta. Abel entra, la imagen lo sorprende: una mujer, o lo que parece una mujer, de hule, sobre el cuerpo desnudo de su hermano.
-¡Hijo de la chingada! Te he dicho que no entres así a mi cuarto –estalla Caín– y nomás que le digas a mi papá y te rajo la cara.
-No, no –Asegura Abel–, no le diré que te gustan las muñecas…
La puerta se estampa sobre él.
-Yo voy a las tortillas –balbucea, se va.
Pasan los días, Abel no puede arrancarse aquel cuadro de su mente. No concibe mirar los ojos de su hermano. Este, después de un tiempo, le explica que la muñeca se llama Samanta, que es como una novia, que lo hace feliz.
Abel quiere ser feliz, como cuando Caín se encierra en su recámara o como cuando su padre bebe cervezas frente al televisor. Él quiere una muñeca, su muñeca.
Una vez la casa dormida, y a partir de que Abel descubrió que quería ser feliz, toma dinero del costalillo que cuelga del abundante estómago de su padre.
Como ignora el precio y el valor de las monedas, una tarde visita la juguetería, extiende un puñado de monedas, que no son más de treinta pesos -quiero una muñeca –dice. No te ajusta, muchacho –responde el vendedor.
Abel regresa, después de varios días, con el triple de monedas. A ver… –piensa el vendedor– tenemos en oferta la Barbie Malibú.
-Es muy pequeña –masculla Abel– busco una grande, suavecita, güerita, como la Mari, la hija del tendero.
-No, muchacho –ríe el vendedor– aquí no hay de esas.
No hay, no hay, frase que retumba varias veces sobre la débil mente de Abel. No hay. Se marcha desconsolado. Con las bolsas atiborradas de monedas y el ánimo desecho, se sienta a llorar en una esquina.
Llega tarde a casa. Lo recibe el aliento alcohólico de su padre y una sarta de maldiciones. Caín no está en casa, la muñeca sí. Juega con ella, se desnuda. Acaricia su gomosa piel. Sonríe. Un temblor recorre su entrepierna.
Caín entra a la habitación. Silencio, caos, luego más silencio.
Por la mañana, Adán busca las pinzas del hielo, no están en la camioneta. –Ya es hora, cabrones, vámonos a trabajar –abre la habitación de sus hijos de golpe. Las pinzas están en el cuello de Abel.
A varios minutos de ahí, en el bar de mala muerte “El infierno”, se encuentra Caín. Llora tanto como su padre.
-Nunca debí salir de aquí, la estaba pasando tan bien –el mesero le lleva otro tequila. En la rocola, alguien pone ‘Mi condena’. Caín piensa que nunca volverá a ver a Samanta.
miércoles, 14 de marzo de 2012
Reciclar

Dedos grafito
No escribiré por la mañana de anteayer los versos que pediste. Ni mis dedosgrafito que van olvidando tu ¿voz? dormirán con la poesía de tus palabras.
Devuelve los versos que pediste para embriagarlos en mis lágrimas mientras susurro mensajes de amor al viento.
¿Te importa?, ¿lo olvido?, ¿nos reímos? ... nadie sabrá, ¿para qué?
Mejor escribamos en otros libros, nuevos cuentos, prosa inexistente, pero no poesía, poesía no, ¿para qué, para quién?
Con derecho
Y como siempre, se ven dos o tres días al mes. Son amigos. Mantienen constantes los abrazos, pero cuando más se extrañan, el derecho que enciende su amistad los conduce a compartirse, a ser uno con la noche, a borrar la soledad del alma.
Es el derecho de no preguntar mañana, lo que ocurra hoy entre las sábanas.
La cena
Ya huele a guardado: la sopa del olvido está lista.
miércoles, 7 de marzo de 2012
Cocacola

La casa huele a croquetas rancias, a tristeza, a agua estancada, por eso trato de llegar tarde a ella; desde que no estás, me gusta rodear, caminar en círculos y evitar vías directas, me gusta el modo de sacarle la vuelta al asunto. Entre talleres abandonados y perros con el hambre acostumbrada camino; hace varias noches un borracho me abordó, me pidió diez pesos para comprarse una cerveza, pensé en que, sobre el sabor del agua, la habrías preferido. Te vi en los ojos de aquel borracho, Toño, te vi con la tristeza que ella nos dejó, ¿o es que era mi tristeza reflejándose en tu rostro?
Desde entonces tengo varios días buscándote en el espejo. Cerciorándome de que sí estuviste, que sí te abracé cuando ella se fue. Que estos hechos no son inventados y que mis labios no pronuncian que me estoy volviendo loca.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Mujer de tres

