Mostrando entradas con la etiqueta Ros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ros. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de junio de 2014

Mutatio


Sobre la hoja de fabriano resbala una gota de color violeta, ésta se integra con el gris de fondo y se entremezcla con una pincelada azul. Se parece al cielo que observé ayer, sonrío al ver el resultado. Me maravilla la facilidad que tiene esta técnica para integrar unas gotas con otras y formar manchas espléndidas. En unos días, la acuarela dará un poco de color a mi casa, mide 31.50 x 63.00 centímetros, lucirá perfecta en el centroide del blanco muro. Ojalá fuera yo una gota y tuviese la desenvoltura para integrarme a otros colores, a nuevas formas, pero me aterran los cambios.
En la cotidianidad encuentro la tranquilidad de mis días, cuando todo marcha conforme a la rutina puedo sentirme cómoda e incluso de mejor humor. Cumplir con una fecha, un plan y un horario mantiene mi alma en orden matemático. En mi cabeza ya no caben los brincos ni las líneas chuecas. Lo supe desde que conocí a mi monstruo: es color espárrago, obeso y burlón; su nombre científico es Metatesiofobia, pero el día que apareció dijo llamarse Mutatio. Generalmente lo evito, pero reaparece, siempre con otro nombre: Tempus, Commutatus, Transitio, Novus.
A veces su piel verdosa parece teñirse de amarillo, nunca usa los mismos zapatos y cambia constantemente su postura y timbre de voz. Cuando llega, corro sin mirar atrás, a veces me enfrenta pero cierro los ojos y cuento hasta cien. Cuando le veo venir, hago todo lo posible por evitarlo, esto implica tomar caminos más largos y tortuosos, rodear el problema o esconderme bajo la cama.
Ignoro dónde encontrar la solución, quisiera extirparlo, decirle que soy más fuerte que él: “Mira, tonto, me cambié de trabajo, ya no me importas”. Pero suena alguna de mis treinta alarmas interiores y sé que es momento de tomar café, de dormir o de tomar un baño.
No nací con miedo a Mutatio, lo sabe mi conciencia, también sé que soy María y que me faltan trece minutos para terminar de escribir, porque me di exactas dos horas. Quiero alargar y romper lo programado pero no me atrevo. Transitio acaba de asomarse, luce más alto que de costumbre, hoy viste chaqueta gris y su cabeza está rapada, acabo de escuchar su risita: es insoportable.
Es domingo y hoy no recibo visitas: tocan la puerta, hieren mi rutina. La risa de Tempus se ha intensificado: siguen tocando. Mis manos sudan y no puedo respirar. Mi monstruo sabe que no abriré, que terminaré este post, y que correré bajo la cama para contar hasta cien, hasta que su risa haya pasado.

lunes, 2 de junio de 2014

Juan de Dios



I
El despegue

Lo conocí mientras leía: “Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria”.

Lo conocí en la página 31, leía a José Emilio. Saludó y me pidió permiso para tomar el asiento 6B; entre tanto, mis ojos se detenían en la palabra prehistoria. Es curioso, ahora el rostro de ese pasajero se reduce a una difusa imagen: lentes, barba, cabello a rapa. Posiblemente en algunos meses sea la más remota prehistoria de aquel vuelo 402 que me trajo a casa.

Apenas si me acuerdo de sus rasgos, soy pésima para recordar rostros nuevos, pero -no sucede lo mismo con las palabras- sus datos los tengo presentes: obrero de lunes a viernes, taquero los fines de semana, de nombre Juan de Dios.

Ignoré su rostro, el color de su piel y leí su historia, guardé a Pacheco en el bolso que después acomodé en el compartimento superior junto a mi equipaje de mano. El vuelo que apenas despegaba, me regresaba de Tijuana.
La ciudad con sus diferencias geográficas nos despedía.

La aeromoza anunció que abrocháramos nuestro cinturón, que apagáramos el celular y cualquier aparato electrónico; mientras ponía mi celular en modo avión, prestaba atención al resto de las instrucciones, pero en realidad lo que quería era escuchar a Juan de Dios. Sonreí al saber que viajaba con un trozo de Tijuana.

Nos colocamos al principio de la pista, los motores aumentaron de intensidad y el avión fue avanzando cada vez más rápido. Sentí cómo mi cuerpo se pegaba en el asiento por la fuerza de la nave. Atrás iba quedando la ciudad: La Revu y su fiesta eterna, los lugares que recorrí a su lado, los amaneceres bañados de suspiros.

Me alejaba de la frontera de México, el norte quedaba a mi espalda e imaginé al montón de personas cruzando a San Diego; casi frente a mí debió aparecer Rosarito, suspiré y pensé en volver. A mis costados, Tecate y el Océano Pacífico también me decían adiós.

La chica de cabello recogido y labios rosas indicó cuáles eran las salidas de emergencia, dónde estaban y cómo colocarse el chaleco y la máscara de oxígeno. Los pasajeros, aletargados, intentaban no perderse en ese mar de palabras, la señora que ocupó el asiento 6A fue la primera en dormirse; ya roncaba cuando Isabel, la azafata que tenía a unos pasos de mi asiento, demostraba cómo ponerse el chaleco salvavidas en caso de emergencia.

Cuando el avión se estabilizó, en la fila de adelante, una joven se desabrochó el cinturón y continuó usando su celular, pasaron varios minutos antes que otra azafata le indicara que no podía usarlo aún. La joven, enfadada, sacó un libro de una portada muy colorida y fantasiosa, leyó unos minutos, luego se durmió.

Los contrastes entre los paisajes urbanos e irregulares y sus espacios vacíos, etéreos y espontáneos se dibujaban a través de la ventanilla. A medida que el avión avanzaba me di cuenta que Tijuana no es un producto fijo ni terminado. Por eso siempre quiero regresar. En dos meses, en un año. Siempre. Para registrarla a mi regreso, para reconocerme yo a su lado. Su paisaje me atrapa con el anzuelo del encuadre entre mis ojos y el horizonte, como a mi corazón lo atrapan las ganas de volver.

A un lado de Juan de Dios, y desde lo que podía ver por la ventanilla, la vida se me explicaba desde una panorámica de cielos y curvas: un instante casual del que me sentí parte, entre el dinamismo de lo urbano y cerros que parecían estar hechos a pellizcos de plastilina, se me reveló que nunca fui de otro lugar: mi sitio es Tijuana.


II
Turbulencias

A un lado de mí, en el asiento 6F, una gringa comía un chocolate, el olor dulzón e intenso me recordó los chocolates amargos que venían en mi maleta. En ese momento Juan de Dios me ofreció un chicle que acepté. El sabor mentolado inundó mi garganta mientras un cielo nítido se dibujaba sobre una mancha urbana que cada vez se tornaba más grisácea, qué bueno que en ese momento me preguntó si yo era de Tijuana, porque estaba a punto de quebrarme, estuve a punto de convencerme que volar era una locura, qué bueno que me distrajo de esos pensamientos, que me regresó a la cordura.

Se me disimuló la nostalgia cuando comenzó a hablarme de la ciudad. En ese momento no me alejaba, sino que volaba con un fragmento de ella. Recorrí todos los escenarios donde estuve y volví a verlos a través de los recuerdos. Volaba de prisa, tanto como lo hacía la aeronave, aunque ella volaba hacia Guanajuato, y yo recorría en reversa buscando no perderme.

La historia de Juan me deshizo un nudo en la garganta, no quise abrir la voz en aquellas condiciones, así que sólo respondí entre sonrisas, miradas y monosílabos.
Algunas de las penurias que vivió en Guanajuato, su tierra natal, las revive en Tijuana, “también hay pobres y hay ricos aquí, pero acá se come mejor”, dice.
Él fue de los que no pudieron cruzar, tenía el dinero pero no consiguió pollero, dijo que en ese tiempo las cosas estaban duras, entonces decidió quedarse en el límite; con apenas la primaria terminada, encontró en la industria maquiladora una fuente de empleo. La producción de televisiones en la ciudad se lleva a cabo en varias de las industrias maquiladoras que se encuentran en ella. Me contó que trabaja de lunes a viernes, ocho horas diarias, dice que comparado con el trabajo físico que hacía en el campo, eso no es nada, además con la libertad de trabajar los fines de semana, “¿para qué quiero descansar?, soy joven y tengo tres hijos qué mantener”. Así que sábados y domingos, al desmoronarse el día, se va a trabajar al puesto de tacos de su cuñado.

A los cinco años de trabajar en la maquila calificó para el Infonavit. Se la están descontando de nómina pero ya tiene casa en Tijuana, piensa llevarse a su familia, pero se cruzó la muerte de su padre; por eso volaba esa mañana junto a mí. 
Comprar un boleto de un día para otro es un lujo que sólo ha pagado para despedirse de su padre. Su familia insistía en que no fuera al funeral, pero Juan lo había soñado y por eso su insistencia en viajar.

De repente se quedó sin aliento y le dio un sorbo a una botella de agua, mis ojos seguían atentos a sus palabras y expresiones: lo leía.
“Soñé que me decía -Juan, sírvete más café”. Luego de eso sonríe y me dice, con la voz quebrada, que su viejo quiere que se eche el último café con él. Ahora más que nunca quiere estar con los suyos. Sonreí porque imaginé el epitafio de su muerto: échate otro café conmigo. Y porque yo también pensaba en la palabra volver. Miré por la ventanilla: se dibujaban algunas manchas geométricas, parecían ser ciudades, ciudades que desde las nubes, lucían hermosas. Me entregué a esa sensación de volar, de atravesar las nubes como si fuera por un sueño.

Las turbulencias aparecieron en ese momento, la tripulación nos pidió que ajustáramos el cinturón y que permaneciéramos en nuestros asientos. Los movimientos rítmicos de arriba a abajo despertaron a la señora que viajaba en el asiento 6A. Se asomó por la ventanilla y preguntó si ya habíamos llegado, pero solamente eran baches en las nubes, después de unos minutos la nave se estabilizó, y la señora del asiento 6A volvió a cerrar sus ojos rojos, adormilados. De su mirada brotó una ventisca de fuego que pronto se apagó.


III
Aterrizaje

La idea de cruzar ya se le fue de las pestañas, ya no piensa en aquel trabajo que le ofrecieron en Los Ángeles, pues estando en Tijuana todavía se siente en México, donde tiene hogar y amigos. Además volver a estar junto a su familia es un sueño más fácil de alcanzar estando en esa esquina del país.

Juan se ha apropiado simbólicamente de la frontera al cocinar los guisos de su región, al caminar como lo hace, al hablar o al reír, él inunda con los olores y colores de su pueblo, esa parte de Tijuana que transita, que habita, que hace suya. Al mismo tiempo la urbe lo inunda a él. Eso sucede cuando la tierra te atrapa, entonces no se puede dar sin recibir: la ciudad te corresponde, te mezcla, algo te llevas, algo de ti se queda.