Ayer conocí a Ricardo. Salí del cine y tropecé con él, derramé mi coca-cola sobre su roja playera, apenas me disculpé ante sus ojos y pensé en ti, Fernando, en tus ojos, tus ojos. Entonces, como imán atraída por su mirada, lo tomé de la mano, lo besé.
Él sonrió, preguntó mi nombre, no se lo dije, lo volví a besar. Acabamos en el parquecito de la moderna, cuenta historias tan divertidas como lo haces tú, Andrés. Estoy cerca de amarlo. Platica que tiene la serie completa de Lost, ¡tienen tanto en común!, no pensé que alguien más se atreviera a comprarla.
Mañana iremos a comer zarzamoras, es tiempo, dice; luego de comerlas, imagino sus labios mora índigo escurriéndose por mi cuello, tal vez entonces, le diga mi nombre. Pasará por mí a las seis, justo cuando Salvador llega a casa, lástima que maneje como un loco, como cuando Salvador, hecho un diablo, va tarde a la oficina.
Besa tan rico como ustedes tres, es curioso que él sea los tres, aburrida y sorprendentemente ustedes. Él, con sus dientes chuecos, con sus ojos cafés, con sus manos blancas tiene en conjunto todo lo que soñé, pero me aventuro a pensar que tenerle sea la más insoportable decisión, porque verán, a ustedes puedo amarles y odiarles por partecitas, eso hace que nuestra familia, funcione tan bien.
miércoles, 15 de febrero de 2012
La casa sin ti

miércoles, 8 de febrero de 2012
Entre azul y verdes noches

Una vez, hace cincuenta años, vivió Genaro en Coquimatlán, cerca de las vías del tren. Enfermero de profesión y soltero de toda la vida, dedicó sus años a cuidar de su madre.
En el pueblo se rumoraba que era maricón, pues sus ademanes delicados contrastaban con la mayoría de las gentes. Lo cierto es que nunca se le conoció pareja sentimental. Era común verle en compañía de sus colegas de trabajo –todas ellas enfermeras del centro de salud–, yendo a comprar una paleta de tamarindo, o sentados en una banca del jardín, mientras rolaban turno.
Su madre un día murió, y él quedó sólo, y viejo, y triste viendo cómo el tren se extinguía. Se le ocurrió, después de jubilarse, mudarse a la capital, para olvidarse de las caras hipócritas que a escondidas lo llamaban maricón.
En su nuevo departamento, y con la libertad que otorga una ciudad habitada por extraños, un día se le ocurrió maquillarse los ojos como Margarita, su mejor amiga, y salir así a la calle. Pintó de violeta sus párpados y engrosó con rímel sus pestañas. Se subió a una combi roja, y los extraños, le miraron con repulsión. No eran los habitantes del pueblo, pero aún sentía ese dejo de aversión que en Coquimatlán recibía.
Al día siguiente, además de sus ojos, pintó sus labios y entró a una plaza comercial con una sonrisa hecha de pintura. Unos niños, al verle, corrieron espantados.
Días después, combinó labios y ojos, con una peluca rosada. Una gorda le extendió una moneda y le dijo que le faltaba un traje.
Genaro guardó la moneda en su bolsillo izquierdo y fue en busca de un uniforme, compró uno de segunda; la encargada del local también le recomendó un par de enormes zapatos rojos.
La mañana siguiente, el colorido uniforme colgaba del lazo, los rayos del sol lo penetraban, era un overol de muchos verdes y azules, Genaro estaba sentado a un lado de él, era un esqueleto en calzoncillos con los ojos clavados en aquel traje, era Genaro sin su sonrisa de fantasía y sin el volumen que el traje le daba, su cuerpo gastado veía en el aire que la libertad tenía colores, los colores del traje. Sonrió.
Así fue como poco a poco se convirtió en Payaso, desde entonces le roba el tiempo a la gente, que le paga para reírse; aunque para él, lo importante es maquillarse los ojos, y ahora sí, ver con ojos de mujer, a los muchachos que pasean en la alameda.