“Hemos llegado al estado de Guanajuato”, anunció el capitán, “el descenso comenzará en unos minutos”, siguieron las instrucciones.
El avión lenta y suavemente fue descendiendo y reduciendo altura, por el altoparlante avisaron que íbamos llegando. Era domingo 18 de mayo y mi celular marcó la 1:37, un brincoteo nos alertó, ruidos y movimientos sacudieron la nave: se desplegó el tren de aterrizaje. Luego las ruedas tocaron la pista: habíamos llegado.
El avión avanzó rápidamente hasta ir frenando, el ruido de los reversores fue cediendo hasta que el avión se movió por la pista muy lentamente, augurando un domingo eterno, como la larga tarde de un día antes de salir de vacaciones.
Juan y yo nos despedimos. Él regresó a su sueño, y yo volví del mío, del que aún estoy aterrizando, como puedo.

sábado, 10 de noviembre de 2012

MINGA


"Cuando sea grande quiero ser un niño"




Para lanzar maldiciones, nadie como ella. Un día me la encontré en un semáforo tan rojo como su rostro curtido por el sol. Se acercó a la ventana  y me mostró una vieja receta médica, -Dame pa’ mis medicinas– sentenció.
Busqué en uno de los compartimentos, entre monedas de cincuenta centavos y un peso, pude juntar cuatro pesos; se los extendí y los tomó con el desgano más cínico que he visto en mi vida, luego de que los guardó en la bolsa de su delantal se despidió de mí, -tacaño hijo de puta –fue lo único que alcancé a escuchar, pues la luz verde me pedía avanzar.
Una sonrisa se me pintó en automático, me gusta la bravura de esa chica, nadie como ella, insisto. Ojalá yo pudiera funcionar así. Escojo sus insultos, el momento y su  persona para recordarme que un día moriré asfixiado por las palabras que nunca dije.

sábado, 27 de octubre de 2012

Como una flor ceñida




“Los libros y las mentes funcionan mejor, solamente si están abiertos”.



El cuento de mi vida pudiese ser el de una horda de brujas que invaden la granja de don Joaquín; no es un cuento famoso, ni siquiera conocido –excepto por mí–, me lo contó mi madre una noche de tantas en que las letras se inventaron en mi habitación.

La voz de Eumelia se convertía en una amiga constante cuando iba a la cama: ogros, brujas y graciosos elfos acompañaron mis sueños, tanto agradezco que nutriera mi mente de historias fantásticas que jamás en un libro encontré. A eso atribuyo mi mente soñadora e idealista, siempre en busca de palabras, de historias que, existan o no, se van tejiendo entre mis días.

Podría decir que el cuento de mi vida es plural, abarca todo aquello que me hace volar. Algo de mí queda adherido en los pretextos que encuentro por el camino, me gusta pensarme como un sentimiento, un olor o un sonido que se ha mantenido fresco como flor ceñida, en la memoria de una roca, de una vieja ventana o de un examante.

Toda la vida me he buscado en historias, en miradas, en espejos. Construyo mi cuento a partir de los mensajes que me rodean, por eso me gusta explorar y ser viajera de otro tiempo a través de las palabras. Disfruto el camino, las lágrimas y risas que por ahí dejo, las personas que vienen y van, mis pasos que a veces se juegan la vida,  pero que descansan en lugares secretos donde nadie puede destruir mis recuerdos… qué bueno que aún no encuentro el punto final.

sábado, 6 de octubre de 2012

Walmart




Nunca me quedo con las ganas de decirle cuanto lo quiero, aunque a veces se lo demuestre de muchas maneras: ¿Qué quieres desayunar?, ¿Me rascas la espalda?, ¡Tengo hambre! o ¡apaga esa alarma!
Hoy es uno de esos días en que sólo cabe recordar, recordarnos en tantas ciudades y en tantos encuentros que nos han llevado hasta lo que hoy somos: él y yo, de verso en verso.
Tantas veces sé que decirle, pero luego despierto, despierto y le digo alguna tontería, como que se me antoja comer ceviche; él sonríe y yo entiendo esa sonrisa porque sé cuánto odia el pescado. Necesito limones, insisto, lo demás ya lo he comprado.
Sí, ya tenía lista su tortura, aunque también jamón y pan de caja: ama mi plan B. Lo dice su silencio.
Después de una ducha, se ofrece a llevarme al super, yo observo cómo escurre el agua por su torso desnudo y se me antoja buscar constelaciones.
Para ir al supermercado, cualquier pretexto es bueno, como buscar limones. Ya dentro de la tienda, pude sentir como mis raíces iban cayendo, ni de Colima, ni de Jalisco, tampoco de Irapuato. Estar en Walmart es permanecer sin ciudad, sin patria, es liberarse del exterior, de la historia, hasta de Juan; los pasillos, tan iguales aquí en México, como en Argentina, atiborrados de marcas, saturaron mis pupilas.
Me gusta revisarlo todo, la colocación y el colorido, la estrategia de los productos, las ofertas y la publicidad: todo es diseño, todo. Diseñan nuestra compra, la de los curiosos y la de los que sólo vamos por un kilo de limones. Tanto así, que regresé por un carrito, porque los paquetes y latería caían de entre mis brazos. Ring, ring: un mensaje. Era él, ¿cómo vas con las compras? –dijo. Regresé a Irapuato, su mensaje me ancló de nuevo a este sitio. Suspiré.
Ya casi, contesté. Él entiende mis “ya casi”, los entiende todas las mañanas, cuando apenas puedo balbucear con el cepillo de dientes entre mis labios. Sabe que después de eso, continúa el brillo de frambuesa y el delineador negro sobre mis pestañas. A veces se vuelve a dormir, otras, con sus ojos adormilados, observa cómo delineo mis párpados.
Un kilo de 995 gramos de limones  brillosos y  jugosos, listos para inundar mi garganta, para hacerme salivar, más doscientos pesos de cosas que no necesitaba, me acompañaron al estacionamiento.
Aparece tras de mí, carga dos cafés fríos, pega uno sobre mi espalda, y me sobresalto. Te extrañé –dice–, eres mi sobresalto preferido.
Camino a casa, le muestro mi nuevo esmalte menta-limón. Mueve la cabeza en tono comprensivo y da un sorbo al café. El silencio nunca estuvo mejor.

domingo, 26 de agosto de 2012

Qué bonito es ver llover...

"puede ser que la vida no sea la fiesta que  esperábamos, pero mientras estemos aquí, bailemos."





Se acabaron los temas, se hundieron las ganas, los motivos: no para de llover, pero con el huracán dentro, qué bonito es ver las nubes, lo gris que todo puede ponerse, qué bonita mi lengua quemada mientras doy un generoso trago a mi café.
Tengo el otoño encima, debería amar lo marrón, las hojas secas que comienzan a tapizar mis pupilas, pero es lo gris, lo invierno que puedo ponerme, y lo frío de mi playlist  lo que me acompaña. Por eso creo que yo debí nacer en diciembre, el último día, porque me gustan los finales, las horas incómodas en que no hay tema, horas en las que el sol duerme, en que todo se acaba. Como esta casa en que no hay nadie, porque todos han ido a bailar.
Me acomodaré en aquel sillón, la inspiración se fue de vacaciones y no me llevó, entretanto, husmearé cada ventana, porque no somos los habitantes, sino las voces escondidas las que aún dan sentido a este lugar.

sábado, 21 de julio de 2012

Me dueles, te huelo









Tenía cinco años y estaba en el rancho de mi madrina, un rancho enterrado en la profundidad de Cuyutlán. Los adultos reían. El asador se había apagado y sólo carne tiesa quedaba sobre él, yo refunfuñaba para mis dentros: ni galletas, ni frutas, ni jugo, ni chingada madre. Parece que el 'chingada madre' fue lo único que externé. -Esa boquita –oí decir. Seguí el paso, en mi mundo: quería comer. Una cebolla, jugosa, reposaba sobre el pretil, la tomé y fui a lavarla a una pileta llena de gusarapos, la froté sobre mi vestido rosado y a punto estuve de encajarle mi sonrisa; pero me acordé del palo de limones y saboreé tal combinación. Luego fui por un cuchillo, en amorfos trozos eché a nadar la cebolla en un vasito de plástico medio lleno de limón, luego un puñado de sal. La comí a descaro... ñam, más ñam. Ese día enfermé de la panza, han pasado más de veinticuatro años y esa vieja rencilla no se ha sanado: te odio, cebolla.

sábado, 14 de julio de 2012

Miedo #123

Vengo leyendo, leyéndome desde hace mucho, porque también en otras historias me encuentro, en las que apilo sobre mi buró y en los rostros de somnolientos pasajeros que viajan al igual que yo, rumbo al trabajo, en ellos también estoy; igual me he topado, frente a frente, con mis ojos en el cuerpo de una niña, con mi boca y con mis manos habitando una sombra distinta. Me he seguido, sí, aterrada al descubrir que otro cuerpo lleva mi nariz, entonces la gente comienza a temer, me asaltan con su desprecio y sólo así puedo detenerme, y se van, y me llevan. En silencio.
A un lado de mi cama se encuentran, interminables, Virginia Woolf, Patrick Suskind y Borges; míos todos ellos, porque me encuentro en sus párrafos: es extraño, verme tan ahí; ser la palabra de la página veintiuno, o  de pronto encontrarme en una fecha. Me veo en todas partes, soy la pareidolia de la humedad de mi techo, o la imagen de una actualización en facebook. Soy todos.
Un nombre con extensas formas, que escudriña una historia a la cual asirse, por eso me pego a todo sin estar en nada, porque busco, busco, busco, por eso tantos nombres, libros, cuerpos, en donde no puedo encontrar mi final.

Ros



domingo, 24 de junio de 2012

Hoy no, mañana sí



–Lo sabía, lo sabía– No es que sea desidiosa –la cita era ayer y no hoy–, que tenga falta de cuidado o interés, yo soy –me declaro– eficiente y placenteramente procrastinadora.  Ahora mismo he terminado una ilustración en Photoshop, hacerlo me llevó veinte días –parpadea ventana Facebook–, y es que habiendo situaciones tan agradables, me es difícil atender las prioridades.
Me han dicho que sufro de estrés, ansiedad, miedo al fracaso y frustración, no lo creo, qué puede ser más urgente que twittear, actualizar mi muro o navegar en internet: ese mundo me necesita. Y ahí estoy para él.
La procrastinación es uno de mis pecados favoritos; cuando llega a mi cabeza y se prende el “al rato lo haces”. Es una tentadora piedra que se cruza en mi paisaje, el camino es ancho, pero elijo tropezar. Dos, cinco, diez veces con la misma piedra. No me gusta pugnar en lo bueno o malo que esto sea, no me gustan los debates. Perder el tiempo es diabólicamente adictivo, tan hermoso y sencillo, como decir frijoles, pan.
Ayer me hice de un libro, lo dejé a tres cuartos, porque un olor quemado invadió la casa –otra vez arroz chamuscado–. Más tarde sonó el teléfono, dudé en contestar, camino a él, tropecé con un avejentado limón que cayó del fregadero hace semanas; el teléfono dejó de sonar, no volvieron a llamar. Fui a por un ungüento para la rodilla, no lo encontré, aún faltan ganas para planear qué día arreglo mi habitación. De regreso a la cocina, parpadeó una ventana en el monitor, un mensaje sin importancia, ya estando ahí, la curiosidad me sedujo a navegar entre una página y otra. Olvidé el arroz chamuscado y llegó la noche. Fui a dormir más por costumbre que por ganas, a mi mente arribaron pilas de trabajo por hacer, no pude pegar el ojo y salí a beber cerveza a la terraza. Quise contar estrellas, no había ni una. Busqué por armarios, por cajones y rincones, algo, alguien que me sacara esos catastróficos pensamientos de estar conmigo.
Photoshop fue mi salvación, y no porque pretendiera terminar el dibujo, sino porque fue lo único que me distrajo de mí. Tracé en cinco horas lo que no acabé en semanas: esbocé, y perfilé con furia, como ahuyentándome, borrándome. Luego los primeros parpadeos del sol, la gente llegó a la pantalla: actualizaciones, notas divertidas. ¡Vaya!, no he de procrastinar por hoy, he terminado el trabajo; pero mañana habrá un infinito de cosas que podría estar haciendo y no haré. Pensar en cómo acabaré antes de comenzar hace que me hunda… afortunadamente puedo alejarme de este mundo físico que me ha tocado vivir, donde si te quieres esconder, lo haces y ya. Sonrío, es domingo de suerte, no hay nadie en casa.

miércoles, 6 de junio de 2012

Hierbabuena




Soy un chicle de bolita; nací verde por fuera y blanco por dentro, siempre olí a hierbabuena. Me parió una manguera plástica que me arrojó a un tanque lleno de quinientos mil chicles. Es toda la conciencia que tengo de mi madre, recuerdo sus labios plásticos, encendidos; sus ojos amarillos girando en torno a mí: mirándome, despidiéndose. Todos nacimos un 21 de octubre, unos fueron empaquetados y repartidos en varios camiones; a mí me vendieron –junto con mis coloridos hermanos– a granel.
Terminé en el canasto de una dulcería, donde unas manos me llevaron a la báscula. –Nada más 300 gramos –oí decir.
Esa misma tarde, formé parte de un extraño recuerdo de bautizo; envuelto en papel celofán y con una curiosa nota, fue como llegué a vivir a “La Vitrina”, hogar en el que he permanecido los últimos tres años. Aquí se vive bien, mirando la vida, todos pasan, todo pasa. Es como un viaje invertido, no hay movimiento, al contrario de mi viaje en carretera, permanezco hierático mientras el paisaje se mueve, mientras los pasos pasan y el polvo satura el cristal. A veces, se abren las puertas y se une el aire para vibrar este rincón; nuevos objetos entran a formar parte de este cuadro oculto, donde siendo chicle de bolita, me he vuelto fantasma de exhibidor.

jueves, 17 de mayo de 2012

La mil



No podría tener menos de cien cosas: shampoo para días soleados, perfume para los días tristes, plumas café de punto fino –infaltables para hacer las ges y jotas tan bonitas–, azúcar morena, mascabada, blanca y refinada, para endulzar todos los tés del mundo, esmalte de uñas en todos los colores pantone, chicles para llenar mis bolsas, vasos de mil colores y formas.
No podría tener menos de cien sentimientos: odio, rechazo, lástima, desgano, cariño, pena, entrega... por separado o en múltiples combinaciones.
No podría tener menos de cien recuerdos: mi madre cortando zanahorias, Alejandro trazando planos, aquel día que me cagué en la guardería, las malas decisiones, también las buenas, el primer beso, el primer él, la primera vez que tomé cerveza, la primera vez que fui al D.f., la primera vez que me sentí vieja, o feliz.
No podría tener menos de cien amigos: facebook lo avala.
No podrían gustarme menos de cien alimentos: ayer tragué mi refrigerador entero y lo aderezé con todo lo que encontré en la alacena: sal de grano, de Cuyutlán; viejas cartas que guardé atrás de un frasco de café, especias, jaleas del año pasado, polvito y telarañas.
No podría vivir sin lujos innecesarios, no podría detenerme ante una tienda de "pásele, todo a tres pesos". No podría ser minimalista.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Escribicionistas, primer aniversario

Escribicionistas está concebido como un taller de corte literario, en el que óptimamente 14 personas habrán de plasmar con base en la premisa de un tema distinto cada semana, su óptica, su talento, sus inquietudes y traumas, su punto de vista expresado tal cual ellos lo elijan.
Aunque la idea no tiene nada de original ya que colectivos similares existen desde hace algunos años en la llamada blogósfera, no deja de ser interesante reunir talentos que en su primera generación, tuvieron diferentes perspectivas, casi opuestas algunas de ellas.

Tuvimos por ejemplo, el talento de una mujer activa, propositiva, que gustó de traer a este blog, letras pensadas para la conciliación, para la vivencialidad del ciudadano promedio que gusta de reflexionar y enamorarse de las posibilidades de la sencillez y los sueños. Esa era Úrsula Amaranta, quien abandonó el proyecto en agosto, dejándonos con ganas de saber más de ella, Fototropismo que supo ser dedicado en sus letras imponiéndose retos constantemente para impecables resultados, La Malquerida quien gustaba de platicar historias sobre el dolor, el malestar y las buenas cosas que se pueden encontrar en los peores momentos, NTQVCA, quien nos dejó claro que grandes contenidos, grandes ideas, podían ponerse en pequeños contenedores que nos podrían hacer pensar mucho más que mil palabras, Destroyer quien pudo hacer un ejercicio no muy lejano al del joven estudiante que proyecta sus inquietudes y perspectivas en cada momento de su aportación semanal, Pherro quien siempre se interesó en proponer enfoques distintos para sus ideas, trabajar en un nivel que contribuyera al estilo del blog, OJT que en el breve tiempo que estuvo en el blog, intentó siempre poner una perspectiva distinta, algo que pudiera ser un referente alterno y llevarnos fuera del propio texto escrito. Hasta hace poco, dos del primer equipo Escribicionista se fueron. Fer quién siempre supo sorprendernos con textos sencillos pero llenos de significados y reflexiones y el Pinchesendic quien lucía un verdadero estilo propio en sus relatos.

No hay que olvidar que la primera generación Escribicionista también se vio nutrida recurrentemente con invitados. Uno de los más frecuentes seguidores de este blog, desde Perú, Luis Torres, ha logrado con su estilo sesudo y manejo sobrio del lenguaje, aficionarnos a sus intervenciones. ¿Por qué no ha entrado al equipo? Sólo él lo sabe. Pongamos nombres como Ferrioni, Alizzia, Jo, Crónicas Urbanas, Megah, Olague y Travis, como colaboradores de honor en este año Escribicionista y sin olvidar a dos invitados que se convirtieron en frecuentes asiduos semanales como el Dr. Whoanz que aún está en la plantilla con un estilo cerebral, dedicado a inspeccionar los rincones de nuestra conciencia y volcarlos en escritos delirantemente sobrios. Pinchi Hablador, quien, aunque hace pocas semanas emigró, también supo darle colorido a la plantilla del blog con interesantes y divertidos escritos que trascendían sus propias letras, dándole un aura de dramaturgo del humor ácido como pocos pueden verse.

Acerca del equipo original; Siracusa, que nos ha traído historias mágicas, llenas de pulsiones, evocadoras, Dark, quien ha sabido pulir un estilo chocante, agresivo y obscuro y el Capitán Tintasangre con su visión narrativa envolvente, que puede transportarnos a otras eras con gran facilidad, se tomaron sus descansos pero afortunadamente para nosotros, regresaron a darnos lo mucho que tienen. El Dr. Gonzo, con su áspero sentido del humor e historias en clave de dolor, nos ha permitido tener la perspectiva del vacío y la acidez necesaria para sobrellevarlo y Ros, el alma del proyecto, una de las más constantes Escribicionistas, nos ha regalado durante este año su estilo melancólico y colorido a la vez, con varios escritos ya clásicos en el blog.

No olvidamos a nuestros Escribicionistas más recientes y que han llegado para darle sustancia a este taller: Augustine que nos ha dado el punto de inicio a reflexiones complejas e historias de un ánimo cuestionador y descubridor. Julieta quien ha soltado versos e historias llenos de nostalgia, equivalentes a un atardecer calmo y pleno de recuerdos. Hanselópolis cuya imaginación y decanto por la ciencia ficción, ha traído historias de distintos caracteres y tonalidades.

El blog no es tan activo como antes, pero mientras podamos leer algo durante la semana, el vicio de leer, aprender y descubrir seguirá patente. Gracias Escribicionistas, vamos por un año más. ¿Quién dice yo?

miércoles, 18 de abril de 2012

Puntual


Qué es un faje y cómo se hace, faje mega caliente, agasajo, calentada, prender el boiler para meterse a bañar; fajes en la escuela, canciones para el faje, pfff, esto y más me mostró Google, para decir que es el punto medio entre hacerlo y no hacerlo, el roce con ropa. ¿O sin?

Me aventuro a pensar que no sólo de roces se trata, sino de sentir lo rico en el cuerpo, el goce, una probadita. De ser así, mi primer faje fue con la comida. Con muchas. Mi madre me daba ‘picaditas’ cuando la veía cocinar. Sentada en el pretil, no tardaban los cubitos de zanahoria, las galletas con no sé qué o las cucharadas de sopa, para juzgar qué tan bueno estaba el guiso del día. Yo relamía mis bigotes, por eso me gustaba estar ahí, también por adelantada, por chismosa, por anunciar a mis hermanos qué tan bien sabía esto o aquello.

Cuando llegaba la hora de comer, entonces decidía si primero quería la sopa, o le entraba de lleno al platillo fuerte, en casa había libertad de elegir. Me gustaba, me gusta saber lo que llevo a mi boca, y si sé cómo se hace, lo disfruto más; quizá por eso llego temprano a todas partes, para echarme la probadita, para poder quedarme, para poder escapar.

miércoles, 11 de abril de 2012

El tiempo de las sonrisas

Quizá no te conocí, aunque parecías tan claro, con tu mueca de madrugada, quizá sólo fuiste la espuma de mi cerveza. Me parece que fue en abril, era primavera, el tiempo de las sonrisas. Había cumplido años la tía Josefina; llegaste después de las tres, de parte de no sé quién y de no sé dónde; llevabas un paquete bajo el brazo.
Josefina te abrazó conmovida, te sirvió un plato de mole y te quedaste varios días, los días que duró la fiesta. Bailamos por horas, brindis y platillos volaron sobre nuestras cabezas.
Luego de la fiesta, continuamos la nuestra, perdimos el tiempo y el sentido de las horas, nos clavamos, uno a otro, la locura. Demasiado.
No debimos salir de casa de Josefina, que aún sin invitados, sabe a fiesta, pero nos aferramos a respirar otras vidas, a morder al destino, a jugarnos conocidos.
Tantas tres de la tarde han pasado sin ti, a veces Josefina pregunta el por qué de mi tristeza, le digo que espero el tiempo de las sonrisas, entonces ella, saca una pequeña libreta de su delantal y anota cuántos más pollos matará o qué grupo tocará en su próxima fiesta repleta de desconocidos.

miércoles, 21 de marzo de 2012

"El Infierno"


Son sus únicos hijos. Caín es tonto, pero no tanto como Abel, que raya en la idiotez; ambos emergieron de un vientre de cuarenta años. Su madre murió al parirlos.

Abel apenas si terminó la primaria, y aunque Caín quemó varios refrigeradores, pudo titularse como técnico electricista, oficio que desechó por ayudar en el negocio de Adán Piña, su padre: las barras de hielo.

En el barrio los tildan de idiotas, son el hazme reír de chicos y grandes. Los ‘piñones’, como les apodan, son blanco de burlas. Caín, el gemelo mayor, aprendió a defenderse a punta de botellazos, sacó el carácter de la finada madre, que dicen, era una cabrona. Por eso nadie se mete con Caín, prefieren reírse a sus espaldas.

Abel, en cambio, huye despavorido cuando, jóvenes de la mitad de su edad, le rocían polvos picapica, lo llevan con engaños hacia un panal, o cuando le dicen, que el mundo se va acabar.

-Eres un maricón –refunfuña Caín, cada que lo ve entrar con el rostro desencajado– te he dicho que les pongas unos putazos.

Pero Abel agacha la mirada y le da por llorar. En días así, Caín se sale a dar la vuelta, a veces en la camioneta, a veces a pie.

En uno de esos días, regresó a casa con un extraño paquete, -¿Qué es? –preguntó Adán, -Nada –apenas musita Caín. -¿Qué es? –preguntó en la recámara Abel, -un juguete –responde, y Caín se echa a dormir. –Ábrelo –insistió Abel, -apaga la luz –indica Caín.

Abel se duerme con la duda en la garganta. En la sala, Adán bebe la última cerveza, apaga la televisión y reza un padre nuestro, pide por el eterno descanso de Eva, la cabrona.

Suena la alarma, Abel es despertado por la curiosidad y husmea en el paquete: ¡una muñeca! –piensa en voz alta. -Deja mis cosas –lo asalta Caín.

¡Eres un marica, eres un marica! –canturrea Abel, quien se dirige al regazo de su padre a buscar refugio. Un zapato vuela sobre su oreja.

-Dejen de estar chingando y vayan a cargar la camioneta –protesta Adán.

Ambos obedecen. Caín conduce la vieja camioneta, todos los días, a la cinco de la mañana, Abel se encarga de subir y bajar el producto, y aunque las artríticas manos del padre, apenas si pueden sostener un puñado de monedas, él se encarga de las cuentas; no confía en el escaso talento de sus hijos.

Después de la jornada, regresan a casa, a refugiarse en el abandono de los rincones, donde pueden guarecer su cansancio.

Luego de hacer cuentas, Adán deposita en un añoso frasco de café, ubicado en una repisa, una manada de monedas. Junto al frasco, se encuentra la fotografía de la finada esposa, junto a ella, un ramo de flores y la imagen de Jesús Misericordioso.

Suspira. -Ya casi reúno lo de su cripta –le dice a Abel, mientras este lo mira desde el umbral de la estancia–, anda, cámbiale el agua a estas flores.

-¿Dónde está tu hermano?, dile que vaya a comprar las tortillas.

Caín se encuentra en su dormitorio, una respiración agitada se escucha desde la puerta. Abel entra, la imagen lo sorprende: una mujer, o lo que parece una mujer, de hule, sobre el cuerpo desnudo de su hermano.

-¡Hijo de la chingada! Te he dicho que no entres así a mi cuarto –estalla Caín– y nomás que le digas a mi papá y te rajo la cara.

-No, no –Asegura Abel–, no le diré que te gustan las muñecas…

La puerta se estampa sobre él.

-Yo voy a las tortillas –balbucea, se va.

Pasan los días, Abel no puede arrancarse aquel cuadro de su mente. No concibe mirar los ojos de su hermano. Este, después de un tiempo, le explica que la muñeca se llama Samanta, que es como una novia, que lo hace feliz.

Abel quiere ser feliz, como cuando Caín se encierra en su recámara o como cuando su padre bebe cervezas frente al televisor. Él quiere una muñeca, su muñeca.

Una vez la casa dormida, y a partir de que Abel descubrió que quería ser feliz, toma dinero del costalillo que cuelga del abundante estómago de su padre.

Como ignora el precio y el valor de las monedas, una tarde visita la juguetería, extiende un puñado de monedas, que no son más de treinta pesos -quiero una muñeca –dice. No te ajusta, muchacho –responde el vendedor.

Abel regresa, después de varios días, con el triple de monedas. A ver… –piensa el vendedor– tenemos en oferta la Barbie Malibú.

-Es muy pequeña –masculla Abel– busco una grande, suavecita, güerita, como la Mari, la hija del tendero.

-No, muchacho –ríe el vendedor– aquí no hay de esas.

No hay, no hay, frase que retumba varias veces sobre la débil mente de Abel. No hay. Se marcha desconsolado. Con las bolsas atiborradas de monedas y el ánimo desecho, se sienta a llorar en una esquina.

Llega tarde a casa. Lo recibe el aliento alcohólico de su padre y una sarta de maldiciones. Caín no está en casa, la muñeca sí. Juega con ella, se desnuda. Acaricia su gomosa piel. Sonríe. Un temblor recorre su entrepierna.

Caín entra a la habitación. Silencio, caos, luego más silencio.

Por la mañana, Adán busca las pinzas del hielo, no están en la camioneta. –Ya es hora, cabrones, vámonos a trabajar –abre la habitación de sus hijos de golpe. Las pinzas están en el cuello de Abel.

A varios minutos de ahí, en el bar de mala muerte “El infierno”, se encuentra Caín. Llora tanto como su padre.

-Nunca debí salir de aquí, la estaba pasando tan bien –el mesero le lleva otro tequila. En la rocola, alguien pone ‘Mi condena’. Caín piensa que nunca volverá a ver a Samanta.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Reciclar

Dedos grafito

No escribiré por la mañana de anteayer los versos que pediste. Ni mis dedosgrafito que van olvidando tu ¿voz? dormirán con la poesía de tus palabras.

Devuelve los versos que pediste para embriagarlos en mis lágrimas mientras susurro mensajes de amor al viento.

¿Te importa?, ¿lo olvido?, ¿nos reímos? ... nadie sabrá, ¿para qué?

Mejor escribamos en otros libros, nuevos cuentos, prosa inexistente, pero no poesía, poesía no, ¿para qué, para quién?


Con derecho

Y como siempre, se ven dos o tres días al mes. Son amigos. Mantienen constantes los abrazos, pero cuando más se extrañan, el derecho que enciende su amistad los conduce a compartirse, a ser uno con la noche, a borrar la soledad del alma.

Es el derecho de no preguntar mañana, lo que ocurra hoy entre las sábanas.


La cena

Ya huele a guardado: la sopa del olvido está lista.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Cocacola


Pinche Toño, no has regresado, este y todos los días te espero. Desde esa noche no volviste a casa, a los restos de casa que aún quedan en pie. ¡Carajo! ¿Te cansaste de las croquetas?, ¿de beber agua, y no cerveza?, ¿de mí y las noches de lágrimas?

Primero ella, que muy sus razones tuvo para abandonarnos, ¿ahora tú, amigo? Mira que no me he cansado de buscarte, de seguir tus pasos, de preguntar por tus ladridos, de recorrerte por las calles; aún me hago el ánimo de que andes vagando por la casa de doña Mari o asaltando al carnicero. Te busco por las nubes. Como un fantasma, formo tu nombre entre ellas, pinto la palabra cocacola en el aire, porque verás, eso me recuerda el color de tu mirada.

La casa huele a croquetas rancias, a tristeza, a agua estancada, por eso trato de llegar tarde a ella; desde que no estás, me gusta rodear, caminar en círculos y evitar vías directas, me gusta el modo de sacarle la vuelta al asunto. Entre talleres abandonados y perros con el hambre acostumbrada camino; hace varias noches un borracho me abordó, me pidió diez pesos para comprarse una cerveza, pensé en que, sobre el sabor del agua, la habrías preferido. Te vi en los ojos de aquel borracho, Toño, te vi con la tristeza que ella nos dejó, ¿o es que era mi tristeza reflejándose en tu rostro?

Desde entonces tengo varios días buscándote en el espejo. Cerciorándome de que sí estuviste, que sí te abracé cuando ella se fue. Que estos hechos no son inventados y que mis labios no pronuncian que me estoy volviendo loca.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Mujer de tres

Ayer conocí a Ricardo. Salí del cine y tropecé con él, derramé mi coca-cola sobre su roja playera, apenas me disculpé ante sus ojos y pensé en ti, Fernando, en tus ojos, tus ojos. Entonces, como imán atraída por su mirada, lo tomé de la mano, lo besé.

Él sonrió, preguntó mi nombre, no se lo dije, lo volví a besar. Acabamos en el parquecito de la moderna, cuenta historias tan divertidas como lo haces tú, Andrés. Estoy cerca de amarlo. Platica que tiene la serie completa de Lost, ¡tienen tanto en común!, no pensé que alguien más se atreviera a comprarla.

Mañana iremos a comer zarzamoras, es tiempo, dice; luego de comerlas, imagino sus labios mora índigo escurriéndose por mi cuello, tal vez entonces, le diga mi nombre. Pasará por mí a las seis, justo cuando Salvador llega a casa, lástima que maneje como un loco, como cuando Salvador, hecho un diablo, va tarde a la oficina.

Besa tan rico como ustedes tres, es curioso que él sea los tres, aburrida y sorprendentemente ustedes. Él, con sus dientes chuecos, con sus ojos cafés, con sus manos blancas tiene en conjunto todo lo que soñé, pero me aventuro a pensar que tenerle sea la más insoportable decisión, porque verán, a ustedes puedo amarles y odiarles por partecitas, eso hace que nuestra familia, funcione tan bien.

miércoles, 15 de febrero de 2012

La casa sin ti


Disfrazada de silencio,
regreso al lugar donde nací,
porque sabe mis inicios y todo lo que perdí;
el mismo número, otro color en la fachada,
losetas blancas donde tus huellas faltan.
Esta casa sin ti, es una mentira,
porque no rebotan las palabras de tu corazón al techo,
porque este sitio ya no te huele, porque me faltas, Eumelia.
Cansadas del suicidio, mis lágrimas,
recorren este mi cuerpo sin casa,
tal vez buscando,
un lugar que te recuerde.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Entre azul y verdes noches

Una vez, hace cincuenta años, vivió Genaro en Coquimatlán, cerca de las vías del tren. Enfermero de profesión y soltero de toda la vida, dedicó sus años a cuidar de su madre.

En el pueblo se rumoraba que era maricón, pues sus ademanes delicados contrastaban con la mayoría de las gentes. Lo cierto es que nunca se le conoció pareja sentimental. Era común verle en compañía de sus colegas de trabajo –todas ellas enfermeras del centro de salud–, yendo a comprar una paleta de tamarindo, o sentados en una banca del jardín, mientras rolaban turno.

Su madre un día murió, y él quedó sólo, y viejo, y triste viendo cómo el tren se extinguía. Se le ocurrió, después de jubilarse, mudarse a la capital, para olvidarse de las caras hipócritas que a escondidas lo llamaban maricón.

En su nuevo departamento, y con la libertad que otorga una ciudad habitada por extraños, un día se le ocurrió maquillarse los ojos como Margarita, su mejor amiga, y salir así a la calle. Pintó de violeta sus párpados y engrosó con rímel sus pestañas. Se subió a una combi roja, y los extraños, le miraron con repulsión. No eran los habitantes del pueblo, pero aún sentía ese dejo de aversión que en Coquimatlán recibía.

Al día siguiente, además de sus ojos, pintó sus labios y entró a una plaza comercial con una sonrisa hecha de pintura. Unos niños, al verle, corrieron espantados.

Días después, combinó labios y ojos, con una peluca rosada. Una gorda le extendió una moneda y le dijo que le faltaba un traje.

Genaro guardó la moneda en su bolsillo izquierdo y fue en busca de un uniforme, compró uno de segunda; la encargada del local también le recomendó un par de enormes zapatos rojos.

La mañana siguiente, el colorido uniforme colgaba del lazo, los rayos del sol lo penetraban, era un overol de muchos verdes y azules, Genaro estaba sentado a un lado de él, era un esqueleto en calzoncillos con los ojos clavados en aquel traje, era Genaro sin su sonrisa de fantasía y sin el volumen que el traje le daba, su cuerpo gastado veía en el aire que la libertad tenía colores, los colores del traje. Sonrió.

Así fue como poco a poco se convirtió en Payaso, desde entonces le roba el tiempo a la gente, que le paga para reírse; aunque para él, lo importante es maquillarse los ojos, y ahora sí, ver con ojos de mujer, a los muchachos que pasean en la alameda.